Semana 29: Día 199: Los 63 km de la Patagonia Run, parte 2

2013-04-13 07.15.10

Es gracioso (o no tanto). Escribir desde el celular es bastante incómodo, pero me las apañé porque el viaje en micro era largo y se habían acabado todas las películas para ver. Lo curioso fue que cuando estaba en lo mejor del relato, la aplicación de WordPress en mi Android no me permitió seguir escribiendo. Al parecer tiene un límite de caracteres, así que me vi en la obligación de poner un nefasto “Continuará”. Pero bueno, tampoco era para desesperarse, acá sigue, y nos quedamos en lo mejor de la historia.

Esa doble Victoria, la valiente y temeraria, dio paso a esa que teme y duda. Con lágrimas en los ojos, faltando nada más que 15 kilómetros, rogaba parar porque no podía más del dolor. Caminamos, mientras yo pensaba qué hacer. ¿Insistía y me arriesgaba a exasperarla o presionarla por demás? ¿Me aguantaba y mantenía la marcha a pie? Habiendo pasado el último puesto a las 5 de la tarde, era muy factible que llegásemos en horario. Teníamos tres horas para alcanzar el último puesto de control y otras dos horas más para cruzar la meta. Claro, podíamos ir gateando, pero aunque habíamos pasado la parte más difícil de la carrera, nos quedaban algunas subidas y bajadas que, en nuestro estado, eran bastante dolorosas.

Había, sin embargo, un factor de riesgo. Nuestras linternas. Por un capricho mío, le dije a Vicky que no comprásemos pilas. Las habíamos usado en La Misión y me daba la impresión de que todavía tenían energía para rato. Pero cuando las usamos esa media hora por la mañana, me di cuenta que no nos iban a durar demasiado. Durante una ultramaratón en la que participa tanta gente, siempre hay habladurías. Se comentaba, por ejemplo, que Gustavo Reyes era el puntero de los 100K, y que como había dormido poco y le había sacado una amplia ventaja al segundo, en el establo se había tirado a dormir una hora y media. Incomprobable, pero todos los que vivimos en su sombra lo creíamos y replicábamos el rumor. Otra historia, que nos ponía los pelos de punta, era la de un corredor cuya linterna se había quedado sin pilas, y lo retuvieron en la salida desde las 0 horas hasta las 8, cuando finalmente amaneció. Obviamente el pobre desdichado ni siquiera arrancó, no por buscar no ser el último, sino porque con tanto tiempo inmovilizado se había congelado.

Con la experiencia del año pasado en la que a Vicky no la dejaron salir del último puesto por no cumplir el horario (por 5 minutos), tenía miedo que nuestra pobre iluminación nos sacase de la competencia. Por eso mi prioridad pasó a ser la de llegar al último puesto de control de día, y jugarnos a que nuestras linternas alcanzasen para ver el camino hasta la llegada.

Intenté darle ánimo a Vicky, decirle esas típicas frases (que eran ciertas) como que el dolor es pasajero, y que si te lo ponés a pensar, nada te impide correr. Lo intentaba, realmente lo hacía. Trotaba uno o dos minutos y después pedía por favor caminar. Me rompía el alma, pero yo estaba de apoyo y necesitaba contenerla. “Corramos hasta el banderillero” le decía, y con eso lograba que tirase unos metros más. Otros corredores nos pasaban, algunos trotando, otros caminando ligero.

Atravesando un bosque, Vicky empezó a tomar. Tenía hambre, y le di una de mis barritas, llenas de almendras, miel, coco y demás elementos súper calóricos. Al poco tiempo, algo pareció despertar dentro de ella. Una caminata ligera pasó a ser un trote, que luego se convirtió en una corrida hecha y derecha. ¿Podía ser que esa falta de energía era, puntualmente, una falta de alimento? Era lo más probable, y esos últimos kilómetros antes de llegar al puesto Bayos 2 fueron de pasar gente y mantener un paso endemoniado. En las subidas mi tibial derecho ardía, pero lo bloqueé. Si Vicky podía tragarse sus dolores y correr a puro coraje, yo tenía que imitarla y, en cierto punto, darle el ejemplo. Nos inspirábamos mutuamente, y gracias al otro intentábamos dar lo mejor de nosotros mismos.

Los paisajes también nos inspiraban, y nos dimos el lujo de sacarnos fotos con ovejitas de fondo, a pura sonrisa. No parecíamos los que habíamos salido lastimosamente del puesto anterior. Llegamos a Bayos antes de las 18:30, o sea una hora y media antes de su cierre. Este era el puesto crítico, donde en 2012 Vicky se tuvo que quedar por haber llegado 5 minutos tarde. ¡Era imposible no sentirse eufóricos! Solo nos quedaban 7 kilómetros a la meta, y después de algunas subidas (que no eran difíciles pero que a nosotros se nos complicaban), venía todo bajada, asfalto y el arco de llegada.

