Archivos Mensuales: agosto 2013

Semana 49: Día 337: 213,86 km en un mes

Tuve que chequear mis cuentas dos veces, porque me sorprendió haber corrido 213,86 km durante todo agosto. ¿Estará bien? Quizá debería dejar de dudar de mí todo el tiempo. El reloj Suunto me contabilizó 145 km, más unos 10 que hice en cinta en el gimnasio, más lo que haya hecho los primeros 10 días que no tuve el GPS… Las cuentas dan. Igual estaba temeroso, creyendo que iba a tener como máximo 160 km.

Este es el comparativo de todo el 2013:

Enero: 323,03 km
Febrero: 321,88 km
Marzo: 335,60 km
Abril: 163 km
Mayo: 157,26 km
Junio: 168,60 km
Julio: 128,39 km
Agosto: 213,86 km

La suma de esta temporada de Semana 52 (que empezó en Octubre 2012) ya me da que corrí 2360 km, mientras que la temporada anterior, en un año, corrí 2272 km. O sea que durante Septiembre puedo dedicarme a hacer la plancha, porque ya vencí mi propia marca por 90 km. El mes que empieza mañana tiene la meta de la media maratón, y quiero empezarlo mañana con un fondito en la Reserva Ecológica. Porque todavía no la estrené viviendo en el barrio. Algo tranqui, unos 10 km. No me quiero sobre exigir, hoy con los Puma Runners entrenamos unos metros por encima de los 21 km, y me molestó un poco el costado de la rodilla derecha. Es un dolor que va y viene (hoy le tocó venir). No me impidió correr, pero enciende algunas señales de alarma.

Y estoy entrando en el último mes de la tercera temporada de Semana 52. O sea que casi estoy por hacer tres veces algo que pensé que iba a hacer una sola. Esta vez no tengo una carrera que coincida con el día final, ni tampoco conseguí lugar para correr la Espartatlón 2013 (menos mal, debería decir, porque todavía no me siento listo).

Mirando hacia atrás veo algo que para mí no fue menor, y es que este año de Semana 52 fue mi primero como vegano. Sin querer ponerme en vocero o sermonear, tampoco lo imaginaba y fue un cambio muy cómodo para mí. No pude inscribirme en la Espartatlón, pero al menos sirvió para probar qué pasa al estar un año entrenando con exigencia sin consumir proteína animal: absolutamente nada. De hecho, comparativamente, este año corrí más y que el anterior (pero no puedo asignárselo a la alimentación, sino simplemente a organizarme mejor).

Creo que esta temporada de Semana 52 voy a superar los 2500 km, y es una linda marca. Y cuando pase la maratón de octubre quiero estar abocado a entrenar fondos largos, y así poder afrontar los 246 km de la Espartatlón 2014. ¡Y basta! No me veo escribiendo un quinto año de blog. Ténganme piedad.

Queda todavía Septiembre, y otras 52 semanas… si todo sale bien, el cierre será en Atenas. Y si todo sale súper bien… será en Esparta.

Semana 48: Día 336: Instagram alimenticio

Avena, pasas de uva y manzana verde

Avena, pasas de uva y manzana verde

No me volví uno de esos aspirantes a fotógrafo que levantan cualquier cosa con un filtro. Pero me abrí una cuenta a Instagram porque quería twitear las cosas que voy cocinando, en especial ahora que me estoy haciendo dos jugos por día… pero por alguna extraña razón el celular no me adjuntaba las fotos. Así que, en un rapto de aburrimiento, me instalé el Instagram.

Probablemente no lo use para otra cosa, pero me pareció un divertido complemento a Semana 52, en especial ahora que estoy por cumplir un año de vegano (y terminar el tercer año del blog). Como lo tengo asociado con el tweeter y con mi cuenta personal de Facebook, todos se pueden enterar de qué pasa en mi cocina.

