Archivos Mensuales: septiembre 2013

Semana 1: Día 3: Una historia de colados

Wilson Kipsang Kipotrich puede no sonarle a mucha gente, pero a partir de su hazaña del fin de semana, ha pasado a la historia. Este keniata, nacido en 1982, rompió el récord mundial en la Maratón de Berlín con la asombrosa marca de 2 horas, 3 minutos y 23 segundos, desplazando a su compatriota Patrick Makau.
La historia atlética de Wilson comienza hace 10 años, cuando sin haber entrenado se coló en unas pruebas policiales que se celebraban en su ciudad. “Era una carrera de 5 kilómetros y yo no tenía reloj ni zapatillas de correr ni nada, iba con zapatos de cuero”, recordó el atleta para la revista Letsrun.com, en marzo pasado. “Gané esa prueba de selección y me ofrecieron representar a la Policía en otras competiciones”. Un colado con suerte.
En el colegio era un atleta destacado, pero dejó el atletismo para dedicarse a la familia y a pequeños negocios. Sus amigos lo incentivaban para que corriese, pero no se lo planteó hasta que llegó esa prueba de la policía. En octubre de 2011, en la Maratón de Frankfurt, completó los 42 km en 2 horas, 3 minutos y 42 segundos, quedando por muy poco detrás de Makau. En los Juegos Olímpicos de Londres 2012 arrancó con todo la competencia, un error estratégico que le costó el triunfo.

Berlín fue su desquite, y ya antes de cruzar la meta los comentaristas aventuraban que se venía un nuevo récord mundial. En efecto, Wilson estaba acariciando el sueño de gloria, a poquísimos metros… hasta que un imbécil ubicado justo delante del arco empezó a correr y cortó la cinta de llegada dos segundos antes que él. El nombre de este estúpido es Mark Milde, a quien atraparon inmediatamente después de su bochornosa actuación y lo entregaron a la policía. El joven de 35 años (un grandote boludo) ya había intentado lograr protagonismo cuando la semana pasada irrumpió en un partido de la Bundesliga en Hannover. A pesar de los mil policías en todo el recorrido que cuidaban la integridad física de los 41 mil corredores, ninguno previó que un estúpido quisiera saltar a la fama arrebatándole la foto del triunfo a un verdadero atleta.

Wilson, en la llegada, no entendía nada. Se lo veía confundido, mirando para todos lados. Después se envolvió con la bandera de Kenia y celebró su récord mundial. Pero, seguramente, recordó que su carrera también había empezado de colado…

Semana 1: Día 2: Volver a donde empezó todo

Si algo diferenció a esta tercera temporada de Semana 52 que finalizó el viernes fue que no tuvo una carrera de cierre. O sea, en el primer año fue la maratón en Atenas “guerrilla style” (o sea, de prepo, sin pedir permiso, yo solo contra la soledad y a contramano). El segundo era la Espartatlón, a la que no llegué. El tercero se suponía que era la definitiva de la Espartatlón, pero me quedé sin cupo (ya me cantaron que las inscripciones abren a fines de enero). Me quedé pensando qué podía hacer para cerrar la tercera temporada… y no apareció nada. Pero eso no quiere decir que no haya tenido desafíos ni logros. Hice la media maratón en un tiempo que me sorprendió, y en dos semanas nada más tengo la maratón de la Ciudad de Buenos Aires, mi carrera preferida.
Y ahí quedó todo. Estoy muy satisfecho con mi desempeño, con cómo me sentí durante un año entero de veganismo… y, ya que estamos, debería aclarar que esta etapa fue en la que me sentí más veloz y que más masa muscular desarrollé…
Entonces me puse a pensar en que a veces la vida avanza y uno acompaña. No todo se puede planificar, a veces surgen oportunidades que no hay que dejar pasar. De pronto apareció en el calendario una maratón, que se corre desde hace 30 años en un país europeo. Se trata de Atenas, el recorrido clásico, el que, de algún modo, empezó todo. Desde la ciudad de Maratón hasta la Acrópolis. Esa que yo hice furtivamente, haciendo el recorrido inverso. ¿Y si voy en contra de mis esquemas y me anoto? Ir a correrla solo… ya dejó de ser algo que me da pánico, como comprobé yendo por mi cuenta a Yaboty. ¿Y si en lugar de meter una carrera tan trascendente al final de la temporada, la meto al principio? Como dije antes, ¿para qué dejar pasar las oportunidades?
Hoy es un deseo. De explorar, de improvisar, de dejarme llevar por los impulsos. Pero ahí está mi deseo, volver a donde empezó todo. Cerrar el círculo, aferrarme a aquello que me apasiona, reconocer el valor de la historia y de aquello que nos marcó.
La maratón de Atenas se corre el 10 de noviembre de este año. Todavía hay cupos… y quería escribir un post sobre eso, que lo estoy pensando… En estos días lo defino.

