Archivos Mensuales: noviembre 2013

Semana 10: Día 64: Armando la valija, toma uno

En vista de que el martes parto rumbo a la Argentina, decidí armar hoy el bolso. Puede parecer repentino, sobre todo porque estoy acostumbrado a prepararlo 15 minutos antes de partir para el aeropuerto, pero ocurrió algo inesperado en mí y es que me compré un millón de cosas.
Recapitulemos.
Para abaratar costos decidí no despachar valijas y manejarme con equipaje de cabina. Eso no sería problema en el vuelo transatlántico, pero en los internos de Europa controlan bastante que uno no se pase de las dimensiones establecidas. Dejan llevar una valija de unos 50×45 cm y una mochila o cartera que va debajo del asiento. Si uno quiere despachar en estas aerolíneas de bajo costo, hay que pagar, y hablamos de 45 euros para arriba (si se paga anticipado y online, en el aeropuerto podría ser el doble).
Cuando llegué a Inglaterra no pensé en gastar demasiado, pero visité Forbidden Planet, una comiquería enorme, y me llevé algunos libros y algo de merchandising. A eso le sumamos una visita a Camden Town, donde me compré dos remeras de superhéroes. En París los cómics son todos en francés y hay una oferta que te deja boquiabierto… pero no sé leer en ese idioma, así que sufrí mucho. Sí me di cuenta que como los franceses no leen mucho lo que no sea su lengua, los pocos cómics en inglés que había estaban muy baratos, algo así como 6 euros un tomo de 20 dólares. No había demasiado para elegir, pero algunas cosas las llevé porque era lo más cercano a que sea gratuito. Para colmo también me encontré con remeras copadas que necesitaba para ser feliz.
Como si fuera poco, en los Champs Elysées está la tienda de Disney, donde hice algunas compras navideñas. Y venía desde hace un año obsesionado con abandonar el plástico de mi vida, así que me conseguí no una, sino dos botellas de vidrio (de cerveza) con tapón de cerámica.
Pisé suelo catalán hace unos días con la tarjeta a punto de estallar. Tenía un presupuesto acotado, llegué a mi límite, y me decidí a no gastar más. Encima tenía una lista de prendas de Decathlon que comprarle a Nico y a mi hermano. Claro que pasé por una librería y me llevé cosas que buscaba infructuosamente, como ejemplares en español de “Eat and Run”, el libro del ultramaratonista vegano Scott Jurek (acá se llamó “Correr, comer, vivir”, nombre espantoso si los hay). Ayer (y hoy también) fue el Black Friday en muchas tiendas de Barcelona, obviamente en el Decathlon también, y compré no solo lo que me pidieron, sino algunas cositas para mí.
De pronto me di cuenta que tenía más libros de los que un ser humano podía cargar, más el merchandising de comics, más la ropa… era una verdadera pesadilla. Y como esto me empezaba a angustiar, decidí armar hoy la valija y quedarme tranquilo. También quería saber si tenía que tirar algo a la basura para hacer lugar.
Después de meditarlo mucho, decidí que todos los libros iban a la mochila. Rara vez la pesan para ver si te pasás del límite de cabina (me paso, supongo que por unos 15 kilos), y no la andan midiendo con una cinta. La ropa, que es más aplastable, fue a la valija. Y entró todo, con algunas salvedades. Por ejemplo, un par de lentes van en el bolsillo de una de las tres camperas que me voy a poner (si no, es imposible). También voy a vestir guantes, gorro, cuello polar… cosas que voy a odiar apenas llegue a Sudamérica y el típico calor de diciembre.
A la mochila también fueron las dos botellas de vidrio y una pinta (vaso de cerveza) que le llevo a uno de mis hermanos. Es mi punto más flojo y menos disimulable. No guardé una muda de ropa de running porque la voy a usar en breve. En fin, recen por mí.

