Archivos Mensuales: marzo 2013

Semana 25: Día 170: Tandil por Jeremías

Juanca es un asiduo lector de este blog. Casi diría que es de los de la “primera hora”. Y hace un tiempo se sumó a un proyecto en el que me tuve que sumar también. En su blog Espera por la vida, lo describe como “un proyecto creado en la provincia de Tucumán por María de los Angeles Musumeci quien eligió el atletismo para llevar el mensaje de la Donación en Vida. Acompañamos a quienes padecen enfermedades en su difícil camino, llevando en nuestro corazón y en nuestros pensamientos a todos los príncipes y princesas que lo forman. Corremos por ellos con las esperanzas puestas en que nuestras energías y nuestro amor les ayuden en este momento tan difícil que enfrentan.

Aquí acumulamos kilómetros corridos en las cientos de competencias en las que participamos. Cada kilómetro representa un enorme abrazo, nuestro mejor pensamiento, un pedazo de corazón, para todos los pequeños y pequeñas que la vida los puso ante una circunstancia tan cruel. Tu kilómetro vale mucho porque difunde la obra de María de los Ángeles y  la princesita o el príncipe que portas en tu carrera recibe tu esfuerzo con inmensa alegría y emoción. Hagamos lo que nos gusta, correr, y que nuestras zapatillas nos permitan llevar a estos pequeños guerreros y guerreras de la vida”.

Sin saber bien cómo funcionaba, me ofrecí a colaborar. Juanca decidió que corramos con Vicky por Jeremías, y entre los dos, hoy domingo, sumamos 52 km (un número especial para mí). Pero no sé mucho de este principito. Solo vi su foto, a medio disfrazar del Hombre Araña, y pude entender que había una conexión. Recién caigo de que está en Tucumán, y que visitarlo sería difícil. Por eso le pregunté a Juanca qué teníamos que hacer. ¿Visitarlo? ¿Llamarlo? ¿Enviarle un regalo? Juanca respondió “El hecho de correr pensando en Jere, llevarlo en esta vuelta fantástica que han dado fue lo importante. A Jeremías le contaremos lo que han corrido y estará feliz”.

Suena raro, pero este mensaje lo leí en el celular mientras atravesábamos los caminos de la Adventure Race de Tandil. Le conté a Vicky sobre Jeremías y que solo teníamos que correr pensando en él. Fue nuestro motor, nuestra motivación. Pensar en ese chiquito, ilusionado con una proeza que pasaba lejos de casa, nos llenaba el tanque de la motivación. Queríamos que sepa que cuando estábamos cansados y que nos faltaban las fuerzas, él nos ayudó y nos dio ánimo.

Por supuesto que a mí esto no me alcanza. Me encantaría conocerlo, aunque sea enviarle unos cómics del Hombre Araña, y algún recuerdo de la carrera. Porque aunque estuvimos Vicky y yo haciendo equipo, codo a codo, Jeremías fue el tercero de nuestro grupo. Y aunque estaba lejos, corrió con nosotros.

Vamos a seguir sumando kilómetros por él y por todos los niños que luchan por vivir.

