Archivos Mensuales: mayo 2013

Semana 35: Día 245: Buscando mi lugar

Ayer tuve mi última sesión de terapia por un tiempo. No volví a terapia porque quería, sino por insistencia de la psicóloga de nuestra terapia de pareja. Creía que había cosas que resolver a nivel personal. Yo siempre repetí como un loro que para estar bien en pareja primero había que estar bien uno mismo, y como la analista era persistente, le hice caso.

Así volví a hacer análisis con Ana, mi psicóloga durante una década. Yo me di el alta a mediados de julio de 2010, cuando estaba empezando Semana 52. Me sentía tan confiado en lo que estaba por hacer y en los cambios que se venían, que sentí que ese era el momento. Dos años después volví, y me pareció que lo más prudente era volver con ella para no tener que empezar de cero a contar toda mi vida. Quería ganar tiempo, y no estaba del todo convencido de que esta nueva terapia me iba a servir de mucho. Pero nunca está de más pensar y autoanalizarse, y con el correr de las semanas me di cuenta que tenía muchas cosas por desmenuzar de mi personalidad que no estaba viendo.

Quizá mi sesión más significativa en toda mi vida fue la de ayer. Llegué y le dije a Ana que iba a empezar de atrás para adelante. Primero que no iba a seguir yendo, porque iba a querer cuidar mi dinero. ¿Por qué? Porque me había mudado y estaba buscando departamento. Entrar en un contrato nuevo, con comisiones, depósitos, gastos, etc., me significa desembolsar muchísimo dinero. Además, siendo que ahora estoy solo, no puedo depender de nadie más que de mí mismo. Bueno, como poder, podría, pero no es mi intención.

Así fui yendo hacia atrás, y pasé por la última pelea y la separación con Vicky. Cómo terminé pasando lo mismo que pasé en mis relaciones anteriores. Y  como siempre, yo había empezado ilusionado con que todo iba a ser diferente. Pero claro que fue diferente, el gran problema era que yo era el mismo. No cambié yo, por eso las cosas terminaron iguales. ¿Entonces el cambio tiene que nacer de mí? Sí, no puedo echarle la culpa a la mala suerte.

En las constantes de mis relaciones encontré que mi gran problema es que todo pasa a ser muy teatral, y que yo estoy intentando sostener un personaje: el novio perfecto, atento, el que da consejos, el que se desvive por el otro, el que resigna lo suyo por la pareja… ¿Cuántas veces propuse casamiento? Montones. ¿Cuántas veces me mudé o planifiqué una vida bajo el mismo techo? Siempre. Y nunca se daba o todo se terminaba desmoronando. Sentí cada cosa que dije, fue auténtico… pero siempre era parte del personaje que estaba interpretando: no era mi voz, sino que yo decía lo que creía que el otro necesitaba escuchar de mí.

Es todo una confusión, porque va a parecer que nunca me quise casar. No lo veo así, pero muchas veces, sobre todo en cuestiones de la vida cotidiana, hice cosas de las que me arrepentía al instante. Me dejaba llevar, me metía en el personaje, y me lo terminaba creyendo. Ojo, esto no se refiere puntualmente a mi última relación, sino a todas. ¿Cómo puede ser que estuviese constantemente haciendo cosas que no quería? Como un actor en un teatro, yo buscaba la aclamación del público. No puedo decir que alguna vez la haya encontrado, pero a pesar de que algo no funcionaba, seguía haciéndolo.

Quiero creer que la próxima vez, ahora que me conozco un poco más, sí va a ser diferente. No porque yo necesite cambiar, sino porque necesito ser yo mismo, y no lo que los demás esperan que sea. Pero para empezar, primero necesito encontrar mi lugar. Y ahora estoy viviendo de prestado, con mis cosas guardadas en una baulera. Estoy buscando departamento, y me estoy concentrando en zonas cercanas al tren Mitre, que va a Tigre. ¿Por qué ese capricho? Porque quiero que me quede cómodo para ir a entrenar con los Puma Runners, en Acassuso. Correr es lo que hoy me hace feliz, y es el camino a través del cual quiero pasar este duelo. Y no querría instalarme en un lugar que me dificulte ir a mi grupo. Casualmente todos los barrios atravesados por esta línea de ferrocarril tiene alquileres más caros, y lo que sea a dueño directo (que no paga comisiones inmobiliarias) es poco o inalcanzable.

Hoy mi vida es una gran incógnita. Espero resolverla pronto. Todavía no encontré mi lugar en la vida, pero tampoco hay que creer que me estoy refiriendo a un espacio físico…

Semana 35: Día 244: Adiós Colegiales

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Estos dos últimos días fueron de muchos cambios, pero no de esos que terminan y te dejan asentado, sino de los que recién empiezan y no sabés a dónde te van a llevar.

El lunes por la noche, después de un período de enfriamiento, decidimos separarnos con Vicky. Esto era algo que, visto a la distancia, se veía venir. Pero puertas adentro. Hacia afuera, muchos se sorprendieron, y aunque yo buscaba departamento y trataba de averiguar dónde dejar todas mis cosas, algunos decían “¿Es definitivo? ¡Seguro se van a arreglar!”. Hace casi dos años, al princpio de nuestra relación y al poco tiempo de que volví de hacer el Camino del Inca, nos habíamos separado, y cuando hice un post alusivo, Vicky se enojó mucho. Esta vez tuve la deferencia de dejar pasar un par de días, preocuparme por establecerme en algún lado, pero no podía dejar de hacerlo. Me guardo los motivos porque sí son personales, pero yo sé que es definitivo.

