Archivos Mensuales: febrero 2013

Semana 20: Día 140: Un fondo de 40 km

2013-02-14 12.43.25

El miércoles había llegado tarde al entrenamiento. Pasa lo de siempre: el tren que llega cuando se le canta, y los horarios se van al demonio. Cuando llegué, entrada al calor al semáforo, series de abdominales, y “No te preocupes por hoy porque mañana vas a correr 40 km”.

El corazón se me detuvo.

¿Cuánto?

Es casi una maratón. Por lo general, ante una carrera tan exigente o un fondo tan largo, me preparo los días previos y me cuido con las comidas, además de  que tomo mucha agua. Lo de siempre, lo lógico para que el cuerpo sufra lo menos posible. Pero en este caso no estaba mentalmente preparado. Era cuestión de probar si realmente estaba listo físicamente.

Tenía turno con la nutricionista a las 10:30 de la mañana y con la doctora por la tarde. Correr 40 km entre medio aseguraba que no llegase a horario, así que cancelé y decidí no tener presiones y terminar a la hora que terminase. El circuito elegido era El Hipódromo de San Isidro-Retiro- Colegiales, y si me daba tiempo podía completar la jornada corriendo por las calles de tierra de la Costanera Sur…

Los primeros kilómetros fueron difíciles. Los últimos fueron eternos. Corrí con hidratador, y aunque cargué 2 litros, me hizo falta agregarle un litro extra en las canillas de la Reserva Ecológica. El sol pegaba fuerte, aunque habían pronosticado lluvia (jamás vería más de siete gotitas). Yendo por Avenida Del Libertador, la sombra era casi inexistente. Los poquísimos segundos que pasé por debajo de la autopista de la General Paz fueron como un oasis.

Esta vez no recurrí a la cinta hipoalergénica, como hice siempre, sino a la vaselina. Y me funcionó. Igual que las medias anti-ampollas. De hecho, todo salió sospechosamente bien. Lo único destacable fue que intenté mantener un ritmo estable, muy tranquilo, entre 5:30 y 6:00. Pero cuando pasé el kilómetro 32 me di contra el muro, y mi desempeño bajó estrepitosamente. A duras penas podía bajar de 6:00. Era como si hubiese tenido que bajar de golpe todas mis expectativas. Como pasa con todo, mejoré un poquito mientras corría, y al final me pude mantener en 5:45.

Me tomé tres geles, que  ya los tenía rebajados en una caramañola con agua (lo cual ahorra tiempo y evita enchastres). Como me iba a agarrar la hora del almuerzo corriendo (además de TODO ese esfuerzo físico), me llevé una banana y una bolsa con ananá glaseada. Fue un manjar, aunque en un momento me empalagó un poco estar consumiendo solo cosas dulces.

Al final corrí mucho más de lo que me imaginaba dentro de la Reserva. Llegué a casa en 3 horas y 54 minutos, hecho una sopa de transpiración. Según mis cálculos, si es que la balanza de la nutricionista y la mía están equilibradas, perdí como 3 kilos en todo el trayecto. Aunque llegué con el estómago cerrado, después de tomar Gatorade helado me obligué a comer un poco y seguir reponiendo hidratos. A más de un día de haber hecho este entrenamiento no me quedó ningún dolor significativo (igual confieso que al llegar tenía las piernas entumecidas). Lo que aún me molesta es un poco la espalda, lo cual es lógico porque corrí casi 4 horas con una mochila en la espalda. Es difícil ubicar un medio alternativo para cargar mi propia agua. Pero lo seguiré investigando…

Este fondo representó un mero 40% de la Ultra Buenos Aires y un 20% de la Espartatlón. Fue un montón, pero todavía estamos lejos de los objetivos…

Semana 20: Día 139: Cita con la nutricionista

Hoy tuve una nueva cita con la nutricionista, a quien no veía desde pocos días antes de partir rumbo a la Misión 2012. En estos dos meses aumenté mucho el volumen de entrenamiento. En realidad, en enero, ya que en diciembre me dediqué al ultratrail y lo que sumé en el cuentakilómetros fueron más que nada gracias a los 110 km en las montañas.

