Semana 12: Día 81: La Misión 2012, segunda parte

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Estábamos junto a la fogata, en el Corral Redondo, ubicado en el kilómetro 45 del recorrido de La Misión. A nuestro alrededor, montones de corredores dormitaban en sus bolsas de dormir.

“Bajó una nube en el filo del O’Connor, así que hay poca visibilidad y hay mucho viento. Van a salir en grupos de no menos de tres personas”, decía la “Peti”, coordinadora de ese puesto de control. Era la 1 de la mañana, y todavía teníamos mucha energía. Nos pareció que lo mejor era seguir hasta la primera Cantina, donde nos esperaba nuestra comida. Cuando anunciamos que seríamos los siguientes en subir, aparecieron Daniel, Lorena y Mariano, nuestros compañeros de Puma Runners. Venían juntos y decidieron tirarse a dormir para enfrentar el cerro de día. Ellos hicieron bien, nosotros… no tanto.

Nuestro equipo consistía de Vicky y yo, más Gonzalo y Gonzalo. Estos dos tocayos se comprometieron a esperarnos. La subida era una verdadera trepada, muy inclinada, y por un pasillo de vegetación muy angosto. La Peti nos deseó suerte, y nos adelantó que tardaríamos unas cuatro horas para atravesar todo el O’Connor. Los Gonzalos iban en la delantera y yo cuidaba la retaguardia. Vicky subía a nuestro ritmo, y de tanto en tanto pedía un minuto de descanso. Nos desabrigamos un poco porque el esfuerzo de esa terrible cuesta nos hacía transpirar.

Era una noche oscura, sin luna, así que no podíamos ver del todo qué nos esperaba más arriba. A veces se veían las luces de grupos que habían subido antes que nosotros. Eran como estrellitas en el cielo que se iban moviendo. Cuando la vegetación empezó a menguar, nos dimos cuenta que estábamos a punto de cruzar el filo. Nos volvimos a abrigar, y para no volver a sufrir el frío del Cerro Bayo, nos pusimos medias de lana por encima de los guantes. Los árboles y arbustos desaparecieron y solo quedaba un suelo árido, arenoso, con algunas piedras filosas. El viento soplaba con fuerza y se te congelaban los huesos hasta la médula. Las manos estaban entumecidas, y me preguntaba cómo me sentiría sin esas medias haciendo de mitones.

Esta fue la primera vez que tuve miedo en serio. Se veía muy poco, solo lo que iluminaban las liternas frontales, pero era suficiente para ver que nos estábamos jugando la vida. Las cuestas estaban llenas de ceniza, y cada dos pasos que dábamos hacíamos nos deslizábamos uno para atrás. Esto era pura y exclusivamente apretar los dientes ya vanzar. Yo, desde atrás de la fila india, no le quitaba los ojos a los (hermosos) talones de Vicky. No quería mirar otra cosa, solo dónde tenía que pisar. Los bastones eran de gran ayuda, pero ese terreno de rocas y ceniza (que parecía arena) ofrecían poca amortiguación ante una eventual caída. O sea, un tropezón y te tenían que bajar desde ahí arriba entablillado y en camilla.

Hasta ese momento, las advertencias de la Peti me parecían una exageración. Estaba bueno ir en grupo, pero la visibilidad estaba reducida por la noche y nada más. Quizá la nube se había ido. Después de todo, en la charla técnica, nos habían prometido que era más fácil cruzar los filos de noche porque había menos viento. Pero a medida que trepábamos esas cuestas pedregosas, el frío iba en aumento. Por respirar dentro del cuello polar, más de una vez, se me empañaban los lentes de seguridad. Por eso no me di cuenta cuando efectivamente la nube empezó a limitar la vista. En mi inocencia me limpiaba los cristales buscando ver mejor. Pero cada metro que subíamos, la vista se reducía más y más.

La Misión dejó de ser una carrera de orientación para ser un ultra trail marcado. Los superhombres adictos a los desafíos y que no conocen de humildad se han quejado de esto, asumiendo que esta competencia se está volviendo masiva y comercial. Pero subestimar este enorme desafío es una tontería. Lo digo ahora, en mitad de mi relato: jamás en mi vida me había enfrentado a una prueba tan dura y extenuante como esta.

A pesar de que el camino estaba marcado con círculos rojos en las piedras o banderines, en el filo del Cerro O’Connor estábamos completamente perdidos. Los cuadraditos refractantes, absolutamente escatimados por la organización, era lo único que se podía ver a cierta distancia. Pero como los alternaban con otro tipo de marcas, no podíamos avanzar sin mucha seguridad. En un clima tan hostil como esos ventarrones helados, sin ningún reparo, con las piedras filosas amenazándote, era muy tenso no saber por dónde seguir. En el bosque casi siempre hay un sendero, además de marcas de otros corredores que ya pasaron por ahí, pero el viento suele borrar las huellas, y la oscuridad de la noche no permite ver demasiado.