Las mudanzas son traumáticas, y en mi caso todavía no se terminó. Empecé guardando mis cosas el martes adentro de cajas. Hice un recorrido estratégico: empecé por la habitación, territorio de Vicky, seguí por la zona neutral del baño, pasillo, living, cocina, y terminé en mi estudio. Así pude evitar roces y tener que cruzarnos en situaciones incómodas. A veces no es tan sencillo definir qué es tuyo y qué del otro, siempre hay cosas que son de uso común. Mi criterio fue llevarme las cosas que realmente usaba, como mi shampoo, sin importar quién lo compró. Pero no creo haber sido del todo justo. Me quise llevar libros, por ejemplo “Nacidos para correr”, que lo compramos en España. Ella consideró que le pertenecía y se lo devolví. Acto seguido, en lugar de repartir los individuales mitad para cada uno, me los llevé todos porque los había pagado yo.

Las separaciones y peleas sacan lo peor de cada uno. Probablemente yo no haya sido la excepción. Pero intento no ser duro conmigo mismo, porque embalé y guardé mis cosas sin tener un lugar a dónde ir. De hecho, todavía no lo tengo. Mucha gente me ofreció su casa para dormir y poder trabajar, pero nadie podía ofrecerme lo que realmente necesitaba: un lugar donde llevar mis 15 cajas, muebles, ropa, etc., porque el espacio necesario era mucho. Mientras descartaba avisos en internet, el tiempo pasaba y sentía la presión de irme. Lo resolví el martes a la medianoche (porque las separaciones me pegan así, trasnochador), con lo único que se me ocurrió: contratar una baulera donde llevar toda mi vida material, así me armaba una mochila de ropa y llevaba la compu a la casa de mi hermano Lucas, donde ahora estoy parando.

Ayer contraté un flete, en el mismo día (me considero afortunado), y en poquito más de dos horas teníamos todo guardado en una jaula, que tiene un candado del cual solo yo tengo la llave. Quise sacarle una foto para recordar qué objetos me definían, pero salió oscura y confusa (¿como mi presente?). Me sorprendió la cantidad de libros y revistas que tengo. Debían ser 10 cajas, pero grandes, como de 30 cm de alto. De esas que te pulverizan la espalda cuando las querés levantar. Mientras veía mis cosas ahí, en esa jaula, me acordaba de esos programas del cable como “¿Quién da má$?”, donde abren bauleras sin dueño (seguramente porque se atrasaron en el alquiler), las subastan, abren para ver qué compraron, y después las venden, intentando generar ganancia. Pensaba en mis cómics, en mis muñecos de He-Man originales, y sentía que dejaba una enorme fortuna ahí. Pero en el depósito me aseguraron que esas crueldades solo ocurren en Estados Unidos.

Me gustaría decir que ahora estoy mejor, pero la verdad es que tengo un quilombo impresionante. Me saqué la presión de dónde llevar mis cosas, pero por ejemplo no me aparté ropa para salir, solo para correr. Y ayer, en mi primera noche de no vivir más en el departamento de Colegiales, salí a cenar… así que de camino, con mi remera corrida y desgastada de la Adventure Race Tandil y mis pantalones de joggin, tuve que comprarme algo medianamente elegante. Porque tampoco quiero ir a dar pena por ahí.

Eso, odio dar pena. Odio eso de tener que blanquear que me separé y que la gente se preocupe por mí. Pero también agradezco mucho haberme sentido contenido y que tantos me ofrezcan ayuda. Es una incógnita dónde voy a vivir, me gustaría que sea en algún lugar donde me quede cómodo ir a entrenar a Acassuso. Ni siquiera descarto mudarme a zona norte. Pero en los dos días de búsqueda, solo vi un departamento, en Palermo, enorme y muy barato. Esa combinación equivale a un lugar que se cae a pedazos. Así que esto recién empieza…

Semana 35: Día 241: La llegada de las Fiestas Mayas 2013

En esta carrera multitudinaria que se corrió ayer, me preocupaba la foto de la llegada. Porque somos tantos, que era muy probable que nos tapemos entre todos. En la San Silvestre, por ejemplo, no se ve mi llegada porque una cámara en una grúa tapa mi momento triunfal.

Por suerte, en las Fiestas Mayas, una cámara elevada (y sin grúas al frente), captó el instante en que cruzamos la meta con Nico. Fue un momento muy emocionante, porque le venía gritando que podía, y juntos cruzamos en un maravilloso sprint. Después podríamos haberle puesto la música de “Carrozas de Fuego” mientras nos fundíamos en un afectuoso abrazo. Los corredores sabrán entender la emoción que se siente estando ahí, en la meta.

Nos encuentran a la izquierda de la pantalla.

