Archivos Mensuales: diciembre 2013

Semana 14: Día 95: Los 8 km de la Corrida San Silvestre Buenos Aires 2013

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Otro año que se termina, otra San Silvestre adentro. La cuarta que se hace en la Ciudad de Buenos Aires, de hecho.
La tradición comenzó en 2010 aquí, aunque sé que se extendió a otras localidades. Aquel 31 de diciembre se realizó por primera vez en Argentina, aunque el formato de la carrera se viene realizando desde hace muchos años en todo el mundo para celebrar fin de año. Yo he tenido la suerte de participar en todas, y cada una con su particularidad.
En la primera, que largó a las 4 de la tarde, nos morimos de calor. Mal. Ahora nos estamos quejando de la ola sofocante, pero en aquel entonces largar con el sol allá arriba fue demencial. El agua de los puestos de hidratación estaba CALIENTE. Yo estaba recuperándome de una lesión en la costilla, así que corrí con una faja. Creo que fue la primera vez que volvía al atletismo, ya en vías de recuperación (dos semanas antes había sido mi cumpleaños y no me podía reír del dolor). El cupo fue reducido, considerando que era la primera edición: unos 2200 corredores. Mi tiempo fue de 34:55.
La segunda, en 2011, repitió ese absurdo horario de las 4 de la tarde, pero la suerte estuvo de nuestro lado y la temperatura bajó bastante. En la primera edición se había corrido el rumor de que le iban a agregar 1 km cada año, hasta llegar a la distancia de San Pablo (que si mal no recuerdo, actualmente es de 16 km). Pero no pasó, y volvimos a correr 8 km, aunque con un clima más benigno. Seguramente esto hizo una gran diferencia, porque sin lesión ni sol asesino, la terminé en 32:15.
La tercera edición, 31 de diciembre de 2012, fue la última que hicimos con aquel maravilloso recorrido. En aquel entonces no lo sabíamos, pero la llegada del Metrobús seguramente influyó en que ya no correríamos por la 9 de Julio, debajo del obelisco, con un trazado en cruz que unía el Congreso con la Casa Rosada. También sería la despedida del asesino horario de las 4 de la tarde… pero tampoco lo sabíamos en ese entonces. Me estaba recuperando de un dolor de rodilla, y terminé los 8 km en 33:15.
Y venía por fin la nueva edición, la de esta mañana. Estoy en una nueva etapa medio zen (o medio vaga) y no me levanté con muchas ganas de hacer marca. Creo que si me lo hubiese propuesto, lo hubiese logrado. Este año mejoré mis tiempos de casi todas las carreras, pero cuando me apuro no disfruto de correr. Creo que a casi todos nos pasa lo mismo. Y este ha sido un año especial, con muchísimos altibajos (a veces cosas muy malas, a veces muy buenas). Y lo que más me quedó fue la fortaleza de la amistad.
Como en esta entrega corría por primera vez mi amigo Nico, decidí acompañarlo. Al principio, cuando se lo dije en la largada, no me creía. Me decía que me iba a despegar de él y lo iba a dejar atrás. Pero cumplí. Me resultó más valioso acompañarlo y hacerle de sargento, obligándolo a que haga velocidad. O sea, que sufra él en lugar de mí.
Este año tuvieron el tino de que la largada fuese a las 8 de la mañana. No hizo el calor horroroso de días atrás, sino que estaba agradable. Además, a esa hora había bastante sombra entre los edificios. La salida era desde Diagonal Norte y Suipacha, encarando hacia el lado de la Casa Rosada. Nada de cruzar la 9 de Julio, ni correr en sus laterales, ni pasar bajo el Obelisco. Eso ha quedado en el pasado. El recorrido, si bien tiene edificios muy lindos, me resultó mucho menos interesante. Pero correr en tu ciudad, junto a 5 mil personas (los conté uno por uno) es una muy linda experiencia.
Nico empezó a correr este año, y mejoró a pasos agigantados. Recuerdo haberlo acompañado hace unos meses, en los 10 km de las Fiestas Mayas, y yo vi cómo creció desde entonces. Hoy no fue la excepción, arrancamos con él y un amigo suyo (que como nos dejó atrás, de castigo no mencionaremos) a una muy buena velocidad, por debajo de los 4 minutos el kilómetro. Era difícil que mantuviésemos ese ritmo (de haberlo hecho hubiese roto mi propia marca), pero lo importante era separarnos del malón. Las calles por las que nos íbamos a meter eran angostas, y lo que más quería era correr con comodidad, sin andar a los codazos.
Otra táctica que les obligué a aplicar es la de irnos lo más adelante posible. No es muy popular entre los que ya están ahí parados, desde hace media hora, pero bueno, es la ley de la jungla. Avanzamos con respeto, hasta que es físicamente imposible. Igual tuvimos que caminar hasta pasar por debajo del arco de largada.
La hidratación estuvo bien, aunque algunos cayeron en la trampa del vaso de Gatorade, cosa imposible de tomar mientras uno corre. A menos que te quieras volcar la mitad encima, o atragantarte y que te quede ese gustito picante en el paladar. Para 8 km el agua alcanzaba bastante bien, y con ese clima benévolo (que debía estar debajo de los 30 grados) más que nunca.
El nuevo recorrido es un poco más intrincado, de idas y vueltas. Yo creo que no colabora con que se rompa el récord histórico de esta carrera. El ganador estuvo a 2 minutos de romperlo, se comentaba en el after race. En el trayecto, Fede Motta (lector de este blog), vino a saludarme, y como corresponde, no me pasó. Otro lector, al que no le pregunté el nombre, sí me pasó. Tengo que poner reglas claras, todos los lectores de Semana 52 atrás mío…
Nos acomodamos con Nico a una velocidad de 4:40. Lo sentí exigido, sobre todo en la respiración. Me pidió un par de veces que vaya a mi ritmo, pero me había comprometido a acompañarlo. Mi presión, evidentemente, le hacía mal. Le dije la obviedad del año: “Ahora me vas a odiar, pero en la meta me vas a agradecer”. Lo fui arengando y tenía momentos en donde disparaba y otros (pocos) donde bajaba la velocidad. Sobre el km 7, en la Plaza de Mayo, me dijo “Andá, dale”. ¡A un kilómetro de la meta! Le dije que ni loco, esto lo terminamos con un sprint.
Y así fue. A pesar de mi presión, de estar siempre bordeando el límite, de ahogarlo con el aire, de jurarme que no podía, hicimos el bendito pique al final. Le pedí que gritásemos ESPARTAAAAAA al cruzar la meta, pero me dejó solo. Es más, creo que se fue a un costado, buscando que nadie pensara que íbamos juntos.
El tiempo fue de 36:39 según mi reloj, con una distancia de 8,30 km. Para mí estuvo más que bien. No fue la gran diferencia de años anteriores, pero no fue un tiempo personal, sino que fue compartido. Eso lo hizo más valioso para mí. En mi imaginario me hubiese encantado tener a otro corredor con un poquito más de experiencia que yo que me arengue. Creo que la única situación que viví similar fue cuando corría con mi papá, en mi adolescencia, y él me daba aliento y me iba aconsejando. Fue hace más de 20 años, y sus consejos sobre respiración se los iba repitiendo a Nico hoy…
Creo que lo más maravilloso que vi en esta carrera fue a un atleta descalzo. Tenía la planta de los pies negras (no es que las calles de Buenos Aires estén particularmente limpias) y un andar muy cómodo. Le pregunté hace cuánto que corría así y me dijo que dos años. La historia de siempre, una lesión lo llevó a abandonar las zapatillas. “Es más barato”, le dije. Le saqué algunas fotos, tenía unos gemelos tallados con cincel. Lo envidié, tengo pendiente, en algún futuro incierto, probar de abandonar el calzado para trotar…
Este ha sido un buen año, puesto todo en la balanza. Igual no me conformo, y espero que 2014 sea mucho mejor.