Semana 9: Día 63: Viernes negro

No tengo alma. La vendí. Qué digo “vendí”, la regalé. Solía ser mía, la había puesto a disposición de este blog y de la actividad deportiva, pero ahora le pertenece a Decathlon. Esta empresa que no sabe que existo y de quien vivo hablando maravillas, tiene todo lo que necesito y a precios baratísimos. ¿Necesitan un vocero? Acá estoy. ¿Quieren a un blogger que hable maravillas de ellos y pruebe y recomiende sus productos? No tienen que seguir buscando. ¿Les serviría de algo? Probablemente poco y nada.
Conocí al Decathlon antes de empezar a correr en serio. Mi hermano, que vivía en Madrid, solía comprar regalos ahí, combinando con Ikea para lo que no era abrigo o ropa deportiva. Un día viajé a España y vi ese hipermercado para atletas. Cada vez que iba a viajar a una ciudad en el exterior primero averiguaba si tenían un Decatahlon en las cercanías. En Río de Janeiro había uno y lo visité. En París, hace pocos días, también. Y Barcelona no fue la excepción.
Parte del viaje era ir a esta tienda y comprar un listado de cosas para Nico, un amigo, y Santiago, mi hermano. Además yo quería algunas medias para destrozar entrenando, y boxers, que me encantan y están muy baratos. Por ahí me tentaba con algo más, pero ya con eso tenía un gasto importante. El tema es que Barcelona quedó al final del viaje, y en este tiempo fui haciendo pelota la tarjeta. Problema número uno. Me hice de muchos, muchos libros, y algunas remeras de nerd. También encontré una alternativa espectacular para transportar agua en los entrenamientos sin recurrir a botellas de plástico, que son las de cerveza con tapa de cerámica. En Francia compré un par y ahora las ando acarreando. Y ahí empieza el problema número dos. Para abaratar costos, mi pasaje de avión no permite despachar valijas en la bodega a menos que pague un extra. El equipaje de cabina tiene ciertas dimensiones y peso establecido, y si me paso tengo que despachar, y eso me sale unos cuantos billetes. Así que la idea es medirse.
Por supuesto que no me medí. Y para colmo que ya me había comprometido a ir al Decathlon, hoy me enteró que es el Black Friday. Esta tradición del “Viernes Negro” es una estrategia merketinera norteamericana que consiste en realizar importantísimos descuentos en el último viernes de Noviembre, lo que antecedería a las compras navideñas. Escuché de pasada en una tienda que hoy era “Friday algo” y paré la oreja. Navegué en internet y vi que España se sumaba a esta exitosa moda norteamericana, que algunos fanáticos rechazaban como si les estuviesen imponiendo festejar Acción de Gracias. Vi que en el Decathlon también se sumaban, así que salí corriendo para ahí, apurando esas compras que iba a dejar para último momento.
Una hora y media me tomó recorrer todos los pasillos y las góndolas, e ir investigando dónde estaba cada ítem de la lista. ¿Por qué le ponen “Black Friday” a algo tan espectacular? No voy a aburrirlos con todas las cosas maravillosas que vi. Solo que me tenté con una cinta para saltar de 5 euros y una campera de polar a 12 euros.
Obviamente el local estaba atestado de gente que iba a buscar el descuento. Además de abrirme paso a los codazos y patadas, las colas para pagar eran infinitas. Cuando finalmente llegué hasta la cajera, sumamos todos los artículos y me daba 211 euros. No me preocupaba, después iba a gestionar el Tax Refund en el aerouerto y recuperar un 10%. Cuando le pasé mi tarjeta de crédito (más golpeada que Rocky durante todo mi viaje), le salía rechazada. Me lo suponía, así que le di la extensión de la American Express que me dio mi mamá. No trabajaban con esa empresa. Gentilmente me ofrecieron guardarme mis productos hasta que consiguiera efectivo.
Volví al departamento derrotado. No quería gastar el efectivo, que de por sí era muy poco. No le veía una salida a mi dilema, hasta que una altruista en recuperación retrocedió unos pasos en su rehabilitación y me prestó su tarjeta de crédito, con la promesa de pagar esta monstruosa cuota estando allá. Por supuesto que me comprometí, y pude ir y regresar con las bolsas, anotándome un triunfo.
Siempre envidié el Black Friday, y jamás pensé que iba a entregar mi alma para comprar, una vez más, todas esas cosas que no necesito.

