Semana 9: Día 63: Una historia de bronca

Hoy hice un gran uso de mi Facebook. Me senté a escribir el terapéutico artículo que van a leer a continuación. En la configuración le di que sea público (soy bastante celoso de mi privacidad, intento mantener mis contactos en gente cercana). No tiene nada que ver con el running, pero es una parte importante de mi vida. Como dijo un amigo en los comentarios, con esta historia llegué al kilómetro 42. Hay muchas cosas que requieren esfuerzo, constancia, fe, cabeza… Objetivos claros y focalizados. Se aplican a correr y a cualquier desafío en la vida.

hate_tapa

Hay pocas cosas de las que me puedo sentir absolutamente orgulloso. Quizá en algún lugar del top 10 podría ubicar a la edición argentina de Hate. Pero esta no es una historia muy feliz, porque eso que me llenaba de orgullo, se convirtió en uno de los hechos que más me avergonzaron en toda mi vida.

Empecé con Domus Editora para sacar a la calle un número de Comiqueando en papel. Era un proyecto de la facultad de diseño que empezamos con Javier Hildebrand, y que lo sacamos al “mundo real” para que la comicu (con la bendición de Andrés Accorsi) volviese a la calle. Un número cada dos meses. En una de esas ediciones, mi amigo Diego Jourdan me acercó una entrevista a Peter Bagge que él había realizado.

Nos entusiasmamos con Javi, queríamos comernos el mundo, y empezamos a soñar con la edición de historietas. Empezamos con Animal Urbano, una novela gráfica hermosísima, y así fuimos conectándonos con Historietas Reales, Mr. Exes, Lucas Varela… Domus crecía… ¿pero cómo? Yo seguía viviendo en la casa de mis viejos, intentando vivir del diseño freelance (pero sin un mango en el bolsillo).

El distribuidor en kioscos de Capital y GBA, de muy buena fe, me presentó a Carlos Schroter. Él editaba en Thalos y tenía montones de proyectos paralelos. Según me dijeron entonces, tenía en circulación como 2 millones de pesos en publicaciones (hablamos de 2 millones de 2006, que son muchos más que ahora). El primer día que quedé en reunirme con él llegó una hora tarde. Antecedente de todo lo que vendría después.

La relación con Carlos era rara. Me prometió el oro y el moro. Decía a todo que sí, no le importaba lo que editásemos. El acuerdo era que yo proveía el material y arreglaba temas contractuales con los autores, y él se encargaba de imprimir, almacenar y distribuir los libros. Yo figuraba como editor, pero solo me presenté a cobrar la liquidación de Animal Urbano. Del resto jamás toqué un peso. Carlos me propuso un sueldo simbólico de 500 pesos por publicación, más repartir 50 y 50 las ganancias. Cuando cortamos relación en 2008 me debía 80 mil pesos (que tampoco son los 80 mil pesos de ahora). Le mandé carta documento para que me pasara detalles de costos de venta e impresión, pero nunca me respondió, ni tampoco se presentó a la mediación. Tengo vía libre para hacerle juicio cuando quiera, pero no tiene ningún bien a su nombre (ni su casa, ni sus cuentas bancarias), por lo que se puede declarar “insolvente”, y nadie cobra un centavo. Por eso es difícil encontrar un abogado que quiera tomar el caso.

Me estoy adelantando. Andrés Accorsi, en un momento, tuvo la brillante idea de editar Hate en Argentina. Me regaló la idea, hice el contacto con Peter Bagge a través de Diego Jourdan, que me pasó el contacto del editor de Fantagraphics, Kim Thompson. En esa época yo le creía todo a Carlos, así que le comenté de este proyecto, y de que entre el arte y el adelanto de regalías pedían 700 dólares. Una ganga, y en un exceso de confianza, Thompson me envió el arte, un libro de Hate y el contrato por correo. Schroter no podía creer que mandase todo sin haber firmado nada y sin haber depositado plata. Me recontra juró que íbamos a pagar.

Avanzamos con el libro. Le puse “Hate”, porque así era como todo el mundo la conocía, y como subtítulo le puse “Bronca”, porque me parecía que iba más con la personalidad de Buddy Bradley que “Odio”, como le pusieron los españoles. Me escribía constantemente con Thompson, quien jamás me reclamó un centavo. Semanalmente le preguntaba a Schroter por el pago, y me decía “la semana que viene le transferimos”. Y así pasaban las semanas. En un momento me dijo que las transferencias se consideraban importaciones, y que la AFIP (o algún ente regulador) se quedaba con 100 dólares. Quería que le avise a Fantagraphics que les iba a llegar menos dinero. Thompson no tenía problema. Pero la transferencia no se hacía.

Hate (Bronca) salió a la calle. Un libro hermoso, traducido por mi amigo y ex-compañero de banco del secundario, Hernán Martignone. Era bien argentino, sin perder su escencia. Stinky pasó a ser “Roña”, sin caer en el forzado “Apestoso”. Me pareció brillante.