Semana 14: Día 94: 200 calorías

Siempre nos preguntamos… ¿cómo calcular las calorías? Y lo peor, muchas veces las pseudo dietas nos hacen creer que algo calórico es malo, cuando en realidad es nuestro combustible. Obviamente que si uno se pasa, el cuerpo no lo asimila… y lo acumula.
Hoy me crucé con este sencillo estudio donde se recopilan 36 alimentos que contienen 200 calorías. No especifica más que eso. El fondo negro y el plato blanco sirven como marco de referencia para establecer porciones. Se los comparto para que ustedes saquen sus propias conclusiones.


Semana 14: Día 93: Correr a fuego lento

Hola, soy Martín Casanova. Quizá me recuerden por haber editado quince minutos la revista Comiqueando, o por otros éxitos como el ciclista que regaló su bici una semana después de que lo chocó un auto.
Ayer, como todos los 28 de diciembre, escribí cualquier tontería, y aunque algunos descubrieron la mentira, muchos me preguntaron por la HiperEspirulina. Los amo, a todos.
Estos días de calor agobiante he salido a correr. La explicación de tamaño acto de masoquismo es que uno nunca sabe qué clima va a tocar en una carrera. Pero a veces se hace insoportable.
Ayer hicimos un fondo de 30 km, desde el Hipódromo de San Isidro hasta el monumento al remero, en el Tigre, ida y vuelta. De un bebedero salía agua como para el mate, pero igual nos mojamos la cabeza. En el camino compramos agua, gatorade y limonada con hielo picado (el elixir de los dioses). También mendigamos una palangana con agua. Llegamos empapados de transpiración, con sed y hambre. No nos dimos cuenta que habíamos arrancado a las 9 y terminamos 13:20.
La mujer que nos dio una palangana de agua (además de la exquisita limonada) nos dijo que estábamos locos por haber salido a correr en un día así. Le dije que se me había roto el aire acondicionado en casa y que por eso había ido a correr. No fue un chiste del día de los inocentes.
Hoy se podía suponer que iba a descansar, ya que en la semana estoy yendo bastante seguido a correr en la Reserva, al rayo de un sol abrasador. Pero como tenía que ir a retirar el kit de la San Silvestre, me pareció una buena idea ir y volver corriendo. Total, ¿qué son 11 kilómetros?
Bueno, me derretí. Las suelas Dr las zapatillas se pegaban al asfalto. Podría haberme hecho un wok de verduras en el pavimento (lo normal es cocinar un huevo frito, pero eso no es vegano).
Cuando llegué a retirar mi kit, la chica de la organización me reconoció por el blog. Yo morí un poco de vergüenza porque chorreaba transpiración… pero siempre es lindo que me reconozcan, y más cuando hay testigos y no creen que deliro por el calor.
Estos días son duros y yo no creo que tengamos que usarlos de excusa para no hacer nada. Con previsión y mucha agua, hasta puede ser divertido. Y nos prepara para inesperados climas extremos en carreras. ¿Por qué iba a dejar pasar la oportunidad?