Cuando alcanzábamos una marca le gritábamos al resto, y empezábamos a separarnos para buscar la siguiente. Cuando aparecía un cuadradito refractante era fácil, pero los círculos rojos pintados en las rocas solo se veían cuando les pasaba por encima. A tientas fuimos de marca en marca, mientras el cielo empezaba a aclarar poco a poco. La mañana empezó a salir mientras todavía estábamos intentando bajar de ese filo. Fue un alivio poder apagar la linterna y encontrar un camino bien señalado para huir de ese infierno gélido.

De a poco la bajada fue adquiriendo más vegetación. Habíamos ascendido casi mil metros, y ahora los teníamos que bajar, tan empinado como antes. El descenso era muy inclinado, con el suelo cubierto de ceniza (bueno, ¿qué no estaba cubierto de ceniza?). Era una tentación tirarse a correr, pero los Gonzalos estaban cansados y agarrotados, así que íbamos lento. Excepto Vicky, que nos empezó a sacar ventaja. Le pedí un par de veces que nos esperara, pero podía entender su ansiedad. Después de estar toda la noche en el O’Connor, muertos de frío y miedo, queríamos llegar hasta la Cantina, desayunar algo caliente y descansar. En ese camino zigzagueante que bajaba, nos fuimos separando de los Gonzalos, que nos decían que vayamos a nuestro ritmo y no nos preocupásemos por ellos. En algún punto, Vicky se quejó de su rodilla.

Una bajada interminable puede parecer que es una bendición, pero se trata de una verdadera pesadilla. Hay que tener mucho cuidado, porque las rodillas se resienten mucho. A mí me empezaban a doler, pero no había mucho que hacer. Era seguir avanzando hasta la seguridad de la Cantina. Cuando tenés todos esos metros en bajada, el esfuerzo se vuelve demasiado y todo se transforma en un tedio. No llegábamos más.

Los senderos del bosque dieron lugar a calles de tierra y finalmente casas y signos de civilización. El día parecía que iba a estar despejado, y realmente nos lo merecíamos después de la lluvia y el frío. Llegamos a la ruta, vimos a otros corredores yendo y viniendo, y en el km 58 finalmente llegamos al Camp 1, o la “Cantina”, donde nos esperaban las bolsas que habíamos dejado con nuestra comida.

Primero que nada nos pidieron mostrar nuestra bolsa de dormir y saco vivac. En nuestras narices, un corredor fue descalificado por estar en medio de la carrera sin esos elementos de supervivencia. Un momento muy tenso, pero era lo justo. Nos convidaron mate cocido caliente y nos dieron agua caliente, con el que me hice un cous cous con pasas de uva. Aunque nos la pasamos comiendo todo el camino, estaba hambriento.

Estábamos muertos de frío, aunque no había viento. Nos ofrecieron tirarnos adentro de una gran carpa comunitaria, pero preferimos ir afuera, al sol que calentaba cada vez más. Vicky decidió tirarse a descansar y me pidió que la despertase en una hora, mientras yo iba a llenar las caramañolas de agua. Como no tengo un reloj despertador, me pareció que la única opción de que la despertase a las 9 de la mañana era no dormir. Me quedé organizando el equipo, y la dejé soñar 20 minutos extra.

Empezamos a prepararnos para partir, y la rodilla le dolía cada vez más. Esto empezaba a preocuparme. Nos esperaba un trayecto de 8 km por la banquina, y arrancamos haciendo cambios de ritmo. No duramos mucho, porque el dolor de Vicky se estaba volviendo un problema. A mí la espalda me estaba matando, por la tensión de llevar la mochila. Aprovechamos cuando debíamos girar y abandonar la ruta para adentrarnos en el bosque, y nos pusimos parches de diclofenac. Avanzábamos mirando las marcas, a paso tranquilo, pero las bajadas eran una tortura para ella. Sabíamos que todo el día iba a ser así, de puro bosque.

Uno de los patrulleros la vio a Vicky, le revisó la rodilla, y le sugirió abandonar. Si quería seguir, tenía que ir hasta el siguiente puesto, hasta la Tapera Linda (su nombre es simbólico). Trepábamos troncos, cruzábamos ríos. Así, por 11 kilómetros, hasta que en la susodicha Tapera, un guía poco amigable nos dijo que debíamos abandonar, que lo que venía después era mucho peor y que con la rodilla así, Vicky no iba a poder seguir. Esto la derrumbó y rompió en llanto. Realmente quería terminar esta carrera. “Era nuestro sueño” me decía, y mi corazón se hacía añicos. Charlé con ella para asegurarme de que estuviese segura. Ya llevábamos más de un día de carrera, yo no había dormido y no confiaba del todo en mis sentidos, pero me importaba más que ella pudiese llegar a la meta antes que yo.