Semana 1: Día 1: Volver a empezar

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Hoy terminó de correrse la Espartatlón. El holandés abandonó, al igual que el 50% del total de corredores, y Oliveira, Portugués, fue el primero en llegar hasta la estatua del rey Leónidas para besar su pie. Lo hizo a las 6:29 de la mañana, hora de Esparta. Solo 148 corredores (el 45%) completó el agotador recorrido, entre los que se encontraban varios veteranos y el participante más joven de la historia, con 20 años. Muchos se quedaron en el camino y prometieron volver a intentarlo al año siguiente. Tal y como le pasó a un tal Oliveira, que en 2013 se bajó, pero con la promesa de volver y ganarla. Nadie le creyó.
Si la organización de la Espartatlón respeta la tradición, en 52 semanas a partir de ahora estaré cruzando la meta de la Espartratlón… o lo intentaré con todo mi corazón. Es mucho tiempo y a la vez es poco. Mi marca histórica corriendo sin parar son 100 km, tengo que superar eso más del doble. Pero no es imposible, será cuestión de trabajar duro, más que antes. Hoy hicimos un fondo con los Puma Runners que unió San Isidro con Tigre, ida y vuelta. Poco más de 26 km, en un día que no se decidía si iba a estar lindo o feo. En una decisión salomónica, tuvimos solcito y después nos morimos de frío.
Seguramente sin saberlo, Nicolás, habitué del blog y potencial nuevo Puma Runner, me regaló un par de medias con dedos… justo hoy, que empezaba un nuevo año de blog. Casi como un regalo por el estreno. Nunca me planteé usar algo así, pero supuestamente ayuda a que no se formen ampollas. Las probé… ¡y son muy cómodas! Casi diría que son un viaje de ida. El fondo que hicimos fue la prueba de fuego. Se supone que no hay que estrenar ninguna prenda en una carrera, pero esto era entrenamiento, así que valía. Pasaron, y probablemente las use en la maratón de la Ciudad de Buenos Aires, dentro de dos semanas.
Nico no fue el único que me hizo un regalo, para la media maratón, Juanca me dio un medallero muy lindo que en estos días finalmente instalé en la pared. Espero que les sirva de ejemplo, estos dos maravillosos lectores pensaron en mí y me hicieron regalos. ¡Hay que imitarlos!
Me quedan, entonces, 12 meses para poner mi cuerpo a punto y ser otro finisher en la Espartatlón. Este año, cinco compatriotas lograron cumplir el desafío. Quiero felicitarlos y pedirles permiso para poder unirme a ellos. Intentaré dar lo mejor de mí, durante todo 2014 (y lo que queda de 2013). La maratón de la Ciudad va a ser un entrenamiento más en la larga lista de fondos que voy a hacer en estas 52 semanas. Por favor, acompáñenme, que lo mejor está por venir.

Semana 52: Día 364: La Espartatlón 2013

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Ayer escribí un post, mientras se largaba la carrera de calle más soñada por mí: La Espartatlón. Hoy estoy escribiendo esta nueva entrada… ¡y la carrera todavía no termina! Acá no hay gente que para a descansar, se duerme una siesta… no, estos verdaderos guerreros del running no se detienen, o al menos dan todo de sí mismos para encontrar su límite o la gloria.

Comenzaron 323 corredores. Con unos 75 puestos de control en los 246 km del maravilloso recorrido, las informaciones se van conociendo cuando los atletas los van pasando. Lantik el holandés va a la cabeza, y al principio era seguido por Mike Norton… cien metros de diferencia, a veces se pasaban mutuamente. Pero en Corinto, a las 14 horas de carrera, por el puesto 26, Lantik iba cómodo y le había sacado un puesto de ventaja a Norton, quien comenzó a perder fuerzas por un dolor en la cadera. En el primer tercio de carrera abandonó el 18% de los corredores, que se enfrenta a temperaturas de 30º al sol y 10º en la noche. Oliveira, de Portugal, permanece segundo mientras escribo estas líneas, acercándose cada vez más a Lantik. La cabecera va por el puesto 57, y todavía queda mucho camino por recorrer.

Y, aunque usted no lo crea, este blog se termina hoy. Bueno, más o menos. Termina este tercer año, que fue el segundo intento en que quise correr esta fantástica carrera. La primera vez, en 2012, no pude porque no cumplí el requisito de correr 100 km en 10:30 hs (llegué a 70, vomité y pedí clemencia). Este año lo logré (lo hice en 10:14), pero cerraron las inscripciones porque no había cupos y la lista de espera llegaba a 194 corredores. Siendo que no arrancaron los 350 atletas del límite máximo de participantes, podría haber ido… pero necesito estas 52 semanas que quedan por delante para entrenar mucho.