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Semana 35: Día 240: Los 10 km de las Fiestas Mayas

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Entre todos los errores que tengo, el que arrastro desde hace más tiempo y el que más detesto es el de la subestimación. No me refiero a ser subestimado, sino cuando yo lo hago. Hubo una época en que no hacía deporte, mi dieta se basaba en pan con mayoliva, y me deleitaba casi todos los días con palitos salados. Y en esos tiempos empecé a correr por mi cuenta, y me costaba un montón. Hacía tres o cuatro kilómetros y estaba muy satisfecho y orgulloso de mí mismo. La primera vez que alcancé los 10 kilómetros por mi cuenta, me quedaron los pies destrozados. Estaba feliz, pero sentí que había encontrado mi límite, y que me era imposible hacer más.

Y después me olvidé de todo esto. Empecé a sumar distancias, a fortalecer las piernas, a bajar de peso y a ganar experiencia. Con eso vino la subestimación, y no corría carreras de 10K. Es más, me burlaba de ellas, pensaba qué tontería era organizar una competencia tan corta, solo para sacarle plata a los atletas que recién empiezan… ¿por qué no hacen una de 42 y se dejan de embromar? Sí, esas cosas pensaba, lo cual me hace un tipo bastante odioso. Pero al menos no las decía en voz alta.

Solo participaba de carreras “cortas” (lo pongo entre comillas) si obtenía la inscripción gratis por algún auspicio, o si quería acompañar a alguien, y casi siempre probaba velocidad. Por supuesto que no las disfrutaba, me la pasaba todo el tiempo presionándome al máximo, al punto en que tenía los cuádriceps en llamas y los pulmones a punto de explotar. Así me perdía el paisaje y todo lo que una carrera tiene, además de correr.

Admito todo esto porque hoy participé de las Fiestas Mayas, y lo hice con Nico, un amigo que está haciéndose de abajo en el mundo del running. Él solo se ha ido preparando, y hoy corría su primera carrera de 10 kilómetros. Y me acordé de lo difícil que fue para mí llegar a esa distancia, y como él me hace en parte responsable por su motivación por correr, decidí acompañarlo, aunque sea unos kilómetros. Por suerte no me tuve que colar: ayer fui al Club de Corredores, y todavía quedaban cupos. Así que pude hacer las cosas por derecha, como corresponde.

De cabezón que soy, decidí ir hasta la largada corriendo. Desde casa, por Pampa derecho, terminaron siendo 4 kilómetros. Me sirvió para entrar en calor; la mañana estaba fresca, y llegué acalorado, con todo el abrigo en las manos. En el camino, como me pasa en todos los trotes matinales, paré detrás de un árbol para realizar una “parada técnica”. Dejé mis cosas en el guardarropas (me dieron el número 365, que después del 52 es uno de los que más me gustan) y fui a encontrarme con Nico. En la plaza que está frente al Club de Corredores, antes de que él llegara, hice mi segunda parada técnica. La mañana es así para mí.

Por supuesto que la carrera empezó puntual. No sé cuántos éramos, quise contarlos a todos pero no me dieron los dedos de las manos. Mi cálculo era que estábamos por encima de los 5 mil, quizá 10 mil. Quisimos avanzar para salir lo más cerca posible del arco, y fuimos a los codazos, patadas y mordiscones hasta que la masa de gente se volvió impenetrable e indivisible. El contador llegó a cero y largamos. Primero caminando, después dando trotecitos muy cortos, y cuando la gente se empezó a abrir, pudimos correr normalmente.

Mientras hacíamos nuestros primeros metros, le sacaba charla a Nico. Cuántas carreras había hecho, cómo se venía sintiendo. Quería ir a su ritmo, pero nunca me doy cuenta si yo sigo al otro o si el otro me sigue a mí. La cantidad de gente era infernal. Pasamos a Emilse, la “mujer araña” (un personaje presente en la gran mayoría de las competencias de la Ciudad), y enfilamos derecho por Figueroa Alcorta. Una cosa que me sorprendió, que por los comentarios de otros corredores era novedad, fue que pusieron pacers, o sea gente que marca el ritmo y se rodea de un pelotón que quiere mantener una velocidad constante. Nos pasó el de 5 minutos el kilómetro, e intentamos seguirlo, pero como le estaba dando mucha charla a Nico, sentía que no llegaba, y la idea no era esforzarlo por demás. Así que nos acomodamos en unos 5:20 y fuimos manteniendo.

Cuando cruzamos Dorrego, ya veíamos a los punteros que estaban volviendo. “No te preocupes, son de otro planeta”, le dije. Correr por esas calles, totalmente vedadas para los seres humanos en condiciones normales, es muy gratificante para mí. Seguimos hasta el planetario y dimos un incómodo giro de 180 grados para retomar. Como auspiciaba Jumbo, doblamos frente al Hipódromo de Palermo y nos acercamos a media cuadra del hipermercado. Después volvimos por Dorrego para retomar Figueroa Alcorta. Nico le ponía mucha garra, pero sin volverse loco, y manteniéndose en una velocidad cómoda. Entramos a los lagos de Palermo e hicimos la tercera parada técnica para mí. Afortunadamente fue la última (de la mañana).

Salimos a Figueroa Alcorta, y de ahí era derecho hasta llegar a la meta. Al principio no dije nada, pero solo veía cómo la velocidad que marcaba mi reloj iba en aumento. Cuando sabés que te falta poco, sin querer empezás a apretar. Estaba faltando un kilómetro y veníamos muy cerca de los 5 el kilómetro. Yo le iba cantando “vamos que faltan 600 metros…”, “vamos que faltan 400…”. “No puedo, voy a recuperar”, me dijo. “¡Recuperás en la meta!”, le grité. Ya teníamos el arco de llegada a la vista y le dije “Ahora levantá más los talones del piso”. Vi que respondía y le dije “Abrí la zancada”. Y pegamos un sprint espectacular hasta cruzar la línea de llegada. Llegamos por debajo de los 55 minutos, manteniendo la velocidad de Nico en las carreras anteriores que hizo (que eran de 8 kilómetros o menos).