Semana 25: Día 169: Bienvenido a Tandil

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Tenía los ojos desorbitados, la cara roja y casi que escupía espuma por la boca. Con sus 100 kilos se abalanzó hacia mí y se puso en posición de pelea. Me midió con su mano izquierda mientras su puño derecho tomaba envión.
Mientras toda mi integridad física estaba a punto de irse al diablo por un demente, me pregunté “¿Cómo llegué a está situación?”.
Retrocedemos unas horas, al viernes a la noche. Estábamos camino a la ciudad de Tandil, para correr la Adventure Race. Al tráfico de víspera de fin de semana le tuvimos que sumar una espesa niebla y un percance muy tonto: quisimos inflar una rueda en una estación de servicio, y uno de los empleados, queriendo ayudarnos, desinfló la rueda todavía más. El inflador no funcionaba, asi que tuvimos que volver a la ruta con mucha más precaución.
Llegamos al complejo de cabañas, Los 5 Hermanos, a las 3 y media de la mañana. Nuestros compañeros dormían o estaban en el boliche. No sabíamos cuál nos correspondía y no pretendíamos despertar a nadie. Entramos en la que nos parecía y dormimos muy mal, muertos de frío. Tandil, de noche, es un freezer.
A la mañana siguiente Vicky fue a averiguar si nos podían prender el calefón y la estufa. El dueño, con muy mala predisposición, vino a recriminarnos que habíamos ocupado una cabaña que no nos correspondía. El tema era su tono agresivo y sobrador.
Yo no entendía lo que pasaba. Hablamos unos minutos y la conversación se fue caldeando. Se la agarró con Vicky, que no se comió su prepotencia, y me dijo “Llevatela”, y agregó que no le pegaba porque era una mujer. Fui hasta ella y le dije “Deja, amor, es un idiota”.
Nunca me encontré en una situación en la que un proveedor de un servicio me quisiera pegar. Siempre me imaginé que eran los clientes los que se sacaban y querían trompear a todos. Lo agarraron entre tres, mientras me gritaba que me iba a matar, además de insultos irrepetibles. “¡Me haces ponerme así, enfrente de mi hija!”, me dijo.
Yo no salía de mi asombro. No lo provoqué ni creo que esta fuese una situación para resolver con  tanta violencia. De hecho no existen situaciones cotidianas que se resuelvan a los golpes.
Abandonamos Los 5 Hermanos, prometiendo no recomendarlos jamás. Nos obligaron a separarnos del resto del grupo y a buscar de urgencia cabaña. Por suerte conseguimos una al instante, no muy lejos, en un complejo mucho más lindo y barato. Todavía no entendemos en qué situación nos convertimos en okupas maleducados que venían a perturbar la paz. Presiento algo se ignorancia y perjuicio porque, entre otras ciudad, me dijo “¿Te pensás que me vas a hablar así porque sos de Capital?”.
De esta manera empezamos nuestro día de aniversario con Vicky. Todo fue mejorando, pero porque arrancamos tan abajo, después de una semana tan horrible, que luego las cosas solo podían mejorar.
Ahora, luego de cenar, nos resta concentrarnos en la carrera, en las cosas sanas,y dejar toda la mala onda atrás…

Semana 24: Día 168: Rumbo a Tandil

Esta semana pasará a la historia como una de las peores de mi vida. No casualmente no corrí un solo día desde el sábado pasado, como para indicar el poco tiempo en el que pude dedicarme a lo que realmente me apasiona y me relaja. Me salteé la cita con la psicóloga, dormí entre tres y cuatro horas diarias, trabajé hasta quedar tarado, y vi poco y nada a mis amigos.

Pero el punto más triste fue perder a mi gata, y es una herida que se hizo muy profunda. Era como mi hija, y ahora que no está es cuando más noto lo que la necesitaba. Esas cosas que antes me fastidiaban, ahora las extraño: sus uñas clavándose furtívamente en el colchón, su constante frotarse contra mis piernas cada vez que pasaba, el rasqueteo de las uñas contra el fondo del tarro de piedritas…

La pérdida de un ser querido, animal o humano, es irreparable. Todos somos únicos e irrepetibles. Estamos hundidos en el duelo, y todavía notamos la presencia de Catalina. Todavía tengo sus pelos blancos pegados en toda mi ropa, las fundas de las sillas están agujereadas por sus uñas… constantemente la recuerdo. Sigue angustiándome tomar el ascensor, y cada vez que subo o bajo no puedo evitar pensar en su caída. Lo que más nos preocupa es el perro, que perdió a su compañera de juegos, y ahora está olfateando, buscándola.