Evidentemente el gran cambio en mi dieta en este último mes ha sido el tema jugos. Todavía estoy experimentando, y ya puedo compartir algunas conclusiones:

  • Los jugos hechos solo con hojas verdes (lechuga, brócoli, espinaca) son un poco fuertes para el estómago. Kordich recomienda combinarlos con manzana o zanahorias, algo que corte un poco con el verdor. Por sí solos no son ricos, por más nutritivos que sean. Además la lechuga, aunque no sea muy colorida, termina largando un jugo muy pero muy verde (clorofila al extremo).
  • El kiwi vuelve ácido y muy espeso a cualquier combinación. Me hice un jugo de zanahoria y mandarina y le di un solo sorbo. Riquísimo. Pero no llené el vaso y me habían sobrado unos kiwis, así que los metí… y arruiné una bebida que me había encantado. A todo le quedó el mismo sabor amargo y una consistencia de sopa crema. Ojo, no era feo, pero estaba muy lejos de ser el elixir que originalmente había creado.
  • La práctica hace al maestro. Después de una semana de hacerme dos o tres jugos diarios, corto las frutas y verduras con mucha cancha, y el lavado de la juguera es más eficiente que nunca.
  • La zanahoria, por más que sea una verdura, da un jugo dulce.
  • Los jugos son muy llenadores, un vaso alcanza de colación para llegar sin hambre a la siguiente comida.

Pero aunque estoy muy contento con mis jugos, mi nutricionista ya me advirtió via mail que no son un reemplazo de comer frutas y verduras, porque me pierdo los aportes de fibra, semillas, etc. Yo creo que, como todo, es cuestión de equilibrar. Por ahora estoy en etapa experimental, pero como muchas personas creo que si no mastico no me estoy alimentando. De todos modos con los jugos sé que estoy consumiendo más frutas y verduras que antes. Eso también preocupa a la nutri, que teme por un exceso de azúcares (aunque sea de origen natural). Veremos.

Por ahora mi mayor descubrimiento, en el campo que no sea jugos, es combinar la avena con cuadrados de manzana y pasas de uva. A eso le sumo leche de soja y queda espectacular. Está ahí, en la galería, para su deleite. Desconozco si se puede acceder al Instagram sin una cuenta (supondría que no), así que acá resumo mi catálogo alimenticio, desde la mesada de mi cocina hasta su pantalla.

Semana 48: Día 335: Dolores fugaces

Esta escena, si no es conocida, desayúnensela.:

Venís corriendo, feliz de la vida. El sol te calienta el rostro, hay mucho verde a tu alrededor. Las zapatillas te calzan cómodas, la remera no te da calor. Estás haciendo buen tiempo, aunque no te importa. Te das cuenta que correr te conecta con tu interior, te hace sentir parte de la red de la vida.

Hasta que la rodilla te da una puntada.

Te preguntás, “¿debería parar?”, pero solo podés asegurarte de que fue un dolor si seguís adelante. De pronto, sin encontrarle todavía una causa, otra vez. Más fuerte. Frenás para elongar, hacés todos los ejercicios de estiramiento que conocés, y hasta inventás algunos más. Volvés a tu casa con mucha angustia. Hablás con alguien, le contás que te molesta la rodilla, que no sabés bien por qué. Te recomiendan ver a un médico, mejor no dejar pasar estas cosas, dale, no te cuesta nada.

Y nunca más volvés a sentir esa molestia.

Esta situación, con el correr de los años, se ha hecho frecuente para mí. Mi papá me decía que si sentía un dolor y se me iba corriendo, no me tenía que preocupar. Creo que citaba a Allan Lawrence, pero sé que lo aprendí de él. Hace poco posteé que me dolía la rodilla, y prácticamente exorcicé ese dolor con el blog. Cada tanto me preguntan cómo sigo, y me cuesta darme cuenta de qué me están hablando porque, realmente, la molestia desapareció tan súbitamente como vino.

Ayer, en el entrenamiento con los Puma Runners, me dolía un poco el costado externo del pie derecho. Hablamos con Germán, el entrenador, sobre qué podía ser. ¿Las zapatillas? ¿Pisar mal? No llegaba a ser algo molesto, pero se notaba su presencia. Troté sin mucho inconveniente, pero preocupado. Cenamos todos juntos, volví a mi casa tarde, y apenas entré me tiré en la cama (en un monoambiente eso equivale a cruzar la puerta de entrada y dar tres pasos).

