Semana 29: Día 198: Los 63 km de la Patagonia Run, parte 1

2013-04-13 10.10.36

En este momento estamos en un micro, salimos de San Martín de los Andes hace 9 horas y nos esperan 12 más para llegar a destino, en Buenos Aires.
Ante tanto tiempo por delante y en vista de que ya no quedan películas por ver ni libros por leer, voy a intentar escribir la reseña de la carrera desde el celular. No va a ser fácil, por favor aprecien el esfuerzo…

La Patagonia Run es una de mis carreras favoritas del año. En 2012 la sufrí un montón. Creí que no llegaba, y mi desempeño me frustró mucho. Yo pensaba que iba a correr y me encontré con un trail de montaña. Esa expectativa errada y mi falta de experiencia en este terreno me costaron caro, pero después de 18 extenuantes horas, crucé la meta.

Creo que por la mitad de la competencia le dije a unos chicos “nunca corran 100 km”. Ayer, un año después, mantuve esa promesa de no volver a hacerlo, sumado al compromiso que le hice a Vicky de acompañarla en su revancha por su fallido intento de los 63 km. Entre los motivos por los que quería probar esta distancia estaba que quería salir de día y disfrutar del paisaje. En los 100 km de 2012 salimos a las 2 de la mañana, y tuve 6 horas iniciales de oscuridad total (más la hora final, ya que crucé la meta hacía las 8 de la noche).

No empecé este nuevo desafío con el pie derecho. No traje mi DNI, lo cual hizo peligrar mi acreditación. Estaba agotado por los 100 km de la Ultra Buenos Aires, que corrí el domingo pasado. En resumen, no estaba al máximo de mi capacidad. De hecho, dudé en correr. Pero me recuperé bastante rápido y en la semana me decidí a intentarlo.
Los días previos nos llenamos de hidratos y nos imaginamos cruzando la meta juntos. Yo iba de apoyo, y consideré que ir al ritmo de Vicky no iba a ser tan demandante como buscar mi velocidad máxima.

El día de la charla técnica vimos un video con imágenes del año pasado, y eso terminó por cebarme. Además recibí un impulso de ego: aparecí sonriendo en el video, tomando algo caliente en un puesto de hidratación, y al final de la charla Nacho, un lector del blog, se acercó a saludarme. Lo que más me gustó no fue que me reconociese, sino que me dijo que estaba con ganas de correr la Ultra Buenos Aires el año que viene. ¡Vamos!

El día de la carrera nos despertamos a las 5, terminamos de armar las mochilas (bolsa hidratadora, ropa de recambio, comida de marcha, linternas, etc). La señal de alarma se encendió apenas me puse las zapatillas de correr: el canto del pie derecho me empezó a doler. No me había molestado desde el domingo anterior. Evidentemente tengo que cambiar de calzado y de plantillas… además de que necesito descansar.

En la charla técnica nos metieron miedo con dos cosas: el frío y el horario. Por el primer motivo salí con mucho abrigo y con mi campera de lluvia.
A pesar de que quería ver el paisaje, a las 7:30 de la mañana había oscuridad total. No se veía nada. Y era verdad, hacía frío. Pero me preocupaba que iba a hacer con la campera cuando saliese el sol. ¿Atármela? ¿Guardarla en la mochila? Di un salto de fe y decidí dejarla en el guardarropa, para poder recuperarla al final de la carrera. Empecé a rogar no encontrarnos con lluvia.

Aprovecho el nuevo párrafo para contar que existen dos Vickys. Una es la de la mañana, adormecida, asustadiza, sin energía ni motivación. Si las ultra comenzasen a la tarde, Vicky se las come cruda desde la largada. Pero tan temprano ella es otra, más conservadora e insegura.

Con ella largamos al final de los casi 370 corredores. A las 0 largaron los de 100k, a las 2 los de 84, y más tarde que nosotros los de 42, 21 y 10. Pronto comenzó la subida y nos ayudamos con los bastones. A las 8 teníamos permitido apagar las linternas porque el sol ya iluminaba el camino. En realidad era relativo, porque el cielo amaneció nublado y se mantuvo así, amenazando con lluvia (y yo sin campera).

Con tanta subida empezamos a transpirar, así que hicimos un alto para desabrigarnos. Eso nos puso oficialmente al final de todo. No nos preocupó, ya que no teníamos la presión de que alguien nos quisiese pasar, ni nos sentíamos obligados a seguir al de adelante. Esa media hora de soledad fue muy serena y la disfrutamos mucho. Le dije a Vicky que con mantener un paso constante, aunque pareciese lento, nos iba a permitir pasar a muchos corredores más adelante.

En esos primeros kilómetros mi compañera parecía querer abandonar: no tenía fuerzas, no se sentía bien… casi que se quería bajar. Pero para eso había ido yo: de apoyo moral y táctico. La alenté y le pedí que se relajase. Seguimos avanzando y Vicky se fue relajando. Caminábamos las subidas y trotábamos algunas bajadas. Si había un llano y no nos estábamos recuperando de un esfuerzo grande, también intentábamos correr.