Me sentí muy orgulloso de cómo quedó nuestra edición. Me entrevistaron en radio Metro, salió un artículo en la Inrockuptibles. Realmente era algo IMPORTANTE. Pero el pago a la editorial se seguía demorando.

En un momento Schroter me dijo: ¿Por qué no editamos Hate 2? Habíamos usado 5 ediciones USA del CD de arte, y podíamos recurrir a las ediciones que seguían (me habían enviado 15). Le dije que sí, siempre y cuando pagásemos lo que debíamos del tomo 1. Pero siempre había excusas, nunca se terminaba de cerrar el tema. Le consulté a Kim Thompson y no tuvo ningún problema. Por supuesto que le dije que no haríamos nada sin tener pagado el anterior libro.

Hernán empezó a traducir las historias. Esta vez, en lugar de un tomo, íbamos a publicarlo en revistas. Camelot iba a auspiciar en contratapa. Hice las portadas, me encantó cómo iban quedando… pero el sudor frío de mi espalda me seguía recordando que todavía le debíamos plata a Fantagraphics… Y después de meses y meses, ya conocía mejor a Schroter y sospechaba que no tenía intenciones de pagar.

No voy a desvariar con la cantidad de cosas que Schroter me prometió y no cumplió. Quedé mal con mucha gente, vi cómo saldaba libros por centavos, que se vendían en Corrientes a $2. Fue injusto para mí, y más todavía para los autores. A algunos les pagué de mi bolsillo. A otros no me alcanzó. Por suerte muchos ya conocían la historia. Venían, ilusionados, a ofrecerme sus obras para publicar en Domus, una editorial que creían seria. Yo les decía que mi socio me iba a decir que les prometa pagos que después no iba a poder hacerles. Siempre había una excusa, hasta a mí me pagaba con cheques a 240 días.

En un momento, cuando vi que la cosa no daba para más, le dije a Hernán que dejase de traducir. No tenía sentido seguir haciendo trabajar a nadie al pedo. Le pedí a Carlos reporte de ventas y gastos, y me envió un excel totalmente dibujado, con cifras inventadas. Él me juraba que eran ciertas, pero solo me bastó con levantar el teléfono y preguntarle al distribuidor de kioscos para saber que estaba mintiéndome. Me di cuenta que yo ponía la cara por una editorial que no controlaba. Prometía pagos con plata que no tenía, no sabía los números reales de ventas, y empezaron a llegarme comentarios de que a la imprenta se le debían fortunas. Yo no cobraba, los autores tampoco, la imprenta tampoco… ¿a dónde se iba la plata de las ventas? Es una pregunta para la que no tengo respuesta…

Carlos Trillo se murió pensando que yo era un chanta, y es algo que nunca voy a poder enmendar y me dolerá para toda la vida. Hace poco me ofrecieron coeditar un tomo 2 de Hate, pero dije que lo hacía si se hacían cargo de la deuda del tomo 1. Aunque me dijeron que sí, el proyecto nunca despegó (quién sabe si mañana no se reactiva), y en realidad era algo de lo que me tenía que hacer responsable. Fantagraphics no me lo exigió nunca, pero para mí era una de las vergüenzas más grandes de mi vida.

Por suerte tuve un período de bienestar laboral. Hice diseño freelance, pude asentarme, y por primera vez en mi vida, las cuentas me cerraban. Me mudé a un departamento, dejé de pedir plata prestada y empecé a gastar mi propio dinero. Hace unos meses saqué la calculadora y dije “yo puedo pagar Hate de mi bolsillo”. Le escribí a Kim Thompson, le conté toda esta historia (más resumida y en inglés), y le dije que quería que me diga un número, cuánto le debía para cerrar esta historia. Me dijo que entendía perfectamente, y que con mil dólares lo consideraba absolutamente cerrado. La mitad iba a ser para Bagge, la otra mitad para ellos. Le envié por Paypal 500 dólares, con la promesa de darle el resto apenas pudiese. Ayer, gracias al aguinaldo que cobré, pude hacer el depósito final.

Un peso bastante grande se levantó de mis hombros. A pesar de esta deuda de cuatro años, Thompson me agradeció por mi interés en los cómics norteamericanos, a pesar de las inclemencias económicas. Sigo considerando que me salió barato. Quizá alguno considere que no me correspondía que lo pague yo. Pero si quería cerrar este capítulo de mi vida, creo que era lo mejor que podía hacer. Por ahí la tranquilidad valga más que mil dólares (lo que confirmaría que me salió barato).

Sí, voy a caer en el juego de palabras fácil. Me da BRONCA que las cosas se hayan dado así. Pero ahora puedo seguir adelante con una cuenta pendiente menos.

Publicado el 30 noviembre, 2012 en Reflexiones y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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