Archivos Mensuales: diciembre 2012

Semana 14: Día 94: Los 8 km de la Corrida San Silvestre Buenos Aires 2012

San_Silvestre_2012

Hoy es un día especial. Claro, es el último del año, y puede ser cuando, en la cena, nos despidamos definitivamente de nuestro hígado. Pero además se realizó una nueva edición de la Corrida San Silvestre en la Ciudad de Buenos Aires. Esta tercera edición tuvo, nuevamente, al clima como protagonista.

En el 2010 me calciné al rayo del sol, sufriendo con cada paso, hidratándome con agua tibia). Hice los 8 kilómetros en 34:55. En el 2011 el tiempo fue más ameno, con 24 grados, y con una mejor preparación pude bajar mi tiempo a 32:15. Increíble cómo en ese entonces me anoté a último momento, y este año hice exactamente lo mismo (lo de que estuve atrapado en un operativo policial en la cola de la inscripción fue una broma del Día de los Inocentes, y todavía me cruzo con gente que no se percató).

Esta vez, como no podía ser de otro modo, el pronóstico veraniego adelantaba 36 grados a las 5 de la tarde. Era casi fija que nos íbamos a calcinar. Averigüé con qué era mejor hidratarme (agua durante la carrera, Gatorade en la llegada) y repartí consejos para todos mis conocidos: “Corran con lentes de sol y gorro o pañuelo”. Pero hacia el mediodía se levantó un viento terrible y una lluvia intermitente que, en algunos lugares, se había convertido en un diluvio. Sabíamos que íbamos a tener mal tiempo después de la medianoche, pero no pensábamos que se iba a adelantar y que nos iba a cambiar la estrategia de la San Silvestre.

Con Vicky vinimos a Banfield, a la pileta de la casa de mi hermano, para poder refrescarnos. En el medio de nuestro peregrinaje a Zona Sur se ennegreció el cielo y nuestra jornada en el agua pareció peligrar. Llegamos a nadar un poco y una ventisca que nos hacía volar por los aires fraguó todos nuestros planes. Por wathsapp un compañero de Puma Runners se bajó de la carrera por una lesión y me pidió esperar a Lorena, una corredora que recién empieza, en la línea de la meta. Ella estaba un poco asustada (nunca había terminado una competencia anteriormente), así que le dije que no solo la iba a esperar, sino que cuando llegara la iba a ir a buscar y a acompañarla en lo que le faltase para la llegada.

El clima no pareció mejorar. Me fui caminando los 2 km que separan la casa de mi hermano y la estación del tren Roca. Llegué a Constitución y el subte me llevó hasta Diagonal Norte, en la línea C. Llegué a una hora de la largada, y el cielo seguía oscuro. Para mí era la mejor situación, porque no nos íbamos a sofocar y, por primera vez, no íbamos a correr al rayo del maldito sol asesino.  Igual yo sospechaba que el clima se traía algo entre manos, así que tuve la corazonada de correr con lentes y un pañuelo tipo buff.

Me encontré con mis compañeras de los Puma Runners (terminé siendo el único representante masculino del grupo), dejamos las cosas en el guardarropas (ellas no siguieron con mi instinto) y nos fuimos a la línea de largada. Antes de que el reloj diera las 0:00:00, entonamos el himno nacional argentino, cubiertos por una bandera gigantezca. Fue una sensación muy particular estar ahí abajo, cubierto de esa monstruosa tela celeste y blanca. Mucho orgullo. El sol asomó por entre las nubes y empezó a calentar. Martincito, que una vez en su vida la pegó, hizo bien en dejarse los lentes y el buff.

Salimos puntuales, cruzando la 9 de julio. Por esto me encantan las competencias en el microcentro, y no me canso de decirlo. Lo lamento por los que defienden a las carreras de aventura y creen que las de calle son aburridas. Quitarles el monopolio a los autos me da mucho placer, aunque sea por unas pocas horas o minutos.

Estaba mentalizado en tomarme la San Silvestre con calma. Estos últimos meses entrené para La Misión caminando o trotando tranquilo, con peso en la espalda. Hice cambios de ritmo, pero no buscando mi máxima velocidad. Además no hace mucho me caí en la cocina y la rodilla derecha me dolía. Todas estas cosas que me pasaban por la cabeza, mis amigos, se llama cagazo. No hay otro modo de describirlo. Estaba demasiado preocupado en mantener mis marcas y me preparaba mentalmente para “fracasar”. Realmente detesto cuando hago esas cosas, pero las hago constantemente.

