Archivos Mensuales: marzo 2013

Semana 27: Día 184: Encontrar tu lugar feliz

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Hoy hice un entrenamiento de 30 km, de cara a la Ultra Buenos Aires. Ocurrió una escena graciosa el día de ayer, mientras mi entrenador me dictaba lo que tenía que hacer. Mientras uno de los chicos, que estaba escuchando la conversación, decía “¡Uy! ¡30 kilómetros! ¡Qué zarpado!”, al mismo tiempo yo decía “¿Nada más?”. Desde afuera, cualquiera podría pensar que soy un agrandado, pero con tantos entrenamientos largos y duros, ahora que me acostumbré, correr 3 horas me parece poco. Pero claro, sigue siendo duro y agotador.

Quizá este sería un buen momento para abrir un paréntesis y aclarar qué significa este blog. Semana 52 es un registro de mi vida como atleta. A veces no puedo evitar que se colen otras cosas como mi pasión por el cine, por los cómics, o por la literatura. He hablado de los abusos que sufrí cuando era niño, he hecho pública una separación (brevísima) con Vicky, y hasta he contado cuando en Tandil me quisieron cagar a trompadas. Pero hay algo que probablemente nunca dejé en claro, y es que esta no es mi vida. Por más que escriba un choclazo, todos los días (este es el post número 919, por ejemplo), es la punta del iceberg. No cuento que voy a terapia una vez por semana, ni cuando tengo una discusión con mi pareja, o cuando en un arranque de ira insulto a un colectivero porque estacionó sobre la senda peatonal. Tampoco hago público si estoy deprimido, si le mentí al sodero o si uso mis ratos libres para ver pornografía en la red. Lo cierto es que pasan muchas cosas en la vida de una persona como para volcarlas todas en un blog. Además, el 98% de esas cosas, resultarían intrascendentes para la mayoría.

Hecha esa aclaración, he tenido subidas anímicas y también bajones últimamente. Me he angustiado, he llorado y he sentido un peso enorme sobre mis hombros. Se conjugaron muchas cosas en mi vida personal, profesional y atlética. Muchas veces sentí que no quería seguir con el blog (alguno habrá notado que hay días en que no he subido absolutamente nada). Hasta llegué a pensar en no correr nunca más. A veces me la doy de gurú motivacional, pero soy uno más, con mis miserias, mis fobias, y a veces no me siento capaz y quiero largarlo todo. Creo que es algo con lo que cualquiera se podría identificar. Calculo que a todos, alguna vez, nos pareció que nuestros problemas eran inmensos y no podíamos ver cómo resolverlos.

¿Por qué me pasaron estas cosas? Como dije, en este blog se ve la punta del iceberg, y no es casual. Yo elijo que así sea, porque si bien he contado cosas muy privadas y muy fuertes, hay otras que prefiero mantener en mi fuero interno.

Hoy fue uno de esos días en que todo parecía estar mal, ser demasiado duro e inabarcable. Discutí con Vicky, me abrumé con trabajo atrasado (ni siquiera el fin de semana extra large me sirvió para ponerme al día), y por supuesto que siempre está dando vueltas el fantasma de los 100 km que tengo que correr dentro de una semana. Si tuviese pelo, me hubiese arrancado los mechones.

Por suerte estaba Vicky para serenarme. Puso su mano en mi hombro y con una voz calma empezó a hablarme de colores. Yo no entendía bien. ¿Acaso había dicho “verde”? Lo que estaba haciendo era compartir técnicas de meditación. Pensar en un color es una de las formas más puras de abstracción mental, y permite justamente no pensar. Pero llegar a eso es muy difícil, así que hay que pensar primero en un paisaje, y volar sobre él. Sentirse a gusto, fusionarse. Así, de a poco, hasta ir simplificándolo hasta convertirlo en un color. De ahí podemos quitar lo cromático y llegamos a la vieja y apreciada “mente en blanco”.