Fue una alegría muy grande compartir esa carrera. Entregamos el chip, nos agarramos un Gatorade y una banana, y salimos. Me sorprendió que no dieran medalla, y aunque tuve un principio de ofendimiento, después me enteré que las Fiestas Mayas nunca entregan medallas de finisher, sino que la consigna es darle a los corredores chocolate caliente con churros. Siempre se hizo el 25 de mayo, pero como ayer hubo un multitudinario acto político, me imagino que no quisieron que se solaparan.

Como vengo de un período de abstinencia de running, me pareció una buena idea volver a casa corriendo a un ritmo suave, como para regenerar. Elongamos, nos despedimos, y cuando recuperé mis cosas del guardarropas, fui trotando tranquilo para volver por La Pampa. Esta carrera no fue cara, y la verdad es que le encontré un sentido a correr por las calles de Buenos Aires, aunque no sea un “desafío” a nivel físico. Las carreras no tienen por qué servir solo para romper marcas. También pueden servir para compartir la experiencia con amigos y disfrutar de otra perspectiva de la Ciudad.

Les dejo algunas fotos que fui sacando en el recorrido. Son muy malas porque la suma de celular más trote más carrera da igual a imágenes movidas y mal iluminadas, pero sirve para darse una idea del recorrido, y la cantidad de gente que vino a hacer sus 10K de nuevo… o por primera vez.

Semana 35: Día 239: Siguiendo un impulso

Hoy fue un día largo. Visité a mi amigo Javi en el hospital (tiene un apéndice menos), merendé con el resto de los chicos cuando las enfermeras nos echaron y al final cené con mi hermano Santi y su familia, que incluye una nueva sobrina.

Pero el día empezó entrenando en Acassuso, capeando el frío que yo sabía iba a aflojar. Al final hacía un sol hermoso, y metí unos dignos 21 km. Tengo a mi amigo Nicolás que mañana, domingo, va a correr las Fiestas Mayas. Y se me ocurrió acompañarlo en sus primeros 10k. Pero después del entrenamiento me empecé a preguntar “¿Por qué tengo que colarme?”. Gracias al teléfono que me permite navegar en internet, busqué el teléfono del Club de Corredores, confirmé que todavía quedaban cupos y me fui para allá, en un tren atestado de ruidosos hinchas de River.

Y así, decidido a último momento, terminé inscribiéndome, con remera y todo. No voy a tener que cometer el bochornoso acto de buscar en qué lugar meterme y también me va a permitir cruzar la meta.

Mañana, la crónica.

Semana 34: Día 238: Contagiando endorfinas

Si tuviese que enumerar todos los errores que cometí en mi vida, se les secarían los ojos antes de poder terminar de leer. Soy demasiado perfeccionista, pero también soy un inconformista (lo cual no es lo mismo). Me meto constantemente en esa trampa de esforzarme sin llegar nunca a los resultados deseados. Además muchas veces actúo inconscientemente, sin medir las consecuencias, y he herido a mucha gente. Soy impulsivo, lo que puede convertirse en ser temperamental. Tampoco sé decir que no, y eso me ha metido en montones de problemas. A veces la gente me cuenta cosas y por dentro tengo un reloj interno que me dice “Te cierra el correo y si no salís en los próximos 5 minutos, no llegás”, pero por respeto o pudor no me animo a decir nada.

Esto podría ser la punta del iceberg, tengo montones de cosas que me mortifican, que prometo cambiar, y que siguen ahí, satelitando mi cabeza. Pero (afortunadamente hay un pero), tengo una cosa de la que sentirme orgulloso, que es correr y escribir. Esta actividad, que se convirtió en una sola, la pueden ver día a día en el blog. En este año me tomé la libertad de no desesperarme si no actualizaba, cosa que antes realmente me angustiaba. Como Semana 52 se convirtió en algo absolutamente cotidiano para mí, elegí que no se vuelva un lastre. Y aunque la gran mayoría de las veces no logro el nivel que deseo (por eso de ser un perfeccionista-inconformista), reconozco que esto que hago le sirve a mucha gente, quizá más que a mí.

Aunque me la doy de humilde (quizá lo sea), me encuentro con que alguna vez pude ser una buena influencia para alguien. Hoy me escribía en el Facebook Nicolás, un amigo con quien en realidad solo me unía un vínculo laboral. Nunca supe que un día iba a seguir el blog y que lo iba a incentivar a empezar a correr, al punto de que hoy hace, por su cuenta, 8 km de toque, y el fin de semana se le va a animar a los 10 km de las Fiestas Mayas. Me causó gracia su comentario de que no quería seguir explayándose con lo que lo había ayudado Semana 52 porque seguramente me lo decían todo el tiempo. Y si bien me lo habrán mencionado unas 10 veces en estos 2 años y medio, me encantaría saber de cada una de las personas a las que les contagié el germen del running y la vida sana.