He decidido que esta, la cuarta temporada de Semana 52, sea mi mejor momento. Física y mentalmente así lo siento. El desafío será mantenerlo y seguir mejorando durante 2014. Sé que lo voy a lograr, tengo la motivación y gente idonea que me asesora. Me gustaría estar ahora allá, sí, pero me siento sospechosamente conforme con cómo se fueron dando las cosas.

Mañana el contador vuelve a empezar. Ahí voy a resetear el cuentakilómetros y veremos con cuánto llego a septiembre de 2014. Ojalá que sea desde el otoño griego, bajo su sol radiante y caminando por esas calles llenas de historia. ¿Caminando? Debería decir corriendo…

Semana 52: Día 363: Un fondo porque sí

Anteúltimo día del blog. Faltan pocas horas para que a medio mundo de distancia, en Atenas, salga el sol y 350 corredores enfrenten las calles de la Acrópolis, camino a Esparta, 246 km más adelante. Mientras tanto, aquí estoy yo, descalzo en mi departamento, soñando con estar ahí dentro de 52 semanas…

Ayer con los Puma Runners tuvimos un entrenamiento bastante duro. Hicimos un fondo de 13 km, que para los que nos tocó no nos representó un gran desafío, pero después nos tocó hacer musculación: abdominales y flexiones. Solo que en modo irregular, dinámico… en fin, exigente. Yo había ido a la mañana al gimnasio, fue día de pecho y tríceps, así que estaba particularmente exigido. Terminé agotado. Feliz, eso sí. A las 12 de la noche era el cumpleaños del Gato, uno de los personajes más queribles dentro del grupo. Yo, por cuestiones monetarias, no iba a poder acompañarlos a la cena, que se iba a extender hasta después de la media noche.

Saludé a todos y me fui a la parada del colectivo. Gracias a Randazzo, hace meses que el tren deja de pasar a las 21:24 de la noche, lo que me hace imposible tomármelo de regreso (los entrenamientos suelen terminar cerca de las 22 hs). Cuando finalmente llegué a la esquina y comprobé las líneas que me iban a acercar a la parada del 152 (que sí me acerca a mi casa), me di cuenta de que no tenía mi tarjeta SUBE. Ella descansaba tranquilamente en el escritorio, en mi departamento. Tampoco tenía las 20 mil monedas que hacen falta para viajar hoy sin subsidio. Volví rápidamente a ver si enganchaba a alguien del grupo, pero se habían ido todos. Sin plata, de noche y solo… ¿qué opciones tenía?

Empecé a considerar la posibilidad de volver corriendo. Lo había hecho el jueves anterior, ese hermoso fondo que me dio 24 kilómetros. Pero era de día, tenía agua, y no estaba cansado… Con mañana de gimnasio, entrenamiento exigente por la noche, y siendo las diez… la idea de hacer una media maratón para llegar a mi casa no me tentaba demasiado. O sea, en el fondo sabía que si lo hacía, hoy tenía un excelente post para escribir. Pero para un día me parecía demasiado. Además quería levantarme temprano para ir al gimnasio… o sea, ¡por algo me quería volver temprano y me había perdido la cena cumpleaños del Gato!

Fui caminando con un cierto dejo de derrota hacia Libertador, donde iba a comenzar mi peregrinaje hasta Retiro. Pasé por la estación de tren de Acassuso y se encendió la esperanza… había gente esperando el tren. Eran ilusos, como yo. Me quedé esperando y a los 20 minutos el cartel electrónico anunciaba el próximo servicio a los 18 minutos. La cuenta regresiva se detuvo a los 7, cuando volvió a marcar 18. Quedó así, congelado, mientras la gente asumía la gran mentira del tren Mitre y dejaban el andén desierto. Me quedé solo, el cartel en blanco… y volví a reflotar la idea de volver corriendo. Pero el Gato, el héroe de la historia, me dijo que estaban cenando a 15 cuadras, que vaya y me prestaba su tarjeta SUBE. Hice un trotecito y cuando llegué di mucha pena. Me invitaron la cena y comí como un cerdo (comida vegana, por supuesto). A las 12 cantamos el feliz cumpleaños y a la 1:30 estaba finalmente en mi casa, después de un viaje en colectivo donde me dormía todo el tiempo.

Me levanté absolutamente roto. No pongo el despertador porque creo que así uno se despierta lo más descansado posible. Eran las 8 de la mañana y me dolía todo del entrenamiento de ayer. ¿Para qué quería ir al gimnasio? Apenas podía moverme. La mejor medicina para los dolores del deporte es el movimiento. Eso lo sé y lo he comprobado. Desayuné mientras me debatía entre ir al gimnasio o empezar a trabajar. Arranqué la jornada laboral, y mientras tanto iba mechando con frases motivacionales en mi twitter. No las invento. Las vi en inglés y las que me gustaron mucho las traduje:

“Cuando estés a punto de renunciar, recuerda por qué comenzaste”.