Semana 14: Día 92: Balance de fin de año: LOS SUPLEMENTOS

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Última entrega del balance de 2013, en donde pasaron muchas cosas, buenas y malas… pero con la balanza inclinándose hacia lo positivo.
Este año fue en el que finalmente pude superar los 30 kg de músculo. Vamos por partes, cuando empecé con Semana 52, era un desastre. Tenía una pésima rutina alimenticia, no estaba muy comprometido con el entrenamiento, y tenía que bajar mucha grasa. No era algo tan fácil de lograr, pero estaba motivado. Lo que ya sabíamos que iba a pasar era que iba a perder músculo, porque los fondos hacen eso. Pero no me preocupé, decidí darle para adelante igual. En los meses subsiguientes perdí grasa, pero también masa muscular, cada mes más. Cuando empecé el gimnasio logré nivelarme un poco, pero no fue hasta este año que logré ese objetivo que se había puesto mi nutricionista de superar los 30 kg de musculatura.
Lo que en su momento no conté fue cómo lo logré. Principalmente porque temía que no funcionara y que alguien me imitara (ACLARACIÓN: Chicos, no hagan esto en sus casas, soy un profesional). Me gusta aconsejar en base a experiencias exitosas. Este año, con el boom de los envíos desde china (la vieja y querida Ali Express), buscando muñecos de las Tortugas Ninja y accesorios para running, me encontré con un producto que lo tenía todo: la HiperEspirulina® (o Chāo luóxuán zǎo). Este producto es básicamente espirulina metabolizada, que puede absorberse más fácilmente, con un refuerzo de nutrientes, ginseng y glucógeno. Contiene 870% más de proteína que la carne de vaca, 500% más magnesio que los champiñones, 1300 veces más clorofila que las verduras de hojas verdes y 2 veces más vitaminas del complejo B que las almendras.
Comencé a tomarla con el desayuno, mezclado con la avena y las pasas de uva. Al principio es difícil acostumbrarse porque tiñe todo de verde y hace que el gusto de la comida sea parecido a la acelga. Pero con el tiempo uno siente los beneficios. Antes me quedaba dormido en todas las reuniones, sobre todo después de comer. Ahora me siento atento y afilado, listo para la acción. Logré subir 2 kilos de músculo por mes… ¡incluso en los meses en los que no iba al gimnasio! Además mejoré mis tiempos de carrera, como puede atestiguar cualquiera que vea mi desempeño: en la maratón de Río, en junio, hice 3 horas 27 minutos. En solo 3 meses, cuando corrí la de Buenos Aires, bajé a 3 horas 3 minutos. Ya en este punto consumía HiperEspirulina® en todas las comidas, a veces mezclado con arroz, tofu y ananá, y otras preparándome jugos con agua y una pizca de stevia.
Soy el primero en admitir que lo que más me hubiese gustado es no obtener estos logros consumiendo suplementos y que sea todo en forma natural, pero lo que realmente cambió mi modo de pensar fue cuando se destapó la verdad del caso Armstrong (Lance Armstrong, no Neil Armstrong). Si bien la FDA no aprueba el uso de HiperEspirulina® en las competencias (en el dopaje muestra un acelerado nivel electrolítico), quedó demostrado que la superación va de la mano de la química. Emil Zatopek, hoy en día, no podría ganar una competencia sin ayuda de la ciencia, por más entrenamiento corriendo en borceguíes, en la nieve, con la mujer a caballito. Hoy los campeones olímpicos se lo comerían crudos (de hecho, con los suplementos indicados, hasta yo le daría carrera).
Existen suplementos de origen natural (y vegano), como los polvos protéicos con soja, la corteza de bambú o el batido de jengibre, ópalo y azúcar orgánica, pero sus resultados son ínfimos y muy lentos. Hoy ya tres de mis colaciones diarias son HiperEspirulina®, y realmente no la cambiaría por nada (lo que daría porque HiperEspirulina® me auspicie este blog… HiperEspirulina®, ¡nunca salgo de casa sin ella!).
Nuevamente, les recuerdo que no hagan esto en sus casas, no conviertan a su cuerpo en un conejillo de indias. Mejor es consultar a su nutricionista para que les indique la mejor forma de incorporar HiperEspirulina® en su dieta. Las primeras semanas tuve un poco de sangre en la orina y algunas migrañas, pero ya casi se me fue.
Y con esto cierro el balance de 2013, una seguidilla de posts aburridos que casi nadie comentó. Mañana, a retirar los kits de la San Silvestre, ¡y a cerrar el año corriendo!

