Archivos Mensuales: octubre 2013

Semana 4: Día 23: Madre hay una sola

150428_436603323099574_864989694_n
Hay un festival de cine que es una vez al año, en el que siempre tengo que trabajar. Me gusta la experiencia, pero es agotadora. El tema es que como el fuerte es un mes antes de su inauguración, el último día de octubre o el primero de noviembre, siempre coincide con el día de la madre. Y yo estoy siempre trabajando a destajo, convenciéndome de parar un instante para ver a mi mamá.
Este año ella me lo hizo un poco más fácil, y justo se fue de viaje con mi papá. Así fue que todos estaban yendo y viniendo a sus antiguos barrios, visitando a la familia para almorzar. No fue mi caso, que me quedé pegado a la silla, armando fichas de largometrajes, documentales y cortometrajes. En medio de maratónicas sesiones de trabajo (hablamos de 15 horas seguidas antes de desmayarme del sueño) pensaba en escribir unas líneas sobre ella.
Como puede corroborar cualquiera que lea este blog, mi mamá es una de mis grandes fans. Quizá como el nene lo le salió muy extrovertido, aprovecha para leer diariamente mis entradas y enterarse de qué estoy haciendo. Ella supo reprimir sus instintos maternales y no se escandalizó cuando empecé a entrenar duro y perder mucho peso, ni cuando decidí hacerme vegano (creo que ya se había acostumbrado a mi vegetarianismo). Mientras mi entrenador y mi nutricionista me supervisaran, y los estudios de sangre y del corazón dieran bien, ella se quedaba tranquila. Muchas veces postea en los comentarios de las entradas, y otras cree que si opina me va a incomodar, entonces directamente me llama por teléfono y hablamos de cosas que escribí.
Ella se movilizó junto a mi papá, amigos y hermanos hasta Marcos Paz para verme correr mis primeros 100 km. Estuvo en 2012 cuando me quedé en el km 77 y volví a la meta en auto, tiritando de frío por mis escasas reservas de energía (hay que bancarse manejar 50 km para verme pasar un segundito cada dos horas y media). También volvió este año, en condiciones similares, pero esta vez sí para recibirme en la meta cuando cumplí mi objetivo en 10 horas y 14 minutos. Cuando llegué fui directo a ella, a llorar en sus hombros, todo transpirado, agotado, y feliz. De todas las personas que estaban ahí, ella era la que yo primero necesité abrazar.
Mi mamá no es precisamente una deportista, pero ahí estuvo en toda mi “carrera atlética”. Para ser realmente honesto, estuvo pendiente de mí toda mi vida. Junto con mi papá se convirtió en sponsor de mis caprichos, aún cuando no estuvo siempre 100% de acuerdo. Pero en los momentos de mayor angustia, cuando estuve en algún lugar remoto, o las fuerzas me fallaron, siempre pienso en ella y en las ganas de verla que tengo. En cuanto a la herencia genética, ella siempre dice que mi cuerpo tenía la forma del lado de su familia, y que el running lo modificó para ser como los genes de los Casanova.
Mis papás son muy diferentes. Ella es extrovertida, impulsiva, pasional. Él es más introvertido, reflexivo, paciente. Tienen en común que son muy afectuosos, generosos, creativos, y que han sabido acompañarme en cada una de mis locuras. Dejando de lado la obviedad de que yo no existiría sin ella, mi mamá es un 50% responsable de que yo esté donde estoy y que sea como soy. Por eso, aunque nunca compartimos la locura de correr, cada vez que las fuerzas me abandonan, solo pienso en abrazarla y decirle “Mami, llegué”.

Semana 4: Día 22: Comer sano es caro

Tengo la suerte de haber incentivado a mi amigo Nico a que empiece a entrenar en los Puma Runners. Así que estamos toda la semana chateando y los sábados nos vemos las caras en San Isidro. Parte de mi proceso de traerlo al lado oscuro, además de la parte aeróbica y las constantes charlas sobre qué equipo comprar y en dónde, es hablar de comida. De la sana.
Hoy, después de un trabajo intenso con peso y un fondo de 16 km, me vio comiendo mi típica colación: un sándwich de tofu y pan integral con semillas. Le intrigaba el queso de soja, lo probó… y extrañamente no le disgustó. Este chico en dos años abandona los asados y se hace vegano.
Nos pusimos a hablar del pan: él sugiere cocinarlo uno mismo (creo que tiene razón), y yo le comenté que el que compraba era muy bueno, y me dijo algo que me quedó resonando: “Sí, pero es re caro”. Probablemente se refería a que el que uno hacía en casa era más económico, pero yo lo procesé por otro lado. Puede sonar bastante obvio, pero muchas de las cosas que son más sanas son más caras. Y a veces es medio ridículo, porque se supone que los procesos industriales y los agregados deberían subir el precio de venta al público de un producto, pero generalmente es al revés. Y no me refiero al kilo de tomate a 20 pesos, sino a que las hamburguesas o las comidas rápidas están mucho más al alcance de la mano, a un costo mucho más accesible.
Me estoy acordando de la publicidad que dan ahora del “Ensaladero”. Sería absolutamente impensado que exista un vendedor así, que en lugar de helados vende ensaladas. A mí me solucionaría la vida, pero creo que soy minoría.
Por supuesto que la realidad está dictada por la demanda. La gente, en su gran mayoría, prefiere la grasa y los azúcares que los alimentos integrales. El hecho de que comer bien sea más caro no ayuda. Yo encontré mis alternativas, como ir a ferias o al Barrio Chino, que si bien no es tan barato, está mejor que los supermercados express que abundan en el microcentro.
Hoy no quise dejar pasar la oportunidad de abastecerme de avena, pasas de uva, ese pan integral caro y otras cosas, cuando una lectora del blog me reconoció y se acercó a hablarme. Como yo estaba con los auriculares, al principio pensé que yo me había colado sin querer o algo por el estilo (sépanlo, lo primero que pienso es que estoy en falta). Entonces me dijo que me leía todos los días, y me llené de vergüenza y de ahí pasé al orgullo. ¿Sabrá la gente que me reconoce por la calle que inmediatamente después se lo cuento a mis amigos por whatsapp? ¿Se rompería la magia si digo eso?
Esta chica me dijo que la había incentivado a correr, y eso me honró mucho. Ser un buen ejemplo, sin habérmelo propuesto conscientemente, es algo que nunca deja de sorprenderme. Quizá sea más difícil convencer a la gente de que se pase a los alimentos naturales y enteros, por más que nos lo cobren carísimo. Yo puedo decir que los mejores tiempos en mi vida los hice siendo vegano… ¡ojalá seguir afirmando esto le sirva a alguien! Nadie tiene que volverse un extremista como yo, pero seguramente todo lo que uno haga para que la gente deje de lado las grasas y los azúcares, va a ser todavía más beneficioso que el deporte. Porque correr lo hacemos tres veces por semana, en ocasiones un poco más (pero no demasiado). En cambio comer es una actividad de varias veces por día… y conviene llenarnos de cosas que nos alimenten y nos sirvan.
Si no podemos evitar pensar con el bolsillo, lo que invirtamos hoy en salud son gastos en médicos que no tendremos que hacer el día de mañana.

