Semana 12: Día 82: La Misión 2012, tercera parte

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Con llovizna, frío y sueño, deambulábamos por los senderos del cañaveral. Si existía la posibilidad de dormir, la queríamos aprovechar. Caminando, luego de nuestro torpe intento de tirar la bolsa de dormir en una pendiente sobre la que nos patinábamos, vimos una zona bien llana y nos adentramos ahí.

Decidimos utilizar todo nuestro conocimiento de supervivencia, y con las capas de lluvia, un tronco y nuestros bastones, armamos unos techos de lujo. Desenrollamos aislante, bolsa de dormir y saco vivac debajo, y orgullosos por nuestro ingenio, seguimos durmiendo. Unos 12 o 13 minutos, que fue lo que le tomó a las capas acumular la lluvia. Intentamos que el techo estuviese en pendiente, y ahí sí nos pudimos dedicar a dormir. 5 minutos, aproximadamente, ya que las capuchas de las capas se empezaron a llenar de agua. Quise empujarlas hacia arriba para vaciarlas, y un baldazo de agua cayó por mi brazo. El agua empezó a mojar todo, los bastones se soltaron, y de pronto ocurrió la peor pesadilla de cualquier aventurero en medio de la naturaleza: se había mojado la bolsa de dormir. No hay forma de secarla, es algo realmente malo, muy malo.

Desesperados, guardamos todo, intentando separar lo seco de lo mojado. Vicky perdió su guante izquierdo, así que le di el mío. Estar mojado y con frío es una mala combinación.

Supongo que nuestro sentido común nos indicó que para entrar en calor lo mejor era seguir caminando. Los cuadraditos refractantes nos seguían indicando hacia dónde ir, en medio de la oscura noche. De vez en cuando nos desorientábamos y volvíamos a la última marca. A veces el sendero, donde no había pasto ni arbustos, nos servía para encarar correctamente.

Nos cruzamos con montones de ríos. Al principio intentábamos pasar por encima de piedras y troncos. Estábamos bastante mojados, pero la temperatura de las gotas de lluvia no se comparaba a esas heladas masas de agua. Las distancias a cruzar eran de dos, tres metros. Mientras más avanzábamos, los ríos eran más anchos. Probablemente la lluvia los estaba haciendo crecer.

En un cruce, cuando parecía no haber más opción que mojarse (y congelarse) me harté y decidí buscar un camino alternativo. No lo encontré, así que agarré un pesado tronco y lo arrastré hasta el borde. Levanté la pesada carga con todas mis fuerzas y la arrojé al agua, pensando en mi inocencia que estaba creando un sólido puente. La corriente se llevó el tronco como si le hubiese arrojado una balsa. Así se iban nuestras esperanzas de mantenernos lo más secos y calientes posibles.

Tímidamente le pregunté a Vicky si consideraba la posibilidad de seguir hasta la meta. Habíamos pasado por tanto… frío, lluvia, cansancio, dolores, sueño, hambre… ¿Algo podía ser peor que todo eso? Ella lo pensó unos segundos y dijo que podía ser. Lo mejor era llegar hasta el Camp 2 y evaluarlo ahí. Era nuestro objetivo, tanto para abandonar como para un objetivo intermedio antes de continuar. Se renovaban las esperanzas de que Vicky terminase su primera Misión. Eso me entusiasmaba y mucho.
Caminamos por horas, y la lluvia no se detuvo ni un segundo, aunque de a poco iba menguando. Pero todo en lo que pensábamos era avanzar hasta el próximo puesto de control. Como dije antes, cada río era más ancho que el anterior. Cuando llegamos al Arroyo Minero, era como cruzar la 9 de julio de agua. Una cuerda cruzaba de lado a lado, y en la otra orilla vimos el humo de una fogata. Un patrulla nos hizo señas con su linterna, y tomados de la soga cruzamos al otro lado, con el agua helada hasta las rodillas. El frío dolía como si nos estuviesen clavando miles de agujas en los pies.

Dimos el presente y nos acercamos al fogón. Varias personas estaban a su alrededor, secándose y dándose calor. La lluvia había cesado. Me saqué la mochila y la capa, y dije en voz alta: “Buenas, ¿hay un lugar para dos corredores mojados?”. Silencio. Me pregunté si esa gente era producto de mi imaginación y que por eso no respondían. Molesto me acerqué y dije, todavía más fuerte: “¿A ver si hacen un lugar para dos corredores que acaban de llegar?”. De mala gana se abrieron un poco, como para que Vicky y yo nos acercásemos al fuego. El agua en nuestras ropas se empezó a evaporar en una nube. Parecía que nos estábamos asando en nuestro jugo. Otros estaban sentados en el suelo, alguno tirado con su bolsa de dormir. Había zapatillas cerca de las brasas, medias, guantes. Vicky dijo “Cuidado que somos todos inflamables”, pero los presentes parecían perdidos, como zombies, tiritando. Empezaba a amanecer, de a poco. La cima del Piedritas, el siguiente cerro que teníamos que cruzar, estaba a punto de ser invadido por una nube baja.