Yo tenía la sospecha de que los valores me iban a dar mejor, pero igual estaba intrigado. ¿Con tanto entrenamiento habría perdido masa muscular? ¿Podría haberme hecho mella haber cambiado mi dieta de vegetariana a vegana? Fui con un estudio bajo el brazo: análisis de orina y de sangre. Era la hora de la verdad…

Romina tomó los estudios, los revisó y empezó a anotar. “Muy bien, ¡perfecto!”. Hay ciertos índices que ya sé que van a dar valores espectaculares, como el colesterol, pero ese no vale. El HDL -el bueno- dio 2.63 (valor de referencia: menor a 5.0), el LDL -el malo-: 70.40 mg/dl (valor de ref. 70.00/130.00) Glucemia: 92 mg/dl (valor de ref. 70/110), Erosedimentación: 7 mm (valor de ref. 2/12), Creatininemia: 0.70 mg/dl (valor de ref. 0.50/1.40), Uremia: 27 mg/dl (valor de ref. 15/50), Colesterolemia: 134 mg/dl (valor de ref. 150/200, y según la nutricionista estos valores son occidentales, los orientales toman a 150 como máximo), Sodio en plasma: 140 mol/l (valor de ref. 135/146), Potasio en plasma: 4.20 mol/l (valor de ref. 3.50/5.30), Cloro en plasma: 105 meq/l (valor de ref. 98/110).

Estos estudios, más los del corazón, se los voy a llevar el jueves que viene a la médica clínica que me hizo la orden, para que me haga un apto médico. Pero no me quiero adelantar. Todavía estoy con la consulta de nutrición, y es el momento en que tengo que pasar detrás del biombo a sacarme la ropa. Es un momento que muchos temen; Romina tiene unos pantaloncitos para los pudorosos, pero yo salgo en boxer y medias, y que sea lo que Dios quiera.

Me empezó a tomar las medidas para el estudio antropométrico. Lapicera, cinta métrica, calibre para los pliegues de la piel. En un arranque de optimismo le dije “Seguro me va a dar mucho mejor que la otra vez”. “¿Te parece?”, me preguntó. “Si me da peor, abandono todo”. Sí, soy así de blanco y negro.

Cuando me subí a la balanza, me decepcionó un poco ver que solo había bajado 1 kilo y 100 gramos. “Hay que ver cuánto de eso es pérdida de masa muscular”, dije, en un rapto de negativismo. Romina ingresó todos los datos en la computadora y empezó a mostrarme los valores del informe de composición corporal. En diámetros bajé algunos milímetros, y aumenté 1,83 cm de tórax anteroposterior (¿flexiones de brazos?) y 1,18 cm en el humeral (de correr, asumo). Los perímetros tuvieron muy poca variación, o sea que no daba la impresión de pérdida de masa muscular. Los pliegues cutáneos bajaron todos, en especial en la zona abdominal y el muslo, donde perdí 4 mm en cada uno.

Con todos los valores de pliegues, diámetros y el peso, la computadora calcula cuál de los 5 tejidos es el qué varió y cómo. Cuando vi el valor de la masa adiposa (grasa), solté un “¡A la mierda!”. Desde la última medición, el 4 de diciembre, había perdido 2 kilos y 490 gramos. Romina me señaló la masa muscular y me dijo “A la mierda también”. Había aumentado 1 kilo y 120 gramos. El resto de las masas no varían: la residual (órganos y el contenido del estómago), ósea y piel. Estoy en mi mejor valor de grasa desde agosto de 2011, con 16,4 kg, y el mejor de masa muscular desde febrero de 2012 (30,2 kg).

Conclusión: EL VEGANISMO NO ATENTA CONTRA LA SALUD O EL ESTADO FÍSICO.

Y hablando de eso… ¿cómo me estoy sintiendo en los entrenamientos? La verdad, bárbaro. Con energía, y el sándwich de tofu al finalizar puede ser una de las claves por la que esté regenerando correctamente el tejido, además de que mi almuerzo y cena base es combinar arroz con legumbres. Vicky también está experimentando en la cocina con la soja texturizada, y ha hecho guisos espectaculares y un pastel de papa que engañaría a cualquier carnívoro.

Acordamos con Romina vernos unos días antes de la Ultra Buenos Aires. Intercambiamos anécdotas de los libros que hemos estado leyendo, me confesó que le preocupa que no varíe mis menús y que no esté saliendo de la milanesa y las salchichas de soja (pero a la noche, al volver del entrenamiento, no tengo ganas de ponerme a cocinar nada que no me tome 2 minutos de microondas), pero me confesó que estaba muy bien. “No hay que arreglar lo que no está roto”, me dijo. “Seguí así”.