Semana 3: Día 21: Objetivo Europa

Debería citar a Europe, que en este caso aplicaría perfecto: It’s the final countdown! Tarara ra… tarara ta ta…
Comienza la cuenta regresiva para volver al viejo continente. No pude organizar el viaje para ir a Atenas a correr la Maratón Clásica, pero no importa, voy a visitar tres ciudades asombrosas donde podré entrenar: Londres, París y Barcelona.
Viajar es, para mí, uno de los placeres más grandes en la vida. Como todas las cosas buenas, me cuesta horrores: tengo que adelantar trabajo, me estreso mucho, y nunca consigo reunir dinero suficiente para disfrutar completamente de la experiencia. Siempre estoy contando las monedas, pensando cuánto estaría pagando esa baguette si la comprar en casa… pero bueno, como decía un amigo, “el que convierte no se divierte” (y decía esto con el euro a 5 pesos).
Siempre me gustó viajar, pero por prejuicio o desconocimiento hubo muchos lugares que nunca los hubiese conocido… si no hubiera sido por el running. Correr me abrió la cabeza a ciudades a las que le tenía idea o que ni me imaginaba lo que podían llegar a ser. A veces fuera de la frontera, como Río de Janeiro o Atenas, y otras en casa, como Misiones o la Patagonia. Tiene lógica porque correr es una forma de viajar, así que esa apertura mental debe estar relacionada.
En mi viaje anterior a Europa pude darme el placer de correr en París y Londres, algo que quiero volver a repetir. Porque ahora que participo de carreras y hago fondos largos, las distancias me resultan diferentes a como eran antes. Una caminata de 9 km me parecía impensado, mientras que ya no me resulta un desafío trotando. Así como en la Maratón de Buenos Aires (o en otras carreras más cortas) vamos viendo los puntos emblemáticos, correr me sirvió para conocer mejor a las ciudades. Salir al aire libre y hacer un entrenamiento que una el Louvre, la Torre Eiffel y el Arco del Triunfo, no tiene precio.
Hice mi primer viaje a Londres en 2008. Era la primera vez que salía del país, si no contamos a Uruguay que, aunque tienen una moneda diferente, se siente muy parecido a estar en casa. Ir a un lugar donde no hablaban tu idioma fue toda una revelación. Lo que más me quedó fue ver a tanta gente entrenando al costado del río (se repitió en París). Los londinenses no solo corrían, sino que lo hacían a las chapas. Como si aprovecharan cada segundo del día. Volví de ese viaje cambiado. Fue en marzo, y un mes después estaba entrenando por primera vez en un running team. Nunca lo pensé demasiado, pero quizás el viaje tuvo algo que ver: abrir la cabeza, buscar nuevas experiencias…
Me gustan las situaciones cíclicas, y creo que este viaje lo voy a disfrutar más que nunca. Ahora quiero ser como esos corredores que me impresionaron en su momento, haciendo un sprint al costado del Támesis.
Siendo que ya confirmé pasajes y estadía, comienza la cuenta regresiva.

Semana 3: Día 20: La recuperación de la maratón

1375898_10202155552508704_256819400_n
Cuatro días. Es lo que mi experiencia me indica que me toma recuperarme del todo de una carrera. O sea, hoy es el día en que los músculos me han dejado de doler.
Mi desinteligencia usando las medias con dedos (tipo guante) hizo que el lunes no pudiese correr. A duras penas podía caminar. La ampolla en el arco de mi pie no estaba llena de agua, no sobresalía… pero la apoyaba todo el tiempo al pisar. Por eso me dediqué solo a hacer musculación y a armarme de paciencia para volver a trotar.
Ayer, en el gimnasio, hice el equivalente a 2 km en cinta. Me costó, me di cuenta que el dolor (que iba en retroceso) me forzaba a cambiar la pisada. Intenté no hacerlo, pero ya cuando algo natural como es correr se vuelve una actividad de tanta concentración… deja de ser un disfrute. Se tensionan músculos que tendrían que relajarse… no tiene sentido. Hice ese tramo porque extrañaba hacer un trote. Tengan en cuenta que después de la adrenalina de una maratón, ¡lo que más quiero es volver a hacerlo! Así que ya estoy soñando con mis próximos 42 km, en la ciudad que sea.
Hoy puedo decir que no me duele nada, pero por distintos motivos no pude entrenar, así que recién volveré a correr como se debe este sábado. Lo ideal para recuperarse de cualquier actividad física es estar en movimiento. No pude trotar pero sí caminé mucho, el mismo día de la maratón y los posteriores, además de que fui al gimnasio y de que en el entrenamiento descarté la parte aeróbica pero me puse a colgarme de la barra.
Al final no cerré mi viaje para la fecha de la Maratón Clásica de Atenas, así que voy a hacer mis vacaciones en Europa y solo haré algunos fondos por la mañana, para recorrer Londres, París y Barcelona. Yo creo que parte de la recuperación es poner la cabeza en el futuro, aprovechar los días de descanso para contemplar los logros obtenidos pero también para soñar con nuevos objetivos. De momento tenemos la Demolition Race y la San Silvestre en diciembre… y nada más. Va siendo hora de empezar a planificar los fondos largos, de cara a la Espartatlón. Sería ideal acostumbrarme a estas distancias, y que mis recuperaciones sean un poco más rápidas que las actuales…