Semana 13: Día 91: Balance de fin de año: LAS CARRERAS

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Si tengo que ponerme contento por algo, es que este año he corrido las carreras más fantásticas y en las que mejor me ha ido.
En primer lugar, obviamente, estuvieron los 100 km de la Ultra Buenos Aires. Esa carrera que nació para poder pre-clasificar en la Espartatlón (con su objetivo de terminarla en menos de 10 horas y media) hoy la recuerdo como un sueño, con todas esas características de lo onírico. ¿Cómo llegué hasta ahí? ¿Cómo hice para correr esa distancia? Tengo flashes, de la compañía de amigos, de mi papá bajándose del auto para correr unos metros a mi lado, estar asqueado de Powerade y seguir tomando… los charcos, el barro, los alambrados que había que sortear… una experiencia surreal, increíble. Lo que me queda más vívido es la llegada, mis lágrimas, los abrazos. Nunca me imaginé que terminar una carrera me iba a hacer sentir todo eso.
El otro extremo, la peor carrera, también la viví este año. Quizá no el recorrido o la competencia en sí, sino esa cabaña en Tandil donde el dueño me quiso pegar y nos terminó echando. Todavía me cuesta creer lo que pasó. Tengo pocos recuerdos de la Adventure Race en sí, la angustia no me dejó disfrutarla y hoy la reprimo… todavía recuerdo todo lo que pasó y me angustio. Pienso en qué podría haber hecho para evitar que todo eso pasara y me cuesta dejarlo atrás. A veces me funciona pensar en la Ultra Buenos Aires, en la bondad de la gente, de los que no me prejuzgaron ni me quisieron dañar. Es muy extraño tener cosas tan opuestas en un mismo año, pero bueno, así es la vida.
Todavía en pareja hice la Patagonia Run, esta vez la distancia de 63 km porque los 100 prometí no volver a hacerlos nunca más (promesa que romperé en abril de 2014). Fue una ultramaratón difícil, como cualquier cosa que involucre montaña, pero logramos llegar a la meta a tiempo, después de cruzar paisajes asombrosos. Esta carrera es un ejemplo de buena organización, y por más que he sufrido las dos veces que la corrí, pasan los meses y estoy esperándola para volverla a hacer.
Mi separación fue un cambio muy profundo en mi vida, y eso lo vengo diciendo en casi todos mis balances (prometo que el de mañana es el último). No me quería separar, sinceramente. Es probable que fuera inevitable y que solo estuviésemos estirando algo que iba a pasar tarde o temprano. Soy consciente de que no manejé bien los últimos meses de la relación, pero creo que compensé (al menos conmigo mismo) después de la separación. Podría haberme deprimido, o haberme hundido en la autocompasión. Podría haberme instalado frente a la computadora en salas de chat, buscando un reemplazo (si lo habré hecho…), pero en lugar de eso, me fui a correr la Maratón de Río. Desde que lo decidí hasta que lo hice pasó exactamente un mes. Tiempo más que suficiente para sacar pasajes, pagar hospedaje y reconectarme con mis amigos y lo que me gusta. No me fue tan bien como hubiese querido (no seguí al pie de la letra mis propios consejos previos a los 42 km), pero la disfruté mucho y la completé en 3 horas 27 minutos, por debajo de las 3 horas y media. No estaba listo para hacer marca, pero me llevé hermosos recuerdos. Las carreras improvisadas son las que más me gustan.
Otra decisión que tuve que tomar fue si participaba de Yaboty o no. El tema es que todos los viajes a cualquier competencia son en grupo, o como mínimo en pareja. No se me da tan fácil socializar, pero ir con alguien lo facilita. Y estos 90 km en la selva misionera iban a ser en equipo con mi ex, y después de la separación ella decidió no correrla y yo tuve que ver qué hacía. Me daba más pánico ir solo que enfrentarme a una calurosa ultramaratón… pero me animé y fui. Sin dudas fue una excelente decisión, porque conocí a mucha gente con la que sigo en contacto, y aunque la parí (¿acaso no sufrimos todas las carreras?) me fue bastante bien, alcanzando la meta en el noveno lugar de la general (éramos diez). Como dije, fue extremadamente dura, pero la calidez y el aliento de la gente (organización, vecinos y corredores) alimentan el combustible motivacional.
Siguiendo la racha de buenas carreras, en septiembre participé de la media maratón de la Ciudad de Buenos Aires, y descubrí algo que no me imaginaba: que podría sostener una velocidad de 4:15 minutos el kilómetro durante los 21 km. Era algo que nunca había tenido oportunidad de averiguar, y alcanzarlo me sorprendió gratamente. La matemática decía que tenía que terminar los 42 km de la maratón, en octubre, en 3 horas 5 minutos. Eso sí me parecía imposible, una mojada de oreja absurda. Pero llegó el día de la competencia y bajé ese “inalcanzable” tiempo en dos minutos, logrando mejorar mi marca histórica de 3 horas 24 minutos. Mejorar tanto solo significa que entrenaste mucho y que algo bien hiciste. Nada más. No te hace mejor persona, ni mejor corredor, ni alguien superior. Pero la alegría de superarse es válida, y me llenó de alegría.
Hice otras carreras improvisadas, decididas a último momento, como la de Felicidad en Movimiento, o la Demolition Race de Pinamar… excusas para estar en grupo y divertirse corriendo. No importaban los tiempos ni hacer velocidad. Solo compartir. Por eso las disfruté mucho. Correr es una actividad solitaria, muy personal, y hacerlo en equipo es una experiencia muy diferente y enriquecedora.
Todavía me falta la última carrera del año, la San Silvestre, el 31 de diciembre. Algún genio se dio cuenta de que no tenía sentido seguir haciéndola a las 4 de la tarde, y la adelantaron a las 8 de la mañana. El recorrido es diferente también, supongo que porque ya no quieren cortar el tránsito en 9 de julio. Veremos qué tal es. Me gusta participar de una competencia a la que puedo ir desde mi casa a pie…

