Semana 6: Día 39: El miedo a lo distinto

¿Existirán en el mundo personas a las que nunca hayan cargado por alguna cualidad personal? Todos somos iguales, habitantes de esta aldea llamada Planeta Tierra. Al menos es lo que dice la ley. Sin embargo, los apodos pasan por remarcar alguna diferencia, y hasta convertir aptitudes en “defectos” (lo pongo entre comillas en forma intencional).
¿Tanto le tememos a lo distinto, a la individualidad? Tener una nariz grande, tener sobrepeso, ser inteligente o hacer deporte son distintos motivos por el que uno podría recibir cargadas de parte de un grupo. Y aunque existe una “inimputabilidad” por tratarse de una broma, es imposible que no nos afecte en algún nivel. De chico me cargaban porque era muy flaco, después me cargaron por ser gordo, y ahora ni se imaginan la cantidad de cosas que me dicen por ser vegano (pero recién ahora puedo decir que no me afecta). Así no dan ganas de resaltar, y supongo que por eso crecí intentando ser perfil bajo y no llamar demasiado la atención. Será por eso que las cargadas las suelo hacer entre amigos con mucha confianza, que sé que no les afecta (y no me suelo enganchar con gastadas grupales).
¿Desde cuándo pasa esto? Ya los niños son crueles entre sí, y creo que una de las primeras cargadas es con el peso. Me pregunto también si esto se relaciona con que el “gordo” es un arquetipo humorístico (cuánto capocómico con sobrepeso hay en nuestra historia televisiva). ¿Vieron alguna vez a un nene decirle “gorrrrrda” (con ese énfasis) a una nena? A mí me parte el alma. Podría también ubicar las divisiones entre sexos como una de las primeras alienaciones que nos impone la sociedad.
Cuando me hice vegetariano, obviamente el chiste en absolutamente cualquier ámbito pasó por la comida. Cada vez que me ofrecen algo de comer y me dicen “está buenísimo, tiene jamón” me da déja vu. Incluso en discusiones han querido ser “crueles” conmigo diciéndome “comete un cacho de carne”. Tuvo que pasar bastante tiempo para que quedara demostrado que ser vegetariano no me influía negativamente en mi entrenamiento, pero poco importó, porque lo que valía era que yo era minoría.
Empecé a correr de grande, ya con 30 años cumplidos. Entonces los comentarios de que era un talibán del entrenamiento no me afectaron tanto. Creo que me hubiese costado más lidiar con la presión de adolescente. Pero me di cuenta que ni siquiera hacía falta tener algo que podríamos llamar un “defecto” para ser el centro de la atención. Quizá la gran diferencia es que si los chistes pasan con que uno se la pasa corriendo, o “yo no te corro ni el colectivo”, lo podemos tomar como un halago. Pero yo creo que estar todo el tiempo marcándonos las individualidades colabora a que las queramos esconder. Y también corremos el riesgo de hacerlas públicas, gritarlas… y quedar como unos soberbios.
El mundo sería un lugar muy diferente si se considerase “broma” a algo que hace reír a todos por igual, en lugar de dejar afuera de las risas al distinto. Quizás el “diferente” resalte del resto… y en una sociedad donde a todos nos insisten con ser iguales para pasar desapercibidos… es lógico que dé miedo destacar.

Publicado el 6 noviembre, 2013 en alienación, diferente, Espartatlón III semana 6. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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