Semana 3: Día 18: Cómo mejoré mi tiempo

F2-2191
Pasado mi estupor inicial por haber roto mi marca en 21 minutos (un 11,5% menos que mi mejor tiempo), me restó ponerme a pensar cómo lo logré. Ni yo estoy muy seguro, pero tengo algunas teorías que me gustaría compartir.
Primero que nada, descartar la suerte o el azar. Sí, pudo influir que haya estado nublado, pero no podría saber cuánto. No creo que el desempeño de uno varíe fortuitamente. No depende de los astros, de las cábalas o del karma. Uno se prepara, independientemente de los designios del destino. No hay nada escrito.
Supongo que lo que sí influye es la experiencia. Esta es mi quinta maratón, y esta distancia ya dejó de ser un misterio. Más o menos sé qué esperarme, dónde me voy a cansar, y en qué kilómetro me espera una cuesta o un show. Habrá que ver cómo me va haciendo 42 km en una ciudad que no conozca, pero lo que sí conozco es mi cuerpo y cómo voy a reaccionar. Aprendí qué necesitaba, cómo superar los momentos más difíciles y cómo sostener el ritmo estando muy cansado. Esto se logra, simplemente, corriendo varias veces la maratón.

El descanso es clave. En mi segunda maratón, en Atenas, apenas había dormido cuatro horas. En Río fue similar. Evidentemente correr en el exterior hace que duerma menos… Pero bueno, el sábado anterior hice una siesta (esa de la que me desperté creyendo que se me había pasado el día de la carrera) y a la noche dormí seis horas. No es lo ideal, pero me quedé tirado en la cama toda la tarde, viendo tele y descansando, así que no necesité más. Estaba muy relajado.

La alimentación también fue fundamental. Esa dieta de muchos hidratos y poca fibra asegura tener reservas de energía al máximo y molestias gástricas al mínimo. También, sumado a la experiencia, yo ya sabía qué iba a necesitar durante la maratón. Con mis tres geles (uno cada 10 km) y mis pasas de uva de emergencia, iba a tener más que suficiente. Además, arranqué con un desayuno bien completo de avena, leche de soja y pasas de uva. ¡No me faltó nada!

La hidratación es otra clave de una maratón. Pero esta vez hice un pequeñísimo cambio. Yo siempre tomo mucha agua los días previos y en la mañana de la carrera. Lo que me terminaba pasando era que siempre andaba con ganas de hacer pis, incluso en la competencia. Amparado en los árboles y en que los hombres hacemos donde y cuando queremos, lo fui resolviendo, ¡pero eso quema segundos vitales! Esta vez, en lugar de tomar 750 cc de agua al levantarme, tomé un vaso menos. Eso mantuvo el equilibrio. Después, durante la maratón, me agarré una botellita en cada puesto, sin excepción, y fui tomando de a sorbos. El Gatorade en vaso casi me ahoga, así que lo dejé de lado.

El entrenamiento también fue primordial. Esto quizá se pise con la experiencia, pero desde hace rato que vengo corriendo y entrenando con constancia. Llegué bien al día de la carrera, sin venir parado de una lesión ni tirándome a chanta.

Y probablemente el factor más aleatorio de todos fue la motivación. Estos últimos tiempos han sido muy buenos para mí, anímicamente. Me siento centrado en mi vida, estoy contento con lo que tengo y no sufro por lo que me falta. De hecho, creo que me falta muy poco, si no es nada. Y eso seguramente influye en el desempeño, porque los patitos están todos en fila, y la cabeza se dedica solo a una cosa: disfrutar.

No hay una fórmula mágica. Soy la misma persona que corrió los 42 km en julio, con 3 hs 27 minutos, y el que lo hizo el domingo, con 3 hs 3 minutos. En aquel entonces fallaron muchos de los ítems (descanso, alimentación, etc), y ahora todos jugaron a mi favor. Puntualmente a quien quiera mejorar su marca le diría que la clave es una sola: correr muchas maratones, aprender sobre uno mismo, y aplicarlo. Eso nunca podría fallar.

Semana 3: Día 17: Imágenes de la maratón

10267998766_84dd2c820b_o
Mientras espero las fotos oficiales, estuve rastreando mis apariciones en la Maratón de la Ciudad de Buenos Aires… Creo que ir bien adelante y haberme pegado a la décima mujer en la categoría femenina (Yanina Forgia) hizo que saliera en muchas fotos. Por supuesto que en casi todas me tapa alguien, estoy fuera de foco o de costado, pero bueno, me pude encontrar fácilmente.
Mi papá hizo su experiencia periodística y además de filmarme a mí, capturó a los keniatas haciendo historia… así que los dejo con las imágenes, mientras me sigo recuperando. Tengo una ampolla dolorosa en el arco del pie derecho, que hoy ya no me impide caminar, y estoy empezando a sentir molestias en la espalda, cuello y cuádriceps. Pero, como decía esa famosa publicidad sobre el día después de la maratón, hay una sola parte de mi cuerpo que no me odia en este instante: mi corazón.

maraton-buenos-aires-79

Semana 3: Día 16: Los 42 km de la Maratón de la Ciudad de Buenos Aires

INTRODUCCIÓN
Me quedé dormido. Así, lisa y llanamente. Abrí un ojo, vi que de entre la persiana entraba luz del día. Afuera se escuchaban algunos autos. ¿Qué hora era? ¡Me había quedado dormido! ¡LA CARRERA!
Pegué un salto, agarré el reloj y me horroricé al ver que eran las 18:30. ¡Me había perdido la maratón! ¡Y por muchísimas horas! Solté un agónico “¡NOOOOOOOOOOO!”. ¿Cómo había podido dormir tanto?
El corazón me latía con fuerza. Me sentía un imbécil. Me tomó varios segundos darme cuenta de que todavía era sábado, y que la maratón era al día siguiente.