Semana 13: Día 90: Balance de fin de año: MUSCULACIÓN

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Como comentaba ayer, decidí separar los entrenamientos y hoy le toca el turno a la musculación. Es la actividad que un corredor tranquilamente podría dejar de lado, pero si lo hiciese estaría cometiendo un acto de enorme subestimación.
Correr es una actividad muy beneficiosa y muy completa, pero podría ser mejor si la complementamos con algo que fortalezca los músculos. Por supuesto que vengo buscando el equilibrio desde que empecé con Semana 52. Y quizá este 2013 sea el año en que mejores resultados obtuve. ¿Cuál fue el secreto? Más horas en el gimnasio. El período de 3 meses en donde iba prácticamente de lunes a viernes me mejoró bastante el tren superior. Casi no hice piernas (me reservé eso para cuando corriese), pero varios en el grupo notaron mi desarrollo de bíceps. En mi cita con la nutricionista, en donde hicimos la medición antropométrica, me dio que estuve en mi mejor momento desde que empezamos, en 2010. Es el gran desafío, porque los corredores de fondo quemamos músculo…
Pero mi membresía del gimnasio era por 90 días, y se acabó a fines de octubre. Como dos semanas después me iba a Europa, no quería renovarlo, pero sí quería seguir entrenando musculación. ¿Qué hacer?
Bueno, por suerte una de las cosas que empecé a trabajar son las dominadas, o sea colgarme de una barra. Tengo una que atraviesa la puerta de mi baño (no a una altura donde podría golpearme) y de vez en cuando pruebo a ver cuántas repeticiones soy capaz de hacer. Como siempre, se empieza por una (o media, en mi caso). Ya llegué a diez, lo cual me puso muy contento.
Afortunadamente en el parque donde entrenamos con los Puma Runners pusieron unas barras para colgarse, así que después de cada entrenamiento aeróbico intento colgarme un poco. Es el ejercicio más completo, porque trabajo la espalda, los hombros, algo de brazos, y las abdominales, siempre dependiendo del tipo de actividad que haga. Ahora es parte de mi rutina. Salgo a correr a la mañana a la Reserva, con los guantes sin dedos enganchados en el baticinturón, y cuando salgo me cuelgo un rato. Antes hacía una media hora, pero con el sol del mediodía calcinándome la pelada, hago entre 10 y 15 minutos y vengo a casa a hacer el resto. Para sentirme que sigo trabajando los músculos, subo los 4 pisos por escalera.
Además de los ejercicios con barra también incluí unos entrenamientos de piernas que saqué de Twitter, al igual que unos intensivos de abdominales que me dejan temblando. Dicen que para que el músculo crezca hay que llevarlo hasta el fallo (o sea, hasta que no pueda más), y alcanzar ese límite es lo que me ayudó en todo este tiempo. Ahora los bíceps están un poco más relegados, pero para correr me tengo que concentrar en el centro de mi cuerpo, las abdominales y las dorsales. El resto se me hace más estético que otra cosa. Obviamente que es algo que sí me interesa (ser estético), pero intento concentrarme en lo que me va a ayudar a correr. También tenía unos discos de acero sueltos, y aplicando técnicas de decoupage usé unas cintas y unos tubos de metal para improvisarme unas pesas. Si hay voluntad, cualquier cosa de la casa puede servir para entrenar.
Otra clave para haber ganado músculo estos meses fue la colación post gimnasio. El sándwich de tofu con pan integral con semillas es mi único secreto (aunque el divulgarlo hace que pierda esa categoría). Entrenar en casa me ayuda a paliar el calor, con el aire y en cueros (algo que en el gimnasio estaba prohibido). El disponer de mayor tiempo libre me ayudó mucho, e intento dedicarle casi una hora a la musculación. Tengo cita con la nutricionista el 8 de enero… y me estoy esforzando para llegar bien. Ya les contaré, el año que viene…