Pero esta semana nefasta está llegando a su fin. Estoy a minutos de salir con Vicky para Tandil, a pasar el sábado con los Puma Runners y el domingo correr la Adventure Race. Mañana, casualmente, es nuestro segundo aniversario. Lo vamos a festejar haciendo equipo, y la verdad es que nos ilusiona bastante. Necesitamos dejar atrás esta tragedia, y quizá esta carrera nos sirva para dejar de angustiarnos todo el tiempo.

No hay mucha estrategia este año, llego con bastante estrés, pero la idea es hacerla tranquilos. No es nuestra primera vez en las sierras (de hecho, es mi quinta) y nos queremos divertir. Todavía no me decidí si hacerla con mochila hidratadora o con el baticinturón. Lo voy a decidir allá, aunque eso signifique llevar alguno de esos elementos de más. Voy a estrenar calzas cortas que me regaló Vicky, aunque los Puma Runners que ya están en Tandil nos adelantaron que está haciendo bastante frío. Hasta ahora todas las Adventure Race fueron con sol, alguna vez con bastante calor, y sería una novedad hacerlo con bajas temperaturas.

Este viaje, después de esta semana, ha cobrado un nuevo significado. Ya era algo especial, una especie de festejo de aniversario con Vicky. Pero ahora es nuestra forma de mitigar el dolor y la tristeza que todavía nos produce estar en casa. Siempre dije que correr es terapeutico… ahora podría decir que, para nosotros, es muy necesario.

Semana 24: Día 165: Adiós a nuestra protectora

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“Ustedes tienen mala suerte con los gatos”, me dijo, hace unos cuantos años, un veterinario. Habíamos adoptado un gatito que falleció a las pocas semanas de haberlo traído a casa. Era muy chiquitito y se me trepaba a los hombros, clavando sus uñitas desde mis pantalones hasta arriba. Un día empezó a tambalearse, fuimos de urgencia a que lo revisen, lo internamos y no sobrevivió la noche.

Después adoptamos a otro en la calle, y a pesar de que lo prometían desparasitados, era un muestrario de bichos. Cuando tosió un gusano, en mi inocencia le dije al veterinario que debía ser una buena señal, que los estaba expulsando. No, todo lo contrario, me dijo. Quería decir que había pasado a sus intestinos.

A pesar de todo, pudimos curar al gatito y fue mi compañía, hasta que me separé de mi novia de aquel entonces y en la separación de bienes tuve que entregarlo. Fue una dura despedida, que solo confirmaba mi mala suerte gatuna.

Entonces llegó Max Aguirre, un gatito que compré por Mercado Libre, un macho desparasitado. Solo que no estaba desparasitado, ni era macho. “¿Está seguro?”, le pregunté al nuevo veterinario. “Hasta donde yo sé, es hembra”, me respondió. Catalina Max Aguirre pasó a ser su nombre completo, un poco más acorde a su sexo. Le hicimos mil tratamientos, mezclándole pastillas pulverizadas en queso crema, inyectándole líquidos en la boca con una jeringa y hasta pinchándola con algún remedio. Pasó las mil y una, por eso nunca terminé de curarle su conjuntivitis crónica. No quería volver a someterla a tratamientos, los había padecido toda su infancia, así que su característica pasó a ser que un ojito estaba más cerrado, y le lloraba de vez en cuando. Con paciencia, se lo limpiaba de vez en cuando.

Catalina me acompañó en invierno, dándome calor, y siempre le gustó tirarse al sol. Una vez desapareció y no la podía encontrar por ninguna parte. Imprimí y pegué carteles por todo el edificio, y resultó que se había asustado del técnico del cable y se había escondido adentro del sillón. No maulló ni hizo ningún ruido hasta varias horas después. Recuerdo esa desesperación como si fuese ayer, y la alegría cuando apareció.

