Semana 20: Día 140: Un fondo de 40 km

2013-02-14 12.43.25

El miércoles había llegado tarde al entrenamiento. Pasa lo de siempre: el tren que llega cuando se le canta, y los horarios se van al demonio. Cuando llegué, entrada al calor al semáforo, series de abdominales, y “No te preocupes por hoy porque mañana vas a correr 40 km”.

El corazón se me detuvo.

¿Cuánto?

Es casi una maratón. Por lo general, ante una carrera tan exigente o un fondo tan largo, me preparo los días previos y me cuido con las comidas, además de  que tomo mucha agua. Lo de siempre, lo lógico para que el cuerpo sufra lo menos posible. Pero en este caso no estaba mentalmente preparado. Era cuestión de probar si realmente estaba listo físicamente.

Tenía turno con la nutricionista a las 10:30 de la mañana y con la doctora por la tarde. Correr 40 km entre medio aseguraba que no llegase a horario, así que cancelé y decidí no tener presiones y terminar a la hora que terminase. El circuito elegido era El Hipódromo de San Isidro-Retiro- Colegiales, y si me daba tiempo podía completar la jornada corriendo por las calles de tierra de la Costanera Sur…

Los primeros kilómetros fueron difíciles. Los últimos fueron eternos. Corrí con hidratador, y aunque cargué 2 litros, me hizo falta agregarle un litro extra en las canillas de la Reserva Ecológica. El sol pegaba fuerte, aunque habían pronosticado lluvia (jamás vería más de siete gotitas). Yendo por Avenida Del Libertador, la sombra era casi inexistente. Los poquísimos segundos que pasé por debajo de la autopista de la General Paz fueron como un oasis.

Esta vez no recurrí a la cinta hipoalergénica, como hice siempre, sino a la vaselina. Y me funcionó. Igual que las medias anti-ampollas. De hecho, todo salió sospechosamente bien. Lo único destacable fue que intenté mantener un ritmo estable, muy tranquilo, entre 5:30 y 6:00. Pero cuando pasé el kilómetro 32 me di contra el muro, y mi desempeño bajó estrepitosamente. A duras penas podía bajar de 6:00. Era como si hubiese tenido que bajar de golpe todas mis expectativas. Como pasa con todo, mejoré un poquito mientras corría, y al final me pude mantener en 5:45.

Me tomé tres geles, que  ya los tenía rebajados en una caramañola con agua (lo cual ahorra tiempo y evita enchastres). Como me iba a agarrar la hora del almuerzo corriendo (además de TODO ese esfuerzo físico), me llevé una banana y una bolsa con ananá glaseada. Fue un manjar, aunque en un momento me empalagó un poco estar consumiendo solo cosas dulces.

Al final corrí mucho más de lo que me imaginaba dentro de la Reserva. Llegué a casa en 3 horas y 54 minutos, hecho una sopa de transpiración. Según mis cálculos, si es que la balanza de la nutricionista y la mía están equilibradas, perdí como 3 kilos en todo el trayecto. Aunque llegué con el estómago cerrado, después de tomar Gatorade helado me obligué a comer un poco y seguir reponiendo hidratos. A más de un día de haber hecho este entrenamiento no me quedó ningún dolor significativo (igual confieso que al llegar tenía las piernas entumecidas). Lo que aún me molesta es un poco la espalda, lo cual es lógico porque corrí casi 4 horas con una mochila en la espalda. Es difícil ubicar un medio alternativo para cargar mi propia agua. Pero lo seguiré investigando…

Este fondo representó un mero 40% de la Ultra Buenos Aires y un 20% de la Espartatlón. Fue un montón, pero todavía estamos lejos de los objetivos…

Publicado el 15 febrero, 2013 en Entrenamiento, Reflexiones y etiquetado en , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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