Salí de casa más tarde de lo que hubiese querido, con la mochila llena de agua, dos geles y un puñado de pasas de uva. No fui a la Reserva porque la distancia no me iba a alcanzar, e iba a tener que correr casi todo el trayecto por asfalto. Me fui a los lagos de Palermo, y allí descubrí lo tonto que fui por haber creído durante 5 años que solo se podía correr en el circuito que rodea al lago. Resulta que el verde es mucho más amplio, y que no me estaba permitiendo extender mis límites. Un trayecto más largo eran menos vueltas, lo cual iba a hacer que el entrenamiento fuese menos monótono.

Explorando y calculando los kilómetros que tenía cada ruta nueva, fui pasando el tiempo. Pero de tanto en tanto la mente divagaba y volvía a los problemas y a la angustia. Entonces pensé en aplicar esas cosa que me había dicho Vicky. ¿Qué podía perder? Intenté levantar la vista y mirar el paisaje. Hay muchos árboles que todavía están muy verdes. Las hojas se movían con el viento, y realmente era un espectáculo muy sereno que me perdí muchísimas veces. Me puse a pensar si este sería mi lugar feliz, ese paisaje al que podría ir en situaciones de estrés. Pensé en sobrevolar el mar, una imagen que me describió Vicky en casa, antes de salir, así que me fui a las olas rompiendo en la playa. Recordé ese viaje en el que nos enamoramos, camino a Tandil, en el que hicimos una parada en Mar del Plata y nos metimos al agua a barrenar. Me di cuenta que había encontrado ese paisaje feliz.

Enseguida lo ligué al Mar Egeo, en Grecia, y a sus aguas cristalinas y serenas. El sol brillante, ni una nube en el cielo azul. El suave bamboleo que formaban los barcos que pasaban. Y funcionó. Realmente me olvidé de todos los problemas, o me di cuenta que en realidad los problemas no existen, sino que es uno quien les da tamaña importancia. Volví a conectarme con correr, con el paisaje, y con un estado de calma y felicidad.

No terminé los 30 km en tiempo récord (igualmente 2 horas 45 minutos no está mal), pero volví a casa muy relajado. Creo que esa serenidad es la que voy a necesitar para terminar los 100 km, una proeza que no es tan física, sino mental…

Semana 27: Día 183: Beneficiarse de la vida

Scott Jurek es un atleta. Pero no uno cualquiera, sino que además es de elite. Y como si fuera poco, es vegano, y a diferencia de otros campeones, es una persona llena de humildad y sabiduría.

Ahora estoy leyendo su auto-biografía “Eat & Run”, que es simplemente magnífica. Jurek es un chico de clase baja con un padre severo y una madre con esclerosis múltiple. La cercanía con la naturaleza es su gran incentivo, aunque probablemente lo que más lo motivó fue vivir despojadamente, sin los lujos de la clase media.

En su discurso de despedida de clases, dio un consejo brillante, que poco tiene que envidiarle a los recordados ensayos de Steve Jobs (también vegano, casualmente):

“Me gustaría dejarles cuatro mensajes para ayudarlos a ustedes y a otros a beneficiarse de la vida.

Primero que nada, les pido ser diferentes.

Segundo, encontrar un modo de ayudar a los otros en vez de pensar solo en ustedes mismos.

Tercero, todos son capaces de tener éxito. Nunca dejen que alguien los desaliente cuendo estén buscando un objetivo o un sueño.

Y finalmente, hagan las cosas mientras sean jóvenes. Asegúrense de buscar su ssueños y objetivos incluso si ellos parecen imposibles”.

La vida es esta, y el momento para sacarle el jugo es ahora.

Semana 26: Día 182: Otro fondo de 50 km

Después de correr 70 km está la constante duda de qué impacto tuvo sobre el cuerpo. Si es cierta la máxima que dice que por cada kilómetro corrido el cuerpo necesita un día para recuperarse, entonces estamos al horno. No soy una persona conservadora en cuanto a lo atlético, si no tendría que estar muy preocupado.

En el día de ayer me tocó correr 50 km, y como tantas veces me cayó medio de sorpresa. Mi única preparación, después de tantas dietas pre-maratones, fue no consumir fibras el día previo. Intenté tomar toda el agua que pude, desayunar temprano, persignarme y salir.