“Eso es nevisca”, dijo el patrulla. Changos.

Una zapatilla, un par de guantes, un saco vivac con su bolsa de dormir y una mochila. Esas cosas las vi quemándose, una atrás de la otra. Al parecer las advertencias a sus dueños caían en saco roto, porque se negaban a aceptar que estaban destruyendo su propio equipo con el fuego. Secarse y darse calor era más importante. El humo nos envolvía y nos hacía llorar los ojos, pero también preferíamos secarnos. Con cautela acercamos nuestros guantes, zapatillas, pantalones, camperas… nuestras prendas quedaban ahumadas, pero nunca terminaban de secarse del todo.

El patrulla empezó a dar consejos. Dijo que el O’Connor era lo más difícil, y que si habíamos hecho eso, el Piedritas era un trámite. Las nubes bajas en la cima indicaban nevisca, así que había que abrigarse bien. Todavía teníamos que cruzar el Arroyo Minero por segunda vez, y en esa parte era más profunda todavía. Quedaba un puesto más donde calentarse antes de seguir.

Yo me dormía, mientras el sol salía por detrás del cielo nublado. Quería secarme las medias y descansar. Saqué mi bolsa de dormir, aunque estaba mojada, y mi saco vivac. Me quité las medias mojadas y me metí adentro. Me tapé todo e intenté dormir. A la media hora Vicky me despertó, con un mensaje espantoso: “Amor, llueve y en un rato va a empezar a nevar. Tenemos que seguir”. Ya casi no quedaba nadie, el fuego se había extinguido en un montón de brasas, y cuando salí de la bolsa me golpeó el frío y empecé a temblar incontrolablemente. Me abrigué lo más rápido que pude, pero uno pierde la motricidad fina, y cosas supuestamente sencillas como atarse las zapatillas y engancharle las polainas se vuelve una tarea complicadísima.

El patrulla nos ofreció una galletita Frutigran y la devoré gustoso. Me quedaba poca comida, teníamos que llegar al Camp 2 para reabastecernos. Emprendimos el camino, ya de día, pero con lluvia. Vicky avanzaba lento por su rodilla, a lo que se le sumaba dolor en la uña de su dedo gordo. Cuando escuchábamos a alguien detrás nuestro nos hacíamos a un costado, para dejarlos pasar. Caminamos sobre barro y ceniza, subiendo y bajando. La lluvia paró, y mientras estábamos en una pendiente, vimos desde arriba lo que parecía ser una chacra pequeña. “Debe ser el puesto de control” dije, esperanzado. Pero no podíamos saberlo. Las marcas del camino, sin embargo, nos dirigían directamente ahí.

Esta tapera tenía un perro, un paisano, y varios corredores alrededor de una salamandra, calentándose. Nos ofrecieron agua caliente, pero no teníamos ni sopas ni tés ni nada. Una chica nos ofreció un poco de mate cocido de su jarro metálico. Fue un elixir divino. Corredores iban y venían, y el patrulla de ese puesto los acompañaba hasta la orilla del nuevo cruce. Nos adelantó que el agua nos iba a llegar por encima de las rodillas (a Vicky un poco más). Bajo techo era otra cosa, y la salamandra vino muy bien para terminar de secar mis guantes. Vicky encontró el que le faltaba, y mis manos quedaron nuevamente protegidas contra el frío.

Por un instante, dejé de lado mi veganismo. Alguien había dejado olvidado una barra de chocolate Águila. Imposible decir si tenía leche o no, pero doy fe que no era amargo. Tampoco estaba el paquete como para leer los ingredientes. Pero estaba muy cansado, tenía casi nada de comida, y esa era una oportunidad que la divina providencia me daba para recuperar energía. Lo pensé un poco y, con disimulo, cuando no había nadie, me la devoré.