A la mañana siguiente, o sea hoy, me desperté y empecé a preparar el desayuno. Ya el dolor del pie era más intenso. Me preparé las cosas para ir al gimnasio y empecé a calzarme. Tengo un dolor intenso en el dedo chiquito del pie derecho. Como si tuviese una ampolla, solo que no hay ampolla. El roce me molesta bastante. Va y viene, pero más que nada viene. Mientras me ponía las medias, el roce hizo que me doliese. Después me puse la zapatilla y caminé hasta la puerta. La molestia tanto del pie como del dedo era notoria. Salí a la calle a las 9 de la mañana y empecé a caminar. Temí no poder llegar al gimnasio, a 15 cuadras. Consideré no hacer mis 2 km de cinta que uso como entrada en calor. A la cuadra y media frené y atiné a pegar la vuelta. “Mejor me quedo en casa”, pensé. Pero realmente tenía ganas de entrenar, así que seguí. Troté para cruzar la 9 de Julio sin que me agarre ningún semáforo, y la molestia del costado del pie me hizo renguear un poco. Listo, nada de correr.

Pero como soy terco, cuando estaba en la parte de aeróbico en el gimnasio me fui a la cinta y empecé a trotar. Primero tranquilo, a 5:20 el kilómetro. Después a 5, luego a 4:50 y terminé en 4:30. ¿El dolor? Ni idea, desapareció por completo y mientras escribo estas líneas, rozando las 10 de la noche, jamás regresó.

¿Qué tendría que hacer? ¿Caer en la desesperación? ¿Ver a un médico sin sentir síntomas? ¿Cambiar de calzado? Quizá sean secuelas de Yaboty. Quizá sean los años acumulados de correr mal, que empiezan a pasar facturas. Quizá no sea absolutamente nada.

Ser corredor de fondo trae aparejado hacerse habitué de los dolores y aprender a convivir con ellos. Empecé a correr con regularidad a los 30 años y en forma metódica a los 32. No arrastro lesiones de quienes hicieron deporte toda su vida, así que todas estas cosas que voy sintiendo son muy nuevas para mí. Igual, de a poco, me voy acostumbrando…

Semana 48: Día 334: Memorias de un ultramaratonista inexperto

Ayer comentaba, al pasar, sobre mi agotador paso por la Patagonia Run 2012. Estaba participando de los 100 km y fui con muy poca idea de lo que era realmente esa experiencia. No lo entendí en ese momento, pero me cambió mucho mi forma de ver los ultratrails. Después de esta carrera, en poco más de un mes, intenté correr los 100 km de la Ultra Buenos Aires en menos de 10 horas y media. No sé si fue muy pronto y me quemé, creo que ahí tampoco tenía mucha experiencia.

Pero fui con mucho optimismo, con una cámara para filmar y sacar fotos de los paisajes, y se convirtió en un registro de lo que pasaba por mi cabeza. Verlo hoy, un año y medio después, resultó muy revelador. Primero, porque menciono cosas sobre mi vida que han cambiado mucho. Pero por otro lado, hay un cambio de actitud entre el durante y el después de la carrera. Además, al estar pensando en voz alta, me prometo cosas que nunca cumpliré, como no volver a correrla. De hecho, a pesar de todas mis penurias, estoy esperando con ansias la edición 2013 para inscribirme… y volver a ir a sufrir.

Subí los videos así como los filmé, sin editarlos (porque no sé hacerlo). Pero creo que los más jugosos son los del medio.

Semana 48: Día 333: ¿Qué hago acá?

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No hace falta ser corredor para que te hayas hecho esta pregunta, pero seguramente te asaltó esta duda existencial si estuviste en el medio de una carrera, enfrentado a la adversidad, cansado y con ganas de estar en tu casa, bañado y en la cama.

Es raro que yo no me haga la pregunta de “Qué hago acá”, y me pregunto si los superhombres como Scott Jurek, Dean Karnazes y Kilian Jornet también se la suelen hacer. Uno quizá piense que estas cosas le pasan solo a uno, que es aficionado e inexperto, y no a los profesionales. Nunca voy a olvidar esas interminables 18 horas de Patagonia Run, donde tenía el tobillo hinchado y no tenía nada de energía. Caminé gran parte del recorrido y vi pasarme a casi todos los participantes de los 100 km. Fui con mucha expectativa, pensando que iba a correr un montón (¡hasta llegué a pensar que podía estar cerca de las 10 horas!). Arranqué la carrera subiendo, y subiendo, y subiendo, y me di cuenta de que tenía muy poca experiencia en montaña. En mi cabeza me repetía todo el tiempo el estribillo “Estoy verde…” de Charly García (tengo videos con mis pensamientos en vivo, que subiré en breve).

