Semana 24: Día 165: Adiós a nuestra protectora

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“Ustedes tienen mala suerte con los gatos”, me dijo, hace unos cuantos años, un veterinario. Habíamos adoptado un gatito que falleció a las pocas semanas de haberlo traído a casa. Era muy chiquitito y se me trepaba a los hombros, clavando sus uñitas desde mis pantalones hasta arriba. Un día empezó a tambalearse, fuimos de urgencia a que lo revisen, lo internamos y no sobrevivió la noche.

Después adoptamos a otro en la calle, y a pesar de que lo prometían desparasitados, era un muestrario de bichos. Cuando tosió un gusano, en mi inocencia le dije al veterinario que debía ser una buena señal, que los estaba expulsando. No, todo lo contrario, me dijo. Quería decir que había pasado a sus intestinos.

A pesar de todo, pudimos curar al gatito y fue mi compañía, hasta que me separé de mi novia de aquel entonces y en la separación de bienes tuve que entregarlo. Fue una dura despedida, que solo confirmaba mi mala suerte gatuna.

Entonces llegó Max Aguirre, un gatito que compré por Mercado Libre, un macho desparasitado. Solo que no estaba desparasitado, ni era macho. “¿Está seguro?”, le pregunté al nuevo veterinario. “Hasta donde yo sé, es hembra”, me respondió. Catalina Max Aguirre pasó a ser su nombre completo, un poco más acorde a su sexo. Le hicimos mil tratamientos, mezclándole pastillas pulverizadas en queso crema, inyectándole líquidos en la boca con una jeringa y hasta pinchándola con algún remedio. Pasó las mil y una, por eso nunca terminé de curarle su conjuntivitis crónica. No quería volver a someterla a tratamientos, los había padecido toda su infancia, así que su característica pasó a ser que un ojito estaba más cerrado, y le lloraba de vez en cuando. Con paciencia, se lo limpiaba de vez en cuando.

Catalina me acompañó en invierno, dándome calor, y siempre le gustó tirarse al sol. Una vez desapareció y no la podía encontrar por ninguna parte. Imprimí y pegué carteles por todo el edificio, y resultó que se había asustado del técnico del cable y se había escondido adentro del sillón. No maulló ni hizo ningún ruido hasta varias horas después. Recuerdo esa desesperación como si fuese ayer, y la alegría cuando apareció.

Nos mudamos con Cata al departamento que alquilamos con Vicky, hace un año y medio. Le costó adaptarse a un nuevo ambiente, pero lo superó. Cuando llegó Oso Rulo, nuestro nuevo perro, no quiso saber nada, pero después se encariñó y lo adoptó. Jugaban juntos, lo lamía para limpiarlo, y lo consolaba si él lloraba (como cuando lo bañábamos). Éramos una familia de cuatro.

Hoy me desperté y estaba la puerta de la cocina abierta. No cierra bien a menos que le pongamos llave, y a veces se me pasa. Hice el desayuno, caminamos con Vicky y el perro hasta el tren, y volví a casa a trabajar. Tenía que ir a Barracas, y decidí hacerlo ida y vuelta corriendo, un entrenamiento de 30 km. El ritual antes de salir de casa era encerrar al perro y a la gata en la cocina, para evitar sus travesuras. Rulo estaba, pero Osa Rula (como rebautizamos a Catalina) no aparecía por ningún lado. No estaba durmiendo en nuestra cama, donde siempre hizo de estufa cuando no prendían la loza radiante. Tampoco estaba entre las cortinas del ventanal. Me fijé atrás de la puerta del baño, tampoco. Abajo de los muebles de la cocina, en el baño, atrás del puff, escondida detrás de la tele. Nada. Ni rastro.

Me angustié. Pensé que no podía correr si no aparecía. Me acordé de la puerta abierta a la mañana, así que bajé a hablar con el encargado. Sabía que habían visto un gatito deambulando por el edificio y que se había caído por el hueco del ascensor. Se me heló la sangre. Ya habían pedido que venga el técnico para entrar y revisar a ver dónde estaba. Llamé a Vicky por teléfono, no pude evitar contarle, y se largó a llorar. Teníamos un pésimo presentimiento, pero no queríamos perder la fe. No fui a Barracas, me quedé sentado, haciendo tiempo, esperando a que aparezca el técnico. Cuando llegó, revisó el primer ascensor y nada. Bajó al segundo, que está en la cochera del segundo subsuelo, y ahí estaba la pobrecita Osa Rula, durmiendo el sueño eterno.

Cuando la vi sin vida empecé a temblar. Lloraba y pensaba en que la estaba viendo así, por última vez. Me la dieron en una bolsa, y el portero me ofreció su pala y me llevó a un sector donde poder enterrarla. Tengo manos de diseñador gráfico, así que me costó mucho hacer el pozo. Vinieron los encargados del edificio y me dieron una mano. No quise meterla adentro de la bolsa de consorcio, como si fuese basura o como si me asquease. La saqué y la puse en la tierra, cubriéndola con la bolsa y echándole de nuevo la tierra encima. Agarré una piedra, le rayé “Osa Rula” encima y lo usé de improvisada lápida.

Con Vicky lloramos todo el día. Se fue nuestra amiga, la hermana del perro, con quien jugaba. Todavía la veo con el rabillo del ojo, y cuando enfoco es otra cosa. Cada vez que tomo el ascensor se me hace un nudo en la garganta, y sospecho que me va a durar mucho tiempo. Me tomé un taxi a Barracas, finalmente, porque no tenía ánimo para correr, ni siquiera para ir y venir en colectivo. Simplemente hay días en donde no existe motivación que te haga ponerte en movimiento. Cancelamos pilates y nos quedamos en casa, atendiendo al perro que da vueltas todo el tiempo, buscando algo que ya no está.

Siempre me molestó que se haya decidido que los animales no tenían alma. Nadie me va a negar que tienen corazón, y que aman incondicionalmente. Hace muchos años, después de que había muerto mi primer gatito, nos pusimos a joder con la tabla Ouija. No teníamos nada mejor que hacer. Fue una experiencia escalofriante y movilizadora. Me costará convencer a los incrédulos que la copa se movía y que deletreaba palabras muy concretas. Quizá con muchísimo entrenamiento alguien puede fingir lo que dice, pero tendría que practicar todos los días para hacerlo tan verosímil y engañar al resto. En esa sesión me quise sacar la duda, y le pregunté al espíritu presente si los animales tenían alma. “No”, me respondió. “Son espíritus protectores”. Le preguntamos de qué nos protegían, y la tabla respondió “Del mal”. Saquen las conclusiones que quieran, pero a mí esa respuesta me satisfizo. Yo creo que protegemos a nuestras mascotas, y ellos también lo hacen con nosotros, a nivel emocional.

Hoy se fue una amiga, un cuarto de nuestra familia, nuestra protectora. Nosotros nos quedamos acá, soñando que sea posible, de algún modo, que un día podamos volver a verla.

Publicado el 12 marzo, 2013 en Reflexiones y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. 4 comentarios.

  1. Aquí mi mano amigo. Juanca.

  2. iamafuckingrunner

    que bajon!

  3. Lo siento mucho chicos, los que amamos a los bichos los entendemos

  4. Muy triste… Recuerden cosas bonitas vividas junto a ella…

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