Semana 9: Día 61: Un fondo en los Champs Elysées

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Siguiendo con mi intención de correr un fondo por ciudad visitada en Europa, hoy corrí 20 km por las calles de París.
¿Qué decir sin que suene a un subjetivo chupamedias de esta ciudad? La primera vez que vine a Francia, la odié. Los franceses me cayeron mal, no estaba en un hostel muy amigable y no lograba conectarme demasiado con sus calles. La segunda ya no me disgustaba tanto. La tercera le encontré la vuelta. Esta es la cuarta vez que la visito, y me parece un excelente lugar para visitar. Mañana a la mañana parto rumbo al aeropuerto de Orly, y sé que voy a extrañar París.
Pero para despedirme, decidí aprovechar la oportunidad para salir a correr, al igual que hice recientemente en Londres. Coincidiendo con esta ciudad, acá está haciendo mucho frío. Ya que no está tan cerca del Polo Norte, hay una o dos horas diarias más de luz, lo cual ya es bastante. No me tocó ningún día de lluvia, y me considero afortunado por eso. Salí con mis calzas, una remera térmica y otra de manga larga encima, un cuello polar, guantes y un pañuelo tipo buff, además de mi mochila hidratadora con agua y algunas pasas. Salí 6:20 y era absolutamente de noche.
Las calles obviamente estaban vacías, a excepción de algunos pocos autos. Decidí ir hacia Bastille, que no es otra cosa que la famosa Bastilla, donde está la estación de subte más cercana al micro-departamento que estoy alquilando. Sabía que cerca estaba el río Senna, y si lo seguía me podía llevar a los principales centros turísticos, en especial mis dos grandes objetivos que eran la Torre Eiffel y el Arco del Triunfo. Pero soy pésimo orientándome, y me perdí.
Eso no me desesperó. La idea era perderme, y si llegaba al río era suficiente para mí. Las estaciones de Colectivos y de Subte (llamado “Metro”) tienen carteles con las calles, así que en cuanto veía una parada o una estación, miraba en donde estaba y ajustaba mi dirección. Después de deambular sin rumbo varios minutos, llegué al Senna y lo fui siguiendo. Se va abriendo en canales, y solo lo hace para molestarme. Por suerte, entre los edificios pude vislumbrar la Catedral de Notre Dame, mi primer punto de referencia. En Buenos Aires nos quejamos porque hace unos años empezaron a enrejar las plazas y a cerrarlas de noche, pero esto es una fastidiosa práctica que se hace desde mucho antes en Europa, especialmente en París… y ese bello patiecito que tiene Notre Dame no fue la excepción. ¡Abría a las 9 de la mañana! Y claro, había hecho solo 2,5 km, así que todavía era tempranísimo.
De ahí volví al río cruzando sus puentes, y me dirigí a una de las partes más hermosas de la ciudad, que es el Louvre. Este legendario museo es inmenso y aunque lógicamente estaba cerrado, correr delante de la entrada (enmarcada en una moderna pirámide de cristal) hizo una postal muy surrealista mientras amanecía. Atravesé sus parques, donde me crucé con otros corredores que enfrentaban al frío para entrenar. Después pasé por debajo de una vuelta al mundo, justo en frente a un obelisco egipcio (una más entre tantas obras de arte arrebatadas por franceses e ingleses).
Luego de cruzar una avenida con muchos semáforos peatonales que jamás dan onda verde a los peatones, llegué a la calle más prestigiosa de París, Champs Elysées. Como el sol no había terminado de salir, las luces navideñas que decoran las calles todavía estaban encendidas. Había una feria a punto de abrir sus puertas, y mientras corría se olían panqueques preparándose.
Los locales comerciales todavía no abrían, pero los empleados estaban acomodando las vidrieras y apilando cajas. Las veredas estaban mojadas, recién baldeadas, y algunas personas me miraban con una expresión de consternación, como si pensaran qué llevaba a un loco a correr a esa hora, en ese lugar. Por suerte éramos varios, que fui viendo por todo el camino. Crucé frente al Arco del Triunfo y me saqué una foto, poco espontánea pero muy copada.
El siguiente objetivo era la Torre Eiffel, y como es realmente inmensa la veía entre los techos de los edificios. Quise entrar por esa enorme plaza que la antecede, pero me olvidé su ubicación exacta. Con el cielo nublado pero aclarándose con la salida del sol, llegué hasta este imponente mastodonte que es visita obligada para todos los turistas. Es increíble pasar por abajo, porque es ahí cuando uno toma real dimensión de su tamaño. Me alejé un tramo bien largo para sacarme un par de todos más (en la Escuela Militar) y tener a la torre de fondo. Ahí, con el reloj que me marcaba 12 km, emprendí el regreso.
No quería hacer exactamente el mismo camino. Fue por eso que decidí volver rodeando el Senna, trayecto que yo suponía era más corto. Pero en serio soy muy malo orientándome, así que no sabía si doblar a la derecha o a la izquierda. De nuevo, un cartel en una parada de colectivo me orientó (era para la derecha). Volví a pasar frente a la Torre Eiffel, y aunque estaba volviendo vi a algunos corredores entrenando entre las otoñales hojas caídas de una plaza al costado. No pude evitar seguirlos. Después fue rodear el río, donde encontré una calle exclusiva para bicicletas y deportistas. Y no me refiero a una bicisenda donde apenas tiene el ancho de mis hombros. Hablo de dos carriles anchos, asfaltados y especialmente acondicionados, con pintadas de los principales puntos de la ciudad en la calle, con el objetivo de ubicarlos mejor. ¿Por qué dejo estos fondos para el último día? Mientras corría me lamentaba de que no iba a poder volver a entrenar en este lugar.
Como el Senna se abre, aunque vi Notre Dame, no me terminaba de orientar cuál era el camino correcto al departamento. Después de mucha incertidumbre y de no saber cuál era la ruta, un cartel que apuntaba para un lado indicaba que en esa dirección estaba Bastille. París solo indica estas cosas si estás cerca. Igual a mí me encantaría que pongan una flecha que apunte a la Torre Eiffel desde donde salí, porque tengo la teoría de que mucha gente querría caminar o correr hasta ahí, sabiendo al menos en qué dirección tiene que encarar. Si no conocen Europa y tienen la oportunidad, vean un mapa de cualquier ciudad importante, y van a ver que no sigue una regla de cuadrícula ni nada. No se extrañen si ven una calle que se corta a sí misma.
Ya en Bastille pude ir directo a casa y cerrar ese hermoso fondo en 20 kilómetros. Me lo tomé con calma, saqué algunas fotos y disfruté mucho de esa urbe que recién despertaba, y de la que cada día me enamoro más…

Publicado el 27 noviembre, 2013 en Champs Elysées, Espartatlón III semana 9, http://schemas.google.com/blogger/2008/kind#post, París, running, viaje. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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