Ya un poco más secos, cargamos agua en un arroyito y enfilamos hacia el temible arroyo Minero. Vicky fue muy astuta, y lo cruzó con calzas cortas. Yo me arremangué. Del otro lado nos secamos las piernas, ella se puso los largos, y listo. Aunque teníamos los pies congelados y empapados, podría haber sido peor. Un corredor, que demostró ser un demente, cruzó el río aferrándose de la cuerda. Vino hasta mí, sacó su cámara, y me preguntó si lo podía filmar cruzando. “Pero acaba de cruzar”, pensé. El valiente hombre volvió hasta la mitad del Minero, lo enfoqué, y capturé mientras avanzaba por las heladas aguas hasta llegar a la orilla. Todo sea por la fiabilidad de los documentales.
De este lado del río comenzaba el ascenso al Piedritas. Nos habían adelantado que nos iba a tomar 5 horas cruzarlo de lado a lado. Con paciencia empezamos a trepar. Era increíblemente empinado y agotador. Nos desabrigamos un poco, ya que el sol asomaba de tanto en tanto y el ejercicio nos hacía entrar en calor. También descansábamos luego de varios metros. Quise contabilizar esos supuestos 10 km que teníamos para superar el cerro, pero a los 2,5 km se me agotó la batería del reloj. Buuu.

Los sinuosos caminos no dejaban de subir, y aunque era agotador, Vicky lo prefería a las bajadas, que le hacían doler la rodilla y ver las estrellas. La vegetación empezó a mermar, señal de que el filo estaba cerca. El viento empezó a soplar fuerte, y nos volvimos a abrigar. Estábamos exhaustos, con una hora y media de sueño encima (con suerte). Un patrulla en un puesto nos dijo que nos quedaba media hora hasta la cima. No le creímos (hicimos bien).

Sé que me quejé de los que dejaban basura tirada por el camino, por eso me sentí muy tonto cuando me enganché una botella de Powerade (¡que intentaba hacer durar!) a la cintura, y en un momento, sin darme cuenta, perdí en el bosque.

Llegamos al filo e identificamos el por qué del nombre del cerro: piedritas por todos lados, en un paisaje sin vida y desolador. Solo algunas plantitas pequeñas sobrevivían en ese clima. La cima estaba a unos 1800 metros. Cuando nos faltaban 100 para llegar arriba, el viento empezó a soplar con muchas, muchas ganas. Caminábamos a 45 grados, intentando avanzar en el suelo pedregoso y lleno de ceniza. Mientras más subíamos, más sentíamos el frío. Pensé en toda mi inocencia que enseguida íbamos a bajar, pero tuvimos un kilómetro de caminata sobre el filo, congelados (caminábamos por manchones de hielo). Iba muy pegado a Vicky, como para manotearla si salía volando. A lo lejos veíamos a un corredor con casco naranja, a quien envidiábamos porque ya parecía haber superado todo esto.

Luego de una caminata incesante en ese infierno helado, empezamos a bajar. Vicky no podía más. Estaba agotada y congelada. Parecía que había perdido toda su esencia vital. Me asusté mucho. Lloraba a cada paso, y la única opción era seguir caminando. Posiblemente haya tenido un principio de hipotermia. Solo el perro de un vaqueano que cazaba lagartijas (el perro, no el vaqueano) le levantó el ánimo y la despertó. El alma le volvió al cuerpo, asociando a esa mascota con nuestro caniche, que nos esperaba en casa. Cada uno tiene su sistema (y sus afectos) para sacar fuerzas.

Pero igual Vicky estaba agotada, y en un momento se quedó parada en el medio del sendero. “No puedo más” me decía, mientras las lágrimas le caían por su rostro. La desesperanza que sentía en ese momento era abrumadora. Me sentía tan responsable por toda esa situación. Pensaba que si no la hubiese apurado al principio quizá no se hubiese lesionado. O que tendría que haberla convencido de abandonar en lugar de seguir. Intentaba no quemarme la cabeza, pero después de todos esos días, en esos climas extremos, lo que te saca adelante es la fuerza de voluntad. Y no es una fuente inagotable.

Tomé a Vicky del brazo y fuimos avanzando de a poquito, como dos viejitos que pasean por el parque. A lo lejos, ese casco naranja nos seguía sacando ventaja. Con el correr de los minutos, habiendo dejado el frío atrás, empezamos a movernos con más facilidad. La bajada del Piedritas fue realmente eterna. Veíamos debajo ríos y árboles. Ver los pinos desde arriba era una mala señal, porque significaba que faltaba mucho para llegar al nivel del suelo. En un punto alcanzamos al casco naranja: era una corredora venezolana que parecía sonámbula. Estaba tanto o más cansada que nosotros, con la mirada perdida. La pasamos y nos íbamos alternando: a veces nosotros nos convertíamos en zombis y ella nos pasaba.