¿Cuántas veces pensé qué hacía ahí? Probablemente una vez cada dos minutos, desde el momento en que me torcí el tobillo y pisar cualquier superficie que no fuera plana me dolía. Con una combinación de cambios de ritmo pasé a algunos corredores y terminé llegando muy cerca de gente a la que pensé que le iba a ir muy bien. Yo soy bastante tonto, así que se aplica en mí el concepto de “mal de muchos, consuelo de tontos”.

Esta sensación de que no pertenecía, del “me quiero ir” la tuve tantas veces que ya perdí la cuenta. Lo viví en Grecia, corriendo solo al costado de la ruta, en ciertos tramos donde me quedaba sin agua y mi asistente, Gerjo, estaba imposibilitado de frenar para ayudarme. Yo maldecía (total, nadie me entendía) y tragaba saliva, mientras el sol del otoño ateniense salía y quemaba la piel. Gerjo quizá podía frenar en algún reparo cada 5 km, y en ciertas partes no me alcanzaba. Así que estaba solo, corriendo en subida, con calor y mucha sed, y me desesperé y sucumbí ante mi impaciencia.

Supongo que esos momentos donde sentimos que no pertenecemos tienen que ver con acariciar nuestro límite. A veces es mental, pero creo que el “Qué hago acá” surge cuando llegamos al extremo físico. En La Misión, por ejemplo, tenía un dolor terrible en los pies, los sentía helados pero al punto que me quemaban, y lo seguí sintiendo incluso cuando me puse medias y zapatillas secas. Ahí moría por una cama donde dormir 16 horas seguidas. Excepto en esa oportunidad y en la primera Ultra Buenos Aires (donde corté a los 77 km, vomitando) siempre me las arreglé para seguir y cruzar la meta. Nunca me respondí qué hacía ahí, pero si lo pienso dos minutos ahora, que estoy sentado en mi departamento, en mi cómoda silla, en patas, podría pensar que lo que hago ahí es justamente buscar mis límites. Es duro encontrarlos, y cuando lo hacemos no encontramos una satisfacción que nos permita conformarnos y dedicarnos a otra cosa. No, terminamos buscando otro desafío, otro viaje lejos de casa, donde exijamos a nuestro cuerpo al punto de querer escapar.

Y eso es lo que conviene hacer. Escapar. Pero hacia adelante, hacia la meta.

Semana 48: Día 332: Fobias de corredor

Anoche soñé que una tarántula me caminaba por la cara. Y me mordía la nariz.

No parece muy agradable, pero al menos me lo bancaba estoicamente. Esto me dejó pensando en las fobias, porque justamente a algunos corredores les preocupaba transitar por la selva y cruzarse con arañas o una buena víbora…

Al parecer los corredores tenemos muchas fobias, y quizá nuestro afán por correr tenga que ver con ese básico instinto de huir desesperadamente. Yo, por ejemplo, tengo un pánico primigenio a fracturarme una pierna. Ya me pasó, en una circunstancia muy bochornosa: jugando a la pelota, a las 5 de la mañana, en Plaza San Martín. Giré sobre mi pie para marcar a un rival y el ligamento me cortó el cóndilo. Fue doloroso y humillante, en especial porque nunca me gustó el fútbol.

Pero esto no fue mientras corría, y cuando participo en una carrera, sobre todo en las de aventura donde tengo que desdencer por un camino de piedras, pienso que me voy a caer y me voy a partir los huesos. Nunca me pasó, de hecho me he caído montones de veces sin más consecuencias que llenarme de tierra y provocarme algunos raspones. Ahí anda dando vueltas en mi cabeza ese miedo a tropezarme y no poderme levantar.

Algo que estoy viendo en las carreras es una especie de hidrofobia. A muchos les molesta mojarse, y yo creo que hay pocas cosas más divertidas y relajantes. En las ultramaratones los pies se hinchan, y nada mejor que meterlos en agua fría. Después se puede seguir corriendo, no es problema. Si está la preocupación de ampoyarse por correr con los pies húmedos, diría que en una ultra esa debería ser la menor de las preocupaciones. Las competencias tan exigentes siempre tienen consecuencias, como uñas negras, calambres, y una buena cuota de dolor. Estas cosas deberían ser la fobia de los que no se animan a correr, porque a los que nos gusta esto, o lo aceptamos o nos dedicamos a otra cosa.