No pude salir tranquilo. Aunque el embudo de la largada obliga a todos a ir de a poco, cuando la gente se empezó a separar, me entusiasmé y empecé a aumentar la zancada. No quería correr lento, quería hacerlo rápido. Me sentía bien, esa rodilla no molestaba tanto como me esperaba, y aunque estuve entrenando con otro tipo de carrera en mente… ¡venía entrenando! Así que me dejé llevar y avancé a mis anchas.

El calor se empezaba a hacer sentir. Tenía la boca seca y muchas ganas de tomar agua. Pero seguí corriendo, a la espera del puesto de hidratación. Lo crucé a mi papá, que a esta altura es un miembro estable del equipo Casanova en la San Silvestre. No lo pude ver pero lo escuché dándome aliento. Mientras estaba llegando al Congreso un lector quilmeño se acercó a saludarme mientras corríamos. Cometí la torpeza de no preguntarle cómo se llamaba. Esta era su primera San Silvestre, y yo por las dudas le lloré por mi rodilla y le prometí que no me iba a ir bien. Corrimos unos metros juntos y realmente me motivó mucho. No es lo mismo estar solo que acompañado, en especial cuando uno está dando su 100%.

Volvimos hacia la 9 de julio y lo busqué a mi papá entre la gente. Intenté todo el tiempo seguir a un corredor que tenía en frente, quien llevaba un muy buen ritmo. Tenía una remera naranja fluo que decía Súper Runner. Puse todo mi esfuerzo en que no se me escapase. Incluso un par de veces metí un pique corto para no perderlo. Los kilómetros pasaban bastante rápido, así que no me pareció imposible mantener el nivel y apretar. Cruzando Avenida de Mayo mi papá me esperaba y me acompañó un par de cuadras. Ya no me imagino esta carrera sin su aliento y compañía.

Volví a la 9 de julio y encaramos en dirección a Retiro. El reloj me decía que faltaban 2 km, y aunque lo dejé ir a Súper Runner, lo tenía a la vista. Fui “sentándome” en el ritmo de otros corredores, refrescándome en los puestos. No podía tomar mucho, tenía la boca pastosa pero no me sentía capaz de que me bajara mucho líquido por la garganta. Tragaba sorbitos y el resto me lo tiraba encima.

En el último kilómetro el obelisco y la meta se ven muy cercanos, casi como si uno pudiese estirar la mano y tocarlos. No soy bueno midiendo distancias a ojo (algún día lo seré), pero si me preguntaban decía que estaba a 300 metros. Pero el cartel que decía 7 km no podía mentir, así que me esforcé en mantener el ritmo y no empezar a correr como un poseso.

Recién cuando finalmente pasé el obelisco hice mi sprint final, de unos 150 metros (insisto, no soy bueno midiendo distancias a ojo) y crucé la meta con un grito de gloria. Mi papá me esperaba entre el público, y yo me sentía en la gloria, lleno de endorfinas. Charlamos unos minutos mientras me hidrataba y comía una banana. Quise sacar fotos para el blog y después de capturar un par de imágenes, la vi a Lorena acercándose. Le di todo a mi papá y fui a alcanzarla. Estaba muy entera, y me alegró mucho que estuviese terminando su primera carrera. Ella, por dentro, estaba súper desilusionada: la música a todo volumen, que yo estuviese esperándola y pasar por el costado del arco de llegada le hizo creer que estaba llegando, pero todavía le faltaban 2 kilómetros (había que seguir por 9 de julio y volver).

Me apresuré hasta su lado y la acompañé en ese último y agónico tramo. Estaba contenta por no ser la última y bastante acalorada. Con tezón y confianza, llegó hasta el final. Unos metros antes del arco se nos sumó el resto de las chicas de Puma Runners, y todos juntos pasamos por abajo del arco. Fue muy emocionante compartir esa primera carrera y esa primera medalla de finisher.

Y, con mucha alegría, cerramos el año corriendo, cumpliendo objetivos y sueños.

Ah, me faltó mi tiempo… hice 33:15, según mi reloj. Sin dudas el tiempo, aunque estuvo áspero al sol, fue más benévolo de lo que esperábamos, y eso sumó a nuestro favor. Creo que ni sentí mi rodilla, y valió la pena el esfuerzo, coronado con la Ciudad de Buenos Aires de fondo. Sin dudas, el año que viene, la quiero volver a hacer. Ya mismo, en mi agenda 2013, marqué la 4ta San Silvestre Buenos Aires en el calendario.

Semana 14: Día 93: Los números del blog en 2012

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2012 de este blog.

19,000 personas colmaron el nuevo Barclays Center para ver al artista Jay-Z. Este blog fue visto unas 150.000 veces en 2012. Si fuese un concierto en el Barclays Center, harían falta 8 conciertos con localidedes agotadas para igualar a toda esa gente.