LA MARATÓN
Después de semejante julepe, no quise dejar nada librado al azar. Me puse el despertador a las 5 de la mañana y me fui a dormir bien temprano, con toda la ropa preparada. Hasta había enganchado el número al pantalón con los alfileres de gancho. No le puse el chip a la zapatilla porque era demasiado.
Todo salió bien. TODO. Bueno, soñé con zombies. Que querían entrar a donde estaba yo, y los mantenía a raya con un revólver y, sin balas, recurría a clavarles una lapicera en el cerebro. Hasta que una cebra zombie mordía al resto de los animales del zoológico y se desataba el pandemonium. En fin, un poco de manifestación de la angustia. El despertador sonó cuando tenía que sona, me desperté, desayuné, tomé agua y desde mi aplicación en el celular confirmé que el tren que va a Tigre estaba funcionando (¡el resto de las líneas y los subtes no funcionan hasta después de las 8 de la mañana!).
A las 6:05 estaba arriba del Mitre, camino a la estación Belgrano, desde donde caminé hacia la largada, en Figueroa Alcorta y Monroe. Me crucé con un debutante y fuimos charlando durante la caminata. Un grupo de exaltados borrachines me insultó desde un auto y no pude evitar reírme. Ellos terminando su gira de excesos y nosotros a punto de empezar la nuestra.
Me encontré con Marcelo, mi co-equiper en Puma Runners. Esta vez los guardarropas sí funcionaban ordenadamente, así que dejamos nuestras cosas y nos dirigimos a la salida. La largada era 7:30, así que quince minutos antes estábamos acomodados bien adelante. No tuvimos que abrirnos paso a los codazos (aunque recibimos algunos) y no sufrimos el embudo cuando arrancó la maratón, con una puntualidad asombrosa.
Mi carrera junto a Marce no duró mucho. Nos separamos enseguida, porque yo quería abrirme del pelotón y correr cómodo. Miré para atrás un par de veces y no lo vi. Ya habíamos dejado en claro algo que nunca hicimos en una carrera de calle, que es “nadie espera a nadie”. El clima de una maratón, para quien nunca lo vivió, es difícil de describir. Todos están muy concentrados, pero a la vez se respira un entusiasmo increíble. Yo venía casi volando. A 4 minutos el kilómetro, a veces menos. Me sorprendió una gran falencia de la carrera, y fue que no había liebres (o pacers) más rápidos que 5 minutos el kilómetro. Me hubiese gustado para ayudarme en mi meta hacer marca (mi mejor maratón fue en 2010, con 3:24:16, y este año en Río de Janeiro llegué 3 minutos después que eso). Me conformaba con llegar en 3 horas 23 minutos. Pero para eso iba a tener que apretar, y no me sentía muy seguro (¿por qué? Cagazo, nada más).
Identifiqué a un grupo que venía con un buen ritmo. Iban entre 4:10 y 4:15. Decidí usarlos de referencia, así que contínuamente nos íbamos pasando. Recorrimos la ciudad con sus shows, gente aplaudiendo, y automovilistas que nos querían matar a todos. Este ritmo para un fondo tan largo era desconocido para mí. El único referente previo que tenía era el de la Media Maratón que se corrió hace un mes, donde hice los 21 km en 01:26:45. Según la página de la organización, matemáticamente tenía que terminar los 42 en 3:05. ¡Imposible! ¿Cómo podían asumir que iba a sostener ese ritmo tanto tiempo? Pero ahí estaba, apretando como si no faltasen 35 km para terminar. Pasamos por mi show en vivo favorito, que siempre está a la altura del Museo de Bellas Artes, y son los imitadores de Los Beatles. Les festejé y juro que Paul me sonrió.
Corrí con mi baticinturón nuevo, con una caramañola con tres geles diluídos (para tomar cada 10 km) y otra con agua. En el bolsillo frontal tenía el celular y una bolsita con pasas de uva, dos cosas que no toqué durante toda la carrera. El cielo estaba nublado, y la temperatura era la propicia para correr. Cometí mi primer error al querer tomar Gatorade en los puestos. ¿Cómo pueden estos sádicos entregar esto en vasos? Quise tomar sin parar y me volqué todo. En el segundo intento, tragué mucho aire y empecé a toser desaforadamente. Después de dibujarme los bigotes de bebida energizante, decidí confiar en el agua que daban y mis geles para tirar toda la carrera.
La hidratación estuvo bien ubicada. Yo pedía por favor que me dieran botellas con tapita, porque en lugar de mojarme y hacer buches para tirarla, me la guardaba para tomar sorbitos hasta el siguiente puesto, separados cada uno por 5 km. Si al llegar me quedaba agua, me la tiraba encima y pedía otra botellita. Con eso fui tirando y pasamos por Recoleta, Retiro, el Colón, el Obelisco, Diagonal Sur, Plaza de Mayo. Ahí me esperaba mi papá, que intercambiaba el partido de Del Potro con venir a verme. Lo agarré distraído, pero por suerte hacíamos un ida y vuelta y volvíamos hacia la Casa Rosada. Me filmó, y quizá lo suba mañana. “Te sigo”, me dijo.
Nos dirigimos a Barracas, yo siempre siguiendo secretamente al pelotón de 4:10 el kilómetro. Sabía que, como mínimo, hasta la mitad los iba a poder seguir. Empecé a hacer las cuentas en mi cabeza de qué pasaría si a partir de ahí bajaba a 5 minutos. ¿Hacía marca? Pasamos de ahí al puerto, y fue muy extraño porque generalmente subimos por una rampa y corremos al costado del río, pero aunque el cartel de 18 km estaba ahí, a nosotros nos hicieron transitar por la calle del costado.
