Semana 9: Día 63: Viernes negro

No tengo alma. La vendí. Qué digo “vendí”, la regalé. Solía ser mía, la había puesto a disposición de este blog y de la actividad deportiva, pero ahora le pertenece a Decathlon. Esta empresa que no sabe que existo y de quien vivo hablando maravillas, tiene todo lo que necesito y a precios baratísimos. ¿Necesitan un vocero? Acá estoy. ¿Quieren a un blogger que hable maravillas de ellos y pruebe y recomiende sus productos? No tienen que seguir buscando. ¿Les serviría de algo? Probablemente poco y nada.
Conocí al Decathlon antes de empezar a correr en serio. Mi hermano, que vivía en Madrid, solía comprar regalos ahí, combinando con Ikea para lo que no era abrigo o ropa deportiva. Un día viajé a España y vi ese hipermercado para atletas. Cada vez que iba a viajar a una ciudad en el exterior primero averiguaba si tenían un Decatahlon en las cercanías. En Río de Janeiro había uno y lo visité. En París, hace pocos días, también. Y Barcelona no fue la excepción.
Parte del viaje era ir a esta tienda y comprar un listado de cosas para Nico, un amigo, y Santiago, mi hermano. Además yo quería algunas medias para destrozar entrenando, y boxers, que me encantan y están muy baratos. Por ahí me tentaba con algo más, pero ya con eso tenía un gasto importante. El tema es que Barcelona quedó al final del viaje, y en este tiempo fui haciendo pelota la tarjeta. Problema número uno. Me hice de muchos, muchos libros, y algunas remeras de nerd. También encontré una alternativa espectacular para transportar agua en los entrenamientos sin recurrir a botellas de plástico, que son las de cerveza con tapa de cerámica. En Francia compré un par y ahora las ando acarreando. Y ahí empieza el problema número dos. Para abaratar costos, mi pasaje de avión no permite despachar valijas en la bodega a menos que pague un extra. El equipaje de cabina tiene ciertas dimensiones y peso establecido, y si me paso tengo que despachar, y eso me sale unos cuantos billetes. Así que la idea es medirse.
Por supuesto que no me medí. Y para colmo que ya me había comprometido a ir al Decathlon, hoy me enteró que es el Black Friday. Esta tradición del “Viernes Negro” es una estrategia merketinera norteamericana que consiste en realizar importantísimos descuentos en el último viernes de Noviembre, lo que antecedería a las compras navideñas. Escuché de pasada en una tienda que hoy era “Friday algo” y paré la oreja. Navegué en internet y vi que España se sumaba a esta exitosa moda norteamericana, que algunos fanáticos rechazaban como si les estuviesen imponiendo festejar Acción de Gracias. Vi que en el Decathlon también se sumaban, así que salí corriendo para ahí, apurando esas compras que iba a dejar para último momento.
Una hora y media me tomó recorrer todos los pasillos y las góndolas, e ir investigando dónde estaba cada ítem de la lista. ¿Por qué le ponen “Black Friday” a algo tan espectacular? No voy a aburrirlos con todas las cosas maravillosas que vi. Solo que me tenté con una cinta para saltar de 5 euros y una campera de polar a 12 euros.
Obviamente el local estaba atestado de gente que iba a buscar el descuento. Además de abrirme paso a los codazos y patadas, las colas para pagar eran infinitas. Cuando finalmente llegué hasta la cajera, sumamos todos los artículos y me daba 211 euros. No me preocupaba, después iba a gestionar el Tax Refund en el aerouerto y recuperar un 10%. Cuando le pasé mi tarjeta de crédito (más golpeada que Rocky durante todo mi viaje), le salía rechazada. Me lo suponía, así que le di la extensión de la American Express que me dio mi mamá. No trabajaban con esa empresa. Gentilmente me ofrecieron guardarme mis productos hasta que consiguiera efectivo.
Volví al departamento derrotado. No quería gastar el efectivo, que de por sí era muy poco. No le veía una salida a mi dilema, hasta que una altruista en recuperación retrocedió unos pasos en su rehabilitación y me prestó su tarjeta de crédito, con la promesa de pagar esta monstruosa cuota estando allá. Por supuesto que me comprometí, y pude ir y regresar con las bolsas, anotándome un triunfo.
Siempre envidié el Black Friday, y jamás pensé que iba a entregar mi alma para comprar, una vez más, todas esas cosas que no necesito.

Publicado el 29 noviembre, 2013 en Black Friday, compras, consumismo, Espartatlón III semana 9. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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