Nos mudamos con Cata al departamento que alquilamos con Vicky, hace un año y medio. Le costó adaptarse a un nuevo ambiente, pero lo superó. Cuando llegó Oso Rulo, nuestro nuevo perro, no quiso saber nada, pero después se encariñó y lo adoptó. Jugaban juntos, lo lamía para limpiarlo, y lo consolaba si él lloraba (como cuando lo bañábamos). Éramos una familia de cuatro.

Hoy me desperté y estaba la puerta de la cocina abierta. No cierra bien a menos que le pongamos llave, y a veces se me pasa. Hice el desayuno, caminamos con Vicky y el perro hasta el tren, y volví a casa a trabajar. Tenía que ir a Barracas, y decidí hacerlo ida y vuelta corriendo, un entrenamiento de 30 km. El ritual antes de salir de casa era encerrar al perro y a la gata en la cocina, para evitar sus travesuras. Rulo estaba, pero Osa Rula (como rebautizamos a Catalina) no aparecía por ningún lado. No estaba durmiendo en nuestra cama, donde siempre hizo de estufa cuando no prendían la loza radiante. Tampoco estaba entre las cortinas del ventanal. Me fijé atrás de la puerta del baño, tampoco. Abajo de los muebles de la cocina, en el baño, atrás del puff, escondida detrás de la tele. Nada. Ni rastro.

Me angustié. Pensé que no podía correr si no aparecía. Me acordé de la puerta abierta a la mañana, así que bajé a hablar con el encargado. Sabía que habían visto un gatito deambulando por el edificio y que se había caído por el hueco del ascensor. Se me heló la sangre. Ya habían pedido que venga el técnico para entrar y revisar a ver dónde estaba. Llamé a Vicky por teléfono, no pude evitar contarle, y se largó a llorar. Teníamos un pésimo presentimiento, pero no queríamos perder la fe. No fui a Barracas, me quedé sentado, haciendo tiempo, esperando a que aparezca el técnico. Cuando llegó, revisó el primer ascensor y nada. Bajó al segundo, que está en la cochera del segundo subsuelo, y ahí estaba la pobrecita Osa Rula, durmiendo el sueño eterno.

Cuando la vi sin vida empecé a temblar. Lloraba y pensaba en que la estaba viendo así, por última vez. Me la dieron en una bolsa, y el portero me ofreció su pala y me llevó a un sector donde poder enterrarla. Tengo manos de diseñador gráfico, así que me costó mucho hacer el pozo. Vinieron los encargados del edificio y me dieron una mano. No quise meterla adentro de la bolsa de consorcio, como si fuese basura o como si me asquease. La saqué y la puse en la tierra, cubriéndola con la bolsa y echándole de nuevo la tierra encima. Agarré una piedra, le rayé “Osa Rula” encima y lo usé de improvisada lápida.

Con Vicky lloramos todo el día. Se fue nuestra amiga, la hermana del perro, con quien jugaba. Todavía la veo con el rabillo del ojo, y cuando enfoco es otra cosa. Cada vez que tomo el ascensor se me hace un nudo en la garganta, y sospecho que me va a durar mucho tiempo. Me tomé un taxi a Barracas, finalmente, porque no tenía ánimo para correr, ni siquiera para ir y venir en colectivo. Simplemente hay días en donde no existe motivación que te haga ponerte en movimiento. Cancelamos pilates y nos quedamos en casa, atendiendo al perro que da vueltas todo el tiempo, buscando algo que ya no está.

Siempre me molestó que se haya decidido que los animales no tenían alma. Nadie me va a negar que tienen corazón, y que aman incondicionalmente. Hace muchos años, después de que había muerto mi primer gatito, nos pusimos a joder con la tabla Ouija. No teníamos nada mejor que hacer. Fue una experiencia escalofriante y movilizadora. Me costará convencer a los incrédulos que la copa se movía y que deletreaba palabras muy concretas. Quizá con muchísimo entrenamiento alguien puede fingir lo que dice, pero tendría que practicar todos los días para hacerlo tan verosímil y engañar al resto. En esa sesión me quise sacar la duda, y le pregunté al espíritu presente si los animales tenían alma. “No”, me respondió. “Son espíritus protectores”. Le preguntamos de qué nos protegían, y la tabla respondió “Del mal”. Saquen las conclusiones que quieran, pero a mí esa respuesta me satisfizo. Yo creo que protegemos a nuestras mascotas, y ellos también lo hacen con nosotros, a nivel emocional.