Llegamos al primer puesto, en la bajada del Lolog, que era una carpa de hidratación. Encontré un guante huérfano (imagen muy triste) y me lo llevé, decidido a encontrar a su dueño. Supuse que estaba cerca. Con esa excusa empezamos a pasar gente, preguntando “¿Te falta un guante?”. Esta historia tuvo un final feliz uno o dos kilómetros después, con la feliz reunión del par.

El siguiente puesto, en el kilómetro 10, se llamaba Bayos y estaba en una estancia. Había un perrito cachorro y Vicky intentó sin éxito llevárselo adentro de su mochila.
Como le había adelantado, con nuestra marcha constante empezamos a pasar corredores. La experiencia de carrera se volvió un poco fastidiosa cuando los punteros de 42k nos empezaron a pasar. Algunos eran respetuosos y pedían permiso. Otros parecían concentrados solo en sus tiempos, y nosotros éramos solo obstáculos.

En una reseña via celular, mientras por la ventana corroboro que estamos en el medio de la nada, no puedo precisar distancias. Pero avanzábamos. Y cada kilómetro nos traía un paisaje distinto. Montañas nevadas, vacas, ovejas, caballos, pasto, piedras, caminos de tierra, árboles, cañaverales… Lo vimos todo, y eso nos mantenía entretenidos.

Una llovizna me hizo preocupar por mi falta de campera. El pronóstico decía que íbamos a tener lluvia por poco tiempo, pero nunca se sabía…

El tercer puesto era Colorado 1, en el kilómetro 27. Ahí Vicky tomó una sopa caliente que la reanimó. Constantemente nos encontrábamos con compañeros a los que pasábamos y que nos pasaban. Casi siempre el reencuentro era en los puestos.

Aquí empezamos a hacer cuentas. Era la una del mediodía y teníamos que volver a pasar por este puesto de regreso (donde pasaba a llamarse “Colorado 2”). Cerraba 18:30, y nos esperaba la parte más difícil de este trail.

Seguimos nuestro rumbo con la presión del tiempo y cruzamos un mallín, que es como correr arriba de una alfombra (un hermoso alivio). Pasamos una cantera y ahí comenzó nuestro primer gran desafío de carrera: el ascenso al Quilanlahué. Era el kilómetro 32, estábamos en la mitad, teníamos seis horas de competencia encima y algo de lógico cansancio. El sol salió de entre las nubes y nos quedamos en remera.

No parábamos de subir. Los gemelos quemaban, pero había que seguir. En cada subida le recordaba a Vicky que se hidratase o comiese. No los voy a aburrir con detalles, pero nos tomó una buena hora y media llegar a la cima. Y parecía que nunca iba a venir.

Trotamos por una fina capa de nieve, hicimos cumbre, y comenzó el segundo gran desafío: bajar el Quilanlahué. Era mucho más empinado, y por lo tanto riesgoso. No sabía cómo ponerme: el tibial derecho y la rodilla izquierda me mataban. Intenté recordar a Scott Jurek, a quien el dolor no lo detiene. Me costaba seguirle el ritmo a Vicky, que parecía mucho más cómoda. Bajando seguimos pasando corredores, algunos que estaban abatidos por la feroz montaña.

Me caí dos o tres veces, sin consecuencias graves. El terreno difícil y el cansancio son mala combinación. Vean si no a Vicky, que bajó con decisión y firmeza, y cuando dio su primer paso fuera de la montaña, rodó al piso. Pero con mucho estilo.

A pocos metros del fin de la bajada estaba el establo que representaba el nuevo puesto, llamado Quilanlahué (adivinen por qué). El tibial me mataba, y ningún analgésico ni crema lo calmaba. Nos abastecimos con más bebida isotónica, nos emparchamos un poco y salimos al camino. El tibial dolía mucho menos en el llano, y a veces olvidaba que molestaba. Vicky se transformó en la otra, la que está llena de energía y se come al mundo. Por eso empezamos a recuperar terreno y corrimos (no “trotamos”, sino correr de verdad) hasta Colorado 2.

Llegamos antes de las 5 de la tarde, ¡una hora y media antes de que cierre! Eso nos sacó un poquito de presión. Bayos 2, el último pueso antes de la meta, cerraba a las 8 de la noche. Aunque yo no lo dudé nunca, ya teníamos la certeza de que llegábamos a la meta.

Pero Vicky se pinchó. Tenía mucho dolor en sus pies (suponíamos que ampollas) y se había quedado sin energía. Caminamos por el llano, mientras intentaba motivarla. Pero nada parecía funcionar. Corríamos una pequeña distancia y con lágrimas en los ojos pedía frenar.

CONTINUARÁ

Publicado el 14 abril, 2013 en Carrera y etiquetado en , , , , , . Guarda el enlace permanente. 3 comentarios.

  1. Gracias por esta carrera Martín y Vicky, gracias por tranquear por nuestro querido Robertito. Un abrazo lleno de afecto. Juanca.
    http://juancaminaesperaporlavida.blogspot.com.ar/2013/04/patagonia-run-espera-por-la-vida.html

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