Semana 13: Día 89: Balance de fin de año: EL ENTRENAMIENTO

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Vamos a desdoblar lo del entrenamiento en dos: running y musculación. O correr y musculation. Como quieran. Hoy me centro en la parte aeróbica.
Ahora que estoy haciendo estos balances y miro hacia el año que pasó me doy cuenta del momento bisagra que fue mi separación. No puedo decir que fue bueno o malo, simplemente pasó y tuvo un efecto muy importante en mi vida. Estar solo y no tener hijos implica tener un mayor control de los horarios. Ya no hay culpas por salir en puntas de pie a correr un domingo a las 6 de la mañana, ni tampoco por regresar no demasiado tarde a la noche para poder cenar en pareja o en familia.
Reconozco que armarse una rutina en forma amateur, sosteniendo trabajo y conviviendo con otras personas es muy complejo. Se puede hacer, pero nunca va a ser fácil. A mí jamás me exigieron volver a ciertos horarios ni tampoco tuve reclamos para salir o regresar a determinada hora. Tampoco por ropa transpirada ni conversaciones monotemáticas. Pero la pucha que es complicado hacer lo que uno realmente quiere, incluso cuando nadie está impidiéndolo explícitamente.
Una de las cosas que me pasó cuando me separé fue que recuperé un poco la asistencia perfecta a los entrenamientos. Quizás el kilometraje dé muy parecido a otros meses en pareja (igual estoy convencido de que en diciembre voy a subir bastante el número), pero yo me doy cuenta de que encontré muchos más espacios. Hago esta aclaración pero en realidad yo ya venía entrenando a fondo, no por nada logré hacer los 100 km de la Ultra Buenos Aires en 10 hs 14 minutos. Esto fue producto de gastar suelas de zapatilla haciendo 40 o 50 km, a veces desde Colegiales hasta el Tigre, ida y vuelta. Estos fondos eran muy terapéuticos para mí, me daban mucha paz mental. El sumum fue cuando hice 70 km en la Reserva Ecológica. Creo que le di siete vueltas o casi… fue duro, y cuando terminé sentí una emoción muy grande. Fue poco tiempo de ir a correr los 100.
El entrenamiento en el grupo es imprescindible, jamás lo voy a subestimar. No es lo mismo correr solo que tener la indicación de un entrenador y hacer trabajos combinados con musculación, cuestas, cambios de ritmo, etc. Igual para alcanzar distancias de ultramaratón sin lugar a dudas no alcanza correr tres veces por semana. O por lo menos no me alcanzaban las distancias que estábamos haciendo, porque no creo que haya muchos grupos en donde uno pueda salir y volver a las cuatro horas y media. Creo que pocos profesores lo soportarían, o se irían a ver una película en función doble para esperar nuestro regreso.
Este año hubo muchos fondos en zona norte, más precisamente saliendo desde el Hipódromo de San Isidro y yendo hacia la costanera. Pocas veces, menos de las que me gustaría, encaramos hacia Tigre. Da unos 23 km. Más de una vez chicaneé con que el entrenamiento me había quedado corto, y me mandaron a dar una “vuelta larga” al Hipódromo, que da entre 9 y 11 km, dependiendo del camino que se elija. También me di el gusto de hacer fondos en Londres, París y Barcelona, para perderme en sus callecitas… y no lo digo en sentido figurado. Realmente me perdí. Mal. Pero esa fue la parte más interesante.
Igual debo confesar, no encontré en Buenos Aires un lugar mejor para correr que la Reserva Ecológica. Sin tráfico, ni ruidos… con canillas para hidratarse y mojarse, árboles, sombra… tiene la contra de que abre a las 8 de la mañana, y si fuera por mí estaría ahí antes de que amanezca… Lo que debe ser ese lugar de noche…
Este año he corrido mucho. Pero no lo suficiente. Espero correr mucho más en el próximo año, algo así como 246 km en un tirón.

