Semana 7: Día 46: Mi abuela corredora

Hay ciertas imágenes que te van echando inevitablemente de la infancia. Cuando ves a un adulto llorar, el momento en que te encontrás con el primer desnudo del sexo femenino, o esa triste tarde en que tu perro se va al Cielo. Los adultos nos preparan para creer en el Ratón Pérez y en Papá Noel, nos protegen de las malas palabras y los programas violentos y nos siguen proveyendo de juguetes aunque nos duran un suspiro. Ellos intentan que la niñez se estire lo más posible, pero el mundo adulto se va colando en nuestra vida y eso nos hace cambiar de a poco.

Una de esas imágenes imborrables que me hizo replantear mi existencia fue una vez que mi abuela María nos llevó a la calesita. Ella vivía en el barrio de San Martín, e íbamos a visitarla desde Banfield todos los fines de semana. El viaje duraba una hora, pero para nosotros, que teníamos unos pocos años, nos parecía una eternidad. A veces nos dejaban al cuidado de ella, que nos regalaba caramelos Sugus y nos hacía el té con leche y galletitas. No voy a disimularlo, la adoraba. Era la mamá de mi papá, andaluza de nacimiento, casada con el policía retirado Casanova.

Como cualquier niño, la calesita nos emocionaba. No me gustaba particularmente dar vueltas, sino que lo que yo quería eran dos cosas: primero, subirme al caballo, que subía y bajaba. Eso sí me resultaba emocionante (y era lo más parecido a un parque de diversiones que me animaba a enfrentar). Lo segundo era la posibilidad de obtener la sortija, y ganarme otra vuelta. Esa tarde en que mi abuela nos llevó a mi hermano Santi y a mí a la plaza, estábamos particularmente ansiosos. Cuando estábamos a una cuadra, nos soltamos de la mano de la Abuelita María y empezamos a correr como locos (imaginen a dos hermanos mellizos corriendo desaforados, vestidos iguales, pero uno más alto que el otro).

Mientras corría, contentísimo porque la diversión estaba ahí adelante, noté que habíamos dejado a mi abuela atrás. Me di vuelta para llamarla, y la vi corriendo atrás nuestro, matándose de risa, mientras se levantaba un poco la pollera para poder correr mejor. Y me partió el alma darme cuenta de que mi hermano y yo éramos más veloces que ella. ¿Cómo podía ser, si yo la admiraba tanto? ¿En qué cabeza infantil cabía la posibilidad de que uno pudiese superar físicamente a un adulto? En nuestro inocente razonamiento, mientras más grande eras, más fuerte y rápido. Ahí empecé a entender que no era así.

Mi abuelita María siempre me contaba historias del pasado. En España eran tan pobres eran (y esto no es broma), que la bisabuela le metía el dedo en el culo a las gallinas durante la noche, para saber si a la mañana iban a tener huevos. Un día decidieron escaparse de la miseria, se tomaron un barco, y llegaron a la Argentina. Se establecieron en Mendoza, y si mal no recuerdo, de adolescente fue princesa de la vendimia (disculpen si no soy muy preciso con estos recuerdos que ya están cumpliendo tres décadas). Ella, de chica, solía jugarle carreras a otros niños. Corría en sandalias y, me confesó entre lágrimas, era muy veloz.

Cincuenta años después de estas competencias de su infancia, sus nietos salían disparados como locos hacia la calesita y ella intentaba alcanzarlos. Se reía mientras corría, seguramente porque se acordaba de cuando era una niña y, aunque corriese en chancletas, nadie podía vencerla.

Publicado el 13 noviembre, 2012 en Reflexiones y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. 7 comentarios.

  1. Linda historia!! que grande es tener abuelos, y disfrutarlos

  2. Me encanto este post Martt. Me hiciste reir y llorar en un poco mas de 500 palabras… Me devolviste a la Abuelita María (la amo!), por 5 minutos… Gracias!!!

  3. Siempre te leo, pero es la primera vez que comento.
    Hermosa historia, Martín.

  4. Con tu relato … reviví las propias…. gracias por sensibilizar nuestro corazón…

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