Semana 14: Día 94: Los 8 km de la Corrida San Silvestre Buenos Aires 2012

San_Silvestre_2012

Hoy es un día especial. Claro, es el último del año, y puede ser cuando, en la cena, nos despidamos definitivamente de nuestro hígado. Pero además se realizó una nueva edición de la Corrida San Silvestre en la Ciudad de Buenos Aires. Esta tercera edición tuvo, nuevamente, al clima como protagonista.

En el 2010 me calciné al rayo del sol, sufriendo con cada paso, hidratándome con agua tibia). Hice los 8 kilómetros en 34:55. En el 2011 el tiempo fue más ameno, con 24 grados, y con una mejor preparación pude bajar mi tiempo a 32:15. Increíble cómo en ese entonces me anoté a último momento, y este año hice exactamente lo mismo (lo de que estuve atrapado en un operativo policial en la cola de la inscripción fue una broma del Día de los Inocentes, y todavía me cruzo con gente que no se percató).

Esta vez, como no podía ser de otro modo, el pronóstico veraniego adelantaba 36 grados a las 5 de la tarde. Era casi fija que nos íbamos a calcinar. Averigüé con qué era mejor hidratarme (agua durante la carrera, Gatorade en la llegada) y repartí consejos para todos mis conocidos: “Corran con lentes de sol y gorro o pañuelo”. Pero hacia el mediodía se levantó un viento terrible y una lluvia intermitente que, en algunos lugares, se había convertido en un diluvio. Sabíamos que íbamos a tener mal tiempo después de la medianoche, pero no pensábamos que se iba a adelantar y que nos iba a cambiar la estrategia de la San Silvestre.

Con Vicky vinimos a Banfield, a la pileta de la casa de mi hermano, para poder refrescarnos. En el medio de nuestro peregrinaje a Zona Sur se ennegreció el cielo y nuestra jornada en el agua pareció peligrar. Llegamos a nadar un poco y una ventisca que nos hacía volar por los aires fraguó todos nuestros planes. Por wathsapp un compañero de Puma Runners se bajó de la carrera por una lesión y me pidió esperar a Lorena, una corredora que recién empieza, en la línea de la meta. Ella estaba un poco asustada (nunca había terminado una competencia anteriormente), así que le dije que no solo la iba a esperar, sino que cuando llegara la iba a ir a buscar y a acompañarla en lo que le faltase para la llegada.

El clima no pareció mejorar. Me fui caminando los 2 km que separan la casa de mi hermano y la estación del tren Roca. Llegué a Constitución y el subte me llevó hasta Diagonal Norte, en la línea C. Llegué a una hora de la largada, y el cielo seguía oscuro. Para mí era la mejor situación, porque no nos íbamos a sofocar y, por primera vez, no íbamos a correr al rayo del maldito sol asesino.  Igual yo sospechaba que el clima se traía algo entre manos, así que tuve la corazonada de correr con lentes y un pañuelo tipo buff.

Me encontré con mis compañeras de los Puma Runners (terminé siendo el único representante masculino del grupo), dejamos las cosas en el guardarropas (ellas no siguieron con mi instinto) y nos fuimos a la línea de largada. Antes de que el reloj diera las 0:00:00, entonamos el himno nacional argentino, cubiertos por una bandera gigantezca. Fue una sensación muy particular estar ahí abajo, cubierto de esa monstruosa tela celeste y blanca. Mucho orgullo. El sol asomó por entre las nubes y empezó a calentar. Martincito, que una vez en su vida la pegó, hizo bien en dejarse los lentes y el buff.

Salimos puntuales, cruzando la 9 de julio. Por esto me encantan las competencias en el microcentro, y no me canso de decirlo. Lo lamento por los que defienden a las carreras de aventura y creen que las de calle son aburridas. Quitarles el monopolio a los autos me da mucho placer, aunque sea por unas pocas horas o minutos.

Estaba mentalizado en tomarme la San Silvestre con calma. Estos últimos meses entrené para La Misión caminando o trotando tranquilo, con peso en la espalda. Hice cambios de ritmo, pero no buscando mi máxima velocidad. Además no hace mucho me caí en la cocina y la rodilla derecha me dolía. Todas estas cosas que me pasaban por la cabeza, mis amigos, se llama cagazo. No hay otro modo de describirlo. Estaba demasiado preocupado en mantener mis marcas y me preparaba mentalmente para “fracasar”. Realmente detesto cuando hago esas cosas, pero las hago constantemente.

No pude salir tranquilo. Aunque el embudo de la largada obliga a todos a ir de a poco, cuando la gente se empezó a separar, me entusiasmé y empecé a aumentar la zancada. No quería correr lento, quería hacerlo rápido. Me sentía bien, esa rodilla no molestaba tanto como me esperaba, y aunque estuve entrenando con otro tipo de carrera en mente… ¡venía entrenando! Así que me dejé llevar y avancé a mis anchas.