Nunca, jamás, me imaginé que podía inspirar a alguien. Pero en serio, jamás de los jamases. Por eso del perfeccionismo-inconformismo, nunca me sentí apto para nada. Solo me gustaba escribir, pero también me resultaba un poco tortuoso, así que intentaba contener las ansias de la redacción o reservármelo para mí mismo. Un día empecé a correr, mezcla del hermoso ejemplo que me dio mi papá, la admiración que sentía por mi hermano Matías, la necesidad de rehabilitar mi tobillo fracturado, y… ganas. Un día me di cuenta que corría seguido, y aprendí solo que sostener un entrenamiento en el tiempo (aunque fuese por cuenta propia) me rendía sus frutos. Años después aprendí lo que se podía progresar entrenando en un grupo de running, y sin saber bien en qué me estaba metiendo se me ocurrió, en julio de 2010, empezar a bloguear un año de entrenamiento mucho más comprometido de lo que había hecho en mi vida.

¿Y qué me imaginaba entonces? Que iba a correr más y mejor. Que iba a mejorar mi físico, y en algún rincón de mis más bajos instintos, fantaseé con que mi autoestima y mi imagen se iban a ver favorecidas. Pero eran sentimientos superficiales y egoístas. No pensé todo lo que iba a aprender de mí mismo, la motivación que iba a encontrar. Y mucho menos pensé que, cada tanto, alguien se iba a contagiar de todo esto, se iba a calzar un par de zapatillas e iba a salir a correr. Juro que cada vez que alguien me cuenta que Semana 52 le provocó algo en su vida, me emociono un par de casilleros antes de llegar a las lágrimas. Porque una de las cosas que yo buscaba demostrar con esto era que un tipo común y corriente podía dar un vuelco y aspirar a más. Y yo era el tipo más común y corriente con el que te podías cruzar por la calle. Antes de Semana 52 no tenía nada que me hiciera sentir especial. Y ahora tengo muchísimo. Supongo que por eso me cebé y me pasé de ese primer año. El día en que completé los 365 días de deporte y vida sana, fui al supermercado y agarré la caja de galletitas oreos bañadas en chocolate, me di cuenta que no podía parar. La volví a dejar en la góndola y me compré unas manzanas.

Me gustaría que todos compartiesen con otros esos cambios. Uno nunca se da cuenta que todos tienen la capacidad de ser una buena influencia, incluso si no se lo proponen. Esto es un plus: animarte a vivir mejor, y que otros se contagien de tu click. Y así vayan contagiando a otras personas. Porque yo sé que no inventé nada, que un día decidí poner en práctica todas esas cosas que había copiado de otros. Así nos vamos multiplicando y generando entre nosotros algo que es únicamente positivo.

Por eso, Nico, no, no me lo dicen todo el tiempo ni me pudrí de escucharlo. Correr me encanta y me hace feliz, pero que otros encuentren su felicidad inspirados en este blog, es lo mejor que me pasó en la vida.

Semana 34: Día 236: Próximos desafíos

Estoy con abstinencia de carreras. Ya lo habrán notado cuando, hace un par de días, me colé en la Maratón River (pero sin hacer uso de sus recursos, solo aproveché su circuito y las calles cortadas).

El próximo desafío que tenía en vista eran los 42 km de la Maratón Internacional de la Bandera, en Rosario, que correremos nuevamente en equipo con Vicky. Van a ser unas mini-vacaciones, pero intentando hacer la mítica competencia a la sombra del monumento a la bandera. Hasta buscamos restaurantes veganos en las cercanías. Solo nos queda definir si vamos en micro o en avión (temo que un paro nos deje varados, tanto en Retiro como en Aeroparque). Nuestra experiencia del año pasado fue magnífica, y la ciudad es encantadora, así que el domingo 30 de junio estaremos ahí, una vez más.

El tema es que, para mí, falta mucho. Así que me puse ansioso y empecé a blanquear mi abstinencia. Entonces me sugirieron dos carreras: La Anniversary Race, subtitulada como “Aventura en las Canteras”. Se corre el domingo 2 de junio, son 21 km en Piedras Blancas, Entre Ríos, y la inscripción cierra este viernes, así que tenemos que apurarnos. Esta vez, si voy, sería sin Vicky, una experiencia que hace mucho no hago. Obviamente que me siento raro, con cierto temor, pero por otro lado es lógico que si vamos a grupos diferentes, no siempre coincidan nuestros viajes. El único problema sería no poder conseguir con quién ir. No estoy como para embarcarme en una travesía solo. Correr sí, me la banco en soledad. Viajar y dormir solari ya me cuesta un poco más.

Si esta falla, tengo la Salvaje Cross en Azcuénaga, San Andrés de Giles, el sábado 8 de junio. Si bien la distancia de 15 km no representa mucho desafío para mí, el principal atractivo es que es nocturna. Extraño meter las patas en agua, embarrarme, correr sobre durmientes de las vías de un tren, atravesar pastizales, trepar alambrados… la ciudad me sigue gustando, pero por algún motivo necesito ensuciarme un poco.

Y recién el 18 de agosto está la Ultramaratón de Yaboty, en el Soberbio, Misiones. Ese es otro desafío lindo que queremos repetir con Vicky en equipo. Son 90 km non stop. En 2011 fue nuestra primera ultra, y nos quedó un recuerdo espectacular. Así que hacia ahí vamos.

