Semana 41: Día 283: Los 42 km de la Maratón de Río de Janeiro

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Quizá no sea tan obvio, así que voy a aclarar esto: he corrido pocas maratones. Día veces la de la Ciudad de Buenos Aires y una vez la de Rosario. La de Atenas la hice por mi cuenta, así que no podría contarla.
He realizado entrenamientos de 45 km, y alguna vez he superado esa marca en calle. Tengo algo de experiencia, pero eso no quiere decir que no me ponga nervioso y no siga aprendiendo.
No tenía intenciones de correr la Maratón de Río de Janeiro. Iba a hacer la de Rosario y chau. Pero me separé y viajar a Brasil con mis amigos de Puma Runners cobró otro sentido. Como que me merecía un viaje así. Le regalé mi inscripción y mi pasaje a Rosario a una amiga y me sumé al desafío Carioca.
Es Brasil intenté hacer mi infalible sistema pre maratón. Muchos hidratos, poca fibra, hidratación a full. Pero las excursiones y paseos me complicaron el plan. Quizá participar de la carrera era una excusa para desconectarme de la rutina y reconectarme con mis compañeros de grupo. Igual, tenía muchas ganas de correr (y nada de ganas de sufrir).
La noche previa a la carrera dormimos 4 horas. Me levanté con los ojos pegados, cansado, pero feliz (en el fondo). Había preparado mis cosas antes de irme a dormir, así que solo me restaba vestirme, desayunar y salir.
Éramos 5: Germán (nuestro entrenador), Gloria (debutante en los 42k), Dora (hermana de Gloria y fotógrafa oficial), Leandro y yo. Sobornamos a un taxista para que nos lleve a todos y nos bajamos en Aterro do Flamengo, donde una serie de colectivos nos llevaban a la largada.
A diferencia de Buenos Aires o Rosario, el recorrido de Río no es circular, sino que iba casi en su totalidad por la costa, desde Praça do Pontal, en Recreio dos Bandeirantes hasta Aterro do Flamengo, atravesando muchos distritos como Barra da Tijuca, Leblon, Ipanema y Copacabana.
Nuestro micro salió 5:30 de la mañana y llegó una hora después, haciendo el recorrido inverso que nosotros íbamos a correr. Nos sacamos algunas fotos en la playa, me puse vaselina en mis partes pudendas y me comí un pan que tenía preparado.
Largamos puntual, a las 7:30, pasados quizás uno o dos minutos. Arranqué el GPS que me prestaron cuando pasé bajo el arco y empecé a correr.
Al principio dimos una vuelta de 3 km por un barrio residencial y volvimos a cruzar la llegada. Mi mejor pronóstico era terminar la maratón en 3 horas y 45 minutos. El poco sueño y el cansancio acumulado me daban bastante inseguridad de lograrlo. Pero estaba entusiasmado. Correr ene tanta gente estimula, así que empecé a pasar corredores y me coloqué en una velocidad cómoda de 4:42 el kilómetro. Si la podía mantener, tenía la carrera en el bolsillo… pero sabía que no iba a ser tan fácil.
La primera complicación fue el cinturón hidratador que me compré, que se subía todo el tiempo. Decidí sacarle la botella y llevarla en la mano. Después estaba en la duda de si ponerme o no la gorra. Hacía calor y no me la puse al principio, porque prefería ir fresco; pero el sol pegaba fuerte, así que terminé usándola.
Me sorprendía la energía que tenía, aunque no quería cantar victoria hasta no pasar el kilómetro 30. Brasil tiene un paisaje maravilloso para tener de fondo mientras uno hace deporte. Es un espectáculo en sí mismo. Corría mirando la playa, el mar, los cerros. Cuando escuchaba un acento argentino saludaba. Cada kilómetro estaba marcado, y había varios puestos de agua alternados cada tanto por Gatorade. Me llamó mucho la atención el sistema que usaban. El agua venía en vasitos de plástico con tapa como de yogur. La primera la abrí normalmente, a partir de la segunda las agujereaba con el dedo y tomaba por el hueco. El Gatorade venía en un sachet que había que abrir con los dientes.
Mantuve en ritmo estable toda la primera mitad de la carrera. En el km 21 había un batallón de baños químicos (¡y sin cola!), pero cono no tenía ganas de ir, lo dejé para más adelante.
Siempre mido las carreras por tramos, y pienso “ya pasé el primer cuarto… ya pasé la mitad…”, así que me entusiasmó estar en el kilómetro 21. Ahí nos alejamos un poco de la costa y subimos por una autopista.