Me sentí como cuando me sacaba un 10 en el colegio. Como buen alumno aplicado, fui disfrazado de corredor: musculosa de la San Silvestre 2010, mochila con hidratador, pantaloncito corto, medias de running (anti-ampollas) y las zapatillas XR Mission de Salomon. Cuando salí, me unté vaselina en la cintura, con disimulo me pasé por la entrepierna, acomodé un poco de fruta glaseada en el bolsillo, me puse el iPod y salí a correr 40 km. Pero… no quiero quemar la experiencia en este post, así que me guardo este monstruoso fondo para desarrollarlo en el día de mañana…

Semana 20: Día 138: La enseñanza del día

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“No digas “no puedo” ni en broma, porque el inconsciente no tiene sentido del humor, lo tomará en serio y te lo recordará cada vez que lo intentes”. (Facundo Cabral)

Mañana, jueves, tengo que correr 40 kilómetros como parte de mi entrenamiento para los 100k de la Ultra Buenos Aires. Voy a ir desde San Isidro hasta Retiro, y de ahí a mi casa en Colegiales.

Claro que puedo.

Semana 20: Día 137: Expertos en proteínas

Hoy leía un textito con el que me sentí identificado, y decía algo así: “Cuando digo que soy vegano de pronto todo el mundo se convierte en expertos en proteínas”. Nunca nada más cercano a la realidad.

He tenido amistosas discusiones con amigos y familiares sobre los pormenores de no comer carne. Creo que ya he demostrado que, tras trece años sin consumir animales, sigo vivito y coleando. Vicky cree que me quedo dormido (desmayado) en todos lados por alguna falta nutricional, pero si dejamos eso de lado (cualquiera que vea a mi padre durmiendo en el sillón después de almorzar puede comprobar que es un rasgo genético), lo cierto es que nunca me sentí mejor físicamente. Estoy haciendo fondos largos constantemente, sumando kilómetros en entrenamientos intensos, a veces combinados con ejercicios de musculación. Y no me siento débil.

Pero siempre hay alarmistas que consideran que estoy demasiado flaco, que pongo en riesgo mi salud, y así como en el fútbol somos todos directores técnicos, en estas charlas todos somos nutricionistas deportólogos, “especialistas” en lo que el cuerpo humano necesita (en algunos casos, “especialistas” en lo que MI cuerpo necesita). Escuché todo. Las proteínas completas, las de alto valor biológico, el hierro, la vitamina B12. Aunque parezca increíble, he tenido peleas que nada tenían que ver con el deporte o la alimentación, en donde en algún momento me tiraron a la cara “¡a vos te falta comer carne!”, tibio insulto que siempre me deja perplejo.

Creo que no hace falta aclarar que mucha gente desconoce cuáles son las fuentes de energía. Hay tanto pánico hacia las “calorías” que mucha gente cree que son mala palabra. Lo mismo con los hidratos de carbono, llegando al punto de creer que comer una banana puede hacerlos engordar. Las proteínas tienen calorías, pero la principal fuente de energía, eso que nos da la fuerza para realizar acciones o procesos internos son los hidratos, y no hace falta recurrir a los animales para consumirlos. ¡Es más! No hace falta la carne, ni siquiera la leche o los huevos, para obtener proteínas. Tampoco es un misterio, basta consultar a un profesional, y los más arriesgados pueden incluso googlearlo. Las lentejas, los garbanzos, la soja, son todos una excelente fuente de proteína vegetal.

Si estuviese equivocado, creo que no soportaría estar tres horas corriendo sin parar, como pude comprobarlo el domingo pasado. Mañana voy a retirar mis análisis de sangre, que también van a ser un indicador de cómo estoy físicamente, y el jueves voy a tener una función doble: nutricionista por la mañana, y médica clínica por la tarde para que vean mis resultados y me digan cómo está mi salud (sin tener que fiarse de mis opiniones).

Semana 20: Día 135: Llegar a 1000 kilómetros

Hoy hice un fondo de 20 km. Salí de casa a las 8:30 de la mañana, y había sol y poquísima gente. Crucé las calles donde casi no había autos, así que no tuve interrupciones. Hubiese sido ideal, pero algo no andaba al 100% en mí.

El viernes corrí 35 km, la distancia de entrenamiento más larga que hice en el año. El sábado descansé, pero quizá no fue lo suficiente. De todos modos, hoy me tocaban 20 km, y quería hacerlos con el baticinturón y las caramañolas. Se me ocurrió hacer la prueba que me recomienda siempre mi nutricionista, así que fui al baño y me pesé (disfrazado de corredor, con zapatillas). La balanza electrónica indicó 69,3 kg. Retengan ese dato.