“La motivación es lo que te hace empezar. El corazón es lo que te hace seguir”.

“VA a doler. VA a tomar tiempo. VA a requerir dedicación y sacrificio. Pero VA a valer la pena”.

“Si lo que hiciste ayer te parece mucho, es que no has hecho nada hoy”. -Lou Holtz

“El dolor de la disciplina es mucho menor que el dolor del arrepentimiento”. -Sarah Bombell

“Tu mente va a renunciar 100 veces antes de que tu cuerpo lo haga. Siente el dolor y sigue”.

Lo mejor fue que a medida que las iba escribiendo… ¡me iba motivando! Ya a esa altura no lo pude evitar y dejé todo lo que estaba haciendo, salí a la calle y me fui a correr a la Reserva Ecológica.

Me fui sin una meta precisa. ¿Cuánto correr? ¿10 kilómetros? ¿30? ¿Qué camino? Sentía la cuenta pendiente del fondo que no fue de anoche… así que como había dejado de lado unos buenos 21 km, ese iba a ser el piso. Todavía era temprano, las 9:30 de la mañana. Estaba fresco, pero al sol era agradable. En la Reserva, ya con tierra y pasto bajo mis pies, me sentí muy bien. Corrí siempre abajo de los 5 minutos el kilómetro. Un morocho musculoso me pasó así que lo usé de liebre cuando ya había pasado los 13 km. Ahí estábamos los dos a 4:30. Empezó a bajar la velocidad, lo pasé y lo perdí. Improvisé el camino todo el tiempo, intentando que cada vuelta fuese distinta. Es increíble lo que hicieron con ese lugar: le agregaron un lago artificial y ahora están sumándole bancos y alguna clase de estructura metálica que no sé qué será (si son soportes para publicidad, la van a arruinar).

No quiero ahondar en cómo fueron esos 24,7 km que corrí, pero me olvidé de todos los dolores. Aguanté con el agua que hay en la Reserva y con unas pasas de uva en mi bolsillo. Y pensar que en las carreras ando obsesionado con geles y tantas pavadas innecesarias…

Llegué a casa transpirado, cansado, e inmensamente feliz. Me encanta improvisar, y creo que me di una merecida sorpresa con este fondo fuera de mis planes. Por suerte compré ese discurso traducido que estaba compartiendo vía Twitter. A veces hay que comprar el discurso que uno vende.

Semana 52: Día 362: Cómo explicar la pasión

Varias veces me dijeron que tenía que tener cuidado con los títulos de los posts, porque a veces no se entendía bien de qué iba a hablar. Siendo que nuestra capacidad de atención es limitada, probablemente debería optar por frases contundentes, que atrapen al curioso de entrada. Bueno, este post no es el mejor ejemplo de título contundente, y lo lamento por los que se lo pasen de largo.
Cuando Tim Burton decidió estrenar Batman en el cine (año 1989) decidí que me gustaban los cómics. Me parecían geniales, y mi primera revista me la compró mi abuela en la estación de Banfield. Era de Batman, por supuesto. Pronto descubrí que salían cada 21 días, así que empecé a coleccionar. Cuando tuve nada menos que TRES REVISTAS se las mostré a mi primo. Yo estaba orgulloso. Después de todo… ¡era Batman! Mi primo quitó su atención de la tele, posó su mirada en mi escueta confección por un segundo y regresó a lo que estaba viendo por TV.
¿Cómo podía no interesarle? ¡Era Batman! Pero ahí entendí que full hecho de que yo estuviese entusiasmado era un fenómeno aislado que no era inmediatamente universal.
Pararon los años y empecé a correr. Mejoré mis tiempos, coleccioné medallas, acumulé remeras, fotos, videos… pero me fui dando cuenta que esa pasión que sentía solo la podía compartir con los que les pasaba lo mismo que a mí. Como cuando me junto con los fans de Batman y debatimos si hubiésemos podido ser el hombre murciélago de haber entrenado cuerpo y mente desde los ocho años.
Le he contado experiencias de carrera a mucha gente que ni hace deporte, pero bien podría hablar de 8 kilómetros como de 42, y muchos no verían la diferencia. ¿Cuánto es un buen tiempo de maratón? Para el que desconoce, si le decimos que full récord mundial son 4 horas, ¿por qué dudaría de nuestra palabra? (El récord está en dos horas y moneditas)
Por eso es que entrenamos en grupo, nos metemos en foros, le damos like a páginas. Nos sentimos a gusto al rodearnos de gente que se apasione por lo mismo que nosotros. Nos ahorra explicaciones y sabemos de qué estamos hablando. Obviamente que yo encuentro una satisfacción muy grande cuando veo a alguien que desconoce del running y quiere consejos. Cuesta mucho explicar la pasión, por eso es tan lindo contagiarla.