Era jueves santo, un día semi-feriado, pero al ser el primero de un finde mega-largo (¡SEIS DÍAS!) había muy poca gente en la calle. Mi intención era salir lo más temprano posible, tipo 6 de la mañana, pero me acosté a las 2, culpa de tantos compromisos laborales asumidos. Temía que eso me influyese negativamente ante un fondo tan bestial, así que decidí dormir un poquito más y terminé saliendo de casa a las 7:45.

La última vez que corrí 50 km me fui de casa hasta el puerto de Tigre, ida y vuelta. Eso es 98,5% asfalto, y mis rodillas lo sintieron, en especial en los ligamentos externos. Cuando tocaron 70 km, para ser un poco más conservador que de costumbre, me fui para la Reserva Ecológica, buscando todo el pasto posible. Me funcionó, así que ayer decidí repetir la experiencia.

En el trayecto hay hormigón, asfalto, cemento, y muy poca tierra. Pero en cuanto me crucé con un cachito de pasto (en las plazas o junto a la bicisenda, por Retiro), me metí de cabeza (no literalmente). Llevaba mi mochila hidratadora nueva, tomando bebida y comiendo de vez en cuando unos pretzels. Me intrigaba el impacto que iba a tener en mis piernas el no haber descansado tanto. El reloj me marcaba un ritmo constante de 5:40 el kilómetro.

Me sentí bien todo el trayecto, y entré a la Reserva descansado y relajado. Entonces, sonó el teléfono. Dudé en atender: era por trabajo. Me detuve y atendí. Del otro lado había bronca, reclamos por trabajos atrasados. Intenté justificarme sin mucho éxito. “La semana que viene nos vamos a juntar a hablar, porque yo así no puedo seguir trabajando”, me dijeron del otro lado. Unas horas después, ya en casa y recién almorzado, me dirían “No quiero seguir trabajando con vos”, que a un empleado le significaría una indemnización, pero cero pesos a un trabajador freelance, más allá de que tuviese una relación laboral de seis años. Pero eso sería después. Ahora estaba en la Reserva, masticando frustración y bajándola con un poco de bronca. ¿Qué hacer, con 12 km encima, presión y mala onda? Correr.

A pesar del parate de varios minutos, volví al camino de tierra casi desierto. Pocos atletas se habían acercado al lugar. Quizá porque estaban de vacaciones, o quizá porque creían que estaba cerrado (hasta yo dudé). Seguí avanzando a buen ritmo, casi como intentando recuperar el tiempo perdido por esa llamada. Temí por mis piernas, e intenté bajar la velocidad. No quería hacer más rápido que 5:30, pero a veces me encontraba que estaba bajando demasiado el ritmo.

Un gel cada 10 km, mucha agua, y disfrutar del paseo. Las rodillas no dolieron, pero me preocupaban los gemelos. Sin embargo, nada pasó. Crucé el fantasmagórico umbral de los 30 km sin sentir el muro. El sol del jueves estaba alto, brillante y fuerte. Salí de la Reserva a los 37 km, para estar en 50 cerquita de casa. Me preocupaba volver al asfalto y que las piernas se resintiesen, pero milagrosamente nada pasó. Faltando 5 km para llegar a la meta mi ritmo empezó a hacerse más lento, con un tranco que por momentos se acomodaba en los 6:05. No me preocupé… ¡había dormido poco más de 4 horas! Llegué a casa cansado, pero entero y feliz. Cuando entré, Vicky me mandó a comprar pan. Me dio gracia, antes correr 30 km me dejaba en cama por varios días, y ahora estaba camino a la panadería, usándolo de regenerativo.

Creo que hay algo en el entrenamiento constante que me está ayudando. Hay mucha experiencia, que me juega a favor, y gracias a eso me hidrato y alimento correctamente. Pero pude hacer 50 km habiendo dormido poco (la noche anterior fue incluso peor) y encaré esta distancia habiendo hecho 70 km en la misma semana. Y ahí estaba, entero. De hecho ahora, mientras escribo estas líneas, me siento fantástico y con muchas ganas de volver a correr. Quizá uno llega a un punto en que el cuerpo empieza a recuperarse más rápido. O uno se insensibiliza y por dentro se está desmoronando en pedazos. Ojalá sea la primera opción.

