Semana 13: Día 91: He vivido la mayor aventura de mi vida

Esto va a parecer sacado de una novela de aventuras. Pero es lo que este bloguero tuvo que vivir para poder inscribirse en la San Silvestre Buenos Aires 2012.

Como ya comenté en el pasado, no me había inscripto en la carrera. Un poco por problemas personales (nuestra mascota, Oso Rulo, estuvo perdido durante cinco días hasta que finalmente apareció en el techo del edificio vecino),  y otro poco por problemas financieros (soy monotributista, pero me atrasé con los aportes y tuve una especie de mini-auditoría de la AFIP, que me desplumó). Como sea, fueron problemas de organización míos (y del perro), así que me la banqué con serenidad. Cuando finalmente pude reunir el dinero, me di cuenta de que la inscripción había cerrado. Me quedaba una sola oportunidad, sujeta a cupo, de ir el día de la acreditación y suplicarles para que me inscriban.

La entrega de kits se iba a realizar en la lujosa Tribuna Plaza, ubicada en el predio del Hipódromo de Palermo. La apertura era a las 10 de la mañana, y a partir de ahí se iban a abrir las últimas inscripciones. Como he corrido la San Silvestre en las anteriores dos ediciones, no quería perderme esta. Es una tradición que, al menos para mí, recién empieza. Decidido a no perderme mi oportunidad, decidí acampar en la puerta la noche anterior, como alguna vez hice en las colas del Consulado de España o de Italia. A la medianoche, con mi kit de agua mineral, un termito con té, bananas y galletas de arroz, fui convencidísimo de que ya iba a haber cola en la puerta… pero para mi sorpresa, cuando llegué, era el primero. Me había llevado mi bolsa de dormir y el saco vivac, los mismos que usamos en La Misión, por si refrescaba o llovía, pero por suerte estaba templado.

Mientras pasaban las horas contaba los autos pasar por la Avenida del Libertador. Muy cada tanto pasaba una bicicleta a toda velocidad por mi lado, y hasta llegué a ver a un valiente entrenando en plena madrugada, con sus auriculares a todo lo que da. No tengo mucha resistencia al sueño, así que en cuanto empecé a cabecear desplegué la bolsa de dormir y me tiré… pero no por mucho tiempo. Un poco amistoso guardia de seguridad me dijo que no podía dormir ahí, que eso no era una pensión, y que si no me retiraba iba a dar aviso a la policía. Le expliqué que estaba haciendo la fila para las inscripciones, que abrían en 8 horas, y me pidió con cero amabilidad que vaya a hacer la fila en otro lado. Como la vereda es pública me alejé de la entrada, intentando no ponerme sobre la bicisenda para que nadie me pase por arriba.

No es muy cómodo dormir en la vereda y eso lo sabe cualquiera que haya cruzado la delgada línea entre el ciudadano común y el vagabundo. Me despertaban los ruidos de tacos, las frenadas, y el camión de la basura, que hace temblar el piso como si fuese Jurassic Park. Alguno que pasó me preguntó si estaba bien, seguramente porque me veía cuando los ojos me pesaban y empezaba a desmayarme. Lo bueno fue que cuando salió el sol, tipo 5:30 de la mañana, a mi lado la gente me había tirado unos 20 pesos en billetes chicos y monedas.

Todavía no había nadie haciendo la cola, así que armé mi mochila y aproveché el dinero para comprarme el desayuno. Fui hasta la estación de servicio y me compré un jugo de naranja de litro, con lo que gasté todas las limosnas que había juntado. No se puede creer lo que cobran en esos lugares. No me pude tardar más de media hora (le sumé una visita al baño de caballeros), y cuando volví ya había una cola de 40 personas. Mi amigo de seguridad ya no estaba para atestiguar que había estado ahí toda la noche. Intenté convencer al primero de la fila, pero se me vino al humo y me fui al final a toda velocidad. Este post no tendría mucho sentido si me hubiese quedado ahí las siguientes 4 horas, me hubiese acreditado y me hubiese ido. O sea, sería poca aventura.

Mientras estaba en la mía, bajando mis galletas de arroz con mi jugo de cartón, escuchamos unas sirenas que, de lo lejos, empezaban a aumentar en intensidad. Un auto naranja (no me pidan más precisiones porque no sé nada de autos) empezó a desacelerar y una patrulla policial se le cruzó de una frenada, como salidos de una estereotipada película de acción. Bajaron dos policías apuntando con itakas a los pasajeros del vehículo. “¡Arriba las manos! ¡Largá el fierro, tiralo al piso, dale!”, dijo el oficial de mayor rango (voy a censurar todas las malas palabras que dijo). Silencio. Todos en la fila nos mirábamos. Una chica rubia que estaba tercera empezó a llorar.

Una segunda patrulla estacionó detrás. Del asiento del acompañante salió un oficial flaquito y petisito, fumando un cigarrillo y portando una máquina de escribir, la que apoyó en el baúl del auto naranja. Los tres ocupantes ya estaban en el pavimento, con las manos en la cabeza. Otro policía se acercó a nosotros y nos empezó a inspeccionar. Yo por adentro rogaba “Que no me mire, que no me mire”. Estábamos todos petrificados. Entonces el agente me dice “Documentos, por favor”. Tanteé adentro de mi mochila, medio desesperado, y saqué mi DNI. “Acompáñeme”.