Los invito a ver todos estos números del blog en este correcto informe que me acaba de llegar. Espero que terminen muy bien el año…

Ver el reporte completo.

Semana 14: Día 92: El fantasma de las lesiones pasadas

Estos días estuve hablando con mi amigo Nicolás, un colega corredor al que conocí por el blog y al que jamás le vi la cara.

En una de nuestras conversaciones me dijo “Che, ¿viste el fantasma de las lesiones pasadas?”. Me supuse que se traía algo bueno entre manos (además de que tenía una temática navideña oculta). Me propuso este tema para escribir en el blog, el miedo a volver a lesionarse y quedarse sin correr un buen rato. Pero me tentaba mucho que él mismo escribiera sobre eso, además de su interesantísima tradición anual, así que los dejo con Nicolás y su desarrollo sobre su teoría:

Hace poco terminé de leer un libro llamado Harmony, del japonés Satoshi Ito (que en paz descanse), en el que se describía una teoría sobre la maquinaria detrás de la “conciencia” (esa parte del ser que muchos aseguran pertenece solamente a la raza humana), y la definía de esta manera: “Imagínense una sala de conferencia en la que los varios estímulos y acciones disponibles pelean por hacerse oir y ser los elegidos en llevarse acabo”. Teniendo esto en cuenta, a una persona común, si se le ofrecen 10.000 dólares HOY o 20.000 en 5 años, eligirá en la mayoría de los casos los 10.000 dólares hoy. Esto quizá pueda explicarse como un vestigio evolutivo, remanente de la era en la que la escasez de recursos y la supervivencia estaban a la orden del día.

Si bien hoy por hoy la mayoría de nosotros no nos la pasamos “sobreviviendo”, ese instinto superviviente nos insta al tomar las decisiones de todos los días, y tenemos que luchar con nosotros mismos para concentrarnos en el premio a largo plazo, en todo lo bueno que nos va a hacer entrenar durante meses para lograr correr esos malditos 42 km, en elegir comer sano para mañana rendir en el entrenamiento, en elegir salir a entrenar en vez de quedarnos jugando video juegos o de mirar tele.

Es difícil. Lograr la constancia de entrenar varios días y horas a la semana por muchos meses es muy difícil.

Competir contra todos estos otros estímulos que nos prometen satisfaccion YA y elegir los premios a largo plazo no es tarea sencilla; por eso debemos utilizar todos los recursos que podamos para motivarnos, y sobre todo comprometernos con nosotros mismos para lograr nuestros objetivos en el tiempo. Uno de los ‘hacks’ o trucos que me dio buen resultado para mantener un buen estado físico y el entrenamiento durante los años es el correr todos los años los kilómetros que cumplo.

Este febrero me van a tocar 27 km, para lo cual ya hace dos meses que empecé con rutinas progresivas para subir la intensidad y lograr la meta sin morir en el intento. Lo bueno también es compartir  los compromisos que hacemos con nosotros mismos con las personas que nos rodean, nuestros amigos y familia, para sentirnos también presionados a rendir. No sea cosa que quedemos mal, ¿no?

El flamante padre de Dante prosiguió con su teoría: “Después de tener el pibe, que el mes pasado cumplió un año, se me complicó el training, con lo de criarlo y eso. Hace unos tres meses empecé el entrenamiento de nuevo, porque no quiero sufrir el dia de mi cumpleaños”. El tema es que cada año corre la edad que cumple, y este año son 27. “El año pasado fue un fiasco, casi me muero, asi que nunca más y eso”, me confesó.

“El tema es que tuve una tendonitis en la rodilla izquierda después de los 42k de Rosario, y ahora con subir la carga estoy sintiendo dolores en esa zona… pero para mí es más cagazo que otra cosa. Entonces… ¡el fantasma de lesiones pasadas!.

Semana 13: Día 91: He vivido la mayor aventura de mi vida

Esto va a parecer sacado de una novela de aventuras. Pero es lo que este bloguero tuvo que vivir para poder inscribirse en la San Silvestre Buenos Aires 2012.

Como ya comenté en el pasado, no me había inscripto en la carrera. Un poco por problemas personales (nuestra mascota, Oso Rulo, estuvo perdido durante cinco días hasta que finalmente apareció en el techo del edificio vecino),  y otro poco por problemas financieros (soy monotributista, pero me atrasé con los aportes y tuve una especie de mini-auditoría de la AFIP, que me desplumó). Como sea, fueron problemas de organización míos (y del perro), así que me la banqué con serenidad. Cuando finalmente pude reunir el dinero, me di cuenta de que la inscripción había cerrado. Me quedaba una sola oportunidad, sujeta a cupo, de ir el día de la acreditación y suplicarles para que me inscriban.