Cuando salí esta mañana, mi ritmo era de 5:45 el kilómetro. Me sentía bien anímicamente (el día ayudaba) pero sentía molestias en los gemelos. Más allá de eso no tenía complicaciones. El tema es que generalmente, antes de mirar el reloj, puedo adivinar a qué ritmo estoy corriendo. Ahora me daba la impresión de que estaba haciendo un gran esfuerzo, y cuando miraba el velocímetro del GPS me indicaba que estaba cerca de los 6 minutos el kilómetro.

Decidí tomármelo con calma. Después de todo es el ritmo máximo que debería hacer en la Ultra Buenos Aires. Y es lógico que con tanta carga, en algún momento me sienta fatigado y necesite bajar un poco la ansiedad. Corrí con música, concentrado en no exigirme. O, dicho de otro modo, concentrado en sentirme bien. Muy pronto me dieron ganas de ir al baño, a pesar de que había ido antes de salir. Soy pudoroso, con lo cual tengo un doble problema: me da vergüenza hacer pis en cualquier lado y me cuesta mucho más todavía pedir a un negocio que me presten su baño. Encontré un árbol bastante reparado al lado del Hipódromo de Palermo, descargué, y seguí. Soy un convencido de que correr con ganas de hacer pis hace mal y afecta el ritmo.

Pensé que todo quedaba ahí, pero no, las ganas de evacuar volvieron dos kilómetros más tarde. Esta vez me costó más encontrar mi lugar reparado, que fue en un arbolito a mitad de camino entre la autopista que nace en la 9 de julio y la facultad de derecho. Creí que eso era todo… y estaba equivocado.

¿Recuerdan esas molestias en los gemelos que comenté dos párrafos más arriba? Bueno, toda esa sensación de estar oxidado, de no poder rendir, de fatiga, desapareció cuando me di la vuelta para emprender el regreso a casa. Miré el reloj y la velocidad iba en aumento. Al finalizar, le había sacado 3 minutos al tiempo que había hecho en la primera mitad… sin sentir que me estaba exigiendo. En 10 km es bastante. Creo que esa diferencia se debió a que, entrado en calor, no sentí más molestias.

A 5 km de terminar el entrenamiento, nuevamente ganas de ir al baño. Me escondí detrás de ese árbol que tengo bien estudiado, al costado de las vías que rodean el Hipódromo, e hice mi asunto. Me extrañó porque tampoco fue que me la pasé tomando agua. Racioné mi medio litro para que me dure todo el trayecto, pero la urgencia por evacuar ahí estaban. Pero bueno, vacié mis caramañolas, me comí mis pasas de uva y llegué a casa. Esos 20 km, que terminé en 1:47, me hicieron pasar la barrera de los 1000 kilómetros en lo que va de este tercer año de Semana 52, 140 km fueron estos 10 días de febrero. Si la tendencia continúa… ¡ufff! Veremos qué tan lejos me dejan llegar mis piernas. Me siento bien, pero coqueteando con mis límites.

Entré al departamento y fui derecho a pesarme. Antes de salir la balanza me había marcado 69,3 kg. Después de correr casi 2 horas, habiendo tomado 500 cc de agua y de haberme transpirado la vida, de haber ido tres veces atrás de un árbol a hacer pis, mi peso pasó a ser 66,8 kg. ¡Muchísimo! ¡Dos kilos y medio! Cuando mi nutricionista se entere me va a retar. Pero todas las veces que fui al “baño” también deben haber influenciado. Sin embargo, es un signo de deshidratación. No puedo cargar más que medio litro en mi baticinturón, así que los próximos fondos largos voy a tener que empezar a hacerlos con la mochila hidratadora, por mucho que me pese…

Estos mil kilómetros son una gran marca para mí. En especial porque la distancia del cuentakilómetros no avanzaba al ritmo que yo deseaba, y en el último mes y medio se disparó. No solía medir la distancia que había corrido, y para mí es todo un descubrimiento. Ahora puedo comparar con respecto al año pasado y trazar inservibles curvas de progreso en mi mente. Por suerte llegué a ese número aprovechando un día hermoso y soleado, antes de que el mundo se viniese abajo por la tormenta eléctrica. Fue mi modo de celebrar…

Semana 20: Día 134: La misteriosa mujer tarahumara

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Si estás todo el tiempo pendiente del mundo del running, ya sabrás la historia de los tarahumaras, un pueblo mexicano que ha tenido poco contacto con el mundo occidental y ha conservado muchísimas de sus costumbres. Entre ellas está la de correr. Su nombre es una deformación del verdadero, que es “rarámuris”. Ellos son corredores excepcionales. Los niños juegan con una pelota entre las piedras, pateándola y haciendo que rebote por todos lados, sin saber a dónde va a ir disparada. Esta práctica los hace más ágiles, preparándolos para pensar con rapidez y para acostumbrarlos al terreno.