Tengo que hacer una aclaración importante. Tengo dos DNIs. Uno está “vigente”, lo renové hace dos años. Es una tarjeta plástica, e hice el trámite en uno de esos puestos que ponían en los shoppings. Pero cuando viajé a Europa tuve que renovar mi pasaporte. Al ministro Randazzo se le ocurrió renovar toda la tecnología de los documentos, al punto de que ya no hace falta el DNI para votar. Aproveché y me hice un combo, teniendo un segundo Documento Nacional de Identidad. Por seguridad, lo dejo siempre en casa y salgo con el viejo, que debería haber tirado, lo sé, pero está en perfectas condiciones y dice que se vence en 2013.

Fui hasta donde estaban los individuos sospechosos de sexo masculino. El oficial miró mi DNI (que no es el mío “legal”) y me miró largamente, mientras una gota de sudor caía por mi cara. Finalmente dijo “Martín Horacio Casanova, nacido el 17 de diciembre de 1977 en la Ciudad de Buenos Aires, DNI plin plin plin, oficiará de testigo del allanamiento”. No me animé a decir ni una palabra. El de la máquina de escribir empezó a tipear. Cada tanto se equivocaba, volvía para atrás, lanzaba un improperio, y escribía más fuerte para sobreimprimir en su error. “¿Qué es esto, un boliche?”, me preguntó el agente. Le conté sobre la San Silvestre, esa carrera que se hace todos los 31 de diciembre a las 16 hs. Creo que tendría que haberle dicho que era un boliche. “Ah, por culpa de ustedes tengo que laburar en fin de año, cortando el tránsito… ¿te dije gracias?” (de nuevo, censuro todas las malas palabras).

Aparentemente los sospechosos solo eran culpables de conducir excediendo la velocidad máxima en avenidas, pero para que escarmienten les dijeron que sus niveles de alcoholemia estaban por encima del legal. “Escuchame, flaquito”, me dijo el oficial, “vos vas a declarar que su nivel de alcohol en sangre es de 1.9 o de acá no te vas más, ¿me escuchaste? Bastante que nos hacen laburar el 31”. Yo, fiel a mis convicciones, le dije “¿Dónde firmo?”.

El tramiterío terminaba en la Comisaría, así que después de tenerme como dos horas de acá para allá, revisando hasta la pelusa que había en el cenicero del auto, me subieron al auto naranja, conducido por mi amigo policía, mientras a los tres sospechosos los repartían en los asientos traseros de las dos patrullas. Con la sirena a todo lo que da, se pasaron todos los semáforos en rojo y casi atropellan a un cafetero cuando quisieron cortar camino por una calle en contra mano. Yo tenía que atestiguar que el trato a los detenidos estaba dentro de las convenciones de derechos humanos (o algo así), así que casi que los acompañé adentro de la celda y los arropé. Cuando me dejaron ir eran casi las 9 de la mañana. Me corrí las 40 cuadras hasta el Tribuna Plaza y cuando llegué a la puerta vi la cola que daba vuelta la cuadra. Ahí me di cuenta que el policía jamás me devolvió mi DNI… ¡no me iban a dejar anotarme!

¿Qué hacía? ¿Volvía a casa por mi verdadero documento, o regresaba a la comisaría? No me gustaba la idea de que un policía al que iba a hacer laburar un 31 tuviese mi DNI, por más que no fuese el “oficial”. Volví a la carrera, aprovechando para ablandar mis zapatillas nuevas. Tuve que hacer una cola de 5 personas para que me atiendan… ¡estaba harto de las colas! Pregunté por mi documento, y tuve que esperar 20 minutos hasta que finalmente apareció. Tenía huellas digitales negras por todos lados.

Corrí hasta el Tribuna Plaza, que había abierto hacía rato. Hice la cola para inscribirme, y tres personas antes que llegara pegaron un cartel escrito con birome que decía “No hay más cupos”. Me quería matar. Igual la gente se mantenía en la fila, esperando ganarse a los de la organización con lástima y carisma. Cuando finalmente llegué le expliqué a la paciente señora todo lo que había pasado: la bolsa de dormir, el de seguridad que me echó, los ruidos de los autos, perder el lugar en la cola, el operativo policial, el DNI (no le aclaré que el de verdad estaba seguro en casa). Me dijo que me podía inscribir, el tema es que no quedaban más remeras. Si no tenía problema, podía correr con un talle XL. Le dije que había corrido con ropa más grande (no es cierto).

Así que ahí terminó mi aventura, cerca del mediodía, con mi bolsa de dormir llena de la mugre de la calle, pero con mi cupo para la San Silvestre. Ahora sí, para el año que viene, pienso anotarme cinco meses antes, y no volver a pasar todo esto. Lo que me queda, por mi seguridad mental, es que el 31 corra lo más rápido que pueda, así no me reconoce mi amigo policía… estoy considerando seriamente competir con un antifaz…

Publicado el 28 diciembre, 2012 en Reflexiones y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. 13 comentarios.

  1. Martin … decime que esto no pasó realmente… si es así… no more words!
    Quería desearles un excelente comienzo de año 2013 y darte las gracias por haberme acompañado en este año con tus historias, comentarios y vivencias.
    Hermosa vida para todos!

  2. …Amore… Vos saliste con Oso Rulo anoche??

  3. Tenemos que dibujar un par de paginas de “Martin el Corredor” muy buena historia!! jajajajaja

  4. Oye, de película!!!! Tengo que confesar que ha sido uno de tus posts más divertidos y entretenidos, y vieras que te creí hasta el final, lo de que no habia mas lugares y la inscripción con playera grande, me resulto muy sospechosa y ahí me di cuenta que hoy es 28. Cuantas inocentes palomitas habrán caído?

  5. Martín!!! Yo lo leí casi un mes después y caí!!! Algunas cosas me parecían raras (como pasar toda la noche en la calle para anotarte jaja) pero estuvo muy bueno el relato!

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