Semana 10: Día 68: La Estela

Esta historia es ficticia. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

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Despertó con un fuerte dolor de cabeza. Ya le dolía en sueños, cuando un cavernícola le había dado un garrotazo mientras él intentaba escapar. Pero ya no estaba en un caluroso acantilado, corriendo entre las piedras. El golpe lo hizo despertar, y lo primero que hizo fue llevarse las manos a la cabeza. Las sintió calientes. No sabía en dónde estaba. No recordaba absolutamente nada.

Se incorporó, y el dolor aumentó. Le latía la sien. Se miró las manos y estaban ensangrentadas. ¿Había sido un sueño? Miró a su alrededor y aunque la habitación le resultaba familiar, no podía recordar cómo había llegado hasta ahí. Fue al baño tambaleándose, intentando esquivar el desorden que había en el piso. Tironeó del papel higiénico, hizo dos bollos y se los llevó a la cabeza. Quiso verse en el espejo, pero el vidrio había estallado en mil pedazos. Igual suponía que el corte estaba tan arriba que no lo iba a alcanzar con la vista. El dolor se volvía más punzante, y de a poco volvían los recuerdos.

Detrás del espejo, como creía recordar, estaba el botiquín. Sacó unas gasas y empezó a vendarse. Cuando estuvo en la comisaría y se armó bardo, se vendó con pedazos de una sábana. En ese calabozo inmundo gracias si te daban algo de comer.

Se volvió hacia la habitación, y recorrió con la vista todo el desorden, a ver si podía reconstruir cómo había llegado ahí. Vio un montón de ropa apilada en un rincón, manchada de sangre. Se acercó y se dio cuenta de que era una persona. Lo dio vuelta, tenía el rostro ensangrentado y desfigurado. Parecía que lo habían molido a trompadas. Antes de darse cuenta de que eso lo había hecho él, las manos empezaron a latir. Tenía los nudillos colorados, y si intentaba hacer un puño le dolía como la reputísima madre.

¿Quién era ese cadáver? Tenía un tiro en el estómago. Se tanteó buscando el arma, pero no la tenía. Miró por el piso, tenía que estar en alguna parte. Encontró una billetera. La abrió y encontró una credencial de la Policía Federal. Se llevó la mano a las vendas que contenían la hemorragia.

“El cana”, pensó. “Fue el hijo de puta del cana”.

La identificación decía que se trataba del cabo Aníbal de Benedetti. Vestía de civil, casi como estaría un delincuente cualquiera. Debía estar de incógnito. Seguro lo estaba buscando a él. “La Estela” Ibáñez. Ese era su nombre. Casi nadie le decía Oscar. “La Estela”, porque siempre escapaba y solo dejaba una estela. Le gustaba ese apodo, porque muchos encontraban algo femenino en él. Algunos hasta llegaron a pensar que era una mujer. Desde chico le decían así, cuando se robaba las manzanas de la verdulería y salía disparado.

Robar fue lo que lo convirtió en un imbatible corredor. La Estela creció con poco. Sin padres, sin plata, sin futuro. Robaban para mantenerlo, así que aprendió a hacerlo de chiquito. La lógica era clara: si te agarraban, te fajaban. Entonces él se aseguró de que nunca pudiesen atraparlo. Cuando robaba, salía corriendo. Cuando no robaba… también. Aprendió a ser veloz, a escabullirse, a retrasar la aparición del cansancio. Practicó variar la velocidad para cansar a sus perseguidores, para guardarse la energía. Se dio cuenta que drogarse lo volvía más lento y más torpe, por eso se mantuvo alejado de ese mundo. Pero no de robar, porque era para lo único que servía.

Una vez cayó en cana, 5 años de prisión efectiva, aunque cumplió 8 meses. Lo favoreció el 2×1 y la buena conducta. Corría todos los días por el patio de la prisión, pero cuando lo largaron y puso un pie afuera, sintió realmente lo que era la libertad. Se echó una carrera de cuatro horas, hasta que llegó a la villa, a su hogar. Correr libre es correr de verdad. Juró que nunca lo iban a volver a atrapar.

Entrenó todo lo que pudo, robando para salir adelante. Aníbal de Benedetti se obsesionó con él. La Estela empezó a ganar notoriedad como ladrón de joyerías y de bancos. Sabía cómo ocultar su cara de las cámaras, cómo huir. Se metía en la villa y era como si se lo tragase la noche. Prefería correr los peores días, con frío, lluvia, niebla. Le divertía que fuese más difícil.

Quizá su problema fue que se volvió demasiado bueno. Lo invitaron a una carrera para competir. Era a beneficio, y La Estela, que era un “marginal”, podía aprovechar y demostrarle a todos los chetos cómo corría un pibe de la villa. Pero el día de la competencia no apareció. Se quedó en los lockers, robando todo lo que encontraba de valor. En una mochila hidratadora metió el botín, y corrió más rápido que el keniata que ganó, solo que él se fue en la dirección contraria.