Comimos un poco (pasas, banana) y nos aseguramos de tener hidratación suficiente. Nos obligaron a ponernos las linternas, con la orden de prenderlas a las 18:30. No quisimos esperar demasiado… ¡no quedaba nada! Salimos a buen ritmo por los caminos de tierra. Para Vicky esto era terreno desconocido. En ciertos tramos donde la subida era empinada decidíamos caminar, pero en las bajadas y los llanos le poníamos todo. Pasamos a muchos corredores, y en todos los casos charlábamos, intercambiábamos algún consejo o anécdota fresquita. Hay un espíritu ultramaratonista que nos hermana a todos.

Aunque a las 18:30 había muchísima luz, prendimos las benditas linternas. No hacía ninguna diferencia más que gastar batería, pero hubiésemos odiado que nos descalifiquen por tan tonto tecnicismo. A mí el tibial me dolía, no lo voy a negar, y cuando dejamos atrás los bosques y pasamos a los caminos de ripio, el corazón se nos hinchaba de emoción. Vicky estaba absolutamente poseída. Me costaba seguirle el ritmo, en especial porque las bajadas me retumbaban en la pierna y un pulso eléctrico de dolor me subía al cerebro. No aflojamos nunca. En algún momento mi compañera de aventuras me dijo de hacer cambios de ritmo, para asegurarse de cruzar la meta corriendo y no llegar sin energía, pero incluso ese ritmo que era más lento, seguía siendo mucho más rápido que toda la carrera previa.

Ya veíamos las luces de la ciudad, y el sol seguía iluminando mucho más que nuestras linternas. Los primeros vecinos que nos cruzamos nos aplaudían y alentaban. Bajábamos todo el tiempo por calles que a veces estaban embarradas y nada nos detenía. Cruzamos más corredores que avanzaban con su último aliento. Antes de darnos cuenta, llegamos al asfalto, giramos a la izquierda, y oficialmente estábamos en el pueblo, donde los autos nos tocaban bocina y la gente nos saludaba.

Nos enganchamos con otro corredor que también hacía los 63 y nos felicitamos mutuamente. La policía cortaba el tránsito cuando veía que nos acercábamos, y a medida que nos acercábamos al centro (y a la meta), había más gente que nos aplaudía. Yo saludaba como una tonta princesita en un cortejo. Vicky lloraba, emocionada. En algún momento, por la mitad de la carrera, tiré un pronóstico optimista de que íbamos a llegar a las 20:30, y finalmente cruzamos la meta media hora antes de lo que yo había estipulado. A dos minutos de las 12 horas de carrera, llegamos a destino, y el locutor dijo nuestros nombres por los altoparlantes. Vicky era la definición de “felicidad”, y yo no podía estar más contento. No solo por ella, por haberse sacado esa cuenta pendiente, sino por haber terminado yo una carrera extenuante y muy pero muy hermosa.

Excepto por mi tibial, que actualmente está hinchado, terminé perfecto, sin dolor en ningún otro lado. Aunque habíamos corrido medio día, cada vez que veíamos llegar a la meta a algún amigo, volvíamos corriendo para recibirlos. Lo mejor, para nosotros, ¡fue que llegamos de día! Nunca necesitamos las liternas, y no llegar de noche fue algo que deseábamos con mucho énfasis pero que no estábamos seguros de poder lograr. Finalmente todo se dio mejor de lo que esperábamos, y hasta tuvimos tiempo de volver al hotel (a dos cuadras de la meta), bañarnos e ir a comprar los últimos regalos.

Patagonia Run dejó de ser el recuerdo amargo de la carrera que Vicky no pudo terminar. Ya se convirtió en una de nuestras mejores experiencias, una carrera que puede ser muy dura y muy hermosa a la vez. Una experiencia que vamos a querer volver a repetir.

A continuación, una selección de imágenes que tomé durante la carrera… un breve mosaico de lo que pudimos ver en esas 12 horas…

Publicado el 15 abril, 2013 en Carrera y etiquetado en , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 6 comentarios.

  1. Felicidades a ambos!!!!

  2. Excelente vivencia! Qué bueno que hayan podido llegar … y mas aún con tiempo a favor!
    Los felicito!

  3. Juan Miguel Delgado

    Felicitaciones a los dos!!! Son dos Grandes!!! Martín, Vicky, llegué al blog buscando información acerca de corredores que participaron en la Patagonia Run 2013 y principalmente en los 63K. Con mi señora, participamos en dicha carrera, pero por supuesto en muchos menos km que ustedes. Me gustaría poder contactarlos por mail para hacerles unas consultas acerca de los 63K, ya que nosotros queremos participar de los 63K en el 2014. Desde ya muchas gracias.-

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