La carrera seguía su curso, el calor era importante, pero me echaba agua en cada puesto, y tomaba siempre que podía… El tema es que siempre sentía sed. La boca pastosa, gusto raro… No puedo decir, de todos modos, que sucesor la hidratación.
En Leblon corrimos por una calle que bordeaba un acantilado, y hubiese disfrutado del paisaje si no me hubiese sentido a punto de morir. Habíamos pasado el kilómetro 30, unas marca importantísima en una maratón. Pero me dolía muchísimo la panza, y sentía que si no encontraba un baño literalmente iba a explotar. Pero… no había nada. En los puestos no entendían mis preguntas, o se encogían se hombros si preguntaba por un toilette. Hubo uno de la organización que se mató se risa y me dijo algo quite no entendí. Supuse que me ofrecía hacer donde quisiera y me lavara con mi agua. Hice que me reía y seguí.
El dolor era tan fuerte que dos veces tuve que parar. Era instantáneo: cuando me detenía, la molestia desaparecía. Hacía unos metros y sentía que me iba a desgraciar en cualquier instante. Quise meterme en unos arbustos y que sea lo que Dios quiera, pero si hacía eso me caía al precipicio. Hice lo mejor que se me ocurrió: apreté los dientes y seguí corriendo. Mágicamente, toda esa sensación espantosa desapareció.
Los últimos 10 km, bordeando las populosas playas de Ipanema y Copacabana, fueron eternos. Las piernas estaban a punto del calambre, y los dedos del pie izquierdo de me cerraban como una garra. No quise aflojar. El ritmo promedio había aumentado,y se había puesto en 4:56. Un poco más lento y me despedía de las 3 horas y media. Apreté y recé para resistir. No hablo mucho con Dios, excepto para pedirle favores. Lo sé.
Quería hacer buen tiempo, pero bajé mis expectativas a simplemente llegar. Faltando 5 km pensé “es una vuelta al hipódromo”. Uno suele medir con parámetros cercanos, y eso hacia parecer a esa distancia como menos inmensa.
Corrí con todas mis ganas, intentando racionar mi fuerza. Los calambres se asomaban y trataba de pisar lo mejor posible. Los dedos se agarrotaban, yo gritaba de dolor, y seguía. Mientras sufría, los relojes de la calle marcaban una temperatura de 30°.
Fui acortando kilómetros, hasta ver el 40. Ahí abrí la zancada, y me alimenté de los aplausos y el aliento de la gente. A más cerca de la meta, más público alentando.
Los retorcijones, los calambres y las inseguridades ya no estaban. Era solo cuestión de gastar todas las reservas en llegar. Los últimos metros metí un sprint furioso y crucé la meta con un grito demencial de “¡¡¡ESPARTAAAAAAAA!!!”. Paré el reloj en 3 horas 28 minutos.
Nada se compara a cruzar la línea llegada. Todo el sufrimiento y el dolor cobran sentido. De hecho, se olvidan. Me sentí tan feliz y tan emocionado, que cuando un corredor le propuso casamiento a su novia segundos después de cruzar la meta, se me llenaron los ojos de lágrimas.
No corrí esta maratón en mi mejor condición. Esa molestia estomacal la atribuyo a no haber seguido al por de la letra mi dieta maratonista y a no tener fortalecidas las abdominales. ¿Quién sabe cómo me hubiese ido de hacer descansado correctamente? Difícil saberlo, pero de la inmensa alegría de haber conquistado este triunfo inmenso, empiezo a pensar en todo lo que puedo aprender para mi próxima maratón…

Publicado el 8 julio, 2013 en Carrera y etiquetado en , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 5 comentarios.

  1. Felicitaciones campeón! Por tu carrera y por tu relato. Abrazo Juanca.

  2. oootraaaa adentroooooo. muy buen tiempo. para evitar molestias instestinales, yo me clavo dos pastillas de carbón antes de la carrera para evitar potenciales molestias intestinales.

  3. Groso el relato. Un tiempo EXCELENTE!. Ya me contarás por qué por ejemplo la diferencia entre la de Mizuno y ésta en los tiempos. Siguiendo el tiempo de la de 21km deberías haber terminado los 42 en unas 4h y no bajo 3.30hs. Sabemos que esos 30min son un importante cambio en la velocidad. O hablo pavadas, o en la de Mizuno corriste bajo otras metas.

    • La diferencia radica que en la Mizuno acompañé a un amigo y fui a su ritmo. En algunos tramos me costó un poco porque quería salir disparado, pero la idea era tomármelo con calma y correr por correr, no por vencer al reloj.

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