Queda la gran incógnita de qué voy a hacer para el cierre del año en Semana 52. Posiblemente Yaboty sea LA carrera porque es la más cercana en fecha, y no estoy encontrando nada para fines de mes o septiembre. El 30 de noviembre se haría la Patagonia Run Spring, y quiero repetir los 100 km que tanto me costaron. No espero que esta vez sean más fáciles, pero seguro voy a estar mejor preparado. Igual no me quiero adelantar, porque eso ya correspondería al cuarto (y último) año de este blog…

Semana 34: Día 235: Una mala idea

Ok, se me ocurrió que era una buena idea llevarme la computadora a la habitación. No tengo una notebook, sino una iMac, que viene a ser un monitor bastante grande con su teclado y dos discos externos (si tienen algo bueno las Macs es que ya no tienen gabinete, además de que no hacen ruido ni tienen virus).

El día de ayer tuvo sus momentos frustrantes. Aunque se tomaron la molestia de ponerle carteles electrónicos a las estaciones de tren, no siempre respetan el supuesto horario de los próximos servicios. Cuando vi que la siguiente formación pasaba en 12 minutos y al segundo lo cambiaban a 28, sabía que había perdido la oportunidad de entrenar con mi grupo. Así que me volví a casa con un poco de frustración y corrí por el barrio con Vicky. Eso no estuvo mal, de hecho fue lo mejor del día.

Entonces me pareció muy inteligente llevarme una mesita junto a la cama y ponerme al día con el trabajo sin tener que aislarme del resto de la casa, como pasa habitualmente. De hecho estaba listo para actualizar el blog. Pero eso que pareció una buena idea terminó teniendo un efecto conocido. Así como uso la televisión como somnífero, el estar cómodamente entre mis almohadas y mirando el monitor de la computadora hizo que a los pocos minutos me faltaran las fuerzas. El brazo del mouse dejó de responder, los ojos empezaron a pesarme más y más, y el cerebro dejó de emitir órdenes para pasar a un estado de reposo conocido como “desmayo”.

Ya me di cuenta que la idea de llevarme la computadora a la habitación o comprarme una notebook para trabajar desde la cama no va a prosperar.

La incomodidad de estar sentado en una silla, al final, resultó ser algo positivo, porque me permite más horas de sueño frente a la computadora. Claro que quizá eso no es lo que estoy necesitando…

Semana 34: Día 233: Los 10 km (más o menos) de la Maratón River

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No me gusta el fútbol. O sea sí, me pierdo cuando la Selección Nacional juega algún mundial, pero es una vez cada 4 años, así que me apasiono con la misma frecuencia que tenemos un año bisiesto. Da la casualidad de que Colegiales está muy cerca de Núñez, el barrio de River, y que hoy se celebró una carrera de 10 km competitiva y 3 km participativa.

No es lo único casual en esta crónica. En el día de ayer dejé a mi novia encerrada en la casa, sin tener acceso a la cocina ni a su juego de llaves, que le hubiese permitido salir a comprar víveres. Por esto abandoné mi entrenamiento por la mitad y me volví corriendo (no literalmente, sino en remís) para poder abrirle. Me quedé con las ganas de seguir entrenando, ya que cualquier vestigio de lesión en mi tibial ha desaparecido por completo. Resolví levantarme hoy temprano (pero sin despertador), desayunar, meterme unas pasas de uva, un par de caramañolas con agua, y partir hacia la gris y fría mañana.

Tomé un camino alternativo, en lugar de bajar directamente hacia Avenida del Libertador y encarar hacia el lado de Retiro, me quise perder por las bicisendas y aprovechar que había poco tráfico. Me perdí literalmente porque de pronto no sabía dónde estaba. No soy bueno orientándome, ni siquiera en las cercanías de mi barrio, pero me las arreglé para aparecer en la Avenida Santa Fe, por debajo de las vías del tren. Tomé Intentente Bullrich, hice una parada técnica en el baño del Jumbo, y corrí pegado a la mezquita. La intuición me iba llevando para ese lado, y yo quería correr por terreno blando. Fui por Avenida del Libertador y al cruzarla extrañé correr en una carrera. Con nostalgia pensé en las maratones (las de 42K) y otras competencias de calle donde se cortaba el tráfico y podría ir por el asfalto. Como corredor, pocas cosas me hacen sentir tan libre. Una reivindicación para el ser humano por sobre las máquinas (automovilísticas).

Iba pensando en esto, lo juro, mientras corría por uno de los laterales de plaza Holanda. Fui girando, instintivamente, y al llegar a Figueroa Alcorta me percaté de que la policía cortaba el tránsito. A lo lejos, debajo del puente de las vías del tren, vi varias camisetas blancas que iban y venían. Encaré hacia ahí. Al principio pensé que era un grupo de entrenamiento… pero eso de cortar la calle era poco usual. Entonces supuse que era un precalentamiento para una carrera. Me acordé de mi ídolo, Dean Karnazes, que solía correr 100 km y terminar justo antes de la largada de una maratón… para ahí seguir rodeado de gente. Yo, que no me considero ni a la altura de la suela de Karnazes, acababa de correr 8 km, así que bien podía engancharme extraoficialmente en una carrera de calle y divertirme un poco.