La entrega de kits se iba a realizar en la lujosa Tribuna Plaza, ubicada en el predio del Hipódromo de Palermo. La apertura era a las 10 de la mañana, y a partir de ahí se iban a abrir las últimas inscripciones. Como he corrido la San Silvestre en las anteriores dos ediciones, no quería perderme esta. Es una tradición que, al menos para mí, recién empieza. Decidido a no perderme mi oportunidad, decidí acampar en la puerta la noche anterior, como alguna vez hice en las colas del Consulado de España o de Italia. A la medianoche, con mi kit de agua mineral, un termito con té, bananas y galletas de arroz, fui convencidísimo de que ya iba a haber cola en la puerta… pero para mi sorpresa, cuando llegué, era el primero. Me había llevado mi bolsa de dormir y el saco vivac, los mismos que usamos en La Misión, por si refrescaba o llovía, pero por suerte estaba templado.

Mientras pasaban las horas contaba los autos pasar por la Avenida del Libertador. Muy cada tanto pasaba una bicicleta a toda velocidad por mi lado, y hasta llegué a ver a un valiente entrenando en plena madrugada, con sus auriculares a todo lo que da. No tengo mucha resistencia al sueño, así que en cuanto empecé a cabecear desplegué la bolsa de dormir y me tiré… pero no por mucho tiempo. Un poco amistoso guardia de seguridad me dijo que no podía dormir ahí, que eso no era una pensión, y que si no me retiraba iba a dar aviso a la policía. Le expliqué que estaba haciendo la fila para las inscripciones, que abrían en 8 horas, y me pidió con cero amabilidad que vaya a hacer la fila en otro lado. Como la vereda es pública me alejé de la entrada, intentando no ponerme sobre la bicisenda para que nadie me pase por arriba.

No es muy cómodo dormir en la vereda y eso lo sabe cualquiera que haya cruzado la delgada línea entre el ciudadano común y el vagabundo. Me despertaban los ruidos de tacos, las frenadas, y el camión de la basura, que hace temblar el piso como si fuese Jurassic Park. Alguno que pasó me preguntó si estaba bien, seguramente porque me veía cuando los ojos me pesaban y empezaba a desmayarme. Lo bueno fue que cuando salió el sol, tipo 5:30 de la mañana, a mi lado la gente me había tirado unos 20 pesos en billetes chicos y monedas.

Todavía no había nadie haciendo la cola, así que armé mi mochila y aproveché el dinero para comprarme el desayuno. Fui hasta la estación de servicio y me compré un jugo de naranja de litro, con lo que gasté todas las limosnas que había juntado. No se puede creer lo que cobran en esos lugares. No me pude tardar más de media hora (le sumé una visita al baño de caballeros), y cuando volví ya había una cola de 40 personas. Mi amigo de seguridad ya no estaba para atestiguar que había estado ahí toda la noche. Intenté convencer al primero de la fila, pero se me vino al humo y me fui al final a toda velocidad. Este post no tendría mucho sentido si me hubiese quedado ahí las siguientes 4 horas, me hubiese acreditado y me hubiese ido. O sea, sería poca aventura.

Mientras estaba en la mía, bajando mis galletas de arroz con mi jugo de cartón, escuchamos unas sirenas que, de lo lejos, empezaban a aumentar en intensidad. Un auto naranja (no me pidan más precisiones porque no sé nada de autos) empezó a desacelerar y una patrulla policial se le cruzó de una frenada, como salidos de una estereotipada película de acción. Bajaron dos policías apuntando con itakas a los pasajeros del vehículo. “¡Arriba las manos! ¡Largá el fierro, tiralo al piso, dale!”, dijo el oficial de mayor rango (voy a censurar todas las malas palabras que dijo). Silencio. Todos en la fila nos mirábamos. Una chica rubia que estaba tercera empezó a llorar.

Una segunda patrulla estacionó detrás. Del asiento del acompañante salió un oficial flaquito y petisito, fumando un cigarrillo y portando una máquina de escribir, la que apoyó en el baúl del auto naranja. Los tres ocupantes ya estaban en el pavimento, con las manos en la cabeza. Otro policía se acercó a nosotros y nos empezó a inspeccionar. Yo por adentro rogaba “Que no me mire, que no me mire”. Estábamos todos petrificados. Entonces el agente me dice “Documentos, por favor”. Tanteé adentro de mi mochila, medio desesperado, y saqué mi DNI. “Acompáñeme”.