Queda poquito más que una semana para Marcos Paz, la hora de la verdad. Ahora me voy a buscar un trabajo flexible en los Clasificados, permiso.

Semana 26: Día 180: Mañana, 50 km

¿Se puede correr un fondo largo después de una semana de mucho laburo y stress? ¿Se la banca el cuerpo correr 50 km con 5 horas de sueño? Mañana les confirmo.

Igual sepan que ante la mínima molestia, camino. A esta altura del camino, solo me permito romperme el día de la carrera…

Semana 26: Día 178: El reposo

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Después del brutal entrenamiento al que me sometí ayer, recibí varias felicitaciones, como si en lugar de haber entrenado hubiese corrido una carrera. En el blog, por mail, mensaje de texto, whatsapp. Coincidió que varios me decían que me faltaba muy poco, que tenía la Ultra Buenos Aires en el bolsillo. Y yo, que soy un falso modesto, no podía dejar de pensar “¿No se dan cuenta que todavía me faltan 30 km para llegar a los 100… y que eso ni siquiera va a ser la mitad de la Espartatlón?”.

No sé qué clase de mecanismo de defensa es el que se activa para rechazar elogios y tirarse abajo. No tiene que ver con la falta de confianza. Quizá sea una forma de intentar ser realista y no creérsela. Estoy leyendo el MARAVILLOSO libro de Scott Jurek, “Eat & Run”, en el que cuenta su vida, y por fin me cruzo con un ultramaratonista súper campeón que, además, es un ejemplo de humildad. Esa experiencia es muy gratificante y enriquecedora. Podría ser que me haya enganchado porque ama correr y es vegano, pero lo que me compró fue que abre su autobiografía con una pésima experiencia de carrera, en la que todo el mundo estaba convencido de que iba a ganarle a todos y romper el récord, y él no podía más y quería abandonar a toda costa.

En estos días donde me estoy recuperando de correr un fondo bestial, aprovecho para reflexionar. Me han dicho, con mucho acierto, que lo que me falta es un trayecto netamente mental. Casi como si hubiese quedado demostrado que al cuerpo se lo puede exigir. Ya está entrenado y se va regenerando. Pero necesito estar tranquilo, focalizado en el objetivo, porque lo que queda es puro huevo. Mientras que en la maratón el muro es cruzar los 30 km y llegar a la meta en el 42, pasar los 70 y alcanzar los 100 es un ejercicio mental más complicado que hacer logaritmos en base 2. Es una mezcla entre relajarse y seguir esforzando el físico al límite.

No sé si voy a llegar a los 100. Tampoco sé si considerar este fondo de 70 km como un triunfo. Nunca me planteé seriamente correr esa distancia, y cuando la hice me sentí mejor de lo que me esperaba. Me di cuenta de todo lo que hice mal el año pasado, cuando abandoné vomitando en el km 77. Ya había caminado la mitad del trayecto, con una bronca y una frustración muy grande (pero con una contención de familia y amigos como no tuve en toda mi vida). Ayer, cuando me faltaban 1000 metros para terminar el entrenamiento, me dejé llevar, abrí la zancada y empecé a correr a toda velocidad (al menos, a la que podía en ese momento). Por eso podría suponer que si repito las circunstancias de ayer en la Ultra Buenos Aires, voy a tener un restito para tirarme a los 30 km que me van a quedar.

En fin, esta debe ser la etapa más dura de un entreno, en el que la intensidad baja y lo que predomina es descansar. La cabeza no solo es la gran responsable de que el cuerpo llegue a su límite (y lo pase), sino que es la parte del cuerpo que de alguna forma se niega a detenerse. Puedo hacer reposo con el cuerpo, pero ¿cómo hago que mi cabeza baje dos cambios? Se escuchan sugerencias.