Listo, ya está. Se terminó el post de hoy. ¿Por qué seguís acá?
Dijiste que ibas a explicar cómo contagiar la pasión… y más o menos te hiciste el gil con eso.
Y bueno, justamente es muy difícil explicar la pasión. Ronda lo imposible.
– Pero el título del post dice justamente lo contrario. Bah, da a entender que vas a explicar cómo contagiar la pasión…
– Sí… pero también aclaré que había que buscar atraer al curioso… y después, por las dudas, dije que este título no era muy bueno…

Semana 52: Día 361: Cosas que me delatan como corredor

No me cansaré de decirlo: nadie que me conociera hace diez años pensaría que eventualmente me convertiría en un corredor de fondo. Menos que escribiría un blog sobre eso y todavía mucho menos que estaría tres años haciéndolo (y contando). Pero pasó, por más que insista en contar, cada tanto, cómo fue que empecé a hacerlo.

Hoy miraba el medallero que mi amigo Juanca me regaló cuando estuvo de visita para la Media Maratón de la Ciudad de Buenos Aires. Solo me tomó tres semanas ponerlo en la pared (esos que me conocían hace diez años sabían que yo era un poco vago). Una gran amiga me prestó su agujereadora y después de luchar contra la dureza de mi departamento, logré instalar el colgante. Me tiré en la cama a contemplarlo, con mucha satisfacción (en un monoambiente, todo se puede ver desde la cama). Ahí me puse a pensar en que por más que el medallero diga que amo correr, se me nota.

Por una cuestión de comodidad, estoy todo el día con ropa deportiva. Pantalones de joggin, musculosas, remeras de carreras y buzos fluo que por poco brillan en la oscuridad. Siendo que voy al gimnasio casi todas las mañanas y que corro por lo menos día por medio, me quedo con esas prendas cómodas porque en breve las voy a tener que usar (o sea, transpirar). Por supuesto que si tengo que salir me pongo un jean y alguna remera de vestir, pero casi siempre estoy ablandando un par de zapatillas nuevas, así que de los tobillos para abajo, jamás combino.

Hay toda una organización en mi departamento producto de que corro. Primero, tengo un cajón bastante grande (metro y medio de ancho por 60 cm de profundidad) lleno de las remeras que me regalan en las carreras, y las poquitas que la vida me dio sin que compita. También tengo otro cajón exclusivo para medias, ya que vivo cambiándomelas (y destruyéndolas). Antes todo formaba parte de una pila homogénea en la que no se encontraba nada. Ahora todo necesita tener su lugar para que lo pueda encontrar más rápidamente.

La barra de dominadas que atraviesa el marco de la puerta del baño también me delata como deportista. Porque la uso. De vez en cuando voy o vuelvo del baño y me cuelgo a hacer una serie. Hago seis sin ningún problema, en las que dejo el peso de mi cuerpo muerto, me levanto con los brazos y al llegar arriba levanto las rodillas al pecho… así además de bíceps y espalda hago abdominales. Tengo una ventana fuera del baño que da al edificio de enfrente, donde siempre hay oficinistas trabajando o charlando. Me pregunto qué pensarán si ven a mis pies elevándose cada dos por tres…

Otra cosa que me delata constantemente es mi material de lectura. Si bien alterno de tanto en tanto con un libro de nutrición, casi siempre estoy leyendo algo relacionado con el deporte. Nacidos para correr, Tras las huellas de los héroes, Eat and Run, Nutrición y peso óptimo, Correr o morir, De qué hablamos cuando hablamos de correr… creo que queda claro que tengo un temita con el running.

Y probablemente lo que más me delate sea el resumen de la tarjeta… Si bien en Brasil me las ingenié para pagar con débito, siempre que viajo me compro cosas relacionadas con el deporte. Sueño con volver a ir a Europa y pasar por el Decathlon, así vuelvo a arrasar. Los precios son muy baratos, incluso convirtiéndolos a la moneda nacional y agregándoles el 20%. Todo el tiempo estoy comprando pasas de uva, avena, agua mineral, bebidas isotónicas y bananas, productos que buscaría muchísimo menos en el súper o ni siquiera compraría. Pero soy un fondista, y necesito mis hidratos de carbono…

Semana 52: Día 360: Se aproxima la Espartatlón

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La llaman Spartathlon. Yo la castellanicé como Espartatlón, y sinceramente no sé si quedaré como un bruto, pero sigue siendo mi sueño. Soy un niño que en enero está esperando con ansias el 24 de diciembre. Ya va a llegar… sigo soñando, pero tengo que esperar.