Semana 13: Día 88: Balance de fin de año: LA BEBIDA

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Sin dudas el tema de la bebida, en especial el alcohol, fue el cambio más grande que hice desde que empecé este blog, en agosto de 2010. Se podría decir que en 2013 me di un par de libertades, que alguno creía que iba a mantener en secreto en este blog. Pero bueno, no podía ir a Londres y no pasar por un pub a tomar una cerveza. Tampoco podía dejar de lado el brindis de fin de año con los Puma Runners cuando Mak se apareció con un champagne de 3 litros.
Al igual que el reajuste con la comida, este año también significó un reajuste de la bebida. Intenté tomar toda el agua posible (bebo casi exclusivamente eso porque detesto a las gaseosas), y cuando me encontré corto de dinero, herví el agua de la canilla. Fue quizá mi momento de tocar fondo a nivel económico, y logré salir a flote gracias a la ayuda de mis padres y al ingenio. Además de poner la olla a hervir, recurrí a todo lo que había en la alacena, incluso esas cosas que había decidido dejar de lado, como el arroz blanco o las pastas que no eran integrales. El agua de la canilla está lejos de ser la mejor, tiene metales, cloro, y un sabor que a mí se me hace espantoso. Pero apenas salí de esa deuda que me significó irme de vacaciones a Europa, pude volver a comprar los botellones de agua mineral.
Y hubiese seguido así, dándole plata eternamente a Villa del Sur, hasta que encontré un filtro PSA muy barato en Mercado Libre (y a estrenar). Aunque mi canilla no tiene de dónde engancharle el pico (ya probé de todo), sostengo las mangeras con la mano cada vez que quiero llenar mis botellas de vidrio, las que van directo a la heladera. Ahora tengo agua todo el tiempo, cuando quiero, sin olores ni sabor extraño. Estoy seguro de que, a mayor escala, Villa del Sur hace exactamente lo mismo con los botellones que yo les compraba. Esto es muy liberador, y ya no me limito por la cantidad que compré, sino que tomo todo el tiempo, en especial en esta época de horrorosos calores.
Gracias a mi fobia al plástico me hice de un par de botellas de cerveza (vacías) con un pico de porcelana. Tomar de un envase de vidrio resulta mucho más refrescante, y hasta se me hace más higiénico. Siempre parece que estoy tomando alcohol, pero de algún modo se me hace que esto de renunciar al plástico va en sintonía con lo de comer más sano.
Tomar agua y dejar el alcohol fueron los cambios más importantes desde que empecé, pero la incorporación más espectacular de 2013 fue la juguera. Me cuesta recordar cómo era mi vida antes de este maravilloso aparato que me regalaron mis padres. Siempre me costó comer todas las verduras que debía, así que… ¿por qué no beberlas? Las colaciones, que siempre eran alguna fruta, ahora son jugos en un sinfín de combinaciones. Yo creía que el líquido no me iba a llenar, pero resultó ser todo lo contrario. No hay nada más natural y nutritivo que estas bebidas, sin conservantes, ni azúcar, ni colorante. Nada que ver a hacerse un licuado, y hasta es más sabroso que comer la fruta o la verdura al natural. Las peras, que siempre están duras, pasadas por la juguera dan un jugo riquísimo. Y lo probé dándole un vaso a quienes me visitan en mi departamento, y a todos les encanta. Por supuesto, la única contra que tiene este aparato es que hay que lavarlo después de cada uso, pero yo ya lo incorporé al proceso.
Siguen sin gustarme las gaseosas, y todo lo que tenga gas. En alguna fiesta que se acabó el agua tomé sorbos de Sprite y me resultó un jarabe espantoso. Es increíble cómo en una época era adicto a estas cosas…
La abstinencia es algo que seguramente mantenga en años venideros, si no es en toda mi vida. Además de lo poco que le aporta al cuerpo, desde que descubrí que podía hablar con mujeres y bailar sin tomar alcohol previamente, el cielo es el límite…

Semana 13: Día 87: Balance de fin de año: LA COMIDA

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Se acerca fin de año, y es un buen momento para mirar atrás y ver el camino recorrido.
Este va a ser un año muy importante para mí, porque lo voy a cumplir como vegano de punta a punta. Fue una decisión difícil y a la vez fácil. Primero me encargué de paranoiquearme con la proteína animal y sus efectos nocivos en el cuerpo. Después me di cuenta de lo fácil que era para mí, siendo ovolactovegetariano, para dejar el queso y la leche.
El problema vino cuando quise compartir una cena afuera con amigos, o en algún viaje donde no me podía cocinar (como en la Patagonia Run). Esas fueron y serán situaciones complicadas para mí, pero me las pude ingeniar. Las latas terminaron siendo una solución espectacular para el micro de larga distancia. Ya no pude hacer una reunión con pizza, algo que se soluciona tan fácil como levantando un teléfono o de parado en decenas de locales en la Ciudad Autónoma. Sin embargo me encontré en la obligación de cocinar y de aprender, así que supe tener invitados en casa a los que deleitar.
Este año fue también, como quien no quiere la cosa, en el que decidí dejar las harinas blancas, el azúcar, el arroz blanco y la sal de mesa. Esto lo reemplacé con harina y arroz integral, stevia y sal marina. O, en su defecto, sin condimentar las comidas. Realmente ser vegetariano trae consigo un cambio en el paladar, así que uno siente más los sabores. También aprendí a hacer mi propio pan, con semillas y todo, pero las cuentas me dieron que gasto más haciéndolo que comprándolo en una dietética. ¿Cómo es esto posible? No lo sé, probablemente esté haciendo algo mal, como no dejando levar la masa lo suficiente como para que termine saliendo más cantidad. Pero bueno, ser vegano y comer sano es algo un poco oneroso.
Mirando hacia atrás veo que también fue un año donde pude contener las “tentaciones” como las galletitas, budines y otras delicias que aunque veganas, no me aportaban cosas que yo realmente necesitara. Volver a la soltería, a la modesta caja de zapatos que alquilo en el microcentro, me obligó a cuidar los gastos y a no comprar de más. Así fue que terminé organizándome mejor. También me regalaron la juguera, y muchas colaciones pasaron a ser esos exquisitos jugos naturales (pero prefiero explayarme un poco más en el balance de las bebidas, en el día de mañana).
Este año incorporé la espirulina, polvo verde solo para valientes, pero con un altísimo poder nutritivo. También volví a la levadura de cerveza, que a pesar de sus vitaminas y nutrientes, me encanta su sabor y lo terminé utilizando como condimento. Volver al gimnasio, aunque fuese por tres meses, también implicó un regreso a los sándwiches de pan integral y tofu como colación post entrenamiento, y lo incorporé también al post-running. Después de correr, agotados en la noche, vi a varios compañeros míos mirando mi sándwich con baba cayéndole de la boca. No es difícil prepararse algo para cuando terminás de entrenar, y es el momento justo en que tu cuerpo necesita hidratos y proteínas.
Mudarme me trajo otra consecuencia, que fue no tener más microondas. En su lugar tengo un hornito eléctrico con el que resolví todo. La comida queda más rica, se puede tostar el pan, y no sé cómo haré para vivir sin él cuando me mude (me veré en la obligación de comprarme otro). También volví a las ensaladas, en especial cuando descubrí el verdadero valor de las ferias itinerantes, con sus frutas y verduras dos o tres veces más baratas que en el supermercado. Así es más fácil comer sano… aunque se manejan con efectivo, así que fin de mes es acabar con lo que haya en la heladera y las alacenas, o pagar caros los alimentos naturales con tarjeta de crédito en el supermercado. Todo no se puede.
Muchos creen que mi determinación con la comida ha sido una constante, y para mí es un continuo aprendizaje. No siempre tengo la motivación para cocinarme algo sano y nutritivo, y a pesar de estar en casi tres años y medio de blog, sigo esforzándome e incorporando cosas nuevas. Por suerte cada vez hay más ofertas veganas e integrales en la Ciudad, y con toda la experiencia que adquirí en este 2013, el esfuerzo se va haciendo cada vez menos pesado.
(La ensalada que ven en la foto, que no me pude terminar, es de Vita, un restaurante vegano al que me invitó hoy mi amiga Naty. ¡Recomendado!)