Hoy se fue una amiga, un cuarto de nuestra familia, nuestra protectora. Nosotros nos quedamos acá, soñando que sea posible, de algún modo, que un día podamos volver a verla.

Semana 24: Día 164: A cinco semanas de la Patagonia Run

Continuando con mi repaso por las inminentes carreras que se avecinan, cierra todo con la Patagonia Run, una cuenta pendiente de Vicky y, de alguna manera, mía también.

Quizá no sea lo ideal encarar un trail de montaña a una semana de correr 100 km (la Ultra Buenos Aires, en Marcos Paz). Cuando lo intenté el año pasado quedé muy entero, así que no siento que me vaya a romper. Por otro lado, la Patagonia Run me va resultar tan exigente como yo lo desee. En los 100 km que corrí en 2012 me torcí el tobillo y me caí montones de veces, desesperado por cumplir con el reloj. Ahora son 63 km, codo a codo con Vicky, y me siento más experimentado y capaz.

Alguno recordará que esta distancia es la que intentó hacer el año pasado Vicky, y en el último puesto de control no la dejaron continuar porque se había pasado del tiempo límite. Hoy se comprueba qué injusta fue aquella decisión, porque extendieron el horario de la carrera. Con este nuevo itinerario, hubiese llegado sin problemas. Ahora nos queda salir a enfrentar a la Cordillera en San Martín de los Andes y demostrar que los sueños no se cancelan, solo se posponen.

Esta distancia me va a permitir arrancar casi de día, y no estar deambulando cuatro horas en total oscuridad. Quiero disfrutar del paisaje, como pudo hacer Vicky, y acompañarla para darle ánimo y que cruce la meta. También me gustaría llegar más entero que cuando hice los 100, más relajado y sin estar al borde de la hipotermia. Este es un trail durísimo, que lo vamos a tomar con calma (pero con responsabilidad), acompañándonos mutuamente.

¿Y hasta cuándo mantendremos esta seguidilla de carreras? Hay tantas que quiero hacer… La del Tren de las Nubes, la de la Muralla China, la de Río de Janeiro… pero son todos sueños que vienen después de la Espartatlón. Ya habrá tiempo para el resto…

Semana 24: Día 163: A cuatro semanas de la Ultra Buenos Aires

Faltan cuatro semanas para correr la Ultra Buenos Aires. Escribo estas líneas cerca de la medianoche, y podría decirse que en exactamente 28 días voy a estar de regreso en mi casa, con la duda resuelta de si pude correr los 100 kilómetros en 10 horas y media o no.

Hace unas semanas no me tenía fe. Cuando corrí los 50 km, recuperé toda la confianza y me sentí muy bien encaminado. Ahora, que entre el trabajo y la priorización de la Adventure Race Tandil dejé de lado los fondos largos, me volví a preocupar. No sé con qué me encontraré el 7 de abril a partir de las 6 de la mañana, pero lo tendré que ir a averiguar a Marcos Paz.

Estos días que pasaron me encontré con mucha gente que la va a correr. Me da esperanzas de que esto se convierta en una tradición anual, independientemente de mi desafío personal. Ayer hablaba con mi papá, que me confirmó que va a venir a verme, y en el caso de terminar la ultra, vamos a empezar a planificar el viaje a Grecia en septiembre. Sin Vicky, y con la incógnita de si mi mamá se sumaría o no, me emociona mucho pensar en que él me acompañe del otro lado del océano a participar de la carrera más difícil de mi vida. Por ahora hay muchas incógnitas.

