Semana 14: Día 98: ¿A quién engañamos?

La Corrida San Silvestre de Buenos Aires 2012. Último día del año, que prometía mucho calor, pero se nubló y lloviznó, para que después saliera el sol (como para confundir). Miles de corredores de todos los niveles se congregaron para correr 8 km en las calles de la ciudad. Mi papá, que vive cerca de la largada, vino a verme, y charlando sobre la carrera que acababa de hacer, me dijo que vio gente cortando camino. Por la naturaleza del recorrido, pasarse de un carril a otro te podía ahorrar uno y hasta dos kilómetros. La pregunta que nos hacíamos era… ¿para qué?

Hecha la ley, hecha la trampa, dice el dicho. Quizá no se aplique a esta situación, pero a mí me parece que sí, que cuando se establece una regla, automáticamente aparece alguien dispuesto a romperla. Nos pasa con la tecnología, con los softwares, es cuestión de tiempo para que salga algún “chipeo” o un “crack” que nos evite el infame trámite de tener que pagar por algo que nació para comercializarse. Nos pasa con el alimento, basta con que nos prohiban algo para desearlo como nunca. Quizá sean mayoría los que prefieran atenerse a la legalidad (no todos nos colamos en el tren o el subte), pero cuando uno busca medirse físicamente, averiguar de qué estamos hechos, ¿por qué vamos a elegir cortar camino? ¿Necesitamos alardear con amigos, que nuestras parejas o compañeros de trabajo crean que somos lo que no somos?

Mientras le comentaba esto a mis compañeros de Puma Runners, Marcelo comentó la anécdota que contaba un sociólogo en sus debates. Si un habitué de las carreras de caballos se enteraba de que una competencia estaba arreglada, se iba a poner furioso… pero no porque se indignase ante la falta de ética, sino de que no le habían pasado el dato y de que lo habían dejado afuera.

Probablemente sean facetas de una forma de pensar similar, pero creo que entiendo más al atorrante que no pudo llevarse su tajada, que al que se inscribe en una carrera de 8 km y corta camino para terminar haciendo 6. No me entra en al cabeza cómo sigue la vida de alguien que recurra a eso. No sé si se junta con amigos y dice que le puso 30 minutos, si convence a otros corredores de que es más rápido de lo que realmente es, o si decide no volver a correr nunca más en su vida y necesita desesperadamente llegar a la meta.

Cuando corrí la Ultra Buenos Aires no estaba preparado (física ni mentalmente) y llegó un momento en el que sentí que no podía más, que el cuerpo había alcanzado su límite. Quería llegar, sí, pero no sabía cómo, no me podía imaginar hacer 40 km más. Y pensé miles de cosas. Creo que hasta deseé que me caiga un meteorito en la cabeza que me obligue irreversiblemente a abandonar. Y como estábamos en un terreno muy abierto, sin una fiscalización muy cercana, llegué a pensar en cortar camino. Hasta le pedí a mi hermano, que me escoltaba en su auto, que pegásemos la vuelta antes. Pero llegué a ese punto habiendo decidido abandonar. No me animaba a hacerlo todavía, pero ya no me podía imaginar en mi cabeza la situación de llegar a la meta. Terminé vomitando al costado del camino, con una sensación de alivio en el fondo. No era un meteorito en mi cabeza, sino deshidratación. Pero cortar camino y hacer menos de esos 100 km no me iban a dar absolutamente nada. Si lograba mi cometido, ¿me iba a hacer sentir bien cualquier felicitación?  ¿Iba a considerar que estaba listo para el siguiente paso, que eran los 246 km en Grecia?

Probablemente al tomar un atajo solo nos engañemos a nosotros mismos. De algún modo nos evitamos sufrimiento, esfuerzo, y eso nos hace creer que las cosas se pueden hacer de esa manera. Pero ¿hasta cuándo podrían estos corredores sostener la mentira? No dejo de pensar en las palabras de Ephraim Rosemberg, un ingeniero nuclear y ultramaratonista, quien después de correr los 100 km de la durísima Badwater: “Siempre comienzo estas competiciones con unos objetivos elevados, pensando en hacer algo especial. Y después de cierto punto de deterioro físico, los objetivos son reevaluados a la baja, hasta el punto en que me encuentro ahora, donde lo más que puedo esperar es no terminar vomitando sobre mis zapatillas”.

Salvando las enormes distancias, creo que ESA es la actitud del corredor, el que actualiza sus espectativas conforme vamos tocando nuestro límite. Buscar a la bestia, acariciarla, y retirarnos (o bajar tremendamente nuestras expectativas), ¿no es algo de lo que podemos sentirnos orgullosos después?

Publicado el 4 enero, 2013 en Reflexiones y etiquetado en , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

  1. yo he visto gente adelante mio subir a la vereda en las esquinas para hacer 3 metros menos, nunca lo entendi

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