En un momento, lo confesé. “No puedo más”, dije, y me senté a un costado del camino. Me tiré hacia atrás, apoyado en mi mochila, y me quedé dormido. Fueron segundos, pero bastaba con cerrar los ojos y estar más o menos desparramado en el piso para que el sueño me invadiese. Vicky era quien ahora llevaba la batuta y me pidió de incorporarnos y seguir. Estaba absolutamente fastidiado. Los pies me dolían y sentía que mis zapatillas estaban llenas de agua congelada, a pesar de que hacía muchas horas que habíamos cruzado el último río. Ya volveré a esta extraña sensación más adelante.

El camino bajaba y bajaba. Los dedos del pie eran un solo dolor punzante. Llegamos a un camino de tierra, señal de que la bajada había finalizado. Pero era en apariencia, porque las calles seguían bajando. Esto seguramente era imperceptible o poco importante para cualquiera, pero en el estado en que estaba lo sentía y era una tortura. Si antes dudábamos y teníamos esperanzas, ahora la cosa había cambiado mucho. No teníamos dudas de que lo mejor era abandonar en el Camp 2. Casi no podía caminar, y le pedí disculpas a Vicky por las veces que la subestimé cuando ella me dijo “No doy más”. Aprendí finalmente lo que era esforzarte y encontrar el límite físico. Las piernas estaban en automático, las reservas de energía al 5% y cayendo rápidamente. No sé cómo podríamos haber hecho para seguir. Pero un auto se detuvo a nuestro lado y una pareja de mediana edad nos ofreció llevarnos a donde quisiéramos. Nos faltaban 5 cuadras para el puesto de control, pero no sé si podría haberlas hecho caminando o si iba a llegar arrastrándome. Fue una bendición.

Fueron 500 metros, pero la bondad de esos extraños (que no tenían ni idea de que existía una carrera llamada La Misión) me devolvió el alma al cuerpo. Llegamos al campamento, y cuando bajamos del auto la gente de organización nos miraba extrañada. Supongo que no ven muy seguido a un par de corredores haciendo “trampa” tan descaradamente. En el puesto dijimos “Hola, somos dos autoevacuados”. Confirmamos que abandonábamos. Fueron 112 kilómetros en unas 52 horas, habiendo dormido casi nada. Estábamos orgullosos, y más seguros que nunca de que no podíamos hacer ni 100 metros más.

Nos dieron nuestra bolsa con comida, y me devoré la barra de cereal, las pasas de uva con chocolate, y el powerade. Tenía también medias secas, y me las puse. Mis pies parecían estar bien… excepto que seguía sintiendo que estaba pisando agua helada. ¿Alguna consecuencia a nivel de las terminaciones nerviosas? Todavía no lo sé.
La organización nos dio dos opciones para volver a Villa La Angostura. Tomar una traffic gratuita o un remís a nuestro cargo. El tema era que la combi se tenía que llenar de corredores que abandonasen, y nosotros éramos los primeros. Le calculaban unas tres horas para poder salir (eran las 4 de la tarde). El auto particular costaba 300 pesos. Creo que no lo dudé, había pocas cosas que quisiese más en ese momento que estar en la cabaña, secos, con nuestros compañeros de equipo.

Nuestro regreso fue tranquilo, durmiéndonos en el auto. Cuando podíamos mantenernos despiertos, el chofer nos contaba historias de Traful y Villa La Angostura antes de la erupción del volcán. Pasamos junto a muchos valientes corredores que seguían en carrera, dispuestos a ascender el último cerro, el Buol. Llegamos a la cabaña, nos recibieron nuestros amigos con mucha alegría. Estábamos muy contentos de no volver a pasar frío ni estar mojados. Apenas empezamos a escuchar cómo era el terreno que seguía, nos alegró haber abandonado. La última subida era tan empinada que una parte había que hacerla trepando con una soga. El viento era terrible, y además había que atravesar como 20 veces un mismo río. Realmente no nos quedaba nada para seguir y enfrentar todo eso. Para despejar cualquier duda, el resto del día viernes y el sábado llovió constantemente.