Tengo que hacer una aclaración importante. Tengo dos DNIs. Uno está “vigente”, lo renové hace dos años. Es una tarjeta plástica, e hice el trámite en uno de esos puestos que ponían en los shoppings. Pero cuando viajé a Europa tuve que renovar mi pasaporte. Al ministro Randazzo se le ocurrió renovar toda la tecnología de los documentos, al punto de que ya no hace falta el DNI para votar. Aproveché y me hice un combo, teniendo un segundo Documento Nacional de Identidad. Por seguridad, lo dejo siempre en casa y salgo con el viejo, que debería haber tirado, lo sé, pero está en perfectas condiciones y dice que se vence en 2013.

Fui hasta donde estaban los individuos sospechosos de sexo masculino. El oficial miró mi DNI (que no es el mío “legal”) y me miró largamente, mientras una gota de sudor caía por mi cara. Finalmente dijo “Martín Horacio Casanova, nacido el 17 de diciembre de 1977 en la Ciudad de Buenos Aires, DNI plin plin plin, oficiará de testigo del allanamiento”. No me animé a decir ni una palabra. El de la máquina de escribir empezó a tipear. Cada tanto se equivocaba, volvía para atrás, lanzaba un improperio, y escribía más fuerte para sobreimprimir en su error. “¿Qué es esto, un boliche?”, me preguntó el agente. Le conté sobre la San Silvestre, esa carrera que se hace todos los 31 de diciembre a las 16 hs. Creo que tendría que haberle dicho que era un boliche. “Ah, por culpa de ustedes tengo que laburar en fin de año, cortando el tránsito… ¿te dije gracias?” (de nuevo, censuro todas las malas palabras).

Aparentemente los sospechosos solo eran culpables de conducir excediendo la velocidad máxima en avenidas, pero para que escarmienten les dijeron que sus niveles de alcoholemia estaban por encima del legal. “Escuchame, flaquito”, me dijo el oficial, “vos vas a declarar que su nivel de alcohol en sangre es de 1.9 o de acá no te vas más, ¿me escuchaste? Bastante que nos hacen laburar el 31”. Yo, fiel a mis convicciones, le dije “¿Dónde firmo?”.

El tramiterío terminaba en la Comisaría, así que después de tenerme como dos horas de acá para allá, revisando hasta la pelusa que había en el cenicero del auto, me subieron al auto naranja, conducido por mi amigo policía, mientras a los tres sospechosos los repartían en los asientos traseros de las dos patrullas. Con la sirena a todo lo que da, se pasaron todos los semáforos en rojo y casi atropellan a un cafetero cuando quisieron cortar camino por una calle en contra mano. Yo tenía que atestiguar que el trato a los detenidos estaba dentro de las convenciones de derechos humanos (o algo así), así que casi que los acompañé adentro de la celda y los arropé. Cuando me dejaron ir eran casi las 9 de la mañana. Me corrí las 40 cuadras hasta el Tribuna Plaza y cuando llegué a la puerta vi la cola que daba vuelta la cuadra. Ahí me di cuenta que el policía jamás me devolvió mi DNI… ¡no me iban a dejar anotarme!

¿Qué hacía? ¿Volvía a casa por mi verdadero documento, o regresaba a la comisaría? No me gustaba la idea de que un policía al que iba a hacer laburar un 31 tuviese mi DNI, por más que no fuese el “oficial”. Volví a la carrera, aprovechando para ablandar mis zapatillas nuevas. Tuve que hacer una cola de 5 personas para que me atiendan… ¡estaba harto de las colas! Pregunté por mi documento, y tuve que esperar 20 minutos hasta que finalmente apareció. Tenía huellas digitales negras por todos lados.

Corrí hasta el Tribuna Plaza, que había abierto hacía rato. Hice la cola para inscribirme, y tres personas antes que llegara pegaron un cartel escrito con birome que decía “No hay más cupos”. Me quería matar. Igual la gente se mantenía en la fila, esperando ganarse a los de la organización con lástima y carisma. Cuando finalmente llegué le expliqué a la paciente señora todo lo que había pasado: la bolsa de dormir, el de seguridad que me echó, los ruidos de los autos, perder el lugar en la cola, el operativo policial, el DNI (no le aclaré que el de verdad estaba seguro en casa). Me dijo que me podía inscribir, el tema es que no quedaban más remeras. Si no tenía problema, podía correr con un talle XL. Le dije que había corrido con ropa más grande (no es cierto).

Así que ahí terminó mi aventura, cerca del mediodía, con mi bolsa de dormir llena de la mugre de la calle, pero con mi cupo para la San Silvestre. Ahora sí, para el año que viene, pienso anotarme cinco meses antes, y no volver a pasar todo esto. Lo que me queda, por mi seguridad mental, es que el 31 corra lo más rápido que pueda, así no me reconoce mi amigo policía… estoy considerando seriamente competir con un antifaz…

Semana 13: Día 90: ¡Zapatillas nuevas!

zapatillas_nuevas

Hace 10 días nada más fue mi cumpleaños número 35. Vicky me había prometido un regalo, y ya me había adelantado lo que iba a ser. Hoy, finalmente, llegó con la bolsa papel madera y la caja que contenía… ¡zapatillas nuevas!