Supongo que, como cualquier carrera, esta es una que se gana con la cabeza, con motivación. Yo no me permito todavía imaginarme a mí cruzando la meta en Esparta. No puedo, significaría asumir que estoy inscripto, que pude pagar los costos, que entrené como para hacer más de 100 km, mi actual límite. La ansiedad me mataría más que ahora. Así que intento vivir el día a día, pensando en las próximas carreras, en los entrenamientos, en estar físicamente a la altura. A veces me comparten videos con testimonios de esta ultra y yo tomo el camino cobarde y no lo veo. Marco mails como no leídos y quedan en la bandeja de entrada por meses.

Le di “Like” a una página de la Espartatlón y últimamente comenzaron a subir pequeñas biografías de los participantes de este año, hombres y mujeres de todo el mundo que repiten la hazaña. Enumeraban la cantidad de veces que fueron finishers, y mientras a mí me toma tanto tiempo llegar hasta ahí, ellos ya llevan 3, 5, 9 participaciones, o más… Y por supuesto que me encantaría ser uno más entre ellos… “Martín Casanova, argentinean amateur athlete, has been blogging about Spartathlon for three years and now has the chance to run it for the first time”. Y mi foto, con lentes de sol, una musculosa, corriendo, tres cuartos perfil. Medio borrosa. Hasta ahí llega mi imaginación, y no quiero dejarla volar todavía.

La página de la Espartatlón, que se corre el próximo viernes, tiene hoy una entrada donde reflexiona sobre estos “corredores anónimos”. A pesar de que presentan solo una pequeña muestra, reconoce que hay muchos que no llegaron a presentar, héroes que podrían ser tu vecino, que entrenan bajo condiciones muy adversas: criando a una familia, trabajando duro para ganarse la vida, y así. Hay mucha gente que sueña con terminar esta carrera, que llegan desde muy lejos cada año para volverlo a intentar (yo podría integrar a este grupo). Y termina con un mensaje que me pone la piel de gallina: “Lo que sea que estés buscando en la Espartatlón 2013, ¡espero que lo encuentres!” (si me ponés 2014, me largo a llorar).

Supongo que muchos se habrán dado cuenta que las 52 semanas que contabiliza el título de cada post se resetean el día que se corre esta ultramaratón. Porque cada año, desde 2011, mi meta es estar ahí, corriéndola. Es un desafío INMENSO y lo sé, pero empecé con un sueño y en el camino por alcanzarlo, encontré otras cosas y me fui enriqueciendo. Es un más o menos una buena forma de vivir la vida: soñando con una meta que otros creerían imposible, pero sin perder de vista lo que se puede aprender en el trayecto. Retomé el gimnasio, algo que me hace muy bien; me hice vegano; organicé un prototipo de carrera; exploré mis límites y aprendí qué tengo que hacer y qué no en una ultra… Nada es en vano, y como bien me dijo un lector de este blog cuando no pude alcanzar los 100 km para preclasificar: los sueños no se cancelan, se posponen.

En cuatro días, 350 corredores de todo el mundo van a largar desde la Acrópolis y van a intentar llegar a pie a Esparta, 246 kilómetros en menos de 36 horas. Muchos llegarán, otros quedarán en el camino. Todos se verán transformados. Espero que de acá a 52 semanas esté escribiéndoles desde Atenas, concentrándome para hacer la carrera de mi vida. Cien mil mariposas revolotean en mi estómago mientras me imagino esa escena…

Semana 52: Día 359: No corras por la calle

Somos corredores. Nos encanta, lo vivimos con pasión, y las endorfinas más un estado aeróbico óptimo nos hace sentir indestructibles. Pero no lo somos.

Nunca hablamos de “carreras de vereda”. Siempre es la calle versus la aventura, la naturaleza. Pero las vías asfaltadas, por más que nos pese reconocerlo, son para los automóviles, que vienen a ser algo así como los enemigos de los atletas. No nos dejan cruzar en las esquinas, se cruzan en el camino cuando están estacionados, nos intoxican con sus caños de escape. Queremos, en algún punto, ganarles espacio. Las maratones nos reivindican, con sus recorridos por avenidas y autopistas, donde nos sería imposible trotar.

Aunque los automóviles (y sus conductores) sean nuestros enemigos naturales, la sociedad ha decidido que ellos deben transitar por las calles, y nosotros pasar el menor tiempo posible por su zona asignada, solo para cruzar con precaución. Pero la reivindicación es más fuerte, queremos sentir esa sensación de libertad… entonces cuando entrenamos vamos por la calle, en paralelo a los vehículos, con el tránsito o contra él. Creemos que como vamos a una velocidad que un auto consideraría despacio, estamos seguros.