Semana 26: Día 177: Un fondo de 70 km

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– Conejo, ¿hoy hago algo? Me siento bien, aunque siento una molestia en la ingle, no sé si no es de un rozamiento.

Estas fueron las palabras que le dije a mi entrenador Germán, vía whatsapp, un día después de haber corrido 50 km, desde casa (Colegiales) ida y vuelta a Tigre. No voy a negar que ese entreno me destruyó. Por lo que no me esperaba su respuesta:

– Nop. Hoy nop. ¿Estás mejor? Mi idea era 70 el domingo. Pero ahora queda en cómo estás vos.

Releí el mensaje. ¿Había escrito 70? Sí, no sabían dudas. ¿Qué pasó con los 60? ¿Nos los salteamos? Tuve un rapto de sinceridad:

– Uh, me subiste la apuesta mal.

Le confesé mi cagazo, lisa y llanamente.

– Es lo último – me dijo. – Después bajamos volumen hasta la carrera. Es tu momento, Casanova.

Valía caminar. No valía romperme. Hice mi grito espartano, y los dos días que siguieron me dediqué a cargarme de hidratos de carbono y a no cansarme. Vicky tuvo la gentileza de regalarme una mochila hidratadora nueva, junto con una bolsa súper moderna, de esas que no se vuelcan ni aunque hagamos la vertical.

Puse el despertador a las 5 de la mañana y aunque me acosté temprano (antes de la medianoche, para mí, es temprano) me desperté de un salto cuando el celular empezó a sonar. Me levanté medio zombi y me puse a preparar las cosas: el agua, los geles, los pretzels, una banana, la ropa, vaselina en los pezones, cintura y partes pudendas, y el pantaloncito y las calzas que me regaló Vicky (noto que he estado ligando muchas cosas últimamente).

Tuve que hacer una parada obligada en el baño, más mi propia torpeza que me impedía cerrar la bolsa hidratadora, por lo que no terminé saliendo a las 6 de la mañana como quería, sino 6:45. Arranqué cuando empezaba a clarear con el reloj de Vicky, porque el mío solo no iba a durar los 70 km.

Tenía bastante miedo porque no sabía si iba a llegar. Pero Germán me había habilitado a caminar para alcanzar esta meta. “Podés caminar”, me dijo, “la idea es que planifiques antes lo que vas a hacer. Vale todo menos quedar tololo”. Me quedé con esas palabras, y me prometí cuidarme, no matarme, y si hacía falta, detener la marcha.

Del fondo de 50 km del jueves me había quedado una molestia en los costados de ambas rodillas, más los cuádriceps un poco duros. Mi profesor de Pilates me dijo que eso se debió a correr tanto sobre asfalto, y me recomendó que intente ir sobre tierra o pasto. Por eso es que decidí ni ir hacia el Tigre en esta oportunidad, porque la Avenida del Libertador es puro cemento. Mi destino fue la Reserva Ecológica, con su circuito de 8 km repetido hasta que me diesen esos 70 km.

Las calles de un domingo a la mañana, como es de suponer, están completamente vacías. Mientras corría veía a los encargados de los edificios sacar las mangueras para empezar a baldear. También vi a los pibes que volvían de bailar, y en los lagos de Palermo todavía estaban las chicas trans parando a los últimos autos que buscaban pasarla bien. Tuve que hacer tiempo en este circuito, porque la Reserva abría recién a las 8 de la mañana.

Más allá de cierta rigidez en las piernas, me sentí bien. Las rodillas molestaban un poco, pero era mínimo. Cuando ya tenía unos 11 km, con el sol ya iluminando alto, las chicas se fueron a su casa y yo me fui hacia el lado de Retiro.

La idea de ir a la Reserva, si bien tenía que ver con el tipo de suelo, obedecía a la necesidad de tener agua de sobra. La mochila hidratadora carga hasta 2 litros, y eso puede durar unos 40 km. O sea que me iba a quedar muy corto. Pero en este lugar tienen canillas, además de baños, así que me iba a venir bien en lo que calculaba que iban a ser 7 horas corriendo.

