Semana 15: Día 105: Crónica de una gripe anunciada

Uno podría decir que no sabe por qué se enferma. Hay cosas diminutas que la gente llama gérmenes, que son unos monstruitos muy pero muy chiquititos y muy tímidos porque no se dejan ver. Se meten en nuestro cuerpo de las formas más insólitas, por un estornudo dirigido a nuestro rostro, por hablar muy pegado a otra persona o por compartir la bombilla del mate. En verdad, estos cositos están por todas partes y convivimos constantemente con ellos. Estamos adaptados, y es por eso que cuando venga la invasión extraterrestre van a aniquilar a todos los aliens.

Pero aunque estemos adaptados, a veces pasamos por un período de stress y nuestro cuerpo decide bajar la guardia. Se pone en estado de reposo, y como cuando el gato no está, los ratones están de fiesta, los virus, gérmenes, bacterias y todos esos bichos se meten impunemente en nuestro sistema.

Aunque todo esto no lo vemos y después andamos conjeturando qué hicimos para enfermarnos (mientras tenemos el termómetro bajo la axila), yo sí sé qué hice para enfermarme. Fue un cóctel explosivo.

Primero, tuve una discusión. Una muy fuerte y muy tonta. En el mundo real soy bastante diferente al que pueden ver en este blog. Hablo poco, no pienso, y me enojo. No siempre, pero cuando pasa puedo levantar la voz. Y eventualmente la pierdo (hay quienes podrían considerarlo justicia poética). Terminé la noche del martes con la garganta dolorida y la voz que se desvanecía en un ronquido. Otro dato, el estrés me dejó angustiado emocionalmente, otra invitación a que las enfermedades hagan un nuevo intento por invadirme.

Esa noche dormí con el ventilador prendido y a la mañana siguiente el dolor de garganta era un nivel 7 (sobre 10). Hice mi vida normalmente, intentando no hablar, porque si en vivo no modulo y nadie me entiende, disfónico es todavía más frustrante hacerme entender. Fui a entrenar, por supuesto, y me sentí bastante bien. Hicimos un fondo largo, mucha musculación, y no pude evitar meter algunos bocadillos en las charlas mientras corríamos. Pero por supuesto, nadie me entendía así que me tenía que repetir… elevando la voz. La garganta se iba lijando con cada palabra.

Por la noche negocié con Vicky no dejar el ventilador prendido. El jueves la acompañé temprano a hacerse unos estudios en su rodilla (todos andamos con algo encima) y la despedí en la estación del tren. Hice mi vida normalmente, recuperando muy lentamente mi voz. Por la tarde, al rayo de un sol bastante importante, hice un fondo de 8,5 km. Y fue mucho más difícil de lo que me imaginé.

Primero, me costaba un poco respirar. La congestión se había empezado a apoderar de mi sistema respiratorio, y los mocos se acumulaban en mi frente y debajo de los ojos, dándome un característico dolor de cabeza. Segundo, me sentía sin energía. Tenía agua y nada más. No era una distancia ajena a cualquier entrenamiento que haya hecho, por eso no me preocupé. Pero corría y sentía que no avanzaba. Me dio temor de sentirme así en otro momento, como cuando quiera correr los 100 km o la Espartatlón misma. Cada 2 km tomaba un sorbo de agua caminando y seguía. Lo curioso es que de vez en cuando miraba mi reloj, creyendo que iba a ver al GPS maracarme un ritmo de 6 minutos el kilómetro (o más). Eso era lo que mi criterio indicaba. Pero lo que marcaba era 5:20, algo razonable para mí. Sin embargo, tenía esa sensación espantosa de que no llegaba y de que el cuerpo estaba muy por debajo de su máximo rendimiento.

Sin embargo, las endorfinas me llenaron de una falsa sensación de energía. Entrené un poco de espalda en la barra de dominadas, me di una ducha reconfortante y la fui a buscar a Vicky a la estación. Mientras caminábamos le dije la fatídica frase: “¿Viste ese dolor que tenés cuando te estás por enfermar? Siento eso mismo”. Pero claro, yo creía que era cansancio, sobreentrenamiento o algo así. En el fondo sabía que estaba enfermo, pero intentaba negarlo.

Cuando llegamos a casa me sentía hecho una piltrafa. Sentía calor en la frente y los ojos. Me puse el termómetro bajo el brazo mientras me sacaba los pantalones, combinación muy tonta que terminó con el termómetro estallando en el suelo y el mercurio por todos lados. Así que no, no tengo idea de cuánto tuve de fiebre, pero los paños fríos en la cara que me ponía Vicky me aliviaron bastante.

Dormí unas 12 horas, hasta que no soporté más la cama y me levanté. Entre la angustia, mi garganta arruinada por mis gritos y un fondo bajo un caluroso sol de verano eran el cóctel ideal para una gripe. Supongo que el pico máximo lo pasé y ahora la parábola de la enfermedad está en caída. Sigo congestionado y con una voz más nasal de la que ya me caracteriza. Mañana, sábado, tengo entrenamiento, al que pienso ir, pero tomándomelo con calma. Quizá solo vaya a saludar y hacer de aguatero.

A nadie le gusta enfermarse. Solo a los niños en edad escolar. Yo puedo dar fe que correr levanta muchísimo el ánimo, pero quizá no sea el mejor remedio para curar una gripe veraniega…

Publicado el 11 enero, 2013 en Reflexiones y etiquetado en , , , , , . Guarda el enlace permanente. 2 comentarios.

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