Somos muy malos conductores. Los números asustan. Cada 46 segundos hay un choque, y mueren 21 personas por día en estas tragedias. La sociedad, que suele elegir muy mal las palabras para describir sus errores, habla de “accidentes” y no de “imprudencias”, y dice cosas como “el camión perdió el control”, como si el vehículo hubiese cobrado vida propia y no hubiese habido negligencia del conductor. Se usan estas palabras porque nos cuesta reconocer que fallamos constantemente. Y ahí, como corredores, estamos colaborando al correr en la calle, porque no es nuestro lugar. Probablemente no provoquemos un accidente, al menos no en la gran mayoría de los casos, pero en una sociedad donde hay tantos malos conductores, el riesgo al que nos exponemos es demasiado alto.

Es difícil volver de un choque. Contra un auto, a la velocidad que sea, no tenemos protección más que nuestros músculos y huesos. La fuerza de un vehículo es imparable, y aunque seamos fuertes, un impacto a baja velocidad nos deja afuera del atletismo. Por mucho tiempo o de por vida. No es cuestión de ser fatalista, ni siquiera de relajarse porque no conocemos a alguien que le haya pasado. El riesgo existe, y se minimiza enormemente trotando por la vereda.

Pongo un caso donde la suerte jugó un papel importantísimo. Noche de llovizna. Un corredor, que vendría a ser quien les escribe, entrena por la vereda. Cruza una esquina al mismo instante en que un automóvil dobla. El conductor no detiene la marcha, no ve al atleta, para él en ese espacio solo hay aire. El sorprendido peatón pone la mano, como si con eso pudiese detener al mastodonte de metal. La marcha es lenta, llega a rodar sobre el capó, patina por el agua y termina en el suelo. Recién ahí el auto frena. Podría haber pasado cualquier cosa, haber quedado bajo una rueda, haber tocado una rodilla y haberla partido. El costo es muy bajo, un dolor de piernas y de cadera que dura una semana, más raspones y moretones en la cara por el golpe contra el asfalto. El conductor se disculpa: “perdoname, no te vi”. Y acá el corredor estaba entrenando en la vereda y cruzando la esquina con luz verde. Yendo por la calle lo hubiesen tenido menos en cuenta todavía.

El asfalto es más regular que las veredas, es cierto. Pero, ¿cuál es el sentido de entrenar “cómodamente”? Las carreras de aventura no son asfaltadas, y los deportistas de ciudad deberíamos incorporar un trayecto “incómodo” para emular los terrenos irregulares al aire libre. Aunque la maratón sea en la calle, siempre hay algún tramo en el que levantar los pies para atravesar un cordón, una loma de burro, una botella vacía… correr no es, justamente, estar cómodos. Entrenar es emular cualquier circunstancia, pero más que nada es preservar la salud y fortalecernos. No tenemos lugar en la calle, más que arriba de un auto. Y ahí nos toca, por supuesto, ser precavidos… con los imprudentes corredores que decidan exponerse al entrenar al lado de los autos…

Semana 52: Día 358: Conociendo a Quino

Quino_2013

Llega la tercera parte en mi día favorito de 2013. Esto ocurrió hace dos días, y por esas cosas de la vida recién a las 2:35 AM del domingo estoy escribiendo la entrada del sábado. Es la primera vez en mi vida que me doy cuenta que no actualicé el blog. Siempre encuentro el momento, a veces un poco pasado de la medianoche… ¡pero no tanto! Día de la primavera, almuerzo con amigos, cumpleaños… simplemente no me dio el tiempo. Mientras volvía del karaoke (donde hice una espantosa interpretación de “Something stupid”) pensaba si valía la pena subir un post antes de irme a dormir o directamente saltearme un día. Pero en esta temporada de Semana 52 no tuve ni un mes entero actualizando absolutamente todos los días, así que decidí hacer el esfuerzo, aunque este post quede perdido entre el anterior y el del domingo.

Como decía, la crónica del jueves para mí mereció separarlo en tres partes. Empezó por la mañana con la confirmación por parte de mi nutricionista de que el reordenamiento de mi dieta (con jugos incluidos) más mi regreso con todo al gimnasio había dado muy buenos frutos. Después, al mediodía, hice un fondo de 24 km que me resultó muy agradable, con un sol espectacular después de tantos días fríos y lluviosos. A las 14 estaba bañado y almorzado, listo para encontrarme con mi amigo e ir juntos a Tecnópolis. Diego Jourdan es un dibujante nacido en Uruguay pero radicado en Chile. La vida nos cruzó y nos hicimos amigos a la distancia, así que aunque hablamos seguido por Facebook, son pocas las veces que nos podemos ver cara a cara. A Diego le habían prometido que se iba a sacar una foto con Quino, prócer indiscutido de la historieta mundial. El día anterior me había comprado el Todo Mafalda, un bodoque de papel que asegura contener absolutamente cada tira de esta queridísima heroína intelectual del cómic nacional. Ya me leí todas las apariciones de este personaje, pero nunca tuve una firma de Quino… nunca hablé con él. Esa idea me entusiasmaba.

