Semana 3: Día 16: Los 42 km de la Maratón de la Ciudad de Buenos Aires

INTRODUCCIÓN
Me quedé dormido. Así, lisa y llanamente. Abrí un ojo, vi que de entre la persiana entraba luz del día. Afuera se escuchaban algunos autos. ¿Qué hora era? ¡Me había quedado dormido! ¡LA CARRERA!
Pegué un salto, agarré el reloj y me horroricé al ver que eran las 18:30. ¡Me había perdido la maratón! ¡Y por muchísimas horas! Solté un agónico “¡NOOOOOOOOOOO!”. ¿Cómo había podido dormir tanto?
El corazón me latía con fuerza. Me sentía un imbécil. Me tomó varios segundos darme cuenta de que todavía era sábado, y que la maratón era al día siguiente.

LA MARATÓN
Después de semejante julepe, no quise dejar nada librado al azar. Me puse el despertador a las 5 de la mañana y me fui a dormir bien temprano, con toda la ropa preparada. Hasta había enganchado el número al pantalón con los alfileres de gancho. No le puse el chip a la zapatilla porque era demasiado.
Todo salió bien. TODO. Bueno, soñé con zombies. Que querían entrar a donde estaba yo, y los mantenía a raya con un revólver y, sin balas, recurría a clavarles una lapicera en el cerebro. Hasta que una cebra zombie mordía al resto de los animales del zoológico y se desataba el pandemonium. En fin, un poco de manifestación de la angustia. El despertador sonó cuando tenía que sona, me desperté, desayuné, tomé agua y desde mi aplicación en el celular confirmé que el tren que va a Tigre estaba funcionando (¡el resto de las líneas y los subtes no funcionan hasta después de las 8 de la mañana!).
A las 6:05 estaba arriba del Mitre, camino a la estación Belgrano, desde donde caminé hacia la largada, en Figueroa Alcorta y Monroe. Me crucé con un debutante y fuimos charlando durante la caminata. Un grupo de exaltados borrachines me insultó desde un auto y no pude evitar reírme. Ellos terminando su gira de excesos y nosotros a punto de empezar la nuestra.
Me encontré con Marcelo, mi co-equiper en Puma Runners. Esta vez los guardarropas sí funcionaban ordenadamente, así que dejamos nuestras cosas y nos dirigimos a la salida. La largada era 7:30, así que quince minutos antes estábamos acomodados bien adelante. No tuvimos que abrirnos paso a los codazos (aunque recibimos algunos) y no sufrimos el embudo cuando arrancó la maratón, con una puntualidad asombrosa.
Mi carrera junto a Marce no duró mucho. Nos separamos enseguida, porque yo quería abrirme del pelotón y correr cómodo. Miré para atrás un par de veces y no lo vi. Ya habíamos dejado en claro algo que nunca hicimos en una carrera de calle, que es “nadie espera a nadie”. El clima de una maratón, para quien nunca lo vivió, es difícil de describir. Todos están muy concentrados, pero a la vez se respira un entusiasmo increíble. Yo venía casi volando. A 4 minutos el kilómetro, a veces menos. Me sorprendió una gran falencia de la carrera, y fue que no había liebres (o pacers) más rápidos que 5 minutos el kilómetro. Me hubiese gustado para ayudarme en mi meta hacer marca (mi mejor maratón fue en 2010, con 3:24:16, y este año en Río de Janeiro llegué 3 minutos después que eso). Me conformaba con llegar en 3 horas 23 minutos. Pero para eso iba a tener que apretar, y no me sentía muy seguro (¿por qué? Cagazo, nada más).
Identifiqué a un grupo que venía con un buen ritmo. Iban entre 4:10 y 4:15. Decidí usarlos de referencia, así que contínuamente nos íbamos pasando. Recorrimos la ciudad con sus shows, gente aplaudiendo, y automovilistas que nos querían matar a todos. Este ritmo para un fondo tan largo era desconocido para mí. El único referente previo que tenía era el de la Media Maratón que se corrió hace un mes, donde hice los 21 km en 01:26:45. Según la página de la organización, matemáticamente tenía que terminar los 42 en 3:05. ¡Imposible! ¿Cómo podían asumir que iba a sostener ese ritmo tanto tiempo? Pero ahí estaba, apretando como si no faltasen 35 km para terminar. Pasamos por mi show en vivo favorito, que siempre está a la altura del Museo de Bellas Artes, y son los imitadores de Los Beatles. Les festejé y juro que Paul me sonrió.