Lo que sí sé es que hay un montón de gente que me va a acompañar. Y mucha que viene a la Ultra Buenos Aires porque le resulta un desafío interesante. Me siento hermanado con todos, los que corren y los que vienen a dar aliento. Quisiera que ya sea 7 de abril, pero también quisiera que faltase mucho más y tuviese más tiempo de entrenar. Todo no se puede, es una cosa o la otra… y me conformo con sacarme de encima este examen autoimpuesto.

Miro el calendario, constantemente. Sé a lo que me enfrento, lo que hay en juego, y lo que más me intriga es qué hacer con el blog en caso de no llegar. ¿Tendrá sentido seguir escribiendo otro año hasta averiguar si puedo llegar a los 100 kilómetros en ese tiempo? Es una duda que me carcome, ralmente estoy pensándolo constantemente.

Por ahora, todo sigue encaminado. Va a ser una carrera modesta y austera, pero divertida, hecha por gente que le apasiona correr y que no busca “salvarse” con esto. O sí. Quizá sí queremos salvarnos, pero no económicamente. Hay una necesidad que no es material, sino espiritual, que nos lleva a embarcarnos en este emprendimiento. Y sospecho que los proyectos que surgen así son los que más perduran.

Semana 24: Día 162: A una semana de Tandil

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Se vienen fechas interesantes. Por un lado, en una semana vamos a estar nuevamente en Tandil. Y el 16 vamos a cumplir dos años con Vicky. Tenemos cosas planeadas para esa fecha, ojalá que los fotógrafos estén atentos.

Como ya mencioné muchas veces, Tandil es una tradición en los Puma Runners. Fue mi segunda carrera, en marzo de 2009, en la que corrí las dos últimas postas junto a mi prima Vero. Me encantó, y al año siguiente la quise hacer completa y el esfuerzo me dejó una semana en cama, dolorido y con fiebre. ¡Pero quién me quitó lo bailado!

Sin ánimos de mandarme la parte, Tandil (o “La ex-Merrell”, como le decimos) no me resulta un desafío. Es una competencia muy linda, con un paisaje muy lindo, y una carrera que no debe ser subestimada por nadie (ni siquiera por mí, como estoy haciendo ahora). No sé, me interesa más meterme en competencias nuevas, o reintentar aquellas en las que no pude llegar a la meta (como la Ultra Buenos Aires, o La Misión). Acá se juegan otras cosas. Tandil se convirtió, para mí, en una tradición. Es otra categoría. Hay que ir, compartirla con amigos y disfrutarla. Es lo bastante cerca como para que el traslado no sea un trauma, pero lo suficientemente lejos como para no sentirte en la ciudad, haciendo cuestas en el asfalto.

Este año voy a correr en equipo con Vicky, y aunque ella me va a putear porque le digo que se apure, sé que la vamos a pasar muy bien. Cumplimos  2 años de novios, después de todo, y pareciera que hoy nos queremos más y nos llevamos mejor que en esas primeras e idílicas semanas de cualquier pareja.

Lo único que lamento es que la complejidad de esta carrera (que la tiene) hizo que los fondos largos que venía haciendo quedaran de lado para entrenar cuestas y potencia de piernas. Hubiese preferido seguir creciendo y superar la barrera de los 50 km. Pero en las últimas semanas el entrenador lo prefirió así. Tengo que confesar, además, que con mi socio de vacaciones, estuve trabajando tanto que tampoco me hubiese dado tiempo de correr 4 horas seguidas, un día de semana. Podría decirse que tuve suerte. Dios no cierra una puerta sin abrir una ventana, me parece que dicen, y aunque hubiese preferido los fondos, me vi en la obligación de entrenar lo que me dijeron que entrene. Ni más, ni menos. Sin sobreentrenarme, sin correr fatigado por largas jornadas frente a la computadora. Tuve el tiempo suficiente para solo hacer lo que debía.

