Semana 7: Día 46: Cocinero por necesidad

milanesas_de_soja
Dicen que la necesidad es la madre de todos los inventos. Quizá no se aplique del todo al tópico que voy a tratar hoy, pero sin dudas está relacionado.
Como ya saben quienes siguen este blog, yo soy pobre. Para la AFIP no tengo capacidad de ahorro, entonces me voy a Europa de la única forma posible: endeudándome. Como mi banco es la única entidad que aceptaría a alguien como yo como cliente, no me queda otra que ir a rogarles que me aumenten el límite de la tarjeta de crédito, y bajezas similares. Mis papás han sido de inmensa ayuda, prestándome plata que se las devolveré en los próximos meses (cosa que mi Banco también podría hacer). No pienso ser pobre toda la vida, de hecho he decidido que este es mi último año. Pero mientras tanto, me las tengo que apañar.
No estoy tan ahogado como lo hago parecer. Me hice un excel con todas las entradas de dinero y las deudas. Al ser autónomo, no tengo una entrada fija, sino varias fluctuantes, a veces imprevistas. Con motivos del viaje, vendí mi compu vieja, algunos muñecos que guardaba desde hacía tiempo, y así fui pagando todo. Sumándole honorarios de diseño, cancelé deudas de monotributo, obra social, teléfono, expensas, y la bendita tarjeta de crédito, que comprando pasajes y hospedaje más que plástico la hice de goma.
Y eso me lleva a la cuestión de los gastos que no son “deudas”. Por ejemplo, comer. Ahí me di cuenta de una actitud muy necia que venía arrastrando. Por un lado fue una suerte que me fui guardando alimentos no perecederos, pero como eran cosas que no me tentaban demasiado, ahí quedaban, apartadas. Entonces iba al chino vegetariano y me armaba el menú del día, o me compraba milanesas de soja y las metía en el horno eléctrico (con su maravilloso timer) para almorzar y cenar. Los fideos y arroces quedaban bien guardados.
Cuando decidí ajustarme este mes, me di cuenta de que tenía suficientes alimentos para tirar lo que me queda antes de viajar. Algunos los había descartado por no ser “integrales”, en un intento de comer más sano. Pero seguía siendo comida, y ciertamente no me iba a matar. Empecé haciéndome arroz blanco y fideos hechos con harinas blancas. Por suerte siempre tengo una bandeja de verduras picadas en el freezer, gracias a que en las Ferias se consiguen por precios hasta la mitad que en supermercados. Después pasé a esos alimentos que nunca entendí por qué había comprado, como lentejas secas. Tenía una bolsa que sentía que no iba a cocinar jamás. Entonces pensé “Es comida, muy nutritiva, y cuando la como de una lata me encanta”. Yo soy de leer las instrucciones de cualquier cosa al pie de la letra, así que me armé de valor y dije “voy a cocinar lentejones”.
El proceso no fue sencillo. Primero tuve que “lavarlas con abundante agua”, y como me encanta hacer lo que dice el paquete, me parecía algo imposible. ¿Le paso un cepillito a cada una? ¿Las tengo que frotar, revolver, sacudir? Pero ni de lejos era lo más complicado. Eso de dejarlos en remojo la noche anterior es algo que me desquicia. Entiendo que no se puede cocinar todo mágicamente como cuando rehidrataban las pizzas en Volver al Futuro 2. Pero bueno, esta era la oportunidad de probarlo. Al mediodía siguiente, escurrí las lentejas y las puse a hervir, supuestamente media hora. ¡Media hora! Todo un ritual. Pero no llegué a este punto. Distraído con otra cosa (no me iba a quedar mirando la olla todo el día), de pronto hizo una espuma marrón que desbordó. Aunque todavía tenía agua, los probé y estaban muy tiernos. Probablemente hayan sido las lentejas más ricas que probé en mi vida. Obviamente que hice todo el paquete, y comí esto por tres o cuatro días seguidos.
Con esta experiencia positiva, pasé a hacer milanesas de soja. Claro que no me puse a moler los porotos para fabricar harina y quién sabe qué otro proceso. Todo era bastante sencillo; tomar la mezcla, ponerle agua, embadurnarse un poco las manos (algo a lo que nunca me acostumbré) y después pasarlas por el rebozador. Las frizé y esa noche cociné un par… ¡exquisitas! Nada se compara a comer la comida hecha con esfuerzo por uno mismo.
Entusiasmado por esta veta del “slow food”, decidí invertir un poco y comprar harina integral, levadura y semillas. Decidí hacer pan, ya que siempre me hago sándwiches para después del entrenamiento. Acá no había paquete con instrucciones, sino la world wide web con miles de variantes. Cuando me recuperé del pánico por la cantidad de recetas y sus variantes, encontré una fácil y me puse a amasar. Fue un enchastre, el pan me quedó con poca sal y sospecho que no levó todo lo que debía… ¡pero estaba muy bueno! Y es toda una tranquilidad comer sabiendo exactamente qué ingredientes estoy consumiendo.
Me di cuenta que en estos 15 días realmente cociné, sin fracasar en el intento. Incluso hice arroz yamaní (también me saqué cuando leí que lo tenía que lavar primero), y sigo bajando mi stock de alimentos en la alacena. Probablemente si no fuera por estos gastos extra que estoy haciendo con motivo del inminente viaje, nunca me hubiese animado a cocinar de verdad. Siempre estoy con los minutos contados, queriendo comer rápido. Encontré la excusa para reconciliarme con la cocina, y de nuevo reivindico mi escueta máxima que dice “Si yo lo pude hacer, cualquiera puede”.

milanesas_de_sojas_caseras

Publicado el 12 noviembre, 2013 en Alimentación, cocina, comida, Espartatlón III semana 7, nutrición, salud. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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