Además del miedo a correr tengo, por supuesto, ese pánico secreto del que nunca hablo y es el de sufrir un accidente que me impida hacer deporte de por vida. Es lo que los norteamericanos llaman “worst case scenario”, o sea el peor caso posible. Por ejemplo iba de lo más tranquilo en el micro, rumbo a Misiones, y cuando uno está quieto y aburrido mucho tiempo, la imaginación se dispara. Y así, sin darme cuenta, llegué a imaginar un terrible accidente en el que yo salía disparado y me incrustaba en la máquina de café. Soy de los que cree que pensar en esa clase de tragedia espantosa, más que invocarla, sirve para alejarla. Si me imagino cosas maravillosas como que un relámpago, mezclado con un cóctel de químicos, me de los poderes de Flash… y no pasa… ¿por qué mis fantasías no pueden funcionar en el otro sentido y evitar que tampoco pase lo malo?

Estoy tan metido en mi rutina, tan feliz cuando todo encaja y puedo llevar las riendas de mi vida, que me estremece pensar en algo que me impida disfrutarlo. Tampoco tiene que ser algo espantoso como un choque. A veces pienso en si me vuelve a dar una osteocondritis, ese dolor espantoso en las costillas, que no me dejaba ni toser ni reírme. Por supuesto que correr estaba fuera de discusión, así como cualquier actividad en el gimnasio… porque, aunque no nos demos cuenta, cualquier ejercicio de musculación involucra el torso (ya sea haciendo fuerza o intentando dejar el cuerpo quieto). Y cuando parte de la rutina es ir al gimnasio 5 veces a la semana y correr tres días distintos, lo que lo altere no es bienvenido.

En resumen, podemos decir que la fobia del corredor es, justamente, cualquier cosa que impida correr. Mientras estemos en movimiento… está todo bien. Después, cualquier mariconada como mojarse los pies o que se te cruce una araña, se pilotean. Si, como yo, constantemente piensan en los “worst case scenarios”, cuando tengan que cruzar un arroyo con agua helada podrán pensar “Bueno, la verdad es que esto podría ser muchísimo peor…”.

Semana 48: Día 331: Los 79 km de la ultra trail de Yaboty

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Ok, este es el último post que hago de Yaboty 2013, lo prometo. Pero tenía la imperiosa necesidad de escribirlo. Primero, para dejar de hablar de 90 km y reconocer que fueron 79. Es una diferencia que alguno puede considerar mínima, otros muy grande. Nunca las carreras son exactas. Desconozco el sistema de medición, sé que se hace a pie porque además hay que marcarlo con cintas y, en algunos casos, marcas refractantes. Pero a mí ni siquiera la Maratón de la Ciudad me dio 42,195 km.

¿Por qué volver, justo hoy? Bueno, es domingo, hay poco que decir (suele ser el día más complicado para este blog), y se dio una situación que para mí fue medio graciosa (o sea, me hace quedar medio como un gil). Con el correr de los días la organización de Yaboty empezó a subir fotos. En las primeras yo no aparecía. Era como si me hubiese tragado la tierra. Los cortes en mis manos y piernas, la tierra colorada de las zapatillas y el dolor de cuádriceps era lo único que tenía para confirmarme que no había soñado todo eso. Eran galerías de adelanto, el material completo iba a aparecer recién el jueves pasado.

Como soy narcicista, cada vez que aparecía una foto mía, la guardaba en la compu. No soy fotogénico, cada vez que me veo me encuentro con cara de tarado, pero a veces ignoro esa falsa modestia y uso esas imágenes para transportarme de nuevo a esa maravillosa experiencia. Entonces, en el día de hoy, llegué a un álbum que tenía el momento de mi llegada. Ahí estaba, con una gran sonrisa, hombros caídos, la medalla colgando de mi cuello. Y entonces veo algo que me sorprendió: el cronómetro oficial marcaba 9 horas y 5 minutos. Pero… cuando hice mi crónica puse que había tardado 9 horas y media.

Tengo un reloj con cronómetro, en el que al principio desconfié, que dice que tardé 9 horas y 5 minutos. En el excel de la clasificación dice que tardé eso y que estuve 2 horas por detrás del ganador, que llegó en 7 horas y moneditas. Entonces, ¿por qué insistí y le dije a todo el mundo que tardé 9 horas y media? Quizá porque tenía metido en la cabeza que 12 horas era un buen tiempo. Quizá porque soy un tipo muy distraído, y me fijo en los tiempos pero a la vez me preocupa más llegar entero que rápido. Quizá porque me senté apenas crucé la meta y no me levanté hasta 25 minutos después, y es por eso que esa hora fue la que se me grabó en el cerebro.