Tienen una alimentación muy particular, con mucha quinoa y una cerveza que beben antes de las carreras, que contiene muchos carbohidratos y menos alcohol que las bebidas que acostumbramos tomar. Son tímidos, no se dejan ver, es de mala educación dirigirles directamente la palabra, y conforme se occidentalizan y cambian sus costumbres nutricionales, sus poderes atléticos van menguando.

Hace poco tiempo circuló una foto por las redes sociales de una mujer tarahumara, llamada Martía Salomé, que había ganado una carrera vistiendo sus ropas típicas. Esto incluía las sandalias que se hacen con sogas y cauchos de ruedas, echando por tierra nuestra obsesión por las zapatillas carísimas con cámara de aire último modelo. La foto, al menos la que me llegó a mí, decía: “Mujer tarahumara, ganó el medio maratón de OXXO sin traje de licra, botellitas de agua, visera de neopreno o tenis nike, un orgullo de nuestra raza y un mensaje de humildad para todos. En hora buena María Salome (Tarahumara, etnia indígena del estado de chihuahua-México)”.

Rastreando en la web el origen de esta historia, encontré una nota del periódico El Heroico, que supuestamente es la versión original. Ahí no hablan de medio maratón, y le dan un nombre a la misteriosa corredora: “Ella es María Salomé, corrió en el marathón del oxxo k10, 2012 y ganó con mucho!, sin tenis, sin ropa apropiada, con su pelo suelto, sólo compitió con una gran condición y principalmente con un gran corazón, representando con orgullo a su tierra, a chihuahua y a todo México!……bien por ella!”. La imagen se volvió viral (o sea, se multiplicó por la red sin control), y muchos que la replicaron empezaron a decir que ganó media maratón (o sea, 21 km). Creo que el uso incorrecto de la palabra “maratón” para describir una carrera es lo que lleva a estas confusiones.

Pero claro, no había más información que esa. La foto es del 5 de septiembre de 2012, y como los tarahumaras no están precisamente globalizados ni tienen cuenta de Facebook ni Twitter, no hay mucha forma de corroborar la verosimilitud de la historia. Esto hizo que mucha gente crea que se trata de un fotomontaje, como si fuese imposible correr 10 kilómetros en sandalias, o quizá hasta dudando de la existencia de este pueblo.

Pero lo cierto es que este teléfono descompuesto ha creado un mito que todavía tiene muchas dudas y pocas certezas. La media maratón de Chihuahua (como muchos la han llamado) no corresponde a septiembre sino a octubre, y tienen una categoría exclusiva para tarahumaras. En 2012 no hubo, en las clasificaciones, ningún triunfo para María Salomé, y el número de dorsal de la foto correspondía a otra persona.

La carrera Oxxo es de 21 km, aunque tiene una distancia de 5 y 10K participativas. Se corre en octubre, un mes después que se dio a conocer la noticia. No encuentro otra carrera de 10K con el mismo nombre en septiembre. Hay otras carreras de 10 mil metros en la ciudad de Chihuahua, pero que tampoco coinciden con la supuesta fecha. No hay resultados oficiales en ninguna web que atestiguen la proeza de María Salomé. Al igual que la ubicación exacta del pueblo tarahumara y sus costumbres, todo esto está sumido en el misterio.

Habrá algunos que “comprarán” el mito, y se sorprenderán de que exista una persona de apariencia tan humilde, que haya podido ganar en sandalias y vestido. Otros, desconfiados de todo lo que venga de la web y tenga que ver con una proeza física, dirán que es un engaño. Yo me tiro para el lado de que es todo una farsa, incluso cuando confío en la increíble capacidad de los hombres, mujeres, niños y ancianos tarahumara. Creo que, una vez más, internet nos ha tomado el pelo a todos.

Semana 19: Día 133: Fondo de 35 km

Hoy hice un fondo de 35 km. Como muchos recordarán, hace pocos días hice uno de 25. La diferencia sustancial entre el de hoy y el de la semana pasada son 10 km.

