Semana 3: Día 15: Lo importante

Estuve meditando si valía la pena escribir este post o no. Lo charlé y me recomendaron hacerlo. Mi miedo era lo que podían llegar a pensar de mí… pero, ¿es eso realmente importante? Creo que no debería preocuparme si algo me deja mal parado. Es un precio bastante bajo por pagar si es que realmente se puede hacer una diferencia.
Hoy fui a entrenar. Hice relativamente poco para ser un sábado, 8,75 km. Sirve para paliar los nervios de la maratón de mañana, estar en contacto con mis amigos de Puma Runners, y seguir charlando ideas con Germán, mi entrenador, para cambiar el mundo. Tenemos esos sueños, de ayudar motivando. Hacía frío al costado del río, a pesar de que estaba abrigado con una remera de manga larga. Como no estaba corriendo (hice trabajo diferenciado) perdí calor enseguida. Me podría haber traído cualquiera de las camperas que tengo, pero quise viajar ligero hasta zona norte. Desde donde estábamos entrenando, en Paraná y el río, se podía ver Puerto Madero a lo lejos. Si pudiese correr sobre el agua, mi casa esaba en línea recta por la costa.
Volví a la base trotando, pensando en dónde encontrar un baño para hacer pis. Intenté dar el ejemplo corriendo por la vereda, y no por la calle como acostumbro. Cuando llegué a destino hice un poco de trabajo de musculación colgándome de la barra, algo que cada vez me resulta más sencillo. Me elogiaron mis bíceps, lamentablemente fue un hombre (no es que haya algo malo en eso). Me comí mi sándwich de tofu y pan integral con semillas, que tenía en mi tupper de plástico y tomé de mi agua hervida.
Hago este comentario porque últimamente vengo muy mal de plata. Mudarme hizo que gaste de más, entre flete, compras, depósito… antes, si no llegaba a fin de mes, lo cubría con mi pareja, pero ahora eso no era opción. Además me cayeron cuentas que tengo por débito automático, y pagué más de 2 mil pesos de tarjeta de crédito. Me quedé 200 pesos corto para pagar el alquiler, así que recurrí a mis papás, que me prestaron eso y todavía un poco más, para no estar tan justo. El balance de mi cuenta me deprimía: 28 centavos.
Tengo comida stockeada, por suerte. Pero para controlar mis gastos, empecé a hervir el agua. No es lo ideal, le desconfío bastante, pero zafa hasta que cobre algo en breve. Estos últimos días recurrí a esto y así la vengo zafando, entre lo que todavía queda en la alacena (que gracias a mi previsión es bastante) y lo que hay almacenado en la tarjeta SUBE. Me di cuenta que se podía vivir con poco, pero me sentí muy pobre y algo angustiado.
Esta maratón la pagué hace tiempo con tarjeta, gracias a que tengo la capacidad de endeudarme un poco. Pero sentía que necesitaba un cinturón hidratador… un capricho, porque realmente no era necesario. Quería correr cómodo mañana, con mis caramañolas con geles (diluídos en agua hervida), mis pasas de uva, y mi celular smartphone para sacar fotos antes, durante y después de la carrera. Conseguí unos pesos y en lugar de usarlos para comprar más agua mineral o fruta o más comida, fui a la Expo Maratón y volví, suplicante, al stand donde ayer me querían cobrar 100 pesos extra por pagar con tarjeta. Encontré exactamente lo que buscaba, me calzaba perfecto, y me volví caminando a casa, un poco más relajado.
Podría haber vuelto en colectivo, pero decidí caminar. Me preocupaba cansarme por mañana, pero a la vez no quería estar en una parada, esperando. Me puse el cinturón, prendí la radio en mi smartphone y comencé a recorrer Libertador, la misma avenida por la que vamos a transitar mañana. Venía pensando en todos esos lugares, preocupado por mis 28 centavos en mi cuenta, con culpa por haber comprado en la Expo en lugar de aguantarme con las cosas que tengo, y no sé en qué otras tonterías, cuando vi algo que puso todo ese día en otra perspectiva. Fue volver caminando, por ese trayecto, cuando podría haber sido por cualquier otro, lo que hizo que me cruce en esa esquina con él. Empecé viendo sus pies, con el rabillo del ojo. Estaba descalzo y sucio. Caminaba despecito, como si la rigidez de la vereda le hiciera doler. Era muy flaco, con los jeans rotos, una remera roñosa que le quedaba grande. Tenía el pelo hecho rastas y una frondosa barba. En otro contexto podrías haberlo tomado por un neo hippie. Pero lo cierto es que ese tipo no tenía absolutamente nada.
No detuve mi marcha, hice lo que normalmente hace cualquiera: seguí de largo. Pero no pude evitar repasar todas las cosas que pensé a lo largo de este día. Yo sentía que estaba mal, que me faltaban cosas, cuando en este mismo planeta, en este mismo país y en esta misma ciudad, hay un tipo que quizá ni sabe que se corre una maratón. Que no anda preocupado por tener un cinto hidratador. Por ahí ni siquiera tenía una cuenta bancaria. No tenía techo, ni ropa limpia, ni calzado. Y yo sí tenía todo eso.
Seguí mi camino, con el impulso de volver. Hablar con él, ver si necesitaba ayuda. Mientras me acercaba a casa repasaba las cosas que yo tenía sin uso y que le podía regalar. Y ahí fue que me pasó lo que más vergüenza me da: decidí que era mejor no hacer nada. Porque el tipo podía ser orgulloso y rechazar lo que yo le llevase. Capaz había elegido vivir así. Por ahí era un drogadicto que me iba a robar. Quizá yo iba a intentar ayudarlo y me iba a arrepentir. O en una de esas, después de regalarle las cosas, me seguía a mi casa y no me lo sacaba más de encima. Mi cabeza fue rápida para inventarme excusas para no hacer nada.