Cuando había hecho 25 km me pasé a mi reloj y guardé el de Vicky. Ella estaba acercándose, y nos contactábamos por celular. Además de ser mi radio, que me acompañó casi todo el trayecto, era mi bitácora, e iba actualizando mínimamente mi estado en el Twitter del blog (@semana52).

Cuando pasé los 30 km, que es cuando siempre toco el muro, y no sentí nada, fue la primera vez que pensé que podía terminar todo ese entrenamiento. La mente es bastante caprichosa, y puedo estar muriéndome a los 15 km si tengo que correr 20, pero si el objetivo está en los 50, esos 20 km se pasan como si nada. Hoy no fue la excepción, y mientras avanzaba me daba cuenta de que no me cansaba tanto como el jueves. Siempre sufro en los 5 km finales, haga la distancia que haga. Creo que si tengo que correr una carrera de 5 km, voy a sufrir de principio a fin.

Vicky llegó a la Reserva y me alcanzó el Voltaren, el analgésico y desinflamatorio con el que me embadurné las rodillas. También traía Gatorade, geles, gomitas, y de vez en cuando me alcanzaba una botella con agua para mojarme. Tuvimos la inteligencia de no intentar correr juntos. Como este lugar tiene múltiples circuitos, ella hacía la suya, yo la mía, y Vicky tomaba un atajo para asistirme si yo necesitaba algo.

Aunque había un poco de barro por las recientes e inesperadas lluvias, el sol estaba alto, fuerte, así que varias veces me mojé la cabeza. Creo que lo de correr en piso de tierra me ayudó mucho, porque aunque sentía las piernas un poco resentidas, todo estuvo bajo control. No me acalambré ni estuve al borde del colapso como cuando hice 50 km. De hecho, ¡me sentí muy bien! Mantuve ritmos de 5:30 durante casi todo el recorrido, a veces más, a veces menos, pero nunca me caí. En mi cabeza hacía cuentas para saber a qué velocidad podía correr en la Ultra Buenos Aires, especulando con estar holgado para poder bajar la intensidad sobre el final.

Realmente fue un entrenamiento magnífico, sin sobresaltos. Hasta pude acelerar sobre el final. La batería del celular no aguantó, como tampoco mi agua. De hecho tuve que llenar la bolsa en la canilla, y mi consumo terminó siendo de 5 litros de agua, 1 litro de Gatorade, un paquete chico de pretzels, varios puñados de pasas de uva y seis geles. Todo eso en 6 horas con 48 minutos, que fue lo que me tomó completar los 70 km. Vicky, además de asistirme espléndidamente, tuvo una brillante idea: no completar el fondo corriendo a casa. Esos últimos 12 km sobre asfalto me hubiesen destruido. Terminé de correr dentro de la Reserva, y aunque las plantas de los pies me dolían, caminamos hasta Retiro, unos 5 km, y usamos eso como regenerativo.

Sinceramente no tenía ni idea de cómo me iba a sentir. Me sorprendió estar tan entero y no tener necesidad de caminar. Además logré estar bastante abajo de los 6 minutos por kilómetro, lo que me da muchas esperanzas para la Ultra Buenos Aires. Todavía me van a faltar 30 km para poder completarla, pero hoy me sentí más cerca que nunca.

No pude evitar pensar, mientras hacía esa distancia, en las veces en que corría en Educación Física durante la secundaria, y cómo lo odiaba. Dábamos vueltas a la manzana y yo trotaba la cuadra donde el profesor podía vernos, para caminar las tres en que él no nos veía. Siempre me sentí bastante inútil, y creo que ni siquiera llegábamos a correr 2 km. Soy el más sorprendido de todos de estar entrenando estas distancias bestiales. Comprobé que no se nace corredor, ni hay que tener un talento especial. Simplemente tenés que trabajar duro y tener paciencia. Hay gente, como mi entrenador Germán, o mi amada Vicky, que me tienen más fe de la que me tengo yo. Ni siquiera sé si voy a poder terminar los 100 km dentro de dos semanas, pero al menos puedo reconocer de antemano que todo el trayecto que recorrí hasta llegar a esta carrera ha sido un aprendizaje increíble, y nunca me voy a arrepentir de haberlo intentado.