Semana 13: Día 86: Los Premios LionX

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A todo aquel que no lo sepa, Germán de Gregori es el entrenador de los LionX, grupo que creó hace 18 años y que actualmente junta a unas 20 personas a las que les gusta correr y tener una vida sana. Actualmente tenemos el auspicio de Puma, por lo que puertas afuera somos el Puma Running Team de San Isidro, pero internamente nos seguimos llamando LionX. Sé que a veces parece confuso, pero bueno…
Históricamente se hacía una entrega de premios para cerrar el año. Esa tradición cayó en desuso, y en 2011 la rescatamos. Las categorías son en algunos casos serias, en otros pura y exclusivamente en joda. Como soy el diseñador del grupo, siempre me entero unos días antes de quiénes son los ganadores, porque tengo que armar los diplomas. Así que de entrada supe qué tan cerca de ganar tal o cual diploma estuve, cuáles fueron las categorías más peleadas, etc. El premio final, el LionX de oro, nunca lo había ganado. De hecho, me parecía un honor enorme conseguirlo, y quienes lo obtuvieron en 2011 (Lore) y 2012 (Lean) realmente se lo merecían.
Pero este año la cosa cambió. Germán está de vacaciones, y me pasó a mí la potestad para organizarlo. Como se elige de acuerdo a los votos de los miembros activos del grupo, primero consulté a ver si les copaba hacerlo sin él, y todos accedieron. Así que armé las categorías en base a las del año pasado y con ayuda de mi amiga Vane les sacamos las que considerábamos redundantes.

Las categorías fueron:
1. Mejor compañero
2. El tiburón
3. Premio a la superación personal
4. Revelación
5. El cabeza dura
6. El ejemplo a seguir
7. El más colgado
8. Mejor situación de carrera o entrenamiento
9. Mejor motivador
10. Mejor equipo
11. Al que más se identifica con la filosofía LionX
12. Al mejor golpe o caída
13. Bomba de humo (Desaparecido/a del año)
14. Mejor compañero de viaje
15. Mejor portador de sunga
16. Mejor indumentaria
17. LionX de oro 2013

Adenás entregamos uno a mejor asistencia (Lean) y Trayectoria (Mak, que está en el grupo desde 2006). Todos los años, Germán prohíbe que lo voten a él en cualquier categoría, pero como esta vez lo organicé yo, levanté esa restricción… y terminó ganando el premio al Mejor motivador.
La ceremonia fue muy emotiva. Si bien intenté copiar y pegar las justificaciones de los votos en un word sin mirar (y así no saber quién escribía cada cosa), armé unos textitos de introducción a cada diploma, muy emotivos. Yo lo sabía de entrada, pero me llevé tres galardones: “El ejemplo a seguir”, “Al que más se identifica con la filosofía LionX y el LionX de oro (inmediatamente después, me tiraron a la pileta). Fue un honor inmenso, y también parte del motivo por lo que pospuse ir a saltar en paracaídas. No tanto para vanagloriarme a mí mismo, sino para poder decirle en persona, cara a cara, a mis compañeros y amigos de grupo lo honrado que me sentía y lo importante que eran para mí. El grupo, sin ninguna dudas, me salvó la vida en más de una ocasión.
Fue realmente una jornada espectacular, con almuerzo entre amigos, torta vegana por mi cumpleaños (una sandía con una vela), emociones (risas y algunas lágrimas) y el cierre de un año intenso y muy importante en mi vida. Sin lugar a dudas, uno de esos días que jamás voy a olvidar…

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