Sin embargo, hoy vi esa foto que no deja ningún lugar a dudas de cuánto tardé, y no puedo evitar ponerme contento. O sea, ¡tardé menos de lo que había calculado, y menos de lo que le dije después a todo el mundo! Igualmente me preocupa esta falta de atención. ¿Estaré necesitando más espirulina en mi dieta?

Semana 48: Día 330: Próximos objetivos

Hoy sábado, seis días después de Yaboty, realmente volví a correr. El miércoles entrené, pero muy suave, casi 5 km. Hoy hicimos pasadas con progresiones, y alcancé los 13 km. No es una distancia imponente, pero fui al ritmo de los más veloces. Sobre el final sentí la fatiga de los cuádriceps que me indicaron que todavía no estoy del todo recuperado. ¡Pero qué bien se sintió!

Llegado ese momento en donde las limitaciones físicas van desapareciendo, vuelve la pregunta de… ¿cuál es el próximo objetivo?

Ya estoy inscripto en la Media Maratón de la Ciudad, que tendrá lugar en 15 días exactamente. Una rápida búsqueda me indica que Buenos Aires tiene la menor variación de altitud… ¡25 metros! Nada, comparado con los 4 km que sufrimos– digo “disfrutamos” en Yaboty. El recorrido no parece ser muy diferente a años anteriores (temo decir que es “igual” porque, francamente, no conservé un plano para compararlos). Tengo mucha expectativa con estos 21 km porque me resulta muy emocionante correr por estas calles, además de que sé que va a ser el punto de encuentro con muchos amigos, los Puma Runners que son los de siempre, algunos compañeros de la facultad que son los del pasado, y los nuevos, que hice en Yaboty y gracias a este blog. Pero sé que no me voy a recuperar del todo, así que me lo voy a tomar con mucha calma, como si fuese un entrenamiento para la siguiente carrera. Un fondo divertido y nada más. Si busco marca, me quemo.

Y ese siguiente desafío, en el que también estoy inscripto, es la Maratón de la Ciudad, el cual como usted bien supone, es el doble que la Media Maratón de la Ciudad. El recorrido es muy parecido, salvo que llega hasta la Boca y le agrega Puerto Madero. A esta quiero llegar bien, no buscar marca, pero estar lo más cerca posible de las 3 horas y media. Veremos cómo llego.

Y estoy a la expectativa de otras carreras para el resto del año. Sé que voy a hacer la San Silvestre el 31 de diciembre… pero, ¿qué más? Hay una que estuve investigando, nocturna, el 7 de diciembre, en Córdoba. Los 42 km de Las Luciérnagas Contraatacan (todo un nombre). Tiene la opción individual (además de otras distancias más cortas) y otra que es el modo “tribu”, con grupos de más de tres corredores mixtos. La sugerí a mi grupo y parece que interesó.

Tengo el hueco en noviembre, donde estoy considerando la posibilidad de hacer la ultramaratón de las 48 hs de Buenos Aires como entrenamiento y para reforzar el tema de inscripción a la Espartatlón 2014. Pero sinceramente no me decidí. En realidad mi objetivo, que no es competitivo, es volver a correr fondos largos con más frecuencia, aprovechando que tengo la Reserva Ecológica tan cerca… ¡y desde que me mudé nunca fui! También es cierto que estoy de carrera en carrera y tengo que tomarme las cosas con más calma…

Todo esto, más gimnasio y jugos hechos con mi juguera. Esos son mis próximos objetivos para lo que resta de 2013.

Semana 47: Día 329: El hombre-jugo

Como suelen hacer casi todos los hijos que volaron del nido, fui un día a visitar a mis padres. Desde que me hice vegano nuestros almuerzos y cenas no han dejado de ser comida china (cow fan sin huevo o chop suey de verduras), pero eso no ha impedido que nos juntemos de vez en cuando. No es todo lo que me gustaría, visto y considerando que me mudé a 15 cuadras de su departamento… pero seguimos en contacto. Debo admitir que si hubiese decidido volverme un buzo táctico para vivir, ellos me hubiesen comprado un submarino.