Pero no había plan de evacuación. No había helicóptero, ni vehículo que nos sacase de ahí. Lo que el patrulla nos dijo sonaba ridículo: teníamos que volver sobre nuestros pasos y caminar 12 kilómetros hasta volver a la ruta. Ahí nos podían levantar con un auto. Si le sugerían no seguir en carrera por su rodilla, ¿cómo le decían que salga de ahí sola, si justamente le costaban las bajadas? ¿Y cómo esperaban que volviésemos a contramano de los otros corredores? No solo los íbamos a estorbar y posiblemente confundir, ¡sino que las marcas estaban preparadas para indicar el camino en un sentido, no en ambos! Ante esta situación que se nos hizo ridícula, decidimos avanzar. El Camp 2 estaba a 30 km de ahí, entre volver y seguir, no parecía haber mucha diferencia. Por suerte con Vicky estuvimos absolutamente de acuerdo en este punto. La otra opción que nos dio el patrulla era quedarnos a dormir (¡recién eran las 6 de la tarde!) y que al día siguiente ella fuese a caballo hasta Traful, donde la podía ver un médico. Pero solo la llevaban a ella, yo tenía que seguir hasta ahí a pie.

Nos terminaron de convencer de cancelar nuestro rescate. Con todo el descanso que acumulamos en la Tapera Linda, nos alcanzó para continuar viaje. Íbamos tranquilos, nadie nos apuraba. Seguimos hasta el col de las Estacas, una subida muy empinada y corta, con unas ráfagas de viento que debían superar los 140 km por hora. De vez en cuando se levantaba una nube de ceniza que golpeaba con fuerza y te derribaban con mucha facilidad. El suelo era arenoso y estaba suelto, lo que dificultaba mucho el ascenso. Me puse a un costado de Vicky, para protegerla de esas ventiscas asesinas. Cuando venía una, le dábamos la espalda y nos clavábamos al suelo con los bastones. Costó, pero logramos ascender y seguir.

El resto del camino era en una pendiente poco pronunciada, pero era eterna. Avanzábamos intentando ganarle a la noche, y gracias a que estábamos bien al sur el sol se ocultaba a las 9:30. Yo estaba medio perdido, preguntándome en qué momento iba a empezar a tener alucinaciones por la falta de sueño. Pero igual venía aguantando bien. No dan ganas de dormir en una situación así. Paradójicamente, Vicky se dormía caminando. El bosque tapaba la poca luz que quedaba, así que prendimos las linternas y las marcas refractantes se iluminaron como si tuviesen lamparitas. El sendero iba por entre unos cañaverales, y de tanto en tanto nos encontrábamos con un río para cruzar. A veces pasábamos secos, haciendo equilibrio sobre troncos y rocas, otras veces teníamos que hundir los pies en el agua congelada.

Cuando Vicky no pudo más, empezamos a buscar un lugar plano donde poder desenrollar el aislante y tirar la bolsa de dormir. Pero todo estaba en bajada, no parecíamos encontrar nuestra zona de descanso. Finalmente apareció un claro, así que hicimos base ahí. Claro que la pendiente, aunque sutil, seguía estando, y aunque estábamos acostados y hechos un bollito, de a poquito nos deslizábamos para abajo y para el costado. Era frustrante, porque no había forma de dormir así. Lentamente salíamos de la protección del aislante y quedábamos en el frío suelo del cañaveral. Quizá haya dormido (muy mal) unos 30 minutos, cuando Vicky me despertó: estaba lloviendo. Guardamos todo, nos pusimos las capas para la lluvia, y seguimos camino.

Pero Vicky seguía muerta de sueño.

¿Qué hacer? ¿Seguíamos avanzando o finalmente descansábamos?

Mañana, la respuesta.

Publicado el 18 diciembre, 2012 en Carrera y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. 6 comentarios.

  1. Excelente relato. Estoy leyendo tus entradas a la vez que “Correr o morir”, que no se entere KILIAN pero tus escritos tienen más emoción!

  2. Genial tus crónicas Martín y Felicitaciones por el esfuerzo a vos y a Vicky!!!
    Consulta a vos y a los lectores: en dónde puedo conseguir el libro CORRER O MORIR DE KILIAN? alguna librería que tenga venta por la web. . .gracias!!!

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