Después de Tandil me van a quedar 3 semanas, exactas, hasta la Ultra Buenos Aires. No pienso matarme el próximo finde, sino divertirme, ir tranquilo, y guardarme para los 100 km del 7 de abril. No falta nada…

Semana 23: Día 161: Paradojas del corredor

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Hay ciertas contradicciones que se han vuelto habituales en mi vida.

¿Por qué puedo correr 300 km en un mes sin ningún problema ni ninguna secuela, y cuando por la mañana bostezo en la cama, me acalambro el gemelo?

¿Por qué me la paso quemando calorías, corriendo a base de un poco de bebida isotónica y un puñadito de pasas de uva, y cuando tengo que pasarme el día sentado, trabajando, me bajo tres paquetes de almohaditas de cereales?

¿Cómo puedo tener energía para hacer increíbles proezas como correr en los médanos, en las sierras, durante un día entero, y cuando estoy cenando en la tranquilidad de mi hogar me desmayo del sueño?

¿Por qué me fortalezco, corro más que nunca, y todos los demás piensan que estoy enfermo y que luzco demasiado flaco?

¿Por qué las zapatillas son tan caras si las hacen esclavos indonesios por centavos?

¿Cómo podemos contabilizar los segundos, ver en qué posición llegamos a la largada de una carrera, si no nos importa ganar y competimos contra nosotros mismos?

Los dejo pensando.

Semana 23: Día 160: Por suerte tengo pilates

Como dije en el post de ayer, tengo a mi socio de vacaciones, lo que me obliga a improvisar a la hora de seguir entrenando. Por suerte aprovecho mis viajes de Barracas a casa, lo que me asegura 15 kilómetros por las calles porteñas. Peor es nada. También, para compartir alguna actividad con Vicky (y que me saque de enfrente de la computadora), estamos yendo a Pilates. Que es como una clase laaaaaarga de elongación y aprender a respirar y acomodar la postura.

Es difícil porque aunque estamos yendo a las 8 de la noche (a dos cuadras de casa), tengo que cortar lo que esté haciendo de trabajo para ir al instituto. Y es una cita que respeto bastante, con la ilusión de que es cerca y que vuelvo enseguida. Pero me permite relajarme, y calmar las ansiedades de estar sentado de sol a sol frente a la máquina.

Pasa algo en el instituto donde hago pilates, y es que los profesores duran menos que un suspiro. Ya vamos por el tercer profe, y las anteriores decidieron abandonar la coordinación de la clase para irse tras mejores perspectivas laborales.

Pero Ramiro, el actual instructor, parece que es el más canchero. Explica los ejercicios, da tips para amateurs como yo, y realmente nos hace estirar, un déficit en mi caso que (apenas termino de entrenar) quiero comer e irme a casa. Pilates me parecía algo para señoronas que no sabían qué hacer con su tiempo. Un prejuicio que, me parece, está bastante difundido. Pero está bastante lejos de ser fácil.

Hoy trabajamos todos los músculos de la pierna (cruádriceps, isquiotibiales, abductores, gemelos), un poco de tren superior y muchas abdominales, principalmente las de la zona baja (que son las más difíciles). Y todo con la misma máquina. También nos pasaron un tip para mejorar la postura: buscar que las orejas estén lo más alejadas posible de los hombros. Aunque parezca una tontería, me está funcionando.

Además repasamos la fragilidad del cuello y la importancia de la respiración (inspirar en relajación, expirar al hacer fuerza). Todo el cuerpo es una pieza de relojería, y buscando la armonía se logra una mejor salud.

Cuando llegan los martes y jueves puedo decir “por suerte tengo pilates”, y sé que me voy a relajar. Los lunes, miércoles y sábado puedo decir “por suerte hoy corro”, cosa que también me pone pilas. Solo me falta encontrar algo que me levante los viernes y los domingos… ¿alguna idea?