Entré a mi departamento y me sentí muy avergonzado por pensar esas cosas. Por no animarme a ayudar desinteresadamente a alguien. ¿Cuántas veces pasé por al lado de alguien que no tenía nada e hice como si no existiese? Es muy frecuente hacerlo en la Ciudad de Buenos Aires, donde hay mucho contraste con la verdadera pobreza. Fui derecho al placard y agarré un par de viejas zapatillas que no usaba. Aparté un dos pares de medias (uno que me había regalado mi papá el mismo día en que me prestó plata para el alquiler… perdón, pá). Separé un jean que nunca uso, una campera impermeable (tipo rompeviento), algunas remeras (de manga larga y corta) y un buzo Adidas… toda ropa que hace mucho que está guardada en un cajón.
Volví, algo inseguro, a la esquina donde lo había visto, con dos bolsas. Pero no estaba. Me arrepentí de no haber hablado con él, de no haberle pedido que me espere ahí mismo. Pensé que tendría que haberme apurado. Sin embargo, seguí caminando, en la misma dirección que lo había visto avanzar, despacito, con sus pies sucios y descalzos. Nada, ni noticias. Pensé en preguntar por él… pero, ¿a quién? Seguí instintivamente, sintiéndome un tonto. Hasta que lo vi en una esquina, más adelante, caminando con dificultad. Me puse a su lado y lo saludé: “Hola”.
Se dio vuelta y me miró. Le pregunté por qué estaba descalzo. Me empezó a hablar… pero no le entendí una sola palabra. Tenía una voz muy bajita y no modulaba. Creo que ni siquiera hablaba en castellano. Podría decir que era croata o rumano, pero jamás podría identificar ese idioma si lo escuchara. Le pregunté si quería un par de zapatillas. Me dijo algo que supuse que era un sí. Saqué una y le dije que esperaba que le quedase. La agarró, la puso junto a su pie, como mediría cualquiera un número de calzado en una zapatería, y le iba perfecto. Se metió su encendedor en el bolsillo, y siguió de largo hasta que cayó por la botamanga hasta el piso. Esa imagen me resultó muy triste. Le mostré los dos pares de medias, y automáticamente se las empezó a poner. Me hablaba, me hacía gestos, y entendía que su voz tenía tonos. Como que me estaba diciendo algo. Pero yo no le podía entender.
Le mostré que había un jean, casi nuevo. No saqué toda la ropa, era para que lo revise él. Me di cuenta que no tenía absolutamente nada consigo, más que la poca ropa que llevaba puesta, su encendedor y sus cigarrillos. Le expliqué cómo la campera de lluvia se guardaba y quedaba como si fuese un bolsito chiquito. Me dijo algo que no pude interpretar. Se señalaba una pulsera de metal que tenía. Me rompía el corazón no entender. Me pareció que no quedaba nada más que hacer. Levanté mi pulgar y él levantó el suyo. Le di la mano, y su apretón fue muy débil. Su mano estaba mugrosa y áspera. Le di una palmada en su huesudo hombro y le dije, con toda la sinceridad del mundo, “Cuidate”.
Me fui y me di cuenta que no tenía ni idea de a dónde estaba yendo. Hasta que me ubiqué me desvié dos cuadras. A pesar de que no ocurrió ninguna de las estúpidas fantasías que había tenido, me pareció que no había sido suficiente. En mi casa tenía todavía muchas más cosas. Tenía comida, que no sabía cómo darle porque son todas cosas para cocinar (arroz, cous cous). Quizás eso era más urgente que ropa. Pero me seguía impactando que el tipo estuviese caminando en el Centro con sus pies descalzos… Eso también urgía.
No quise volverme loco. Sentí que lo ayudaba a tener un punto de partida. Ropa sana, protección de la lluvia, calzado. Otras veces doné ropa, pero fue a alguien sin rostro. No era lo mismo que ver a la persona que lo necesitaba y tenerla enfrente.
Y dudé muchísimo en escribir esto. Porque pensaba que podía desvirtuar esa ayuda. ¿Para qué hacerlo? ¿Por fama? ¿Para quedar bien? Temía que alguien pensara estas cosas de mí. Pero después pensé “¿Es eso importante?”. Realmente, ¿no es un precio muy pequeño si hace una diferencia? Soy inseguro, aunque no lo parezca porque tengo un blog diario donde, muy de vez en cuando, desnudo mis propias miserias. Quizás a mí me hubiese ayudado leer sobre un tipo que ayuda a otro porque sí, con las cosas que tenía a su alcance, en lugar de apartar la mirada y hacer como que no pasaba nada. Ya ayudé, muy mínimamente, a un desconocido en la calle. Me pareció que podía valer la pena compartirlo, porque si pude motivar a otros a que corran o que busquen un cambio en su vida, en una de esas contagio esto y consigo que otra persona ayude sin esperar nada a cambio.
Puedo tener la cuenta bancaria vacía, pero sé que a principios de mes se vuelve a llenar. No puedo sentirme pobre si elijo viajar hasta zona norte a cagarme de frío al costado del río, si decido comerme un sándwich de tofu. Hay gente que no puede elegir. Quizá si viésemos las cosas que son realmente importantes de la vida, aprenderíamos a preocuparnos menos y a ayudar más.

Publicado el 12 octubre, 2013 en Espartatlón III semana 3, off topic. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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