Semana 4: Día 26: El regreso del muerto vivo

Nunca estuve en una situación de vida o muerte. Las carreras me han llevado al límite, a sentir que las fuerzas me abandonaban, y alguna vez me pregunté cómo iba a salir de ahí. Pero jamás tuve la sensación de que no contaba el cuento.
Hago esta aclaración porque me encantan las aclaraciones innecesarias. Soy de los que usa la muerte como metáfora constantemente, de la forma liviana que lo hace alguien que nunca tuvo una enfermedad grave y que su peor accidente fue quemarse la yema del dedo índice con el encendedor de un auto.
Dicho todo esto, esta semana tuve el cierre del catálogo del LesGaiCineMad, el festival de cine lésbico-gay-transexual de Madrid, que año a año me da euros para malgastar. Y me dejo la vida en ese laburo, durmiendo dos horas por día, trabajando hasta desmayarme frente al teclado… uno se preguntaría para qué hacer eso… después de nueve años encargándome de la imagen de uno de los festivales madrileños más prestigiosos, podríamos organizarnos mejor… pero es así. Gajes del oficio. Esta semana fue fatal, y terminé muerto (en la acepción explicada al principio de esta entrada). Pueden imaginarse la imagen patética, yo sentado en maratónicas sesiones de 16 horas seguidas, viendo el sol salir por la ventana y después ver cómo cae la noche… y yo todavía sentado, diseñando. El blog se vio muy afectado por este ritmo, y también mi vida, ya que no entrenar impide que libere mis tensiones. Solo trabajaba hasta que me daba cuenta que me había quedado dormido, con una terrible tortícolis.
¿Y qué hace uno que está todo el día sentado frente a la computadora? Come. Me puse a pensar por qué, cuando no puedo hacer actividad al aire libre, como más que lo habitual. Y me di cuenta: es una de las pocas actividades que no impide que siga trabajando. Creo que igual como cosas sanas, pero si tengo una mano en el mouse, la otra puede ir picoteando. ¿Qué otra cosa se podría hacer? No puedo levantar pesas, o fortalecer los cuádriceps. Solo puedo estar ahí, quemándome los ojos, con música o la radio de fondo… y no mucho más.
Pero eso no es todo. Mientras armaba el catálogo, maquetaba un libro de historietas de 128 páginas, lleno de diálogos (lo cual aumenta su dificultad). Mientras pasaba material del festival para que corrigiesen, plantaba globitos y corregía textos. Un infierno. Trabajos monumentales que consumen mucha energía por sí solos. Combinados, son fatales.
Hoy a la mañana había terminado el trabajo para el festival y me quedaba todavía pendiente el tomo de historietas. Mentalmente calculé cuánto me quedaba de trabajo por delante para finalizarlo, y ya venía de no correr desde el sábado ni ir al gimnasio desde el viernes. Me dolía la cabeza y no tenía más energía. Pensar en correr o levantar peso me parecía imposible. En mi cabeza seguía repitiéndome esa macabra metáfora: “estoy muerto”. Me pareció que hacer musculación así, mal dormido cansado y quemado era una tontería.  Eran las 9 de la mañana y ya llevaba 3 horas trabajando. Dije “Ma’ sí…”, me calcé y salí para el gimnasio.
En el camino pensaba si correr en la cinta o no. Quizá era demasiado… por ahí podía levantar pesas más livianas que de costumbre… hacer algo tranqui, porque estaba volviendo. Pero cuando estaba corriendo, me sentí espectacular. Como si hubiese estado contenido y me hubiese liberado. Después de esa entrada en calor de 10 minutos a 12 km por hora, me fui a levantar la barra de pecho. Quise empezar con un peso moderado, pero me resultó poco y le tuve que agregar más. Hice tríceps, dorsales, hombros, abdominales… hasta me colgué un rato para hacer espalda, solo por capricho. Me resultó increíble la energía que tenía. Me duché (después de comerme mi sándwich de tofu) y mientras iba caminando por la calle, con el sol del mediodía calentándome, pensé “esto es lo que se siente estar vivo”. Realmente entrenar me revivió. Ya venía de maratónicas sesiones frente a la computadora, muerto de cansancio… y hacer algo que básicamente es desgaste físico me devolvió a la vida.
¿Cuántas veces dejé pasar cosas así porque me sentía cansado? Esta experiencia se suma a una larga lista que confirma que uno nunca se arrepiente de entrenar. No importa la circunstancia, si estoy cansado o deprimido. Levantarme de esta silla y salir a la calle para entrenar se termina convirtiendo, siempre, en mi momento favorito del día.

Publicado el 23 octubre, 2013 en ejercicio, Entrenamiento, Espartatlón III semana 4, http://schemas.google.com/blogger/2008/kind#post, motivación, musculación. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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