Cuando alcancé a estos corredores me di cuenta de que estaban en medio de la competencia. Lo que pasaba era que se trataba de los más rezagados, que a esta altura entregaban toda la energía que les quedaba. Muchas eran chicas, de todas las edades. La remera, blanca y con detalles rojos, me gustó mucho (una de las más lindas que he visto, yo que no estoy influenciado por el fútbol), y soy medio corto de vista, porque me costó darme cuenta de que hacía referencia al club River Plate.

En un principio iba por la vereda, porque me daba vergüenza colarme. Lo hice una sola vez, en mi primera media maratón, y me hicieron ver entonces que estaba mal usar recursos de gente que pagó su inscripción, y mucho más hacerme con una medalla que no me correspondía. Me acordaba de todo esto mientras me debatía entre aprovechar ese asfalto libre de automóviles… me resulta tan gratificante correr por ahí, pasar por debajo de ese puente… Cuando vi el cartel que indicaba 4 km hice un paso disimulado y me enganché. Tenía mi atuendo de corredor (hoy hizo frío), y para mí era demasiado evidente que yo no formaba parte de esa carrera. Hasta intenté bajar mi ritmo para no desentonar con toda la gente que me rodeaba. Ahí venía Emilse, la “Mujer Araña”, que corre a su ritmo, lento pero constante, y dando gritos y saludando a todo el mundo.

El recorrido era muy lindo, y me encantaba estar entre tanta gente. La carrera nos llevó adentro de los Lagos de Palermo, y como la calle es libre, muchísima gente que no estaba inscripta en esta competencia iba a un costado… yo no inventé nada, éramos muchos yendo a la par. Pasé junto a un puesto de hidratación, por el kilómetro 5, y me pareció indigno tomar agua, así que negué la asistencia y seguí. Cada vez nos acercábamos más a la cancha de River, y obviamente que si llegaba a la meta me iba a hacer al costado. Pero yo no tenía ni siquiera idea de cuánto era la distancia total. El cálculo me daba que iba a ser unos 8 kilómetros, porque ya podía ver el arco de llegada… y mientras me acercaba a la cancha, escuché que me gritaron “¡Martíiiin!”. Me frené y vi a Silvia, la mejor amiga de Vicky, que iba con su novio y sus hermanos caminando. Acababan de terminar la carrera. Cuando me saludaron me preguntan “¿Sos de River?”. Ahí confesé que no, que me había enganchado de casualidad. “Tenés que entrar a la cancha, está buenísimo”. No tenía idea, faltaban como unos 200 metros para llegar hasta la puerta de entrada. Silvia le sacó su número dorsal a su hermano y me lo abrochó en el pecho. Me negué un poco, pero me insistieron.

Partí hacia el Monumental, custodiado por 20 patovicas, cada uno del tamaño de un ropero mediano. Pasé infiltrado y aunque no me gusta el fútbol y es un fanatismo que no entiendo, entrar a la cancha fue muy emocionante. Mientras corría los primeros metros escuchaba a la gente gritar emocionada, alentar a su equipo, y de algún modo sentirse parte de todo eso. Llegamos al circuito de atletismo que rodea el césped de juego, y muchos se paraban para sacarse fotos. Arriba, el cartel electrónico mostraba a los corredores, y solo tenías que levantar la vista para verte en pantalla gigante.

Tengo que hacer una confesión. Además de que no me gusta el fútbol también soy un amargo que no va a recitales. Así que esta era la primera vez en mi vida que entraba a la cancha de River. Creo que de muy chiquito, como en el jardín de infantes, fui a la de Banfield, y mi recuerdo es que era monstruosamente gigante. Por eso, cuando entré al Monumental, me pareció muy chiquita. Tengo una teoría, además de la comparación con mi recuerdo infantil, y es que al estar acostumbrado a correr distancias grandes, el área que separa un arco del otro me pareció corto. Pero esta debería ser la cancha más grande de Argentina (digo, desde mi total ignorancia), así que no deben haber campos de juego más grandes que eso. Acabo de dejar en evidencia toda mi ignorancia futbolística.

Salí del Monumental, con algunas fotos rápidas y mal sacadas con mi celular, y crucé el arco de llegada, que estaba ahí nomás. No me animé a hacerme a un costado. No tenía chip, así que esquivé a los asistentes que los quitaban con su pinza. Me podrían haber dado una medalla, pero me pareció incorrecto llevarme una, así que pasé disimuladamente, y por suerte nadie vino corriendo a dármela.

La salida era un mercado persa. Estaba atestado de gente. Unos cuantos vendedores ofrecían de todo, desde ropa hasta comida, pasando por recuerdos como mates tallados y souvenirs. Supongo que esto también pasa a la salida de los recitales. Acabo de dejar en evidencia toda mi ignorancia recitalística.

Había completado un poco más de 12 kilómetros, y mi objetivo para esa mañana era hacer 20. Me puso muy contento cómo todas esas casualidades me fueron llevando hasta esa carrera, y cómo cruzarme con una amiga, a la que ni siquiera había visto, me ayudó a entrar y darle una vuelta a la cancha de River. Cosas que ni me imaginaba cuando me levanté esta mañana.

Volví sobre Figueroa Alcorta, doblé en La Pampa y rodeé el club de golf. Así fui llegando por circuitos más conocidos y tradicionales, hasta llegar a casa. Fue un día peculiar e inesperado. Y lo mejor era que ni siquiera eran las 11 de la mañana… todavía me quedaba mucho por delante.