Y siguiendo en el terreno de las obviedades, si tuviese que encarar un entrenamiento o una carrera de 10 km, me parecería poca cosa. Haría velocidad, no necesitaría de una hidratación excesiva (a menos que hiciese mucho calor) y al terminar me sentiría perfecto. Pero si esa distancia viene después de correr 25 km… ya parece que nos estamos enfrentando a una montaña imposible de escalar.

No pude salir temprano, que era lo ideal. Tenía terapia por la mañana y quería terminar un trabajo que me viene sobrevolando como un cóndor al acecho… Mi idea era salir a las 5 de la tarde, porque con la colación que siempre hago a las 4, me daba tiempo de hacer un poco de digestión y poder usar esa energía. Pero los compromisos se extendieron y terminé saliendo a las 18 hs. No estuvo tan mal, había un sol muy agradable, pero coincidía con el fin de la jornada laboral, y encima en viernes… así que todo el mundo estaba caminando por las veredas y automóviles y colectivos atestaban las calles.

Como la distancia no era para menospreciar (nunca corrí 35 km de calle en lo que va del año), decidí ir tranquilo y dedicarle unas tres horas y media a resolver el asunto. Como quería ir cómodo, decidí entrenar con el baticinturón, con dos caramañolas de agua que podía rellenar en la canilla de la Reserva Ecológica. Claro, la Reserva cierra 18:30 así que era imposible que yo hiciera 12 km en media hora, pero cuando salí todavía no lo sabía.

Así que con déficit de agua, tres gomitas y un gran puñado de pasas de uva, salí. Mantuve un ritmo de 5:15, que es bastante más abajo de lo que suelo correr cuando entreno en los Puma Runners (pero claro, en esas clases sé que difícilmente superemos loas 18 km, en muy raras ocasiones alcanzamos los 20 km. Luego de esquivar a 2 millones de personas y 500 mil autos, me saqué la remera y fui en cuero hasta la Reserva. Cruzando la Avenida Madero casi me pisan, pero bueno, fue “casi”. Aprendí una cosa, que no tiene mucho sentido salir con lentes de sol a las 6 de la tarde, porque el sol está bajando y cuando se esconde detrás de los edificios, no sirven para nada más que para impedir que la brisa refresque los ojos (así que estoy cada dos por tres secándome la transpiración). Desde ese momento, llevé los anteojos en la mano.

Cuando llegué a la Reserva me moría por ir al baño, pero la puerta estaba entreabierta, lo suficiente como para que los recién llegados como yo se den cuenta que está cerrado, y que los que todavía andan adentro del predio puedan salir. No me dejaron pasar al baño en ninguna de las dos entradas, así que tuve que recurrir a la bochornosa situación de encontrar un lugar alejado donde responder el llamado de la naturaleza.

Como no tenía Reserva Ecológica, con sus circuitos de tierra donde entrenar, estaba en la difícil situación de encontrar un camino alternativo… y para peor… ¡no podía llenar mis caramañolas con agua! Fui racionando el líquido, y no me costó: al no correr bajo el potente sol del mediodía, transpiré menos, y sentí mucha menos sed. Así que, de momento, estaba a salvo… pero no del todo.

Decidí hacer el mismo recorrido que hacen las carreras de 10 km, que continúan por la Costanera hacia el sur, pasando por AFIP, el cuartel de bomberos, etc. La cuestión es que mientras más al sur iba, menos turístico y más marginal se volvía. Se notaba por la iluminación, el estado de las veredas, y el despliegue de los carritos que venden chori. El último de todos es un puesto montado como viene, sin baño, con cumbia a todo lo que da. Cualquiera podría descontextualizar esto y creer que me desagradó correr por ahí. Nada más lejos de la realidad. Solo marqué lo que vi, siempre me quedo con el glamour de la Reserva Ecológica, y no hace falta ir muy lejos para ver “otro” país. No me sentí inseguro ni mucho menos.

Hice lo que mejor me salió: corrí hasta que el reloj me marcó 17,5 km, y ahí di media vuelta y volví sobre mis pasos. Funcionó bien esta vez, porque 3 horas y media corriendo es MUCHO tiempo. Ir intentando encontrar el mejor recorrido y luego recordarlo para volver a pasar fue una linda forma de mantener la mente ocupada. También ayudó que se me descargara por completo el iPod, así que conecté la radio desde el celular y me escuché el programa entero de Radio Metro, desde las 18 hasta las 21.