Semana 9: Día 62: Hola, Barcelona

Abandoné París temprano, cuando empezaba a aclarar. Alguna fuerza de la naturaleza o del destino no quería que llegara a Barcelona. Primero, desapareció el pase del metro, necesario para hacer la combinación con el tren y después con la lanzadera que dejaba a los pasajeros en el Aeropuerto de Orly. A último momento, apareció. Luego, no encontraba mi pasaporte (que estaba guardado en el bolsillo externo de la valija). Ya en destino, en El Prat de Llobregat, perdí mi carpeta. Y debo hacer énfasis en lo importante que era.
Soy descuidado, olvidadizo y me pierdo con facilidad. Por eso me armé una carpeta con separadores para cada ciudad, donde tenía abrochado con un gancho los vuelos desde Buenos Aires hasta San Pablo, luego hasta Londres, luego París, Barcelona, Londres, San Pablo y Buenos Aires. Además imprimí las reservas hoteleras, las instrucciones de Google Maps para llegar desde el aeropuerto hasta ahí, mapas con las estaciones de subte, el listado de cosas que tenía que comprar en Decathlon y una Oyster Cardnque me prestaron, una tarjeta para viajar en transporte público londinense a muy bajo precio.
Estaba feliz de haber llegado finalmente a Barcelona, con un clima agradable (¡basta de días nublados y fríos!). Le pedí indicaciones, solo para estar seguro, a una señorita en el mostrador de atención al turista, y como me preguntó la dirección exacta a donde iba, saqué mi carpeta, vi la calle y la altura, y me anotaron en un plano de la ciudad qué autobús tenía que tomar. Esa fue la última vez que vi mis papeles, ya en el bus no tenía nada de eso. Me di cuenta cuando ya habíamos arrancado, y me quedé apretando los puños y haciendo fuerza para no olvidarme de la dirección, caso contrario me iba a ser muy difícil encontrar el departamento. No tenía ni internet ni servicio telefónico para buscar los datos o llamar.
A pesar de esta complicación que me deja intranquilo, pude disfrutar de Barcelona. Salí de compras y comprobé que es mucho más barata que Londres y París (dato que seguramente no sorprenda a nadie). Me compré libros y más cómics, lo que en lugar de alegrarme me angustia. ¡Ya no tenía más lugar en la valija! No sé cómo los voy a trasladar. Y todavía me falta visitar el Decathlon. Me parece que me vuelvo vistiendo cinco capas de ropa…