Semana 26: Día 176: Descansando para cansarme

Estoy tirado en la cama, después de un día de no hacer nada. Estuve en la computadora, trabajando, sin que suene el teléfono y con la grata compañía de Vicky, nuestro perro y Vernaci, nuestra nueva gata.
Aprovechamos para hablar de cómo van a ser los 70 km de mañana y en que me puede ayudar. Le propuse que nos encontremos en la Reserva Ecológica. veremos qué pasa… Mañana pues cuento.

Semana 25: Día 175: La Ultra Buenos Aires crece

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Si todavía no te decidiste si querés correr la Ultra Buenos Aires o no, quizá te interese saber que la organización decidió, gracias a la respuesta positiva del público, a entregar remeras oficiales de la carrera. Lo que en un momento era por el pancho (de soja) y la coca (light), va tomando cada vez más forma profesional. No pudimos lograr lo de la entrega de medallas (eso quedará para otra edición), pero al menos todos se van a llevar un recuerdo de esta experiencia.

Ya hay un mapa más definido, que comparto en este post. Además de la posibilidad de acampar en la estancia, los que como yo quieran descansar más cómodamente pueden hospedarse en una habitación con cama y reservarse un remís que los lleve a la largada. Los que nos animemos a los 100 kilómetros tenemos que estar para salir a las 6, bien temprano, pero necesitamos estar mucho antes para el desayuno de cortesía. Por eso le tenemos que ganar a la salida del sol y madrugar. Parafraseando al dicho, nos ganaremos la ayuda de Dios.

En cuanto al entrenamiento, ayer corrí 50 km y el domingo me tocan 70. Cuando me enteré de esto (y perdón por el lenguaje), se me llenó el culo de preguntas. ¿Cómo voy a hacer? ¿Qué hay de esos dolores relacionados con la fatiga? ¿A dónde me conviene ir? ¿Cómo me aseguro tener el agua suficiente? Y eso es lo primero que se me ocurre. Después está el tema de que el gps del reloj no me va a durar 7 horas (o lo que me tome hacer esta distancia), que no sé si me va a dar la cabeza para tanto, y un largo etcétera. Pero la verdad es que en el fondo quiero hacerlo porque es difícil. Y si fuese facil no creo que tuviese motivación para hacerlo.

Lo pongo de otra manera: me da miedo correr 70 km. Ya lo hice, el año pasado, para esta misma carrera, y fue agónico. Lo mismo en la Patagonia Run. Le temo a la sensación de frustración, a perder el control de mi cuerpo y de esta actividad que me gusta. Pero esto también me hace humilde. Me da un objetivo a cumplir. Me llena de orgullo hacerlo a pesar de todo.

El domingo voy a estar a 70% de cumplir la meta de hacer 100 kilómetros en 10 horas y media. Va a ser un indicador de qué tan lejos estoy de cumplir este sueño.

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Semana 25: Día 174: Un fondo de 50 km

El fin de semana corrimos en Tandil. No la pasamos muy bien. Pero le pusimos el pecho y corrimos. Levantamos el viaje, la carrera salió muy bien y volvimos a casa.

Pero me quedé mal. Pinchado. Me costaba pensar en el blog o en entrenar. Nunca me pasó, pero en tres años de Semana 52 era plausible que alguna vez me ocurriese.

Así estuve, envuelto en angustiosos temas personales que no quisiera tratar acá. Por suerte atravesé esta especie de “crisis” con mi relación con Vicky intacta. Nos apoyamos mutuamente y, de a poquito, fui dejando de lado los pensamientos negativos y empecé a escarbar para encontrar lo bueno.

No puedo decir que ya pasó todo y que mis problemas se resolvieron. Pero sí sé que un camino para encontrar una suerte de equilibrio es volver a la rutina, a esas cosas que definen tu vida. En mi caso fue entrenar otra vez pensando en la Ultra Buenos Aires. Germán, mi entrenador, me había adelantado que el jueves tocaba correr 50 km, así que ayer decidí hacer justamente eso.

