Semana 9: Día 58: Un fondo en Hyde Park

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No quería irme de Londres sin correr un poco. Mis días en esta ciudad era pasear aprovechando su enorme oferta de Museos y paseos al aire libre, y ver a un montón de gente corriendo. La primera vez que vine fue en el año 2008, cuando todavía estaba a un mes de sumarme a los Puma Runners, mi primer grupo de entrenamiento. Seguramente a esa altura ya estaba prácticamente cocinado eso de ponerme a entrenar, así que (al igual que ahora) veía con mucha envidia a todos esos atletas que no dejaban pasar la oportunidad de hacer algunos kilómetros. Y no deja de sorprenderme la velocidad en que lo hacen.
Los días de otoño en Londres son muy cortos. Amanece a las 7:30 y el sol se oculta 16:30. Eso obliga a que los planes a la intemperie sean  expeditivos. No sé si la situación empeora en invierno y tienen todavía hay menos horas de luz. Pero esto es lo que me tocó, así que me obligaba a actuar en consecuencia. Lo que veía de toda esa gente entrenando era que iban ligeros de ropa, mientras a mí se me congelaba todo el cuerpo cada vez que caminaba al costado del Támesis.
Como el día era corto, me preparé todo la noche anterior. Ropa, mochila hidratadora, unos pretzels. Me desperté 5:30, me vestí y desayuné unos cereales tipo muesli con leche de soja. Fui al baño varias veces, porque no quería que me den ganas mientras estaba corriendo. Hay una paranoia bien fundamentada en mí, ya que toda la ciudad está cubierta de cámaras de seguridad, y en un país donde toman cerveza como si fuera agua, es obvio que se encargan de aclarar que hacer pis en público es un delito. Voy adelantando que mis medidas preventivas no surtieron efecto. Aproveché que tenía wifi para repasar varias veces el mejor camino desde la zona residencial en donde me hospedaba y la ciudad, ya que las calles serpentean y no siguen un orden lógico (al menos para mí). Varias veces me guié por instinto y quise caminar a una zona para darme cuenta que me abría o que estaba yendo para el otro lado.
Terminé saliendo 6:20 vistiendo calzas largas, una remera de manga larga, un buzo término que compré hace unos años en el sur, guantes, cuello polar y dos pañuelos tipo buff cubriéndome boca-nariz y cabeza. La mochila también servía de abrigo.  Salí del complejo de departamento corriendo, preguntándome si yo también iba rápido, como siempre vi a los londinenses. Seguí un trayecto en el cual no me podía perder para alcanzar el río.
Ahora no recuerdo mi password de Movescount, así que no puedo mostrar el mapa, pero podría adelantar que llegué al puente de Vauxhall, mientras las calles estaban poco transitadas por gente y algunos taxis. En Londres no son de quedarse toda la madrugada y la mañana tomando, al parecer el frío los manda a dormir a todos temprano. Por eso había una paz maravillosa. Al costado del río hacía menos viento del que me imaginaba, y todo estaba muy oscuro. De fondo veía mi primer objetivo, que era el Big Ben. Los edificios iluminados marcaban la silueta de la ciudad y eran una excelente guía, pero extrañamente todo ese paseo al costado del Támesis no tenía luz.
Llegué al puente de Westminster, un lugar que de día rebosa de gente. Ahora no había un alma. Empecé a sentir calor y después de cruzarlo, al pasar frente a la abadía, me empecé a sacar el abrigo. Entré al parque St. James todavía a oscuras. Lo dudé un poco, pero me convencí de que era una ciudad segura, así que me metí en sus sinuosos caminitos. Los patos en el lago todavía dormían, hechos una bolita y flotando en el agua. Lo poco que se iluminaba no era por luces artificiales, sino por la luna.
En este punto empecé a tener ganas de ir al baño. Estaba cerca del Palacio de Buckingham, y mi paranoia me hacía aguantarme. Pasé este lujoso edificio que, como todo, se encontraba vacío y sin gente. Me metí en Green Park y aproveché un camino de tierra para no sobrecargarme de tanto asfalto. Mi objetivo era llegar a Hyde Park, que en el mapa figuraba como un espacio inmenso. Mi miedo era que con tantas cámaras apareciera el Servicio Secreto y me bajara de cinco tiros. Así que venía aguantándome y con la presión de resolverlo antes del amanecer. Ya entrando en Hyde Park Corner vi un parque de diversiones itinerante y pensé “Esta noche voy a venir acá”.
Este espacio verde es todo lo que un corredor y amante del aire libre podría soñar. Además de los caminos para pasear hay bicisendas marcadas y algunos tramos de tierra y pasto por donde trotar. Evacué detrás de la impunidad de un inmenso árbol, esperando el tiro certero de 007, entregado por no poder más, y con poco disimulo me acomodé la ropa y seguí corriendo. Llegué hasta el otro extremo de Hyde Park ya de día (aunque nublado) y giré a la izquierda, justo donde se encontraban unas fuentes llenas de aves. Al poco tiempo me perdí en los bosques, y ya no parecía que estaba en una ciudad. No había ruido de tráfico y realmente no se veía absolutamente nada urbano. Más allá de algunos carteles y un eventual puente, estaba inmerso en la naturaleza.
Londres tiene un clima espantoso, y más allá de que la pasé bien visitando museos, comiquerías y paseando, el frío y la llovizna no invitaban mucho a salir del departamento. Pero gracias a ese crudo otoño, los árboles de Hyde Park combinaban verdes, amarillos y naranjas. Era realmente una vista muy relajante. Me perdí en sus caminos, y no me quería ir. Alimenté patos y ardillas con mis pretzels, sin preocuparme por tiempos de carrera. Incluso me hice el momento de sacar algunas fotos.
Empezó a lloviznar, y me pareció prudente emprender el regreso. No hice el mismo camino para volver, lo que era un riesgo porque me pierdo con una facilidad exasperante. Pero a lo lejos divisé el London Eye (una vuelta al mundo gigante que está cerca del Big Ben), así que lo usé de faro para guiarme. Londres recién se iba despertando, las estaciones de subte empezaban a abrir y la gente se iba a trabajar. Yo cerré mi entrenamiento en 21 km, y a la noche cumplí mi promesa de jugarme la vida en la montaña rusa del parque que improvisaron dentro de Hyde Park.
Sin dudas este fue mi lugar favorito para entrenar que visité en toda mi vida, y lamentablemente lo descubrí en mi último día. Pero como había prometido que a la noche volvía y lo cumplí, me prometo que en el futuro voy a volver y a seguir explorando este inmenso y majestuoso lugar.

Publicado el 24 noviembre, 2013 en Espartatlón III semana 9, http://schemas.google.com/blogger/2008/kind#post, Hyde Park, Londres, running, viaje. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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