Este almuerzo puntual se destacó por lo siguiente. Seguramente estábamos hablando de alimentación cuando me preguntaron si quería una juguera. Hasta ese punto, para mí esto era un sinónimo de licuadora. Pero resultó que no, que había un aparato que hacía jugos, quitándole toda el agua a las frutas… ¡y verduras! Como mi departamento tiene lo básico y pensé que me iban a dar algo práctico, dije que sí. Entonces mi papá se apareció con un armatoste del tamaño de mi horno eléctrico, y pensé “¿En qué me acabo de meter?”. Para complementar, me prestaron el libro “El hombre zumo”, que es como le llaman los españoles al hombre jugo, alias Juiceman.

La historia tiene como protagonista a Jay Kordich, una especie de precursor de los informerciales, quien a la fecha tiene 89 años y sigue gozando de buena salud. Era un deportista en su adolescencia, pero un diagnóstico temprano de cáncer vejiga dejó trunca su carrera. Decidido a salir adelante, empezó a investigar tratamientos alternativos para curar algo que parecía incurable, y terminó yendo desde California hasta Nueva York (de una punta a la otra de los Estados Unidos), para conocer a Max Gerson, quien estaba tratando a pacientes terminales con jugos de frutas y vegetales frescos, así como con dietas purificadoras. Kordich empezó tomando 13 vasos de 250 cc de jugo de manzana y zanahorias… y aunque no hay pruebas científicas de que haya estado enfermo y se haya curado, la palabra “cáncer” nunca volvió a formar parte de su vida.

Decidido a convertirse en un profeta de los jugos, empezó a recorrer todo el país representando marcas de jugueras en ferias, hasta que empezó a hacerse conocido, diseñó su propia máquina (la Juiceman) y se catapultó al estrellato mediático en los 80s cuando llegó a la televisión. Su pico máximo fue en el verano de 1992, cuando surgió un demencial furor por los jugos.

El libro, como podrán suponer, me atrapó, aunque es bastante corto porque el 75% son recetas de bebidas naturales, tanto de frutas como hortalizas. Aprendí que la manzana es la única que se combina con las verduras, y a la inversa pasa lo mismo con la zanahoria. Como es de suponerse, la banana solo tiene lugar en la licuadora, y lo más interesante de lo que leí (que me pareció muy verosímil) fue la explicación de Kordich de por qué una dieta basada en jugos es tan sana. Según su propia experiencia, la juguera extrae de las frutas y verduras toda el agua, y con ella la gran mayoría de los nutrientes. No puede obtenerse la fibra, pero al estar en forma líquida el cuerpo la absorbe en forma mucho más eficiente. Es casi como consumirlo pre-digerido.

Tuve la juguera ocupando lugar en la mesada, hasta que ayer decidí hacerme un jugo. Tomé una manzana verde (bastante grande) que corté en cuatro gajos y aproveché una mandarina que estaba huérfana. La máquina tiene un motor poderoso, similar al que usaban para hacer desaparecer a Steve Buscemi en Fargo. Me sorprendió que con eso alcanzara para llenar todo un vaso. Lo que sobró, que sale por el extremo opuesto de la juguera y se acumula en un recipiente, es como un puré con una consistencia muy pastosa, que Kordich sugiere usar para abonar la tierra.

Cuando el pico de la máquina dejó de gotear, quedó en el vaso un líquido espumoso de color verde con vetas naranjas. Lo probé… y fue la cosa más exquisita que bajó por mi garganta. No es la primera vez que tomo un jugo, de hecho usualmente me pido licuados en restaurantes, ya que el menú vegano de los comercios no especializados es muy limitado… y aunque tienen sabor, jamás se sintió como lo que hice ayer. Era muy dulce (no le puse nada más que esas dos frutas) y muy saciador. El problema, claro, es que me tomó 30 segundos hacer ese jugo y un buen rato limpiar la juguera… pero valió la pena.

Hoy, cansado por un día de trabajo exhaustivo, me recompensé con un vaso igual (no me animé a innovar). Temía que me haya tocado justo una manzana verde muy jugosa, o la mandarina ideal (Kordich dice que hay que intentar dejarle todo lo que podamos de la parte blanca), pero me salió exactamente igual… espumoso y exquisito.

Obviamente lo que yo leí en la historia de Kordich, que él no menciona directamente en ningún momento, es que se hizo vegano, y obtiene todos sus nutrientes de alimentos crudos y enteros. Asegura que tiene una excelente salud y que rara vez se enferma. Muchas vitaminas duran muy poco tiempo en las frutas una vez que se sacan del árbol y se cortan, y ni que hablar de los jugos de supermercado, donde los nutrientes son agregados químicos.