Semana 9: Día 61: Un fondo en los Champs Elysées

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Siguiendo con mi intención de correr un fondo por ciudad visitada en Europa, hoy corrí 20 km por las calles de París.
¿Qué decir sin que suene a un subjetivo chupamedias de esta ciudad? La primera vez que vine a Francia, la odié. Los franceses me cayeron mal, no estaba en un hostel muy amigable y no lograba conectarme demasiado con sus calles. La segunda ya no me disgustaba tanto. La tercera le encontré la vuelta. Esta es la cuarta vez que la visito, y me parece un excelente lugar para visitar. Mañana a la mañana parto rumbo al aeropuerto de Orly, y sé que voy a extrañar París.
Pero para despedirme, decidí aprovechar la oportunidad para salir a correr, al igual que hice recientemente en Londres. Coincidiendo con esta ciudad, acá está haciendo mucho frío. Ya que no está tan cerca del Polo Norte, hay una o dos horas diarias más de luz, lo cual ya es bastante. No me tocó ningún día de lluvia, y me considero afortunado por eso. Salí con mis calzas, una remera térmica y otra de manga larga encima, un cuello polar, guantes y un pañuelo tipo buff, además de mi mochila hidratadora con agua y algunas pasas. Salí 6:20 y era absolutamente de noche.
Las calles obviamente estaban vacías, a excepción de algunos pocos autos. Decidí ir hacia Bastille, que no es otra cosa que la famosa Bastilla, donde está la estación de subte más cercana al micro-departamento que estoy alquilando. Sabía que cerca estaba el río Senna, y si lo seguía me podía llevar a los principales centros turísticos, en especial mis dos grandes objetivos que eran la Torre Eiffel y el Arco del Triunfo. Pero soy pésimo orientándome, y me perdí.
Eso no me desesperó. La idea era perderme, y si llegaba al río era suficiente para mí. Las estaciones de Colectivos y de Subte (llamado “Metro”) tienen carteles con las calles, así que en cuanto veía una parada o una estación, miraba en donde estaba y ajustaba mi dirección. Después de deambular sin rumbo varios minutos, llegué al Senna y lo fui siguiendo. Se va abriendo en canales, y solo lo hace para molestarme. Por suerte, entre los edificios pude vislumbrar la Catedral de Notre Dame, mi primer punto de referencia. En Buenos Aires nos quejamos porque hace unos años empezaron a enrejar las plazas y a cerrarlas de noche, pero esto es una fastidiosa práctica que se hace desde mucho antes en Europa, especialmente en París… y ese bello patiecito que tiene Notre Dame no fue la excepción. ¡Abría a las 9 de la mañana! Y claro, había hecho solo 2,5 km, así que todavía era tempranísimo.
De ahí volví al río cruzando sus puentes, y me dirigí a una de las partes más hermosas de la ciudad, que es el Louvre. Este legendario museo es inmenso y aunque lógicamente estaba cerrado, correr delante de la entrada (enmarcada en una moderna pirámide de cristal) hizo una postal muy surrealista mientras amanecía. Atravesé sus parques, donde me crucé con otros corredores que enfrentaban al frío para entrenar. Después pasé por debajo de una vuelta al mundo, justo en frente a un obelisco egipcio (una más entre tantas obras de arte arrebatadas por franceses e ingleses).
Luego de cruzar una avenida con muchos semáforos peatonales que jamás dan onda verde a los peatones, llegué a la calle más prestigiosa de París, Champs Elysées. Como el sol no había terminado de salir, las luces navideñas que decoran las calles todavía estaban encendidas. Había una feria a punto de abrir sus puertas, y mientras corría se olían panqueques preparándose.
Los locales comerciales todavía no abrían, pero los empleados estaban acomodando las vidrieras y apilando cajas. Las veredas estaban mojadas, recién baldeadas, y algunas personas me miraban con una expresión de consternación, como si pensaran qué llevaba a un loco a correr a esa hora, en ese lugar. Por suerte éramos varios, que fui viendo por todo el camino. Crucé frente al Arco del Triunfo y me saqué una foto, poco espontánea pero muy copada.
El siguiente objetivo era la Torre Eiffel, y como es realmente inmensa la veía entre los techos de los edificios. Quise entrar por esa enorme plaza que la antecede, pero me olvidé su ubicación exacta. Con el cielo nublado pero aclarándose con la salida del sol, llegué hasta este imponente mastodonte que es visita obligada para todos los turistas. Es increíble pasar por abajo, porque es ahí cuando uno toma real dimensión de su tamaño. Me alejé un tramo bien largo para sacarme un par de todos más (en la Escuela Militar) y tener a la torre de fondo. Ahí, con el reloj que me marcaba 12 km, emprendí el regreso.
No quería hacer exactamente el mismo camino. Fue por eso que decidí volver rodeando el Senna, trayecto que yo suponía era más corto. Pero en serio soy muy malo orientándome, así que no sabía si doblar a la derecha o a la izquierda. De nuevo, un cartel en una parada de colectivo me orientó (era para la derecha). Volví a pasar frente a la Torre Eiffel, y aunque estaba volviendo vi a algunos corredores entrenando entre las otoñales hojas caídas de una plaza al costado. No pude evitar seguirlos. Después fue rodear el río, donde encontré una calle exclusiva para bicicletas y deportistas. Y no me refiero a una bicisenda donde apenas tiene el ancho de mis hombros. Hablo de dos carriles anchos, asfaltados y especialmente acondicionados, con pintadas de los principales puntos de la ciudad en la calle, con el objetivo de ubicarlos mejor. ¿Por qué dejo estos fondos para el último día? Mientras corría me lamentaba de que no iba a poder volver a entrenar en este lugar.
Como el Senna se abre, aunque vi Notre Dame, no me terminaba de orientar cuál era el camino correcto al departamento. Después de mucha incertidumbre y de no saber cuál era la ruta, un cartel que apuntaba para un lado indicaba que en esa dirección estaba Bastille. París solo indica estas cosas si estás cerca. Igual a mí me encantaría que pongan una flecha que apunte a la Torre Eiffel desde donde salí, porque tengo la teoría de que mucha gente querría caminar o correr hasta ahí, sabiendo al menos en qué dirección tiene que encarar. Si no conocen Europa y tienen la oportunidad, vean un mapa de cualquier ciudad importante, y van a ver que no sigue una regla de cuadrícula ni nada. No se extrañen si ven una calle que se corta a sí misma.
Ya en Bastille pude ir directo a casa y cerrar ese hermoso fondo en 20 kilómetros. Me lo tomé con calma, saqué algunas fotos y disfruté mucho de esa urbe que recién despertaba, y de la que cada día me enamoro más…