Corrí con mi baticinturón nuevo, con una caramañola con tres geles diluídos (para tomar cada 10 km) y otra con agua. En el bolsillo frontal tenía el celular y una bolsita con pasas de uva, dos cosas que no toqué durante toda la carrera. El cielo estaba nublado, y la temperatura era la propicia para correr. Cometí mi primer error al querer tomar Gatorade en los puestos. ¿Cómo pueden estos sádicos entregar esto en vasos? Quise tomar sin parar y me volqué todo. En el segundo intento, tragué mucho aire y empecé a toser desaforadamente. Después de dibujarme los bigotes de bebida energizante, decidí confiar en el agua que daban y mis geles para tirar toda la carrera.
La hidratación estuvo bien ubicada. Yo pedía por favor que me dieran botellas con tapita, porque en lugar de mojarme y hacer buches para tirarla, me la guardaba para tomar sorbitos hasta el siguiente puesto, separados cada uno por 5 km. Si al llegar me quedaba agua, me la tiraba encima y pedía otra botellita. Con eso fui tirando y pasamos por Recoleta, Retiro, el Colón, el Obelisco, Diagonal Sur, Plaza de Mayo. Ahí me esperaba mi papá, que intercambiaba el partido de Del Potro con venir a verme. Lo agarré distraído, pero por suerte hacíamos un ida y vuelta y volvíamos hacia la Casa Rosada. Me filmó, y quizá lo suba mañana. “Te sigo”, me dijo.
Nos dirigimos a Barracas, yo siempre siguiendo secretamente al pelotón de 4:10 el kilómetro. Sabía que, como mínimo, hasta la mitad los iba a poder seguir. Empecé a hacer las cuentas en mi cabeza de qué pasaría si a partir de ahí bajaba a 5 minutos. ¿Hacía marca? Pasamos de ahí al puerto, y fue muy extraño porque generalmente subimos por una rampa y corremos al costado del río, pero aunque el cartel de 18 km estaba ahí, a nosotros nos hicieron transitar por la calle del costado.
Por supuesto, yo tenía ganas de ir al baño. Pero no muchas, así que dije o me hago encima o me aguanto. Por suerte no pasé por ninguna de las dos cosas. No me hice y la urgencia fue desapareciendo. En el km 25, junto a la Reserva Ecológica, había baños químicos. Pero pensé que ni a ganchos frenaba. No iba a dejar ir a mi pelotón.
Llegué al kilómetro 27, donde en 2011 hice mi gran diferencia, sumándome a la liebre de 4:30, y todavía no puedo entender cómo no había en esta carrera (mi récord de 3 hs 24 minutos fue en ese año). Pasamos junto a los lujosos edificios de Puerto Madero, y yo rogaba por no perder a esos corredores que me ayudaban a sostener el ritmo (aunque empecé a sospechar que ellos me seguían a mí). Ahí me pasó un corredor que leyó “SEMANA52” en mi remera y se confesó lector del blog. Tenía un ritmo espectacular y lo perdí de vista. En el 28 pasé exactamente a las 2 horas de carrera. Apareció el bendito kilómetro 30, donde podía aparecer el muro. No quise pensar mucho en eso, pero era imposible. Mi papá me volvió a interceptar, y me dijo “Te veo en la meta”.
Mi ritmo estaba en 4:10, 4:15… ¡lo estaba manteniendo! Sabía que si llegaba al 32, podía bajar a 5 y hacer marca. Todo el tiempo estaba haciendo cuentas en mi cabeza, cuando no cantaba la Serenata Mariachi de Les Luthiers para mis adentros (siempre se me pega una canción distinta). “Diez días y diez noches, a mi porto prendido… desde Guadalajara este charro ha venidooooooo”. Cruzamos el paso bajo nivel y del otro lado me encontré con Germán, otro lector del blog con el que alguna vez compartí un fondo en la Reserva Ecológica. Su choque de palmas me dio más energía que los geles.
Nadie estaba más asombrado que yo de estar sosteniendo esa velocidad. Me dio calor y me saqué la remera, para así poder encontrarme mejor en las fotos. Pasamor por el Planetario… ¡y todavía aguantaba! ¿Muro? ¿Qué muro? En el kilómetro 37 entrábamos a los lagos de Palermo, y yo seguía haciendo cuentas… me daba que tenía que estar llegando en menos de  3 horas 10 minutos… ¡una locura! Pero ahí empecé a sentir el cansancio. ¡Apareció el límite! Veía cómo mi ritmo iba bajando. El pelotón de 4:10 se había dispersado, uno salió disparado y el resto quedó atrás mío. No tenía a nadie a quien seguir, y tampoco podía subir demasiado. Tenía que salir de esos lagos y volver a Figueroa Alcorta, para terminar.