El problema con La Estela es que realmente sostuvo su promesa de no volver a prisión. Usó su revólver varias veces, y empezó a matar… Policías, rehenes… eran pequeños obstáculos hasta la meta. Por suerte no podía recordar del todo a sus víctimas… algunas mujeres, un chico de no más de 16 años… Por más que lo intentaba, no podía recordar todo con detalle. Solo sabía que tenía que escapar, que aún con ese golpe en la cabeza que le latía, tenía que poner un pie delante del otro y salir disparado.

Ese cuerpo en el suelo, el cabo de Benedetti, era su última víctima en su lucha por la libertad. Había tenido que ajusticiarlo. Era parte de ganar la carrera.

Se asomó por la ventana para ver en dónde estaba. Era un tercer o cuarto piso. Una sirena, de fondo, empezaba a hacerse más fuerte. Era ahora o nunca.

Quiso correr, pero una mano lo detuvo. El cana.

“¡Soltame, hijo de puta!”, le gritó. El cadáver, que seguía muy vivo, metió la mano abajo de la cama y sacó un revólver. Su revólver.

“Morite de una vez” dijo de Benedetti. Con el otro pie y todo el instinto que tenía, pateó el arma, que fue a parar a la cocinita que tenía la pensión. Se escondió atrás de la mesada, siguiendo la trayectoria del revólver.

El policía se incorporó con un quejido, agarrándose la panza con una mano, y apoyándose en la cama con la otra. Como un zombie, gruñó y fue a tientas buscando algo por el suelo. Debajo de una pila de papeles y basura, sacó otra arma. Hizo un disparo, apenas ahogado por las sirenas que sonaban afuera.

“¡No pienso volver en cana!”, gritó La Estela, desde la cocina. “¡Antes me mato!”.

De Benedetti, con su rostro hinchado y deforme, soltó una risita. Tenía los dientes ensangrentados.

“¿De qué hablás? ¿Te volviste loco?”. Y disparó otra vez a la nada.

La Estela tomó el revólver, que había llegado hasta abajo de la heladera, y protegido detrás de la mesada martilló.

“¡A la cárcel no vuelvo!”.

La respuesta del policía lo desconcertó. “Yo tampoco”. Su siguiente disparo arrancó un pedazo de mesada y minúsculas piedritas llovieron encima de La Estela. Afuera más patrulleros se amontonaban mientras se ponía el sol.

La Estela aprovechó el reflejo del horno para ver a su perseguidor acercarse a la puerta de la cocina. Se dio media vuelta y le puso un tiro en el pecho. De Benedetti cayó hacia atrás. Empezó a quejarse, mientras le brotaba sangre de todo el cuerpo. Se acercó, apuntándole en medio de los ojos. Un helicóptero pasó zumbando por encima de la pensión.

“De acá me sacan con los pies para adelante”, dijo La Estela. “Me llevo a todos los canas que pueda”. Desde el suelo, esa cara desfigurada y roja volvió a reir. “Te hice mierda la cabeza, ¿no?”, le dijo, sin quitar la mirada de la venda. “¿Con qué me diste?”, preguntó mientras le seguía apuntando. “Con un tiro, rati. Te puse un tiro en medio de la frente. Y no te morís”. Volvió a reir.

“No soy ningún rati. Soy yo, La Estela”, respondió. “No”, contestó el moribundo en el suelo. “YO soy La Estela. Te hice mierda en serio” agregó, y rió, con su último suspiro.

De Benedetti estaba de pie, con el arma todavía caliente, cuando entró el grupo de tareas especiales. Oscar “La Estela”Ibáñez fue declarado muerto en la escena. Había cumplido su promesa de no volver a prisión. El comisario fue en persona a ver al heroico oficial que había puesto fin a uno de los peores delincuentes que había sufrido la provincia. Cuando los del SAME vieron debajo de sus vendas, encontraron horrorizados un disparo que entró y salió del cráneo. Lo internaron de inmediato.

Pero de Benedetti no se moría, quizá porque no podía salir de su confusión. Gente que decía ser familiares y amigos lo felicitaban, y él fingía agradecer. Le decían que había terminado la cacería de La Estela, que finalmente había aparecido un hombre que lo pudo vencer. Su credencial de la Policía, su DNI, todo le decía que el tipo que veía en el espejo y de Benedetti eran la misma persona. Le costó mucho, pero se las ingenió para esconder que adentro suyo él era La Estela, y que en cuanto lo dejaran salir de ese hospital se iba a ir corriendo. Muy lejos, en donde pudiese empezar de nuevo. Porque correr libre es correr de verdad.

Publicado el 5 diciembre, 2012 en Ficción y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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