Semana 23: Día 159: Todos contra juan

Es imposible que nuestra mente deje de trabajar. A veces suele ser contraproducente, porque ahí, adentro de nuestra cabeza, se gestionan nuestras inseguridades. Paradójicamente también es donde alojamos nuestra motivación, y donde nos llenamos de endorfinas.

Pensar es una actividad imposible de no hacer mientras corremos. Me pasa, cuando estoy en medio de una carrera o en un fondo largo, solo con mis pensamientos, que me pongo a redactar todo como si fuese un post de este blog. Imagino frases que, en ese momento, me parecen hasta ingeniosas. Por supuesto que cuando llego a destino me olvido absolutamente de todo. Pero a veces algo queda.

Hoy, mientras corría desde Barracas hasta Colegiales, pensé en Juan Damián Correa, a quien hice el principal responsable de que este blog estuviese parado por tres días. Incluso imaginé publicar su e-mail para que los lectores de Semana 52 le digan a este señor todo lo que piensan de él y su descaro. Pero bueno, resistí la tentación y mantendré su contacto en reserva.

Como todos los grandes criminales norteamericanos, Juandy (para los amigos) tiene dos nombres y un apellido. Muchos conocen al infame John Wilkes Booth, todos desprecian a Mark David Chapman. Sin llegar a ser un asesino, Juan Damián Correa también es un nombre de temer. Amigo desde hace años, actualmente es mi socio en mi emprendimiento de diseño gráfico. Es transparente con los números, justo, con iniciativa y bastante prolijo a la hora de trabajar. Yo a veces le digo que lo formé, y así como lo creé de la nada, también puedo destruirlo. Pero no es cierto.

Juandy de vez en cuando me pide consejos para hacer actividad física, para enlongar, o qué cosas comer y cómo hidratarse. No sé si me hace caso, pero lee el blog con cierta regularidad. Teníamos un delicado equilibrio que consistía en que él hacía todo el trabajo y yo me iba a entrenar.

Bueno, a él se le ocurrió irse de vacaciones a los Estados Unidos, y aunque fue con su gorrito comunista, con estrella roja y todo, lo dejaron pasar. Aunque me avisó con tiempo, nunca me imaginé que me quedaría con todos los compromisos en mi regazo, mientras él disfruta del fast food y el espíritu neoyorquino. Me vi en la obligación de sentarme a trabajar, pero a destajo (lo que sea que signifique esa palabra). De sol a sol, intentando cumplir a medias con todos (sin mucho éxito). Un día me levanté a las 3:30 de la madrugada para venir a la compu y seguir trabajando. Ayer volví a pilates, con toda la intención del mundo de actualizar el blog, pero me dormía mientras cenaba. O sea, yo me duermo siempre DESPUÉS de la cena, pero nunca con el tenedor a mitad de camino de mi boca.

Las cosas no se han normalizado, pero ayer logré dormir 8 horas, que es lo más cercano a un lujo que puedo aspirar. No estoy yendo a entrenar porque tengo que ir a una editorial a terminar varias publicaciones y proyectos, pero sin importarme a qué hora termino, siempre vuelvo a casa corriendo. Son entre 13,5 y 15 km. Hoy tomé una ruta alternativa, me perdí, y terminé haciendo 16 km. Más es mejor, así que no me quejo.

Y mientras recorría las calles porteñas, escuchando Metro y Medio, intentando que los automóviles y los motociclistas no me atropellen, pensaba en Juandy, y en cómo lo iba a culpar por tres días sin blog. Pero, si no hubiese sido por él, no me podría haber ido a correr a Grecia. O a Misiones. O a Villa la Angostura. Además, va a ser quien me acompañe en la Ultra Buenos Aires, los 100 km en bici, alcanzándome agua y comida. Sé que le debo mucho a ese canalla, así que haré de cuenta que esos tres días sin blog han sido un económico precio a pagar por las vees que me hizo el aguante.

Pero más le vale que me traiga un buen regalo…

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