El calor se empezaba a hacer sentir. Tenía la boca seca y muchas ganas de tomar agua. Pero seguí corriendo, a la espera del puesto de hidratación. Lo crucé a mi papá, que a esta altura es un miembro estable del equipo Casanova en la San Silvestre. No lo pude ver pero lo escuché dándome aliento. Mientras estaba llegando al Congreso un lector quilmeño se acercó a saludarme mientras corríamos. Cometí la torpeza de no preguntarle cómo se llamaba. Esta era su primera San Silvestre, y yo por las dudas le lloré por mi rodilla y le prometí que no me iba a ir bien. Corrimos unos metros juntos y realmente me motivó mucho. No es lo mismo estar solo que acompañado, en especial cuando uno está dando su 100%.

Volvimos hacia la 9 de julio y lo busqué a mi papá entre la gente. Intenté todo el tiempo seguir a un corredor que tenía en frente, quien llevaba un muy buen ritmo. Tenía una remera naranja fluo que decía Súper Runner. Puse todo mi esfuerzo en que no se me escapase. Incluso un par de veces metí un pique corto para no perderlo. Los kilómetros pasaban bastante rápido, así que no me pareció imposible mantener el nivel y apretar. Cruzando Avenida de Mayo mi papá me esperaba y me acompañó un par de cuadras. Ya no me imagino esta carrera sin su aliento y compañía.

Volví a la 9 de julio y encaramos en dirección a Retiro. El reloj me decía que faltaban 2 km, y aunque lo dejé ir a Súper Runner, lo tenía a la vista. Fui “sentándome” en el ritmo de otros corredores, refrescándome en los puestos. No podía tomar mucho, tenía la boca pastosa pero no me sentía capaz de que me bajara mucho líquido por la garganta. Tragaba sorbitos y el resto me lo tiraba encima.

En el último kilómetro el obelisco y la meta se ven muy cercanos, casi como si uno pudiese estirar la mano y tocarlos. No soy bueno midiendo distancias a ojo (algún día lo seré), pero si me preguntaban decía que estaba a 300 metros. Pero el cartel que decía 7 km no podía mentir, así que me esforcé en mantener el ritmo y no empezar a correr como un poseso.

Recién cuando finalmente pasé el obelisco hice mi sprint final, de unos 150 metros (insisto, no soy bueno midiendo distancias a ojo) y crucé la meta con un grito de gloria. Mi papá me esperaba entre el público, y yo me sentía en la gloria, lleno de endorfinas. Charlamos unos minutos mientras me hidrataba y comía una banana. Quise sacar fotos para el blog y después de capturar un par de imágenes, la vi a Lorena acercándose. Le di todo a mi papá y fui a alcanzarla. Estaba muy entera, y me alegró mucho que estuviese terminando su primera carrera. Ella, por dentro, estaba súper desilusionada: la música a todo volumen, que yo estuviese esperándola y pasar por el costado del arco de llegada le hizo creer que estaba llegando, pero todavía le faltaban 2 kilómetros (había que seguir por 9 de julio y volver).

Me apresuré hasta su lado y la acompañé en ese último y agónico tramo. Estaba contenta por no ser la última y bastante acalorada. Con tezón y confianza, llegó hasta el final. Unos metros antes del arco se nos sumó el resto de las chicas de Puma Runners, y todos juntos pasamos por abajo del arco. Fue muy emocionante compartir esa primera carrera y esa primera medalla de finisher.

Y, con mucha alegría, cerramos el año corriendo, cumpliendo objetivos y sueños.

Ah, me faltó mi tiempo… hice 33:15, según mi reloj. Sin dudas el tiempo, aunque estuvo áspero al sol, fue más benévolo de lo que esperábamos, y eso sumó a nuestro favor. Creo que ni sentí mi rodilla, y valió la pena el esfuerzo, coronado con la Ciudad de Buenos Aires de fondo. Sin dudas, el año que viene, la quiero volver a hacer. Ya mismo, en mi agenda 2013, marqué la 4ta San Silvestre Buenos Aires en el calendario.

Publicado el 31 diciembre, 2012 en Carrera, Reflexiones y etiquetado en , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 4 comentarios.

  1. cristian benavides

    El quilmeño : me llamo cristian y lo único que se que eras martín ( semana 52) estaba dando un 105% DE MI CUERPITO . batí récord en mi ritmo, (no era mi intención pero me enrosque y apreté ) tu blog me inspiro para empezar a correr hace 2 años.

  2. Hola Martín ! Comparto tu alegría por esta nueva San Silvestre; lindo cierre del año. Felicitaciones por todo lo que estás haciendo. Deseo que este año 2013 se cumpla tu sueño de Espartlatón o lo que el destino tenga para vos. Besos !

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