Qué lindo es abrirlas y verlas por primera vez. Rojas y negras, colores que ella consideró de los más discretos que había. La marca es Salomon (Salomón, para los amigos) y el modelo es XR Mission. Se la comercializa como un calzado todo-terreno para corta y mediana distancia. Algo que caracteriza a esta versión en especial es que viene con una variante femenina, con ajustes particulares para el pie de la mujer. Por esto es que Vicky las había probado y decidió comprarme el modelo masculino.

Desde que empecé a escribir este blog mis pies se han vestido con muchas zapatillas. Jamás cambié tanto de calzado como en los últimos tres años, y comprobé algo bastante obvio que es la importancia de renovar constantemente. Mi último par, que compré pensando en La Misión, era de la marca Quechua, y aunque las sentí robustas y firmes, nunca me sentí del todo cómodo con ellas. Ahora que el ultra trail pasó, las abandoné en un rincón (porque no me animé a tirarlas). En estos días volví al par anterior a estas, las Puma Ventis 2, pero aunque tienen 5 meses, están tan golpeadas que no las sentía tan cómodas como antes. Si me apuran, diría que el calzado más cómodo que usé jamás fue de Asics.

Pero ahora tocó probar las Salomón. No he tenido la suerte de estrenarlas en la calle. Solo me las puse para caminar, y sentir esa cosa “rara” de cuando el pie se acostumbró a otro calzado y ahora se enfunda en uno completamente distinto. Son más angostas que otras marcas, pero me da la sensación de que eso es parte de la estabilidad que le da en los tobillos. Se supone que andan muy bien en terreno pedregoso o de barro. Muero por enchastrarlas en una carrera de aventura.

No tengo entrenamientos en vista antes de la San Silvestre, competencia a la que aún no me he anotado (digo esto con un poco de pánico interno). Mañana voy a ir en persona a ver si quedan cupos. Ya les contaré. Estoy pensando si usarlas por primera vez ahí. Se supone que es un gran “NO” del running, no se estrena calzado en una carrera. Pero son 8 km, que además me quiero tomar con calma porque todavía estoy volviendo de La Misión (en el entrenamiento de ayer noté lo fatigadas que están mis piernas). Quizá las estrene ahí y si me salen ampoyas y eso, haré un post diciendo “Úsenme de ejemplo, no sean giles como yo”. Pero sospecho que no me va a pasar nada. Jamás haría esto en un crosscountry o un trail donde el pie (y en especial los dedos) bailan adentro de la zapatilla y las uñas terminan moradas y pidiendo ser sacrificadas. Si tengo entrenamientos de 15 km, donde iría con este mismo calzado… ¿por qué no hacer 8 km durante unos 35 minutos? Creo que estas Salomón se lo merecen…

Semana 13: Día 89: Volver a volver a empezar

No, no. El título de este post está bien. Me doy cuenta de que constantemente estoy volviendo a empezar, ya sea un entrenamiento, una dieta, lo que sea. ¿Tendrá algo que ver con el mundo nuevo que pronosticaban los Mayas? No creo que esa cultura milenaria estuviese preocupada por los asuntos de un bloguero del siglo XXI, pero ¿quién sabe?

Después de la durísima experiencia de La Misión, que pueden comenzar a leer aquí, seguir por acá y terminar por acullá, me intrigaba cuánto me iba a tomar recuperarme como para volver a hacer mis entrenamientos de fondos largos, como esos 45 km que hacía cada domingo. A todo el cansancio y los dolores en los dedos gordos de los pies, se le sumó una tonta caída en mi cocina, que devino en un golpe en la rodilla con un pequeño corte, que ahora me hace doler un poco cuando corro.

Así que mi entrenamiento de hoy se sintió como un regreso, como un volver a empezar. Acostumbrar de nuevo los músculos, ver qué pasa en las progresiones, aprender a respirar correctamente… una vez más. Le tenemos que sumar las nuevas rutinas de musculación que estamos haciendo con los Puma Runners, y el paquete queda completo. Como deben saber, cada vez que uno empieza a levantar peso, los músculos duelen días posteriores, y no hay otra cosa para hacer que apechugar. Se supone (y puedo dar fe de esto) que con cada entrenamiento, el dolor irá disminuyendo hasta desaparecer.