Me compré una caja de geles en Farmacity, me armé un camelback de Vicky con agua y algo de frutas secas y gomitas. Dormí unas 5 horas, para tener tiempo de desayunar algo y estar a las 6 de la mañana saliendo de casa. A la mañana estaba ventoso y fresco, así que salí con una remera de manga larga y un pañuelo tipo “buff” en el cuello y otro en la cabeza.

Fue duro. Atravesé Libertador, todavía a media máquina. Mantenía un ritmo de 5:20 el kilómetro, pero el cerebro no dejaba de carburar. Tampoco estaba en mi pico máximo de entrenamiento, así que decidí poner a prueba la mente, principalmente. ¿Se puede sacar fuerzas y concentración donde aparentemente no la hay. Cuatro horas y 57 minutos (con unos lasitmosos últimos 7 km) dan cuenta de que sí, que se puede. Como pude sorteé los obstáculo, apreté los dientes, y en ros horas y cuarto llegué al Tigre. Nunca me imaginé que ir Colegiales hasta Tigre era algo que podía hacerse de pie. Menos que podía hacerse ida y vuelta.

Ahora estoy entero, con la satisfacción de una prueba difícil que pude superar. No hay mal que dure 100 años ni cuerpo que lo resista… pero hoy, sin entrenamiento propicio, ni el mejor equipo o en un estado de ánimo óptimo, comprobé que al menos mi cuerpo resiste 50 km sin parar.

Semana 25: Día 173: Los 26 km de la Adventure Race Tandil 2013

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Mientras corríamos por las calles de ripio y atravesábamos los mismos campos a la sombra de esos árboles que recordaba, hablábamos con Vicky de que el Club de Corredores no quería modificar la Adventure Race. Siendo más precisos: no les convenía modificar el recorrido.

Es la vieja fórmula de “Si no está roto, no lo arregles”. Cuando tuvieron que cambiar la ruta por un campo privado que había cambiado de dueño, pidieron disculpas mil veces, como si fuese un terrible pecado. Pero en esta edición tuvimos que tomar otro camino que nos llevó hasta una trepada en una sierra, y realmente lo apreciamos mucho. A pesar de que no nos gusta cuando las cosas cambian, a veces lo necesitamos.

Correr en equipo con Vicky es siempre una experiencia gratificante. Para mí, al menos, que estoy pendiente de ella, midiendo su velocidad, charlando, cuidándonos mutuamente. Cuando la apuro y le digo “Vamos, maldita marica” la petisa putea, pero es parte de la química. Nos amamos y disfrutamos mucho de compartir la pasión del running.

Nos propusimos, con esta carrera, dejar atrás el mal trago del día anterior. Y nos salió. Corrimos, nos divertimos, y le dimos una mano (aunque fuese muy pequeñita) a algunos compañeros que corrían en Tandil por primera vez, o que directamente hacían su primera carrera. Además pusimos nuestra mente en Jeremías, el chiquito de Tucumán que da pelea contra la leucemia. Lo apadrinamos mentalmente, y aprovechamos la carrera para hablar de él y que nos dé fuerzas cuando las nuestras flaqueaban. Cruzamos la meta a las 3 horas y 57 minutos, lo que significó unos 15 minutos menos para la mejor marca de Vicky. Recibimos nuestras medallas, y la mía se irá en una encomienda a la provincia de Tucumán, con destino al tercer integrante de este equipo de corredores.

Participar de Tandil fue una grata experiencia. El día amenazó con estar muy fresco, pero el sol nos calentó y pudimos transpirar a nuestras anchas. La organización, como siempre, fue muy correcta, y agradezco que este año no hayan repetido la tontería de regalar cerveza antes de la Adventure Race y al momento de la llegada. Sigo sin almuerzo vegano (siempre el bendito paty).

Como buen turista, me dediqué a sacar fotos del recorrido. No son representativas de la carrera, sí pueden ser tomadas como el punto de vista de un corredor, inmerso en ese mar de gente y rocas.

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