Semana 52: Día 358: Conociendo a Quino

Quino_2013

Llega la tercera parte en mi día favorito de 2013. Esto ocurrió hace dos días, y por esas cosas de la vida recién a las 2:35 AM del domingo estoy escribiendo la entrada del sábado. Es la primera vez en mi vida que me doy cuenta que no actualicé el blog. Siempre encuentro el momento, a veces un poco pasado de la medianoche… ¡pero no tanto! Día de la primavera, almuerzo con amigos, cumpleaños… simplemente no me dio el tiempo. Mientras volvía del karaoke (donde hice una espantosa interpretación de “Something stupid”) pensaba si valía la pena subir un post antes de irme a dormir o directamente saltearme un día. Pero en esta temporada de Semana 52 no tuve ni un mes entero actualizando absolutamente todos los días, así que decidí hacer el esfuerzo, aunque este post quede perdido entre el anterior y el del domingo.

Como decía, la crónica del jueves para mí mereció separarlo en tres partes. Empezó por la mañana con la confirmación por parte de mi nutricionista de que el reordenamiento de mi dieta (con jugos incluidos) más mi regreso con todo al gimnasio había dado muy buenos frutos. Después, al mediodía, hice un fondo de 24 km que me resultó muy agradable, con un sol espectacular después de tantos días fríos y lluviosos. A las 14 estaba bañado y almorzado, listo para encontrarme con mi amigo e ir juntos a Tecnópolis. Diego Jourdan es un dibujante nacido en Uruguay pero radicado en Chile. La vida nos cruzó y nos hicimos amigos a la distancia, así que aunque hablamos seguido por Facebook, son pocas las veces que nos podemos ver cara a cara. A Diego le habían prometido que se iba a sacar una foto con Quino, prócer indiscutido de la historieta mundial. El día anterior me había comprado el Todo Mafalda, un bodoque de papel que asegura contener absolutamente cada tira de esta queridísima heroína intelectual del cómic nacional. Ya me leí todas las apariciones de este personaje, pero nunca tuve una firma de Quino… nunca hablé con él. Esa idea me entusiasmaba.

Llegamos al predio, donde tenía lugar Comicópolis, y di unas cuantas vueltas. Me separé de Diego, que hizo la suya, y me quedé charlando con Ignacio, otro fan de Quino que había faltado a su trabajo para conseguir su firma. Fuimos temprano a hacer la cola, una hora antes, y éramos los primeros. Como en ese momento todavía había una charla del maestro, el resto de los fanáticos estaba en otro lado en lugar de haciando una fila. Apenas terminó la presentación, se llenó de gente queriendo su momento cara a cara con Quino. A esos se les sumó el personal de Tecnópolis, que querían a toda costa estar primeros en la cola (lógico, querían hacer el trámite rápidamente para después ir a su puesto de trabajo). De pronto los ánimos se caldearon, porque con Ignacio fuimos muy gentiles de dejar primera a una chica (pero solo porque era muy hermosa). Ella dejó que se le sume una compañera, y así empezaron a caer más empleados de Tecnópolis, y decí que la fila estaba llena de fans, porque cualquiera se hubiese desprendido del “Todo Mafalda” y lo hubiese utilizado como objeto contundente para arrojar.

Negociamos a las dos chicas primeras y al resto los mandamos al fondo de la cola. A medida que pasaban los minutos, los nervios de Ignacio y de todo el resto de las personas que esperaban a Quino se me fueron contagiando. Tenía ganas de hablar con él, decirle que Mafalda fue parte de mi formación, como de tanta otra gente… pero eso me cohibía… ¡todo el mundo le debía decir lo mismo! Diego se acordó del tema de la foto y quiso ponerse en la cola… ¡pero ya era larguísima!

La fila entera estaba muy ansiosa, y de pronto Quino apareció en un carrito (como los que se suelen ver en los partidos de golf), escoltado por una comitiva de esos que se tiran para atajar las balas. Yo ya había escuchado que estaba delicado (después de todo tiene 81 años) y me causó mucha congoja verlo bajarse con dificultad apoyado en su bastón. Es la fragilidad que uno no soporta ver en los padres. Pero aunque tenía movimientos lentos y un pulso delicado, estaba tremendamente lúcido. Mi turno llegó rápidamente, y yo estaba con el corazón latiéndome a mil. Me acerqué con el libro abierto y le dije lo primero que se me ocurrió. La escena fue así:

– Hola… estoy muy nervioso…
– No… ¿por qué?
– Imagino que te habrán dicho esto muchas veces, pero yo leía a Mafalda antes de saber leer… la volví a leer cuando era chico, y después de grande otra vez… y siempre me pareció diferente.
– Sí… (soltó una risita casi inaudible). Suele pasar eso (empezó a firmar).
– No sé si te acordás de la entrevista que te hizo Adolfo Castello…
– Sí, claro.
– …ahí le comentabas de la Capilla Sixtina. Que Miguel Ángel lo pintó a Dios de frente y de atrás, y se le ve el culo al aire… Yo fui el año pasado y me acordaba de eso, así que lo busqué…
– ¿Y lo viste?
– Sí… le vi el culo a Dios.

Levantó la vista, me miró y sonrió. “Gracias”, le dije, y estreché su mano.

Voy a fracasar rotundamente intentando dar una idea de lo importante que fue esta escena para mí. Quizá porque no existe otro personaje como Quino, un valor cultural enorme al que esperé toda mi vida para conocer. Una de las pocas personas que no conozco (solo a través de su obra) pero que quiero mucho. Un profesional admirado por todos, lectores y colegas.

Atrás mío venía Ignacio, a quien le firmó mientras yo le sacaba un par de fotos. La gente de la organización me empezó a echar. “¿Ya te firmó? Vamos, saliendo…”. De la nada apareció Diego con su cámara, y me pidió que le sacara. Fue por detrás de Quino y le dijo unas palabras, mientras estrechaba su mano. Yo sacando fotos, mientras los de Tecnópolis se me acercaban para echarme. Detrás mío se empezaban a escuchar insultos, y aunque temí por mi integridad física, no nos tiraron con nada por respeto al maestro.

Salí de la zona de peligro con mi ejemplar que voy a atesorar toda mi vida. Yo también tengo mi foto que inmortaliza esa breve pero impactante escena, en a que conocí a un ídolo de toda mi vida. Me fui de la feria con Diego, ambos contentos por haber cumplido ese deseo. Hablamos de Quino, de los rumores de que es millonario, que tiene casas en las capitales más importantes del mundo y que como a él y a su esposa les gusta mucho la música, siguen a las filarmónicas por el país de su antojo… total, tienen el hospedaje asegurado. Son esos mitos que nadie nadie podría comprobar sin preguntárselo a él, pero yo pensaba que ojalá cosas así fuesen ciertas. Quino marcó nuestra cultura para siempre, y se merece todos los lujos que la vida pueda haberle devuelto.

Publicado el 21 septiembre, 2013 en Reflexiones y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. Tremendo ejemplar. No comente antes nada porque no entendía porque lo del mejor díadel año. Ahora lo entiendo. Un groso.

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