Los últimos kilómetros fueron eternos y tediosos. Quería que se terminara de una vez. Me fastidiaba el asfalto, quería llegar, gritar, y sobre todo COMER. Hice mi mayor esfuerzo por subir la velocidad, cosa que me costaba muchísimo. Pero era todo una cuestión mental, era la cabeza la que me fallaba, porque seguía corriendo. Era cuestión de tener paciencia. Sostener. Pasamos el kilómetro 40. Yo ya sabía que hacía marca, así que intenté relajarme y dejar el sprint para el final. En el kilómetro 41 ya veía a la gente y se vislumbraba el arco de llegada. En ese momento, la mini-catástrofe: obviamente sentí el dolor de una ampolla, casi instantáneamente, pero la sensación era que me clavaban una aguja hasta el fondo del arco del pie… y tuve que seguir corriendo con eso, clavándose en cada pisada. Grité, pero no de dolor, sino de bronca. Decidí correr con las medias con dedos, que para evitar ampollas en los dedos son fantásticas, pero nada más. El resto del pie queda desprotegido, y es algo que tenía que haber previsto.
Cerca de la llegada estaba lleno de gente que aplaudía y arengaba. Empecé a abrir la zancada. Era todo lo que tenía. Pasé corredores y me centré en el arco de más adelante. Llegué con un ritmo frenético… ¡y no era el final! Ok, no pasaba nada, unos 50 o 100 metros más adelante estaba el de adidas… ese era el final… ¡pero no! Todavía faltaba el último, donde estaba el lector del chip. Sostuve ese sprint desquiciado y grité a todo pulmón “¡ESPARTAAAAAAAAA!”. Yo quiero que entiendan, soy una persona de perfil bajo. Puedo contar muchas cosas personales en el blog, pero me ayuda que es escritura y que no me están viendo a la cara. El único momento de mi vida donde no me importa el ridículo, o llamar la atención, o que todos se den vuelta es ahí, en la meta, donde lo largo todo. Yo sé que es eso o la terapia, y me gusta descargarme por este lado.
Detuve mi reloj y no podía creer mi tiempo. 3:03:20. Es una hora menos que mi primera maratón, en 2010, 20 minutos menos que mi mejor tiempo, 27 minutos abajo que mi experiencia en Río, mis últimos 42 km, el 7 de julio. Los primeros metros que caminé me sentía aturdido, casi mareado. No me quedaba NADA MÁS. Me hidraté con un abotella fría de Gatorade que bebí en tres enormes sorbos. Me tuve que pedir otra. Me pusieron la medalla saliendo del corralito de llegada, y sentí una felicidad inmensa. Algo que hizo la organización que me pareció GENIAL fue que entregaban unas lonas de nylon con la marca de adidas para abrigarte. Espero que lo hagan siempre, porque con la energía depletada y el día nublado, se mantenía perfecto el calor corporal.
Aproveché que había poca gente y fui a hacerme masajes y estiramientos. Espectacular. Ahí me encontré con mi papá, que por pocos minutos no llegó a verme cruzando la meta. Lo quise esperar, pero no pude. Poco después nos encontramos con Marcelo, que llegó en 3 horas 28 y también hizo marca. Fue un día perfecto.

EPÍLOGO
De ahí nos fuimos con mi papá a almorzar a su casa, donde nos esperaba mi mamá. Me cocinaron unos fideos con salsa y me prestaron plata, conmovidos (o consternados) por mi post de ayer. No había sido mi intención darles lástima, y me avergonzaba muchísimo toda la situación, pero me convencieron con el débil argumento de que si la aceptaba los dejaba tranquilos. Hablamos de la carrera, de mis tiempos anteriores. En una conversación telefónica con mi hermano Matías, me tuvo que reconocer que mi desempeño desterraba sus creencias de que un deportista necesitaba carne para progresar. No creo que sea casualidad que mis mejores tiempos hayan sido a un año de ser vegano. No hay ningún secreto, solo entrenar constantemente y comer sano. Nada más.
Ahora estoy en mi departamento, en patas, muy contento… y todavía sorprendido. Es una sensación que en pocos días va a desaparecer, cuando me ponga el siguiente objetivo y empiece a trabajar para conquistarlo.

ALGUNAS FOTOS

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Publicado el 13 octubre, 2013 en Ciudad de Buenos Aires, Espartatlón III semana 3, fotos, http://schemas.google.com/blogger/2008/kind#post, maratón, running. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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