Por supuesto, yo tenía ganas de ir al baño. Pero no muchas, así que dije o me hago encima o me aguanto. Por suerte no pasé por ninguna de las dos cosas. No me hice y la urgencia fue desapareciendo. En el km 25, junto a la Reserva Ecológica, había baños químicos. Pero pensé que ni a ganchos frenaba. No iba a dejar ir a mi pelotón.
Llegué al kilómetro 27, donde en 2011 hice mi gran diferencia, sumándome a la liebre de 4:30, y todavía no puedo entender cómo no había en esta carrera (mi récord de 3 hs 24 minutos fue en ese año). Pasamos junto a los lujosos edificios de Puerto Madero, y yo rogaba por no perder a esos corredores que me ayudaban a sostener el ritmo (aunque empecé a sospechar que ellos me seguían a mí). Ahí me pasó un corredor que leyó “SEMANA52” en mi remera y se confesó lector del blog. Tenía un ritmo espectacular y lo perdí de vista. En el 28 pasé exactamente a las 2 horas de carrera. Apareció el bendito kilómetro 30, donde podía aparecer el muro. No quise pensar mucho en eso, pero era imposible. Mi papá me volvió a interceptar, y me dijo “Te veo en la meta”.
Mi ritmo estaba en 4:10, 4:15… ¡lo estaba manteniendo! Sabía que si llegaba al 32, podía bajar a 5 y hacer marca. Todo el tiempo estaba haciendo cuentas en mi cabeza, cuando no cantaba la Serenata Mariachi de Les Luthiers para mis adentros (siempre se me pega una canción distinta). “Diez días y diez noches, a mi porto prendido… desde Guadalajara este charro ha venidooooooo”. Cruzamos el paso bajo nivel y del otro lado me encontré con Germán, otro lector del blog con el que alguna vez compartí un fondo en la Reserva Ecológica. Su choque de palmas me dio más energía que los geles.
Nadie estaba más asombrado que yo de estar sosteniendo esa velocidad. Me dio calor y me saqué la remera, para así poder encontrarme mejor en las fotos. Pasamor por el Planetario… ¡y todavía aguantaba! ¿Muro? ¿Qué muro? En el kilómetro 37 entrábamos a los lagos de Palermo, y yo seguía haciendo cuentas… me daba que tenía que estar llegando en menos de  3 horas 10 minutos… ¡una locura! Pero ahí empecé a sentir el cansancio. ¡Apareció el límite! Veía cómo mi ritmo iba bajando. El pelotón de 4:10 se había dispersado, uno salió disparado y el resto quedó atrás mío. No tenía a nadie a quien seguir, y tampoco podía subir demasiado. Tenía que salir de esos lagos y volver a Figueroa Alcorta, para terminar.
Los últimos kilómetros fueron eternos y tediosos. Quería que se terminara de una vez. Me fastidiaba el asfalto, quería llegar, gritar, y sobre todo COMER. Hice mi mayor esfuerzo por subir la velocidad, cosa que me costaba muchísimo. Pero era todo una cuestión mental, era la cabeza la que me fallaba, porque seguía corriendo. Era cuestión de tener paciencia. Sostener. Pasamos el kilómetro 40. Yo ya sabía que hacía marca, así que intenté relajarme y dejar el sprint para el final. En el kilómetro 41 ya veía a la gente y se vislumbraba el arco de llegada. En ese momento, la mini-catástrofe: obviamente sentí el dolor de una ampolla, casi instantáneamente, pero la sensación era que me clavaban una aguja hasta el fondo del arco del pie… y tuve que seguir corriendo con eso, clavándose en cada pisada. Grité, pero no de dolor, sino de bronca. Decidí correr con las medias con dedos, que para evitar ampollas en los dedos son fantásticas, pero nada más. El resto del pie queda desprotegido, y es algo que tenía que haber previsto.
Cerca de la llegada estaba lleno de gente que aplaudía y arengaba. Empecé a abrir la zancada. Era todo lo que tenía. Pasé corredores y me centré en el arco de más adelante. Llegué con un ritmo frenético… ¡y no era el final! Ok, no pasaba nada, unos 50 o 100 metros más adelante estaba el de adidas… ese era el final… ¡pero no! Todavía faltaba el último, donde estaba el lector del chip. Sostuve ese sprint desquiciado y grité a todo pulmón “¡ESPARTAAAAAAAAA!”. Yo quiero que entiendan, soy una persona de perfil bajo. Puedo contar muchas cosas personales en el blog, pero me ayuda que es escritura y que no me están viendo a la cara. El único momento de mi vida donde no me importa el ridículo, o llamar la atención, o que todos se den vuelta es ahí, en la meta, donde lo largo todo. Yo sé que es eso o la terapia, y me gusta descargarme por este lado.
Detuve mi reloj y no podía creer mi tiempo. 3:03:20. Es una hora menos que mi primera maratón, en 2010, 20 minutos menos que mi mejor tiempo, 27 minutos abajo que mi experiencia en Río, mis últimos 42 km, el 7 de julio. Los primeros metros que caminé me sentía aturdido, casi mareado. No me quedaba NADA MÁS. Me hidraté con un abotella fría de Gatorade que bebí en tres enormes sorbos. Me tuve que pedir otra. Me pusieron la medalla saliendo del corralito de llegada, y sentí una felicidad inmensa. Algo que hizo la organización que me pareció GENIAL fue que entregaban unas lonas de nylon con la marca de adidas para abrigarte. Espero que lo hagan siempre, porque con la energía depletada y el día nublado, se mantenía perfecto el calor corporal.
Aproveché que había poca gente y fui a hacerme masajes y estiramientos. Espectacular. Ahí me encontré con mi papá, que por pocos minutos no llegó a verme cruzando la meta. Lo quise esperar, pero no pude. Poco después nos encontramos con Marcelo, que llegó en 3 horas 28 y también hizo marca. Fue un día perfecto.