Semana 34: Día 232: Recalculando

Iba a titular este post con “soy mi peor enemigo” pero me pareció exagerado (y falso). Tengo enemigos más temibles, pero a veces pareciera que me autoboicoteo, y meto la pata hasta el cuadril.

Me gustaría ser una persona que tiene todo bajo control, pero desde que me acuerdo que tengo mala memoria (vaya paradoja). Una vez jugábamos con mi hermano Santi a que uno encerraba al otro en el hueco que había entre la ventana y la reja. El chiste era hacer que quien quedaba afuera era una suerte de carcelero. Me mandé un chiste buenísimo: hice que me iba y lo dejaba ahí atrapado, me fui a la cocina, y me puse a comer galletitas… olvidándolo a él por completo. A los pocos minutos mi abuela lo rescató, y él estaba llorando desconsolado. Me sentí muy mal… y esa fue una de tantas cosas olvidadas por mí (no pueden culpar a mi vegetarianismo por eso, en aquellos años devoraba toda clase de animales).

Hoy, sin ir más lejos, fui a entrenar y Vicky se quedó durmiendo, recuperándose de su demoledor resfriado. Me pidió que encierre a las bestias en la cocina, para que la dejen dormir un rato más. Y salí, nomás, dejando todo bien cerrado con llave, incluyendo la puerta de la cocina. Abandoné el hogar por la puerta de servicio y me fui a Zona Norte a correr en esa fría y húmeda mañana. De casualidad tenía el teléfono en la mano, un par de horas después, cuando Vicky me llamó. La atení y, al igual que Santi hace casi treinta años, ella estaba llorando porque la había dejado encerrada. La cocina estaba cerrada desde adentro, y su juego de llaves junto a la puerta de servicio. No podía ni llegar hasta la heladera para comer algo, ni salir de casa para comprarse el desayuno. ¿Y en qué momento me planteé que la estaba dejando atrapada? Nunca, hasta el instante en que me llamó.

Y este mismo blog es un compendio de mis confusiones y errores. Muchos ni se percatan de que al principio del título de cada post pongo las semanas y los días que van pasando, y en muchísimas ocasiones repito números, me los salteo, o pongo cualquier cosa. Sé que la semana cambia cada sábado, y cada tanto tomo la calculadora, divido, y si no me da múltiplo de 7 es que algo mal hice. Acto seguido es revisar post por post a ver dónde está el error, y rogar que sea reciente para corregir la menor cantidad de cosas (no creerán que lo voy a dejar así, sabiendo que está mal). He decidido flexibilizarme y solo corrijo la versión original del blog, que está en WordPress. La de Clarín sigue igual porque tengo la sospecha de que ya casi nadie entra ahí…

En fin, hoy no fue la excepción, y cuando quise comprobar si venía bien, estaba desfasado por dos días. Hace un tiempo me hice una tablita para saber qué días corresponden a cada semana, pero esto solo funciona si USO la lista. Como la agenda que me regalaron, con la que estaba convencido que me iba a organizar mejor. Anoté todos mis compromisos más próximos, la cerré y la guardé, para no volverla a abrir.

A quien le gusten los datos estadísticos, así es cómo debería organizarse este año:

Semana 1: 1 al 7
Semana 2: 8 al 14
Semana 3: 15 al 21
Semana 4: 22 al 28
Semana 5: 29 al 35
Semana 6: 36 al 42
Semana 7: 43 al 49
Semana 8: 50 al 56
Semana 9: 57 al 63
Semana 10: 64 al 70
Semana 11: 71 al 77
Semana 12: 78 al 84
Semana 13: 85 al 91
Semana 14: 92 al 98
Semana 15: 99 al 105
Semana 16: 106 al 112
Semana 17: 113 al 119
Semana 18: 120 al 126
Semana 19: 127 al 133
Semana 20: 134 al 140
Semana 21: 141 al 147
Semana 22: 148 al 154
Semana 23: 155 al 161
Semana 24: 162 al 168
Semana 25: 169 al 175
Semana 26: 176 al 182
Semana 27: 183 al 189
Semana 28: 190 al 196
Semana 29: 197 al 203
Semana 30: 204 al 210
Semana 31: 211 al 217
Semana 32: 218 al 224
Semana 33: 225 al 231
Semana 34: 232 al 238
Semana 35: 239 al 245
Semana 36: 246 al 252
Semana 37: 253 al 259
Semana 38: 260 al 266
Semana 39: 267 al 273
Semana 40: 274 al 280
Semana 41: 281 al 287
Semana 42: 288 al 294
Semana 43: 295 al 301
Semana 44: 305 al 308
Semana 45: 309 al 315
Semana 46: 316 al 322
Semana 47: 323 al 329
Semana 48: 330 al 336
Semana 49: 337 al 343
Semana 50: 344 al 350
Semana 51: 351 al 357
Semana 52: 358 al 364

Nótese que la Semana 52 termina en el día 364, viernes, cuando se corre la Espartatlón (porque los años son 52 semanas, más un día, excepto los bisiestos que solo sirven para complicar aún más las cosas).

Solo espero prestar un poco más de atención, verificar bien el dato de en qué día estoy (aunque me interese a mí solo), y no volver a dejar a nadie encerrado…

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