Usar la juguera tiene el inconveniente de que produce desperdicio y hay que limpiarla… pero estoy empezando a darme cuenta de que nuestro problema suele ser que queremos comidas y bebidas al instante, de la forma más cómoda posible. Si lo que buscamos, además de matar el hambre, es tener la mejor salud posible, no podemos buscar que la solución esté en una góndola de supermercado o una pastilla. No sé si la juguera se la tengo que devolver a mis padres (temo preguntarles), pero de todas las cosas que me han dado a lo largo de la vida, en este post rescato estas dos: la maravillosa alternativa de los jugos naturales, y que nada bueno en la vida se obtiene sin sacrificio. Así que… a cocinar y limpiar.

Semana 4paren las rotativas, ¿BEN AFFLECK ES BATMAN?

Ben Affleck, actualmente de 41 años, fue elegido por Warner para interpretar al encapotado en la inminente película Superman/Batman, donde los dos superhéroes se enfrentarán por primera vez en la pantalla grande.

Lo primero que pensé fue “es hora de que este muchacho se ponga a hacer fierros”.

Usted, querido lector, quizá sepa de mi afición por los superhéroes y el cine, pero crea que esto tiene muy poco que ver con Semana 52. Siga leyendo y se sorprenderá…

Batman, de 1989, fue la película que despertó mi pasión por las historietas. Aquella cinta estaba protagonizada por Michael Keaton como el caballero de la noche, que despertó las mismas críticas que la designación de Affleck para el mismo rol (después de todo, venía de hacer… Beatlejuice). Pero Keaton estuvo bastante bien en el papel y hasta que George Clooney se encargó de asesinar a la franquicia, fue el mejor encapotado del cine (en 2005, Christian Bale se encargó de resucitar a Batman y darle la gloria que verdaderamente merecía).

Bale venía de filmar El Maquinista, para el cual había perdido muchísimo peso, y lo que más le costó fue recuperar todo el músculo que requería un superhéroe. Siempre me sorprendió eso, cómo un actor podía dedicarse a su físico y en unos meses cambiar su fisionomía. Claro que les pagaban para eso… ¿podía pasarme a mí? Ese fue el puntapié del blog, a eso me dediqué las primeras cincuenta y dos semanas, y si no conseguí el físico de Bale, Maguire o Jackman fue porque a) no vivo de actuar (ni de mi físico), b) me negué a consumir drogas o químicos para aumentar la masa muscular, y c) soy fondista, e inevitablemente quemo músculo. Ah, y d) me puse de novio y se me pasó eso de querer tener más lomo.

La última vez que lo vi a Ben Affleck fue en Argo, cinta que ganó el Oscar a Mejor Película (y que, extrañamente, ni siquiera recibió una nominación para él como Mejor Director). No podemos decir que Affleck “actuó” bien, porque su personaje era bastante parco y solo hablaba para decir lo necesario. Batman tampoco debería pasársela hablando (mucho menos con esa voz rasposa que le puso Bale), pero se trata de un tipo que decidió perfeccionar su físico y su mente desde los 8 años (un poco más, para la trilogía de Nolan). Affleck, con sus 41 años, tendría que ponerse a entrenar YA mismo para ganar la musculatura que requiere el hombre murciélago, un ser humano sin poderes pero que está en el pico de desarrollo para un ser humano. ¿Estará, mientras divagamos sobre esto, levantando peso en el gimnasio? ¿Recurrirá a la creatina para aumentar su masa muscular, o tomará una via más sana? ¿Entrenará ALGO o se apoyará en una musculatura falsa como el Batman de Michael Keaton?

¿Estos temas parecen poco importantes? ¡Lo son! Pero gracias a Batman me metí en los cómics, que hoy me dan de comer y pagan todas mis carreras, y gracias a esos ejemplos de determinación que suele darse en los actores que protagonizan a superhéroes es que me animé a armar este proyecto/blog. Así que son poco importantes… ¡excepto para mí!

No creo que Ben Affleck haga un buen Batman. Creo que Warner está desesperada por obtener prensa porque tiene poca fe en la próxima película. Pero tampoco creía que Heath Ledger pudiese hacer un buen Joker, y en aquel entonces tuve que admitir lo equivocado que estaba…

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