A mi sensación de agotamiento general le podemos sumar ese “desacostumbramiento” al gimnasio, y se imaginarán cómo me siento… casi como si me hubiese pasado un tren por encima. Pero esto, lejos de desanimarme, me pone mucha pila. Porque ya viví todo esto, y sé lo que viene. Reconozco esos quejidos de mi cuerpo, que me indican que me estoy esforzando y que voy por buen camino. Me vuelve a la memoria las veces en que le di para adelante, con paciencia y sin desesperarme. Y lo bien que me fue.

Calculo que la vida es un poco eso, volver a empezar todo el tiempo. Algunos tienen la suerte de mantenerse estables a lo largo de los años, y otros (como yo) viven aprendiendo, probando cosas nuevas, y volviendo a eso que descubrieron que les gusta. Si me dicen de correr 100 km mañana, sé que no tendría chances. Me cuesta elongar, así que se darán una idea… Pero estoy dispuesto a volver a foja cero, ir escalón por escalón, pero recurriendo a toda esa experiencia adquirida. Podemos volver a empezar… pero seguramente tardemos menos, si es que hemos aprendido algo en el camino.

Semana 13: Día 88: El fin del mundo

Como todos ya sabemos a esta altura (de hecho, fue NOTA en algunos noticieros), el fin del mundo no ocurrió. Ya podemos afrontarlo, la Tierra sigue girando.

No es la primera vez que sobrevivimos al Apocalipsis. De hecho muchísimas veces se esperaba que todo terminara para nosotros, y nada pasó. Lo anticipaban para el año 1000, y bueno, ya sabemos qué pasó. Para principio de los 90s también, amparados en una profecía de Nostradamus. Incluso el Y2K fue un fiasco. El 21/12/12 no se iba a quedar atrás en cuestiones de decepciones.

Pero en realidad, todo se trata de errores de interpretación. Los Mayas no creían que el mundo iba a terminar, sino que uno nuevo iba a comenzar. Porque el fin, generalmente, antecede un inicio. Los ciclos de la vida. Por eso, en realidad de andar pensando (no demasiado en serio) que nuestro planeta se iba a terminar, deberíamos tomárnoslo como que las cosas han cambiado.

No necesariamente para bien. En este nuevo mundo me patiné en la cocina con el pis del perro, una taza que llevaba en la mano estalló contra el piso y me cortó al rodilla derecha, lo que me dejó una cicatriz profunda y un dolor que me impidió correr. Después mi reloj con GPS se murió de golpe, impidiéndome seguir registrando las distancias de mis entrenamientos y carreras. Como si fuera poco, Vicky y yo nos indigestamos, nos agarramos un virus o acumulamos karma negativo (o todo eso junto) y nos quedamos durmiendo durante la Nochebuena, muertos de calor, mientras la electricidad iba y venía intermitentemente.

Cualquiera podría decir que hemos empezado este “nuevo mundo” con el pie izquierdo. Sin embargo, este blog no sería este blog si no intentásemos ver el vaso medio lleno. “¿Para qué nos caemos?”, decía Michael Cane en la saga de Batman, “Para poder levantarnos”. Así que parafraseando al mayordomo del hombre murciélago, podría decir que en esta nueva etapa arrancamos desde abajo, porque no hay nada más satisfactorio que subir hasta la cima. De esa forma podemos ver cómo las cosas mejoran, y de paso podemos apreciar más lo que tenemos y lo que obtenemos.

Igual le vamos a dar hasta fin de año para que el karma se estabilice. El 2012 recién está terminando, y esperamos con ansias un 2013 lleno de buenas oportunidades…

Semana 13: Día 87: Tormentosa noche de Navidad

Somos sumisos. Aceptamos el estereotipo de un Papá Noel abrigado y comemos alimentos asociados al clima frío (garrapiñadas, nueces, etc) sin chistar.
Pero mientras el bondadoso San Nicolás viste los colores que decidió Coca Cola, nosotros podemos ir más allá y ponerle nuestras propias connotaciones. Para mí la Navidad es una excusa para verme con mi familia, sobre todo a quienes hace mucho que no veo. Además me gusta hacerme el Papá Noel por unos instantes y comprarle regalitos a los más chiquitos. Creo que el orgullo queda completamente de lado cuando se hace un regalo y no se dice que son de uno…
Prometen lluvia para esta noche,y sería un alivio para este calor récord que estamos soportando. Con Vicky no podíamos creer que hace 10 días sufríamos el frío de Villa La Angostura y ahora nos derretíamos (junto a la pileta).
Ojalá que pasen esta Navidad junto a quienes más quieren, y que se imponga la costumbre de que es más lindo regalar que recibir un regalo.
¡Muchas felicidades para todos!