Algo pasa mentalmente en los fondos largos. Obviamente me costó un poco más este que el de 25 km, pero ya venía preparado a que no iba a terminar donde siempre. Siempre los últimos 2 km son los más agónicos, y esta vez no fueron la excepción. Poco importó cuánto corrí, sino el momento en que yo “decidí” estar agotado de tanto correr.

Me recorrí las parrillitas de Costanera Sur hasta que encontré uno que NO VENDíA Eco de los Andes (es hora de que Coca-Cola haga un agua mineral que no sea de bajo contenido en sodio). Me cobraron $10 por la botellita de 500 cc (podría haberla pagado $1000). Eso me permitió estar hidratado (y con agua fría) para el resto del fondo. Siempre llevo un poco de cambio para estas emergencias, y me alegro mucho de haber insistido a pesar de que nunca necesité de dinero.

Al final creo que este fondo fue más un desafío mental que físico. Me sentí cansado (de hecho, me estoy muriendo por ir a la cama), pero lo que más me costó fue ordenar los pajaritos en la cabeza. De todos modos, creo que los tengo bastante entrenados.

Me encantó correr esos 35 km (le puse 3 horas y 17 minutos). Me siento unos pasitos más cerca de llegar a los 100 km en 10 horas y media. Pero para eso habrá que hacer más entrenamientos como este… y superarlos en distancia. Mucho.

Semana 19: Día 132: Correr o morir

Este año lo dediqué a mucha lectura de temática atlética. Fue casualidad, un poco influenciado por Vicky, pero empecé con “Nacidos para correr”, de Christopher McDougall, seguí con “La huella de los héroes”, de Arcadi Alibés y ahora estoy con “Correr o morir”, de Killian Journet. Y resultó ser una especie de viaje con un hilo que es el del superhombre.

¿Cómo?

“Nacidos para correr” es el pasaje del autor de ser un atleta amateur que vivía lesionado y a quien los médicos le recomendaban dejar de correr, a convertirse en ultramaratonista, nada menos que corriendo con los tarahumara. Este pueblo de México desvela a científicos y deportólogos, ya que son corredores por excelencia, incluso las mujeres y los ancianos, y no necesitan de zapatillas Nike con cámara de aire y chip pedómetro, ellos corren todo el tiempo, con sus sandalias hechas con un cordón y pedazos de rueda de auto. Al ponerlos a competir en ultramaratones, los que estaban más alejados de la civilización y mantenían sus costumbres alimenticias lograron resultados sorprendentes, mientras que los más “contaminados” por nuestra cultura eran deportistas comunes y corrientes. Tan extraordinariamente aislados y tímidos eran que en una carrera un tarahumara llegó primero a la línea de la meta, y cuando se encontró con la cinta no la atravesó corriendo, sino que se agachó para pasar por debajo.

En el libro McDougall se recupera de esas lesiones que nunca se terminan de curar y se cruza con Caballo Blanco, el mítico corredor ermitaño que dejó todo para irse al Cañón del Cobre a convivir con los tarahumara y aprender sus secretos. Caballo decide dejar de llevar corredores de este pueblo a otros países para que compitan, y organizar una carrera en el mismo terreno árido que les sirve de hogar. Consigue el apoyo de un puñado de atletas de elite (entre los que se encuentra Scott Jurek, ultramaratonista vegano), esa raza que a mí me sorprende más que los tarahumaras porque son capaces de alcoholizarse, vomitar las tripas, y correr una carrera al día siguiente.

Todo el libro está narrado desde la óptica de McDougall, un corredor “como nosotros”, que pone su máximo esfuerzo para llegar a la meta. No es de elite, de hecho está bastante lejos de serlo, y por eso es fácil identificarse con él.

Después pasé a “La huella de los héroes”, de Arcadi Alibés, un periodista catalán que se aficionó a los 42 km de la maratón y, al momento de escribir su libro, lleva más de 120. Un día se le ocurrió participar de todas las maratones en las ciudades que hayan sido olímpicas. Así es que su libro está dividido en capítulos, contando la historia de cada uno de los juegos olímpicos, anécdotas y muchos datos que me prometí robarle algún día para el blog. La segunda mitad de cada reseña histórica es su propia experiencia corriendo en esa ciudad en la actualidad. Y si bien entre sus experiencias hay maratones por debajo de las 3 horas (algo realmente espectacular), un día decidió dejar de lado la obsesión por vencer al reloj y empezó a disfrutar de cada competencia, promediando entre 3 horas y media y 5 horas por carrera. También nos encontramos con un corredor que sufre, que a veces las cosas no le salen como las había planifcado, y alguna vez hasta debe caminar o renunciar.