Con Vicky odiamos profundamente esta carrera y lo mal que la pasamos. Por supuesto que queremos volver a hacerla y completarla. Ahora tenemos experiencia, sabemos qué cosas funcionaron y qué no. Si se repite Villa La Angostura en 2013 (ojalá) es difícil que hagan el mismo recorrido, pero seguro que van a repetir más de un cerro. Sabemos que el abrigo en nuestras manos fue muy pobre, así que tendríamos que comprar guantes de nieve. Las capas de lluvia anduvieron muy bien, pero como techos para la lluvia fueron una pésima idea. Los terminamos tirando, porque se fueron cortando en tiritas mientras caminábamos entre arbustos y cañas. La comida estuvo muy bien calculada, mi error fue comerme casi todo el día anterior a abandonar, en Tapera Linda, cuando pensé que abandonábamos. El esfuerzo es tan grande que apenas terminás querés comerte absolutamente todo. Me pasó en ese momento y también cuando finalmente llegamos a la cabaña y seguí comiendo como si mi vida dependiese de eso.
Vamos a estudiar la posibilidad de llevar una carpa y poder dormir ahí. No sé si es normal que haya habido tanta lluvia, pero un techo nos puede proteger del viento y podemos acampar en cualquier lugar, independientemente de las condiciones del clima. Los anteojos que llevé fueron la mejor inversión que hice. Fueron una barrera para la ceniza, la nevisca y el agua.

Esa sensación de pisar agua fría adentro de la zapatilla perduró un día más. Hoy ya no lo siento, pero me llamó mucho la atención lo que duró. Después de tanto río y tanto frío, realmente no quiero volver a sentir eso.

El día de la largada fue 12/12/12. Salimos a la hora 12, y mi número de corredor fue el 12. Pensé que eso me iba a dar suerte, y un poco me desilusionó no haber podido terminar. Más que nada porque me gustan las coincidencias numéricas, y no entendía bien por qué eso no había llegado a nada. Pero después nos enteramos de que el segundo campamento, al que nos costó horrores llegar y por el que tuvimos que atravesar las situaciones más difíciles de nuestras vidas, estaba ubicado exactamente en el kilómetro 112 de La Misión. Así que quién sabe, quizás sí hubo alguna influencia numerológica que nos permitió llegar hasta ese punto, habiendo pasado por alguno de los momentos más difíciles de nuestras vidas.

No debemos ser muchos los que la pasamos tan mal y usamos eso de motivación para volver a intentarlo. ¿Pero qué sería de la vida sin tener objetivos por cumplir?

Publicado el 19 diciembre, 2012 en Carrera y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. 12 comentarios.

  1. No puedo decirles mas que FELICITACIONES!!!!!!!!!!!!!!!! para mi terminaron, el año proximo sera otra cosa, abrazo!!!!!!!!!!!

  2. Pues antes que nada felicidades!!! Independientemente de sí terminaron o no, llegar al límite y pasar por todo lo que pasaron es un gran logro. Me gusto mucho tu relato, logras trasmitir muy bien las emociones. Ojalá que físicamente no tengan lesiones a largo plazo, sobre todo Viky. Creo que siempre es grato saber que diste el máximo sin exponer la vida a un peligro mayor, después de todo; esto se trata de auto superación y sentirse bien contigo mismo.

  3. Pregunta. De todo el recorrido, aproximadamente, cuanto corrieron o trotaron? Y nuevamente, felicidades!!!!

  4. muy buena crónica. vailó la pena esperarla. preguntas: con el diario del lunes, ¿cambiarían algo de la preparación? ¿por qué tanta culpa por una barrita de chocolate águila? ¡me imagino que la lija que tendrías!

    • No tuvimos problema de preparación. Por un lado, nos preparamos todo lo que pudimos con la mochila bien cargada, pero nada de nada te prepara en Buenos Aires para los cerros de Neuquén. Por ahí hacer musculación en el gimnasio, pero de piernas estábamos muy bien.
      La culpa del chocolate es porque tenía leche, ¡y eso no es vegano! Pero no hay culpa, en mi caso es una cuestión de salud, y en la balanza pesó más tener energía. No te imaginás la lija que tenía, después del chocolate el siguiente paso era comerme la corteza de los árboles.

  5. Felicitaciones, el relato es excelente. ¿Crees que les faltó algo en el entrenamiento?

    • Sinceramente no, creo que llegamos bien. Me parece que fueron cosas de la carrera las que nos hicieron bajarnos, como la lesión de Vicky, la lluvia o el poco abrigo. Son cosas que podemos prever para la próxima, siempre y cuando entrenemos tanto o más que esta vez.

  6. Relato que invitaba a seguirlos, empujarlos, acompañarlos…cualquier desenlace que podria haberse dado, no hace mas que apreciar lo orgullosos que se deben sentir.
    Sin lugar a dudas, cualquier cosa que podamos imaginarnos, mas allá de lo que contas, debe ser algo mas que alejado, de lo realmente vivido.
    Espero se recuperen ambos pronto!

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