EPÍLOGO
De ahí nos fuimos con mi papá a almorzar a su casa, donde nos esperaba mi mamá. Me cocinaron unos fideos con salsa y me prestaron plata, conmovidos (o consternados) por mi post de ayer. No había sido mi intención darles lástima, y me avergonzaba muchísimo toda la situación, pero me convencieron con el débil argumento de que si la aceptaba los dejaba tranquilos. Hablamos de la carrera, de mis tiempos anteriores. En una conversación telefónica con mi hermano Matías, me tuvo que reconocer que mi desempeño desterraba sus creencias de que un deportista necesitaba carne para progresar. No creo que sea casualidad que mis mejores tiempos hayan sido a un año de ser vegano. No hay ningún secreto, solo entrenar constantemente y comer sano. Nada más.
Ahora estoy en mi departamento, en patas, muy contento… y todavía sorprendido. Es una sensación que en pocos días va a desaparecer, cuando me ponga el siguiente objetivo y empiece a trabajar para conquistarlo.

ALGUNAS FOTOS

CAM00085

Semana 3: Día 15: Lo importante

Estuve meditando si valía la pena escribir este post o no. Lo charlé y me recomendaron hacerlo. Mi miedo era lo que podían llegar a pensar de mí… pero, ¿es eso realmente importante? Creo que no debería preocuparme si algo me deja mal parado. Es un precio bastante bajo por pagar si es que realmente se puede hacer una diferencia.
Hoy fui a entrenar. Hice relativamente poco para ser un sábado, 8,75 km. Sirve para paliar los nervios de la maratón de mañana, estar en contacto con mis amigos de Puma Runners, y seguir charlando ideas con Germán, mi entrenador, para cambiar el mundo. Tenemos esos sueños, de ayudar motivando. Hacía frío al costado del río, a pesar de que estaba abrigado con una remera de manga larga. Como no estaba corriendo (hice trabajo diferenciado) perdí calor enseguida. Me podría haber traído cualquiera de las camperas que tengo, pero quise viajar ligero hasta zona norte. Desde donde estábamos entrenando, en Paraná y el río, se podía ver Puerto Madero a lo lejos. Si pudiese correr sobre el agua, mi casa esaba en línea recta por la costa.
Volví a la base trotando, pensando en dónde encontrar un baño para hacer pis. Intenté dar el ejemplo corriendo por la vereda, y no por la calle como acostumbro. Cuando llegué a destino hice un poco de trabajo de musculación colgándome de la barra, algo que cada vez me resulta más sencillo. Me elogiaron mis bíceps, lamentablemente fue un hombre (no es que haya algo malo en eso). Me comí mi sándwich de tofu y pan integral con semillas, que tenía en mi tupper de plástico y tomé de mi agua hervida.
Hago este comentario porque últimamente vengo muy mal de plata. Mudarme hizo que gaste de más, entre flete, compras, depósito… antes, si no llegaba a fin de mes, lo cubría con mi pareja, pero ahora eso no era opción. Además me cayeron cuentas que tengo por débito automático, y pagué más de 2 mil pesos de tarjeta de crédito. Me quedé 200 pesos corto para pagar el alquiler, así que recurrí a mis papás, que me prestaron eso y todavía un poco más, para no estar tan justo. El balance de mi cuenta me deprimía: 28 centavos.
Tengo comida stockeada, por suerte. Pero para controlar mis gastos, empecé a hervir el agua. No es lo ideal, le desconfío bastante, pero zafa hasta que cobre algo en breve. Estos últimos días recurrí a esto y así la vengo zafando, entre lo que todavía queda en la alacena (que gracias a mi previsión es bastante) y lo que hay almacenado en la tarjeta SUBE. Me di cuenta que se podía vivir con poco, pero me sentí muy pobre y algo angustiado.
Esta maratón la pagué hace tiempo con tarjeta, gracias a que tengo la capacidad de endeudarme un poco. Pero sentía que necesitaba un cinturón hidratador… un capricho, porque realmente no era necesario. Quería correr cómodo mañana, con mis caramañolas con geles (diluídos en agua hervida), mis pasas de uva, y mi celular smartphone para sacar fotos antes, durante y después de la carrera. Conseguí unos pesos y en lugar de usarlos para comprar más agua mineral o fruta o más comida, fui a la Expo Maratón y volví, suplicante, al stand donde ayer me querían cobrar 100 pesos extra por pagar con tarjeta. Encontré exactamente lo que buscaba, me calzaba perfecto, y me volví caminando a casa, un poco más relajado.
Podría haber vuelto en colectivo, pero decidí caminar. Me preocupaba cansarme por mañana, pero a la vez no quería estar en una parada, esperando. Me puse el cinturón, prendí la radio en mi smartphone y comencé a recorrer Libertador, la misma avenida por la que vamos a transitar mañana. Venía pensando en todos esos lugares, preocupado por mis 28 centavos en mi cuenta, con culpa por haber comprado en la Expo en lugar de aguantarme con las cosas que tengo, y no sé en qué otras tonterías, cuando vi algo que puso todo ese día en otra perspectiva. Fue volver caminando, por ese trayecto, cuando podría haber sido por cualquier otro, lo que hizo que me cruce en esa esquina con él. Empecé viendo sus pies, con el rabillo del ojo. Estaba descalzo y sucio. Caminaba despecito, como si la rigidez de la vereda le hiciera doler. Era muy flaco, con los jeans rotos, una remera roñosa que le quedaba grande. Tenía el pelo hecho rastas y una frondosa barba. En otro contexto podrías haberlo tomado por un neo hippie. Pero lo cierto es que ese tipo no tenía absolutamente nada.
No detuve mi marcha, hice lo que normalmente hace cualquiera: seguí de largo. Pero no pude evitar repasar todas las cosas que pensé a lo largo de este día. Yo sentía que estaba mal, que me faltaban cosas, cuando en este mismo planeta, en este mismo país y en esta misma ciudad, hay un tipo que quizá ni sabe que se corre una maratón. Que no anda preocupado por tener un cinto hidratador. Por ahí ni siquiera tenía una cuenta bancaria. No tenía techo, ni ropa limpia, ni calzado. Y yo sí tenía todo eso.