Y luego de tanta humildad y experiencia de dos redactores en la madurez de su vida, pasé a “Correr o morir”, un título bastante soberbio y extremo, si me preguntan. No deja de ser una obra fascinante, lo que pasa es que Kilian Jornet es un corredor de elite (uno muy joven, 23 años al momento de escribirlo), entonces tiene la obsesión por vencer a sus contrincantes a flor de piel. Se deja ver algo de placer por hacer deporte, y sigue siendo bastante apasionante leer cómo piensa alguien que vive casi exclusivamente para el deporte. Pero sí, suena medio alienígena para mí. La parte que más me gustó (no habiéndolo terminado) es cuando Kilian se fractura la pierna y en base a su tozudez se termina rehabilitando. Pero fue recién cuando demostró signos de humanidad que me pude identificar con él. El resto del libro es literalmente su título, “correr o morir”. Y creo que hay muchas más cosas antes de morir. Eso no significa que meterse en la carrera de un atleta de elite no se intrigante…

Semana 19: Día 131: La enseñanza del día

“Es difícil enfrentar la debilidad, porque tenemos miedo de nuestro limitador, que dice: “Puedes ir así de lejos, no más allá.”
Pero nuestro verdadero limitador es nuestro rechazo a enfrentar nuestros defectos. Abrirte a tus debilidades te libera, porque ganas el poder de vencerlas, averiguar sus causas, y hacer algo al respecto.
No puedes curar una enfermedad que te niegas a diagnosticar”
– Chris McCormack

Semana 19: Día 130: Entre corredores nos entendemos

“No sos normal…”.

“¿Estás bien…?”.

“Me parece que estás haciendo demasiado ejercicio”.

“Mirá que no comer carne no es normal”.

“Correr una maratón no es normal… Un poquito para controlar el peso está bien… pero más que eso… es ridículo lo que hacés”.

“Si hay ascensor, ¿por qué subís por las escaleras? No tiene sentido”.

Estas son algunas de las frases a las que me estoy empezando a acostumbrar. Tanto por parte de amigos, compañeros de trabajo y familia.

Así empezaba el mail de una amiga corredora, justo cuando estaba a punto de comenzar el ritual de escribir el post del blog (me dio letra sobre un tema que es bastante habitual). Ella no es vegetariana, si bien hacía remo de más chica, empezó a correr hace relativamente poco, y ya desde nuestros mismos cromosomas podemos confirmar que somos dos personas muy diferentes. Pero tenemos mucha desmotivación en común. A mí también me han visto “demasiado” flaco, se han horrorizado cuando dije que corrí un ultratrail de montaña de 100 km, y hasta me han llegado a decir que por correr me iba a crecer el corazón y me iba a morir. Pero sigo acá, vivito y coleando (no saben cómo agarro las esquinas mientras entreno).

Cuanto uno más se adentra al mundo del running, más nos metemos en el “tupper” del mundo del running. Priorizamos un buen entrenamiento, comer sano… en lugar de salir a comer picada con fernet después del trabajo.

Quienes no corren no entienden a los corredores. Es así.

En el caso de comidas familiares, notás la evidente sobreabundancia de comida en el plato propio “para que vuelvas a tu peso normal… no estás bien”.

Solo el haber dejado de comer carne, café y leche me aisló significativamente de parte del mundo. Genero miradas de… “no está bien”, gritos de familia, etc.

Este breve breve mensaje es para aquellos que no llegamos a ser veganos como Martín, pero tratamos de que la alimentación nos acompañe con las corridas y la vida. Creo definitivamente, que si uno mismo está feliz, uno es normal y hace lo que debe hacer para cada momento y etapa de la vida…

Así terminaba su e-mail (vamos a proteger su identidad para que su familia la siga mirando mal cuando come).

Mi intento de respuesta fue el siguiente: A la gente le asustan los cambios. Pero en tu caso sos excepcional, salís de la norma, y todo tu esfuerzo tiene consecuencias físicamente… se exteriorizan tus cambios. Pero hay que ver quién te trata de ridícula o de exagerada, seguramente alguien que no se anima a salir del molde, que no sabe que la felicidad no está en comerse cinco facturas. Quizá pasa por ahí, porque encontraste el placer en otro lado. Mientras los otros se entrenan para que la panza les crezca y les entren seis facturas en lugar de cinco, vos vas sumando kilómetros. ¡Por suerte te juntás con gente que sí te entiende!

Entre corredores nos entendemos.

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