Semana 13: Día 86: Runnerfest con la nona

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Vanessa (no se te ocurra escribirlo com una sola “s”) es una compañera de los Puma Runners, de la “nueva generación”. Es muy motivador verla superarse constantemente y notar sus mejoras físicas y espirituales.
Hace una semana me dijo lo siguiente: “Voy a probar algo nuevo… El sábado pasado mi abuela me dice: «Vane… Qué bueno que estés corriendo, cómo me gustaría acompañarte…» A lo cual le dije: «¿Por qué no?». Alquilé una silla de ruedas grandes y…
Voy a hacer los 5 km de la Runnerfest con ella”.

Ante tamaña historia le exigí que me escriba una reseña para el blog. Así que, sin más preámbulos, la carrera que compartieron Vane y la nona…

Por lo general, después del entrenamiento de los sábados a la mañana, salgo a almorzar con mi abuela. Esta ha sido mi rutina por los últimos 10 meses; sin embargo, con la fecha adoptada por la carrera de Nike este año, tuve que cambiar mi rutina y pasar el almuerzo para el domingo.

Mientras almorzábamos, hablamos de la carrera, y ella me comentó que le hubiese gustado ir a la carrera conmigo, pero con sus 88 años, las dos prótesis de caderas, y la silla de ruedas necesaria para salir de su casa, se hacía imposible.

La imposibilidad de realizar algo, está en la cabeza de cada uno; como llegué a descubrir este año, junto a la ayuda de mis amigos en el grupo de entrenamiento. Dicho esto y todo… iba a ser un tema correr con la silla de ruedas, prótesis, etc.  Mientras pensaba como compartir una “maratón” con ella (para ella cualquier carrera es maratón), vi el anuncio de la RunnerFest: 5 km disfrazados, con colecta de juguetes para ser repartidos en comedores comunitarios y hospitales infanto juveniles. Al ser solo 5 kilómetros el recorrido, era una distancia justa para poder correr llevando la silla de ruedas conmigo.

Le comenté de la carrera, y se sumó a la idea.

La semana previa fue una carrera en sí misma para mí. Primero la parte logística: conseguir el alquiler de una silla con ruedas grandes: las de autopropulsión (suicida no soy, no iba a hacer los 5 km con la silla de paseo). En segundo lugar tuve que superar un resfirado que me dejó sin poder entrenar en la semana.

Llegó el día de la carrera, y camino al arco de largada nos encontramos con Mak, uno de los Puma Runners, que le dio el incentivo necesario para estar preparada para la carrera. Seguimos caminando hasta llegar al arco de largada; disfrazadas de Papá Noel (lo sé, no es un disfraz del todo creativo, pero era práctico).

En esta instancia mi abuela ya empezó a disfrutar del ambiente de la gente del mundo del running, dejar los juguetes para los chicos, ver que la gente la saludaba y la alentaba inclusive desde antes de largar.

Durante el transcurso de la carrera la gente la alentaba a ella, la felicitaba; y en todo momento ofrecieron ayudarme con la silla (la cual daba su considerable trabajo en algunos tramos). Al terminar la carrera, la sonrisa era suficiente premio. Incluso una persona le regaló a ella un ramo de flores, lo cual la puso aún más feliz.

Hoy, a un día de la carrera me llaman mis primos diciéndome que ella está monotemática, comentándoles que con 88 años completó una maratón conmigo. Les comenta del ramo de flores, de su medalla de finisher (que tiene en la mesa del living), y de la amabilidad de todos los corredores y organizadores; en un día que fue uno de los más lindos del año (en palabras ella).

Así que… con orgullo, colgué yo también mi medalla de finisher (de una carrera de 5 km) junto a las medallas de las otras competencias, sabiendo que esta es de una carrera que hice con mi abuela.

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Semana 13: Día 85: Cerrado por cumpleaños

Se le informa al público usuario que debido al onomástico del 17 de diciembre, día del cumpleaños del bloguero Martín Horacio Casanova, dicho festejo se traslada al día de hoy, sábado. Porque es un rompedero de huevos que tu cumpleaños caiga un lunes, pero se hace lo que se puede.

El blog retomará sus funciones via el odioso celular el día domingo, desde las paradisíacas costas de la pileta de mi hermano en Banfield.

Sepan disculpar las molestias, salgan a correr que el fin de semana está espectacular, y nos encontraremos pronto con más de los vericuetos del mundo del running (se lee “raning”).

Me voy a ordenar la casa que ya llegan las visitas.

Para que el post no quede vacío, les dejo un video con el registro del Ultra trail de Patagonia Run, discilpina de 63 km, que el año 2013 vamos a hacer en equipo con Vicky.

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