Semana 9: Día 60: El parque de diversiones runner

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Decathlon. Esa sola palabra resuena en mis oídos como si estuviese hablando de Disneylandia. Cuando uno disfruta de correr (o de cualquier deporte), esta tienda es el paraíso.
No existe en Argentina, lo que la hace muy codiciada por mí en cada viaje. Resultó que tenían una tienda en cada uno de los destinos de mis vacaciones, solo que en Londres ni siquiera la busqué. Mi idea era visitarla en Barcelona, aprovechar sus precios ridículamente bajos y después pedir el descuento del Tax Free para que sea todavía un poco más barato. Pero no pude con mi genio y decidí averiguar dónde podría estar la sucursal de Francia. Resultó que estaba yo robándole wifi a McDonald’s (único motivo por el que estaría en este espantoso restaurante) y decidí curiosear en el Google Maps. Ahí vi que tenía una tienda de Decathlon a poquísimas cuadras, cerquísima del Arco del Triunfo.
Me dirigí raudamente. La disposición del local es muy diferente a los dos que conocí (Madrid y San Pablo), pero la ropa y los precios son exactamente los mismos. Incluso tienen esos llamados “productos azules”, que no son otra cosa que ofertas todavía más bajas. Por 20 euros uno puede comprar de todo, o al menos una prenda de muy buena calidad. Yo iba babeándome y arrojándole cosas a la canasta, hasta que me di cuenta de que me convenía esperar a Barcelona (la tienda más cercana está a 10 cuadras del departamento.
Igualmente no dejé pasar la oportunidad para jugar un poco con sus productos y ver precios. Supongo que en Barcelona se mantendrán esos valores y algunas de esas ofertas (que existen por fin de temporada o sobre stock). Ahí me sentí, como había dicho al principio, en un parque de diversiones, revisando todo, toqueteando, y hasta jugando con cascos y máscaras. Fue más divertido que el ascenso a la Torre Eiffel, con viento y 0 grados de temperatura.
Así que solo jugué, como en cada viaje, y me queda pendiente todavía realmente hacer compras. Pero mañana me resta el fondo por París, como para meter al menos un entrenamiento por ciudad. Estoy cansado, caminé muchísimo y tengo sueño. Así y todo no me puedo perder la oportunidad de entrenar en Francia, a más de 11 mil kilómetros de casa.

Semana 9: Día 59: Bonjour, París

Llegué a Francia, en otra zona horaria, donde anochece un poco más tarde. Mi primera impresión es que el frío es más tolerable que en Londres y que el metro no es tan lindo.
Como no pude con mi genio, una de las primeras cosas que hice fue comerme una baguette. Y después otra. Y otra. Comer en París es casi una obligación, como tomar el té en Inglaterra.
El departamento en donde estoy es tan lindo como pequeño. Hace que mi casa parezca inmensa. Para dormir, bañarse y que sea el lugar donde uno deja las valijas está más que bien, pero tiene un problema inmenso… ¡el baño no tiene puerta! Solo una cortina de tela. ¿Cuánta confianza tiene que tener una pareja para convivir así? Por suerte en departamento está bien ubicado, si no este detalle lo traía muy abajo…

Semana 9: Día 58: Un fondo en Hyde Park

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No quería irme de Londres sin correr un poco. Mis días en esta ciudad era pasear aprovechando su enorme oferta de Museos y paseos al aire libre, y ver a un montón de gente corriendo. La primera vez que vine fue en el año 2008, cuando todavía estaba a un mes de sumarme a los Puma Runners, mi primer grupo de entrenamiento. Seguramente a esa altura ya estaba prácticamente cocinado eso de ponerme a entrenar, así que (al igual que ahora) veía con mucha envidia a todos esos atletas que no dejaban pasar la oportunidad de hacer algunos kilómetros. Y no deja de sorprenderme la velocidad en que lo hacen.
Los días de otoño en Londres son muy cortos. Amanece a las 7:30 y el sol se oculta 16:30. Eso obliga a que los planes a la intemperie sean  expeditivos. No sé si la situación empeora en invierno y tienen todavía hay menos horas de luz. Pero esto es lo que me tocó, así que me obligaba a actuar en consecuencia. Lo que veía de toda esa gente entrenando era que iban ligeros de ropa, mientras a mí se me congelaba todo el cuerpo cada vez que caminaba al costado del Támesis.
Como el día era corto, me preparé todo la noche anterior. Ropa, mochila hidratadora, unos pretzels. Me desperté 5:30, me vestí y desayuné unos cereales tipo muesli con leche de soja. Fui al baño varias veces, porque no quería que me den ganas mientras estaba corriendo. Hay una paranoia bien fundamentada en mí, ya que toda la ciudad está cubierta de cámaras de seguridad, y en un país donde toman cerveza como si fuera agua, es obvio que se encargan de aclarar que hacer pis en público es un delito. Voy adelantando que mis medidas preventivas no surtieron efecto. Aproveché que tenía wifi para repasar varias veces el mejor camino desde la zona residencial en donde me hospedaba y la ciudad, ya que las calles serpentean y no siguen un orden lógico (al menos para mí). Varias veces me guié por instinto y quise caminar a una zona para darme cuenta que me abría o que estaba yendo para el otro lado.
Terminé saliendo 6:20 vistiendo calzas largas, una remera de manga larga, un buzo término que compré hace unos años en el sur, guantes, cuello polar y dos pañuelos tipo buff cubriéndome boca-nariz y cabeza. La mochila también servía de abrigo.  Salí del complejo de departamento corriendo, preguntándome si yo también iba rápido, como siempre vi a los londinenses. Seguí un trayecto en el cual no me podía perder para alcanzar el río.
Ahora no recuerdo mi password de Movescount, así que no puedo mostrar el mapa, pero podría adelantar que llegué al puente de Vauxhall, mientras las calles estaban poco transitadas por gente y algunos taxis. En Londres no son de quedarse toda la madrugada y la mañana tomando, al parecer el frío los manda a dormir a todos temprano. Por eso había una paz maravillosa. Al costado del río hacía menos viento del que me imaginaba, y todo estaba muy oscuro. De fondo veía mi primer objetivo, que era el Big Ben. Los edificios iluminados marcaban la silueta de la ciudad y eran una excelente guía, pero extrañamente todo ese paseo al costado del Támesis no tenía luz.
Llegué al puente de Westminster, un lugar que de día rebosa de gente. Ahora no había un alma. Empecé a sentir calor y después de cruzarlo, al pasar frente a la abadía, me empecé a sacar el abrigo. Entré al parque St. James todavía a oscuras. Lo dudé un poco, pero me convencí de que era una ciudad segura, así que me metí en sus sinuosos caminitos. Los patos en el lago todavía dormían, hechos una bolita y flotando en el agua. Lo poco que se iluminaba no era por luces artificiales, sino por la luna.
En este punto empecé a tener ganas de ir al baño. Estaba cerca del Palacio de Buckingham, y mi paranoia me hacía aguantarme. Pasé este lujoso edificio que, como todo, se encontraba vacío y sin gente. Me metí en Green Park y aproveché un camino de tierra para no sobrecargarme de tanto asfalto. Mi objetivo era llegar a Hyde Park, que en el mapa figuraba como un espacio inmenso. Mi miedo era que con tantas cámaras apareciera el Servicio Secreto y me bajara de cinco tiros. Así que venía aguantándome y con la presión de resolverlo antes del amanecer. Ya entrando en Hyde Park Corner vi un parque de diversiones itinerante y pensé “Esta noche voy a venir acá”.
Este espacio verde es todo lo que un corredor y amante del aire libre podría soñar. Además de los caminos para pasear hay bicisendas marcadas y algunos tramos de tierra y pasto por donde trotar. Evacué detrás de la impunidad de un inmenso árbol, esperando el tiro certero de 007, entregado por no poder más, y con poco disimulo me acomodé la ropa y seguí corriendo. Llegué hasta el otro extremo de Hyde Park ya de día (aunque nublado) y giré a la izquierda, justo donde se encontraban unas fuentes llenas de aves. Al poco tiempo me perdí en los bosques, y ya no parecía que estaba en una ciudad. No había ruido de tráfico y realmente no se veía absolutamente nada urbano. Más allá de algunos carteles y un eventual puente, estaba inmerso en la naturaleza.
Londres tiene un clima espantoso, y más allá de que la pasé bien visitando museos, comiquerías y paseando, el frío y la llovizna no invitaban mucho a salir del departamento. Pero gracias a ese crudo otoño, los árboles de Hyde Park combinaban verdes, amarillos y naranjas. Era realmente una vista muy relajante. Me perdí en sus caminos, y no me quería ir. Alimenté patos y ardillas con mis pretzels, sin preocuparme por tiempos de carrera. Incluso me hice el momento de sacar algunas fotos.
Empezó a lloviznar, y me pareció prudente emprender el regreso. No hice el mismo camino para volver, lo que era un riesgo porque me pierdo con una facilidad exasperante. Pero a lo lejos divisé el London Eye (una vuelta al mundo gigante que está cerca del Big Ben), así que lo usé de faro para guiarme. Londres recién se iba despertando, las estaciones de subte empezaban a abrir y la gente se iba a trabajar. Yo cerré mi entrenamiento en 21 km, y a la noche cumplí mi promesa de jugarme la vida en la montaña rusa del parque que improvisaron dentro de Hyde Park.
Sin dudas este fue mi lugar favorito para entrenar que visité en toda mi vida, y lamentablemente lo descubrí en mi último día. Pero como había prometido que a la noche volvía y lo cumplí, me prometo que en el futuro voy a volver y a seguir explorando este inmenso y majestuoso lugar.

Semana 9: Día 57: Reconectado en Londres

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Finalmente hay wifi en el departamento, así que intentaré retomar mi rutina del blog.
Londres ha demostrado ser fría, literalmente. Lluvias, viento, y todo lo que podría esperarse de ella.
Por suerte el tema que siempre más me angustia, la comida, estuvo resuelto de entrada: en la mayoría de las tiendas venden productos apto para veganos, y hasta uno puede comprar fruta fresca en un kiosco.
Así como no teníamos wifi, tampoco había agua caliente, por lo que salir a correr dejó de ser una opción. Es increíble pero algo así desmorona cualquier plan de hacer deporte. Ahora que el dueño del departamento lo resolvió, estoy preparado para salir a enfrentar la gélida mañana londinense.
Estuve paseando mucho, intentando ubicar los mejores circuitos para trotar. El británico deportista corre muy rápido; eso es algo que siempre me sorprendió. Van por parques y al costado del Támesis a toda velocidad, hombre y mujeres desafiando el frío con sus pantaloncitos cortos y su tranco abierto. Cada vez que veía a uno, moría de envidia.
Así que ahora tengo todo listo, la ropa acomodada, el agua de la mochila hidratante preparada y el despertador puesto a las 5:30. Voy a salir de noche noche, pero me entusiasma estar enfrentando a cualquier clima, sea o no adverso.
Mañana veremos…

Semana 8: Día 55: Perdido en Londres

Hola.  Estoy vivo, la hora de internet sale 1,5 libras (hagan la cuenta), no funciona el wifi en el departamento donde me hospedo, y me pierdo con tanta frecuencia, que estoy intentando la alternativa de salir del subte y hacer exactamente lo contrario a lo que me indica mi instinto.
Londres es una ciudad muy linda, pero extremadamente fría. Después de varios intentos fallidos donde me congelé, ahora ando con dos pares de guantes, remeras térmicas, dos camperas, calzones largos y dos pares de medias. Así y todo estoy disfrutando mucho, y me las estoy ingeniando para zafar con la comida. Acá los productos dicen por default si son aptos para vegetarianos, aunque no me puedo fiar mucho porque no hacen la distinción de si son para veganos también.
Me va a resultar complicado actualizar el blog hasta que llegue a París, el lunes. Haré mi mejor esfuerzo…

Semana 8: Día 53: Brasil, lala lala lala lalaaa

No sé bien qué escribí anoche. Sé que me dormía y desde la cama quería actualizar mi situación. Pero despertaba y veía que estaba escribiendo cualquier verdura. Me desperté a las 3:50 de la mañana y le di “publicar”.
No estaba seguro de si iba a poder escribir la entrada de hoy (a esta altura ya se imaginan que pude). Al menos lo iba a intentar si me daba el tiempo. Sepan que viajar me encanta y es a la vez una de las cosas que más me estresan en el mundo. Estaba tan tenso que no pude. Aproveché la mañana para terminar trabajos pendientes, comprar un adaptador de enchufe universal y yerba para regalar a expatriados londinenses.
Salí del departamento convencido de que me olvidaba algo, y lo voy a corroborar durante el viaje. Tomé un taxi a Aeroparque y me presenté en horario. Pero el vuelo a San Pablo no figuraba ni en horario ni demorado. Simplemente “Consulte a la compañía”. Se me llenó el culo de preguntas. Llamé a Tam y me dijeron que había perdido el vuelo. ¿Cómo lo podía haber perdido si había llegado una hora antes del embarque? Ese es el chiste de hacer el check in online. Otros pasajeros que iban en el mismo avión me dijeron que Tam siempre pone lo mismo en las pantallas y sin embargo sale en horario. Y dicho y hecho, embarcamos y salimos, para arribar a San Pablo veinte minutos antes de la hora programada.
En el vuelo, como no podía ser de otro modo, no me ofrecieron comida vegana, a pesar de que consulté varias veces. Las azafatas no entendían nada, se chocaban contra las paredes y en voz robótica (en portugués) decían “¡No computa! ¡No computa!”. Me preguntaron dos veces qué alimentación había pedido. “Vegetariana estricta”. Finalmente vinieron con una bandeja que tenía unas ciruelas pasas muy ricas, medio durazno y un sándwich en pan de miga con vegetales… y mayonesa.
El pasajero a mi lado me dijo que al final no había comido nada, y le dije que ya estaba acostumbrado a que las aerolíneas fracasen…
Así que ahora estoy en San Pablo, con batucada de fondo, esperando el vuelo a Londres que sale en cuatro horas… Este informe sigue mañana, desde el otro lado del Atlántico…

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