Llegamos al predio, donde tenía lugar Comicópolis, y di unas cuantas vueltas. Me separé de Diego, que hizo la suya, y me quedé charlando con Ignacio, otro fan de Quino que había faltado a su trabajo para conseguir su firma. Fuimos temprano a hacer la cola, una hora antes, y éramos los primeros. Como en ese momento todavía había una charla del maestro, el resto de los fanáticos estaba en otro lado en lugar de haciando una fila. Apenas terminó la presentación, se llenó de gente queriendo su momento cara a cara con Quino. A esos se les sumó el personal de Tecnópolis, que querían a toda costa estar primeros en la cola (lógico, querían hacer el trámite rápidamente para después ir a su puesto de trabajo). De pronto los ánimos se caldearon, porque con Ignacio fuimos muy gentiles de dejar primera a una chica (pero solo porque era muy hermosa). Ella dejó que se le sume una compañera, y así empezaron a caer más empleados de Tecnópolis, y decí que la fila estaba llena de fans, porque cualquiera se hubiese desprendido del “Todo Mafalda” y lo hubiese utilizado como objeto contundente para arrojar.

Negociamos a las dos chicas primeras y al resto los mandamos al fondo de la cola. A medida que pasaban los minutos, los nervios de Ignacio y de todo el resto de las personas que esperaban a Quino se me fueron contagiando. Tenía ganas de hablar con él, decirle que Mafalda fue parte de mi formación, como de tanta otra gente… pero eso me cohibía… ¡todo el mundo le debía decir lo mismo! Diego se acordó del tema de la foto y quiso ponerse en la cola… ¡pero ya era larguísima!

La fila entera estaba muy ansiosa, y de pronto Quino apareció en un carrito (como los que se suelen ver en los partidos de golf), escoltado por una comitiva de esos que se tiran para atajar las balas. Yo ya había escuchado que estaba delicado (después de todo tiene 81 años) y me causó mucha congoja verlo bajarse con dificultad apoyado en su bastón. Es la fragilidad que uno no soporta ver en los padres. Pero aunque tenía movimientos lentos y un pulso delicado, estaba tremendamente lúcido. Mi turno llegó rápidamente, y yo estaba con el corazón latiéndome a mil. Me acerqué con el libro abierto y le dije lo primero que se me ocurrió. La escena fue así:

– Hola… estoy muy nervioso…
– No… ¿por qué?
– Imagino que te habrán dicho esto muchas veces, pero yo leía a Mafalda antes de saber leer… la volví a leer cuando era chico, y después de grande otra vez… y siempre me pareció diferente.
– Sí… (soltó una risita casi inaudible). Suele pasar eso (empezó a firmar).
– No sé si te acordás de la entrevista que te hizo Adolfo Castello…
– Sí, claro.
– …ahí le comentabas de la Capilla Sixtina. Que Miguel Ángel lo pintó a Dios de frente y de atrás, y se le ve el culo al aire… Yo fui el año pasado y me acordaba de eso, así que lo busqué…
– ¿Y lo viste?
– Sí… le vi el culo a Dios.

Levantó la vista, me miró y sonrió. “Gracias”, le dije, y estreché su mano.

Voy a fracasar rotundamente intentando dar una idea de lo importante que fue esta escena para mí. Quizá porque no existe otro personaje como Quino, un valor cultural enorme al que esperé toda mi vida para conocer. Una de las pocas personas que no conozco (solo a través de su obra) pero que quiero mucho. Un profesional admirado por todos, lectores y colegas.

Atrás mío venía Ignacio, a quien le firmó mientras yo le sacaba un par de fotos. La gente de la organización me empezó a echar. “¿Ya te firmó? Vamos, saliendo…”. De la nada apareció Diego con su cámara, y me pidió que le sacara. Fue por detrás de Quino y le dijo unas palabras, mientras estrechaba su mano. Yo sacando fotos, mientras los de Tecnópolis se me acercaban para echarme. Detrás mío se empezaban a escuchar insultos, y aunque temí por mi integridad física, no nos tiraron con nada por respeto al maestro.

Salí de la zona de peligro con mi ejemplar que voy a atesorar toda mi vida. Yo también tengo mi foto que inmortaliza esa breve pero impactante escena, en a que conocí a un ídolo de toda mi vida. Me fui de la feria con Diego, ambos contentos por haber cumplido ese deseo. Hablamos de Quino, de los rumores de que es millonario, que tiene casas en las capitales más importantes del mundo y que como a él y a su esposa les gusta mucho la música, siguen a las filarmónicas por el país de su antojo… total, tienen el hospedaje asegurado. Son esos mitos que nadie nadie podría comprobar sin preguntárselo a él, pero yo pensaba que ojalá cosas así fuesen ciertas. Quino marcó nuestra cultura para siempre, y se merece todos los lujos que la vida pueda haberle devuelto.

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