Seguí mi camino, con el impulso de volver. Hablar con él, ver si necesitaba ayuda. Mientras me acercaba a casa repasaba las cosas que yo tenía sin uso y que le podía regalar. Y ahí fue que me pasó lo que más vergüenza me da: decidí que era mejor no hacer nada. Porque el tipo podía ser orgulloso y rechazar lo que yo le llevase. Capaz había elegido vivir así. Por ahí era un drogadicto que me iba a robar. Quizá yo iba a intentar ayudarlo y me iba a arrepentir. O en una de esas, después de regalarle las cosas, me seguía a mi casa y no me lo sacaba más de encima. Mi cabeza fue rápida para inventarme excusas para no hacer nada.
Entré a mi departamento y me sentí muy avergonzado por pensar esas cosas. Por no animarme a ayudar desinteresadamente a alguien. ¿Cuántas veces pasé por al lado de alguien que no tenía nada e hice como si no existiese? Es muy frecuente hacerlo en la Ciudad de Buenos Aires, donde hay mucho contraste con la verdadera pobreza. Fui derecho al placard y agarré un par de viejas zapatillas que no usaba. Aparté un dos pares de medias (uno que me había regalado mi papá el mismo día en que me prestó plata para el alquiler… perdón, pá). Separé un jean que nunca uso, una campera impermeable (tipo rompeviento), algunas remeras (de manga larga y corta) y un buzo Adidas… toda ropa que hace mucho que está guardada en un cajón.
Volví, algo inseguro, a la esquina donde lo había visto, con dos bolsas. Pero no estaba. Me arrepentí de no haber hablado con él, de no haberle pedido que me espere ahí mismo. Pensé que tendría que haberme apurado. Sin embargo, seguí caminando, en la misma dirección que lo había visto avanzar, despacito, con sus pies sucios y descalzos. Nada, ni noticias. Pensé en preguntar por él… pero, ¿a quién? Seguí instintivamente, sintiéndome un tonto. Hasta que lo vi en una esquina, más adelante, caminando con dificultad. Me puse a su lado y lo saludé: “Hola”.
Se dio vuelta y me miró. Le pregunté por qué estaba descalzo. Me empezó a hablar… pero no le entendí una sola palabra. Tenía una voz muy bajita y no modulaba. Creo que ni siquiera hablaba en castellano. Podría decir que era croata o rumano, pero jamás podría identificar ese idioma si lo escuchara. Le pregunté si quería un par de zapatillas. Me dijo algo que supuse que era un sí. Saqué una y le dije que esperaba que le quedase. La agarró, la puso junto a su pie, como mediría cualquiera un número de calzado en una zapatería, y le iba perfecto. Se metió su encendedor en el bolsillo, y siguió de largo hasta que cayó por la botamanga hasta el piso. Esa imagen me resultó muy triste. Le mostré los dos pares de medias, y automáticamente se las empezó a poner. Me hablaba, me hacía gestos, y entendía que su voz tenía tonos. Como que me estaba diciendo algo. Pero yo no le podía entender.
Le mostré que había un jean, casi nuevo. No saqué toda la ropa, era para que lo revise él. Me di cuenta que no tenía absolutamente nada consigo, más que la poca ropa que llevaba puesta, su encendedor y sus cigarrillos. Le expliqué cómo la campera de lluvia se guardaba y quedaba como si fuese un bolsito chiquito. Me dijo algo que no pude interpretar. Se señalaba una pulsera de metal que tenía. Me rompía el corazón no entender. Me pareció que no quedaba nada más que hacer. Levanté mi pulgar y él levantó el suyo. Le di la mano, y su apretón fue muy débil. Su mano estaba mugrosa y áspera. Le di una palmada en su huesudo hombro y le dije, con toda la sinceridad del mundo, “Cuidate”.
Me fui y me di cuenta que no tenía ni idea de a dónde estaba yendo. Hasta que me ubiqué me desvié dos cuadras. A pesar de que no ocurrió ninguna de las estúpidas fantasías que había tenido, me pareció que no había sido suficiente. En mi casa tenía todavía muchas más cosas. Tenía comida, que no sabía cómo darle porque son todas cosas para cocinar (arroz, cous cous). Quizás eso era más urgente que ropa. Pero me seguía impactando que el tipo estuviese caminando en el Centro con sus pies descalzos… Eso también urgía.
No quise volverme loco. Sentí que lo ayudaba a tener un punto de partida. Ropa sana, protección de la lluvia, calzado. Otras veces doné ropa, pero fue a alguien sin rostro. No era lo mismo que ver a la persona que lo necesitaba y tenerla enfrente.
Y dudé muchísimo en escribir esto. Porque pensaba que podía desvirtuar esa ayuda. ¿Para qué hacerlo? ¿Por fama? ¿Para quedar bien? Temía que alguien pensara estas cosas de mí. Pero después pensé “¿Es eso importante?”. Realmente, ¿no es un precio muy pequeño si hace una diferencia? Soy inseguro, aunque no lo parezca porque tengo un blog diario donde, muy de vez en cuando, desnudo mis propias miserias. Quizás a mí me hubiese ayudado leer sobre un tipo que ayuda a otro porque sí, con las cosas que tenía a su alcance, en lugar de apartar la mirada y hacer como que no pasaba nada. Ya ayudé, muy mínimamente, a un desconocido en la calle. Me pareció que podía valer la pena compartirlo, porque si pude motivar a otros a que corran o que busquen un cambio en su vida, en una de esas contagio esto y consigo que otra persona ayude sin esperar nada a cambio.
Puedo tener la cuenta bancaria vacía, pero sé que a principios de mes se vuelve a llenar. No puedo sentirme pobre si elijo viajar hasta zona norte a cagarme de frío al costado del río, si decido comerme un sándwich de tofu. Hay gente que no puede elegir. Quizá si viésemos las cosas que son realmente importantes de la vida, aprenderíamos a preocuparnos menos y a ayudar más.

Semana 2: Día 14: La Expo Maratón 2013

CAM00078
Pasa con estas carreras multitudinarias… hay que hacer una logística monstruosa para que todos los corredores tengan su número, su chip y los miles de folletos de publicidad. Si esto fuese en formato virtual, nos quejaríamos de que nos llenaron la casilla de spam… pero como son propagandas en papel ilustración a cuatro colores, los agarramos sin filtro.
En el caso de la Maratón de la Ciudad de Buenos Aires, al igual que con la Media Maratón, los organizadores arman cada año la Expo Maratón, donde retirar el kit y hacer algunas compras. Yo, muy iluso, fui sin mucho efectivo y con la esperanza de poder pagar con tarjeta de crédito. Estoy con ganas de comprarme un cinto hidratador ya que el que tenía lo perdí y el que compré en Brasil no me sirve para usarlo en una carrera (se me sube y siento que estoy bailando el hula hula).
Yo tenía la pésima experiencia de la Media Maratón, en la que perdí todo el día ahí adentro, haciendo cola y corrigiendo mi remera mal estampada. Así que, después del gimnasio, me fui derecho al Centro Municipal de Exposiciones. Cuando llegué, a quince minutos de que abrieran las puertas, había una cola de 150 personas para ingresar. Me coloqué en el puesto 151, mientras los voluntarios iban ofreciendo deslindes impresos, lapiceras y remeras para probar el talle. Nuevamente soy un “S”, lo que significa que este año las prendas vinieron más grandes que de costumbre, o soy yo el que se está encogiendo. Si bien terminaron abriendo en horario, la tensión por entrar se palpaba.
Mientras la fila avanzaba, no faltó el vivo que se mandó sin hacer la cola. Ante el reclamo de “andá al final”… ¡se hizo el ofendido! Y, por supuesto, siguió como si nada. Nadie obligaba a ponernos en fila, es un convencionalismo social que tiene que ver con el respeto del perejil que se quedó parado esperando… Una vez adentro, nuevos voluntarios se acercaban para ofrecer deslindes, talles de remera y ayudar en algo, pero todos veníamos acelerados, buscando dónde hacer otra fila para obtener el kit. Esos pobres jóvenes se jugaban la vida, porque uno podría haberles pasado por encima, luego de unos golpes certeros de tawkwon do.
Como llegué temprano y tengo un paso largo, me ubiqué rápidamente en la fila que me correspondía. Estaban separadas por rangos de números, y yo soy el 3638, que era más o menos por la mitad. Con unas diez personas adelante mío, en 15 minutos tenía mi bolsita con el spam impreso, la remera, mi número y el chip. Huelga aclarar que esta vez no son descartables, como en la media, algo que fue enormemente criticado. Evidentemente no quieren repetir sus errores. No me pidieron el apto médico, solo mi DNI y el deslinde.
Me decepcionó que este año no dieran pulseras de goma para personalizar. Estoy 100% convencido de que en la radio dijeron que iba a haber, y me ilusionaba que me graben mi tiempo de llegada (cosa que disfruté en la edición de 2011… esa pulsera desapareció en el limbo, quizá se haya fugado junto con mi cinturón hidratador).
De ahí, obviamente, fui al sector donde le estampan tu nombre. Encontré un error muy tonto de parte de la organización, y era que habían ploteado en las paredes del stand remeras de ejemplo, con textos largos, en dos líneas. En realidad solo estampan una línea, pero es increíble que confundan a la gente en lugar de ejemplificar concretamente con las cosas que se pueden estampar. Yo pedí “SEMANA52” (sin espacio) y mientras esperaba 20 minutos a que me la entreguen, me fui a pasear. Me saqué una foto, que pueden ver encabezando este post, donde aventuré que mi tiempo iba a ser 3 horas 23 minutos (o sea, buscando marca). Es un deseo más que un pronóstico. Veremos el domingo.
Tenía ganas de comprarme ese bendito cinturón. Primero me hice de unos geles, y después me puse a buscar los puestos que tenían posnet. El que encontré (eran poquísimos) tenía un cinto exactamente como el que yo quería, con espacio para dos caramañolas, un compartimiento para el celular, las llaves o unas pasas de uva, y se sujetaba con abrojo. El precio no era caro, $280, que me parecían razonables. Pero (siempre hay un pero) no tenían Mastercard. Probamos con la American Express, que jamás en mi vida la usé, y pasó. Puso el precio, y cuando me iba a preguntar si lo quería en cuotas, la vendedora se dio cuenta de que tenía recargo. Desilusionado pregunté de cuánto era, sacó la calculadora, negó con la cabeza y me dijo “No, son como 100 pesos más”. Después de decirle que era un disparate, me fui, cabizbajo y en un mar de llantos, buscando meterme en el barril de la vecindad.
Por suerte terminé todo el trámite muy rápidamente. Todavía no sé cómo me voy a llevar toda la maratón mi caramañola con los geles diluídos… podría ser en la mano, o en un pantalón con bolsillos… podría reconciliarme con el cinto que me compré en Brasil y que solo llevé puesto unos 5 km hasta que me lo saqué. Veremos, estoy evaluando mis opciones. Lo que sí sé es que esta, mi tercera Maratón en la Ciudad, la quiero hacer sin mochila, tal como hice en Atenas y en Río de Janeiro. ¡Este año quiero disfrutar de Buenos Aires y no morir de calor con eso en la espalda!

Semana 2: Día 13: ¿Por qué nos caemos?

Los fanáticos de Batman podemos responder esta pregunta inmediatamente. En Batman Begins, Alfred le hace esta pregunta a Bruce Wayne. “¿Por qué nos caemos?”. Y él mismo se la responde: “Para aprender a levantarnos” (como no podía ser de otra manera, esta frase la citó mi amigo Matías Lértora cuando yo andaba pasando por un mal momento… y funcionó).
La motivación es una parte inmensa del cambio. Últimamente me entusiasmé y me puse a retuitear frases motivacionales… me gustan, sobre todo las que tienen juegos de palabras o que requieren que uno piense mínimamente. Y hay quienes me cargan por esas “frases hechas”. Pero creo que esos clichés en realidad buscan un punto de conexión; hacer ruido, chocar con algunas neuronas para despertar algo que ya estaba latente adentro de cada uno.
Las películas, llenas de lugares comunes, también apelan a eso. Hoy me crucé con este video que voy a compartir, que toma fragmentos de diferentes films (en su gran mayoría deportivos, hay alguna que me suena que es publicidad televisiva). Y me dio la impresión de que hay un hilo conductor: no rendirse. La motivación, en líneas generales, es una fuerza interna a la que recurrimos para animarnos, para salir adelante y, aunque la vida nos pegue, aguantar y levantarnos.
Entre las frases trilladas que siempre cito está la de Dean Karnazes, que dice que el running es 15% alimentación, 15% entrenamiento y 70% cabeza. La fuerza está en uno, y nadie nos puede obligar a llegar lejos. Seguro, hay quienes podrían intentarlo, pero somos dueños de nuestros fracasos y de nuestros éxitos. En todos los aspectos de la vida. A veces los clichés solo reúnen ideas generales, pero yo creo que de vez en cuando dan en el clavo.
Faltan menos de tres días para la Maratón de Buenos Aires, la prueba máxima donde el entrenamiento es importante, pero la motivación lo es todavía más.

Los interlocutores son Sylvester Stallone (Rocky), Al Pacino (Un domingo cualquiera), Rick Gonzalez (Entrenador Carter), Charlie Chaplin (El Gran Dictador), Will Smith (En busca de la felicidad), Eric Thomas, Arnold Schwarzenegger, Michael Jordan, Derrick Rose, Ray Lewis, Muhammad Ali.

A %d blogueros les gusta esto: