Archivos Mensuales: noviembre 2012

Semana 9: Día 63: Una historia de bronca

Hoy hice un gran uso de mi Facebook. Me senté a escribir el terapéutico artículo que van a leer a continuación. En la configuración le di que sea público (soy bastante celoso de mi privacidad, intento mantener mis contactos en gente cercana). No tiene nada que ver con el running, pero es una parte importante de mi vida. Como dijo un amigo en los comentarios, con esta historia llegué al kilómetro 42. Hay muchas cosas que requieren esfuerzo, constancia, fe, cabeza… Objetivos claros y focalizados. Se aplican a correr y a cualquier desafío en la vida.

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Hay pocas cosas de las que me puedo sentir absolutamente orgulloso. Quizá en algún lugar del top 10 podría ubicar a la edición argentina de Hate. Pero esta no es una historia muy feliz, porque eso que me llenaba de orgullo, se convirtió en uno de los hechos que más me avergonzaron en toda mi vida.

Empecé con Domus Editora para sacar a la calle un número de Comiqueando en papel. Era un proyecto de la facultad de diseño que empezamos con Javier Hildebrand, y que lo sacamos al “mundo real” para que la comicu (con la bendición de Andrés Accorsi) volviese a la calle. Un número cada dos meses. En una de esas ediciones, mi amigo Diego Jourdan me acercó una entrevista a Peter Bagge que él había realizado.

Nos entusiasmamos con Javi, queríamos comernos el mundo, y empezamos a soñar con la edición de historietas. Empezamos con Animal Urbano, una novela gráfica hermosísima, y así fuimos conectándonos con Historietas Reales, Mr. Exes, Lucas Varela… Domus crecía… ¿pero cómo? Yo seguía viviendo en la casa de mis viejos, intentando vivir del diseño freelance (pero sin un mango en el bolsillo).

El distribuidor en kioscos de Capital y GBA, de muy buena fe, me presentó a Carlos Schroter. Él editaba en Thalos y tenía montones de proyectos paralelos. Según me dijeron entonces, tenía en circulación como 2 millones de pesos en publicaciones (hablamos de 2 millones de 2006, que son muchos más que ahora). El primer día que quedé en reunirme con él llegó una hora tarde. Antecedente de todo lo que vendría después.

La relación con Carlos era rara. Me prometió el oro y el moro. Decía a todo que sí, no le importaba lo que editásemos. El acuerdo era que yo proveía el material y arreglaba temas contractuales con los autores, y él se encargaba de imprimir, almacenar y distribuir los libros. Yo figuraba como editor, pero solo me presenté a cobrar la liquidación de Animal Urbano. Del resto jamás toqué un peso. Carlos me propuso un sueldo simbólico de 500 pesos por publicación, más repartir 50 y 50 las ganancias. Cuando cortamos relación en 2008 me debía 80 mil pesos (que tampoco son los 80 mil pesos de ahora). Le mandé carta documento para que me pasara detalles de costos de venta e impresión, pero nunca me respondió, ni tampoco se presentó a la mediación. Tengo vía libre para hacerle juicio cuando quiera, pero no tiene ningún bien a su nombre (ni su casa, ni sus cuentas bancarias), por lo que se puede declarar “insolvente”, y nadie cobra un centavo. Por eso es difícil encontrar un abogado que quiera tomar el caso.

Me estoy adelantando. Andrés Accorsi, en un momento, tuvo la brillante idea de editar Hate en Argentina. Me regaló la idea, hice el contacto con Peter Bagge a través de Diego Jourdan, que me pasó el contacto del editor de Fantagraphics, Kim Thompson. En esa época yo le creía todo a Carlos, así que le comenté de este proyecto, y de que entre el arte y el adelanto de regalías pedían 700 dólares. Una ganga, y en un exceso de confianza, Thompson me envió el arte, un libro de Hate y el contrato por correo. Schroter no podía creer que mandase todo sin haber firmado nada y sin haber depositado plata. Me recontra juró que íbamos a pagar.

Avanzamos con el libro. Le puse “Hate”, porque así era como todo el mundo la conocía, y como subtítulo le puse “Bronca”, porque me parecía que iba más con la personalidad de Buddy Bradley que “Odio”, como le pusieron los españoles. Me escribía constantemente con Thompson, quien jamás me reclamó un centavo. Semanalmente le preguntaba a Schroter por el pago, y me decía “la semana que viene le transferimos”. Y así pasaban las semanas. En un momento me dijo que las transferencias se consideraban importaciones, y que la AFIP (o algún ente regulador) se quedaba con 100 dólares. Quería que le avise a Fantagraphics que les iba a llegar menos dinero. Thompson no tenía problema. Pero la transferencia no se hacía.

Hate (Bronca) salió a la calle. Un libro hermoso, traducido por mi amigo y ex-compañero de banco del secundario, Hernán Martignone. Era bien argentino, sin perder su escencia. Stinky pasó a ser “Roña”, sin caer en el forzado “Apestoso”. Me pareció brillante.

Me sentí muy orgulloso de cómo quedó nuestra edición. Me entrevistaron en radio Metro, salió un artículo en la Inrockuptibles. Realmente era algo IMPORTANTE. Pero el pago a la editorial se seguía demorando.

En un momento Schroter me dijo: ¿Por qué no editamos Hate 2? Habíamos usado 5 ediciones USA del CD de arte, y podíamos recurrir a las ediciones que seguían (me habían enviado 15). Le dije que sí, siempre y cuando pagásemos lo que debíamos del tomo 1. Pero siempre había excusas, nunca se terminaba de cerrar el tema. Le consulté a Kim Thompson y no tuvo ningún problema. Por supuesto que le dije que no haríamos nada sin tener pagado el anterior libro.

Hernán empezó a traducir las historias. Esta vez, en lugar de un tomo, íbamos a publicarlo en revistas. Camelot iba a auspiciar en contratapa. Hice las portadas, me encantó cómo iban quedando… pero el sudor frío de mi espalda me seguía recordando que todavía le debíamos plata a Fantagraphics… Y después de meses y meses, ya conocía mejor a Schroter y sospechaba que no tenía intenciones de pagar.

No voy a desvariar con la cantidad de cosas que Schroter me prometió y no cumplió. Quedé mal con mucha gente, vi cómo saldaba libros por centavos, que se vendían en Corrientes a $2. Fue injusto para mí, y más todavía para los autores. A algunos les pagué de mi bolsillo. A otros no me alcanzó. Por suerte muchos ya conocían la historia. Venían, ilusionados, a ofrecerme sus obras para publicar en Domus, una editorial que creían seria. Yo les decía que mi socio me iba a decir que les prometa pagos que después no iba a poder hacerles. Siempre había una excusa, hasta a mí me pagaba con cheques a 240 días.

En un momento, cuando vi que la cosa no daba para más, le dije a Hernán que dejase de traducir. No tenía sentido seguir haciendo trabajar a nadie al pedo. Le pedí a Carlos reporte de ventas y gastos, y me envió un excel totalmente dibujado, con cifras inventadas. Él me juraba que eran ciertas, pero solo me bastó con levantar el teléfono y preguntarle al distribuidor de kioscos para saber que estaba mintiéndome. Me di cuenta que yo ponía la cara por una editorial que no controlaba. Prometía pagos con plata que no tenía, no sabía los números reales de ventas, y empezaron a llegarme comentarios de que a la imprenta se le debían fortunas. Yo no cobraba, los autores tampoco, la imprenta tampoco… ¿a dónde se iba la plata de las ventas? Es una pregunta para la que no tengo respuesta…

Carlos Trillo se murió pensando que yo era un chanta, y es algo que nunca voy a poder enmendar y me dolerá para toda la vida. Hace poco me ofrecieron coeditar un tomo 2 de Hate, pero dije que lo hacía si se hacían cargo de la deuda del tomo 1. Aunque me dijeron que sí, el proyecto nunca despegó (quién sabe si mañana no se reactiva), y en realidad era algo de lo que me tenía que hacer responsable. Fantagraphics no me lo exigió nunca, pero para mí era una de las vergüenzas más grandes de mi vida.

Por suerte tuve un período de bienestar laboral. Hice diseño freelance, pude asentarme, y por primera vez en mi vida, las cuentas me cerraban. Me mudé a un departamento, dejé de pedir plata prestada y empecé a gastar mi propio dinero. Hace unos meses saqué la calculadora y dije “yo puedo pagar Hate de mi bolsillo”. Le escribí a Kim Thompson, le conté toda esta historia (más resumida y en inglés), y le dije que quería que me diga un número, cuánto le debía para cerrar esta historia. Me dijo que entendía perfectamente, y que con mil dólares lo consideraba absolutamente cerrado. La mitad iba a ser para Bagge, la otra mitad para ellos. Le envié por Paypal 500 dólares, con la promesa de darle el resto apenas pudiese. Ayer, gracias al aguinaldo que cobré, pude hacer el depósito final.

Un peso bastante grande se levantó de mis hombros. A pesar de esta deuda de cuatro años, Thompson me agradeció por mi interés en los cómics norteamericanos, a pesar de las inclemencias económicas. Sigo considerando que me salió barato. Quizá alguno considere que no me correspondía que lo pague yo. Pero si quería cerrar este capítulo de mi vida, creo que era lo mejor que podía hacer. Por ahí la tranquilidad valga más que mil dólares (lo que confirmaría que me salió barato).

Sí, voy a caer en el juego de palabras fácil. Me da BRONCA que las cosas se hayan dado así. Pero ahora puedo seguir adelante con una cuenta pendiente menos.

Semana 9: Día 62: Dieta vegana (finalmente)

Ayer me llegó la dieta vegana, avalada por mi nustricionista deportóloga. De a poco me voy amoldando a este nuevo estilo de vida.

Lo que más me sorprendió fue que los platos, en lugar de centrarse en vegetales+hidratos+proteínas, ahora se centran en cereales y legumbres (por supuesto que con un complemento de verduras). La dieta es flexible y se va amoldando de acuerdo a mis gustos (y a lo que no me gusta también). Por ejemplo, me atiborré la heladera con leche de soja, tengo reservas de almendras para hacer leche también, pero no tengo nada de eso explicitado (sí como una opción de merienda). Vicky dice que no me lo tome tan al pie de la letra, pero si me hacen un régimen… ¿por qué no seguirlo?

Los hábitos alimenticios no son inquebrantables, eso ya lo comprobé. Hoy el desayuno es sagrado para mí, y antes me lo salteaba olímpicamente. De a poco creo que puedo amoldarme a las nuevas opciones, es cuestión de organizarme.

El tema, claro, es que con La Misión a la vuelta de la esquina… voy a tener una semana fuera de casa y posiblemente cuatro días de comida de marcha, con otro tipo de horarios, sin la posibilidad de cocinarme en el momento (a menos que me lleve una garrafita y me ponga a hacer milanesas de soja en medio de la montaña). Así que lo más probable es que estos días me ponga a experimentar un poco y que recién a mediados de diciembre (como para mi cumpleaños) me ponga en serio a seguir esta dieta.

Semana 9: Día 61: ¡Feliz cumple, LionX!

¿Qué es “LionX“? Es un grupo de entrenamiento, que surgió hace exactamente 16 años. ¿Qué tienen que ver los Puma Runners con los LionX? A veces eso resulta confuso, lo sé. Los LionX en algún momento fueron apadrinados por la marca del pumita, y nacieron los Puma Runners de San Isidro. Pero los leones que terminan con X, en algún punto, siguen existiendo.

Hoy nos juntamos a festejar de la mejor manera que puede hacer un grupo de entrenamiento, que es corriendo. Con Vicky hicimos un fondo con algunas cuestas, con un ventoso río en Olivos como escenario. Se me cortó un cordón de la zapatilla, y agradecí que fuese ahora y no en La Misión. Corrimos y nos encontramos con el resto a elongar, ese ritual en donde todos los atletas coindicimos y charlamos, desde los más lentos hasta los más veloces.

Coronamos la jornada con una cena, panchos para los “normales”, milanesas de soja para los vegetarianos/veganos. Muchas anécdotas, muchos chistes, y risas acompañando. Quería decir unas palabras, tenía algo preparado, pero me resulta más fácil escribir que hablar. Nunca me parecía el momento adecuado, no quería cortar el clima porque sabía que no me iba a salir gracioso y que podía tirar hacia el bajón. Cuando las primeras personas amagaron con irse, no lo demoré más.

Tin-tin-tin-tin (ruido de cuchillo golpeando contra un vaso).

Pedí la palabra. Inmediatamente todos se callaron. Germán, nuestro entrenador, fundador de los LionX y alma mater, se puso serio, imaginando que iba a buscar quebrarlo (emocionalmente). Como dije, no soy bueno para hablar en público, incluso ante las personas con las que más confianza tengo. No modulo al hablar, me trabo y me pongo muy nervioso. Pero realmente quería compartir lo que tenía para decir.

Agradecí a todos los que organizaron esa velada. Y agradecí formar parte de un cuarto de la historia actual del grupo. Cuando empecé a correr en 2008 no era la persona que soy ahora. Cambié, maduré. Estar en este equipo de entrenamiento realmente me cambió mucho, me hizo madurar. Las manos me temblaban mientras hablaba e intentaba disimular recorriendo a todos con la mirada, sin estar hablándole a nadie en particular. Los LionX me ayudaron a mejorar, y en ese grupo viví uno de los recuerdos más felices de mi vida, que fue correr la maratón en Grecia. Describí lo importante que fue para mí, al punto que me mandé a hacer una remera que decía “Semana 52” en la espalda. Enfundado en esa musculosa fue que me rendí ante la estatua del dios Hermes, hecho inmortalizado en una foto que todavía me emociono al verla. Sin dudas, uno de los recuerdos imborrables y más felices que tendré por el resto de mi vida.

Y como agradecimiento a la persona que me ayudó a llegar hasta ahí, decidí regalarle esa remera (que yo aprecio muchísimo) a Germán. Es una tradición en los LionX regalar las remeras de las carreras. Cada uno inventa el motivo y decide a quién se las da. No estaba pautado, lo decidí yo. Para eso tuve que vencer mi pudor, pero era algo que necesitaba hacer. Era como devolver la confianza que habían puesto en mí. Quizá Germán guarde esa remera, o alguna vez la use. Por ahí en unos años se la regale a otro corredor, como motivación. Dejó de ser una prenda de vestir, se transformó en otra cosa, en un pedacito de historia. Formar parte de algo que estaba antes que vos y que seguirá estando después de que te vayas es muy valioso. Te cambia, y a la vez uno cambia al resto.

Hoy me puse muy nervioso hablándole a todo el grupo, pero tenía que vencer mis miedos, enfrentarme a eso que me daba inseguridad, para que al final me sintiera orgulloso de no haberme reprimido. También es algo que me enseñó correr, y lo aprendí en estos años que fui entrenado por los LionX. A todos ellos, gracias por enseñarme a animarme.

Semana 9: Día 60: Musculación… pero al aire libre

Todo no se puede. Es una verdad universal. Dura, pero muy cierta. Quiero correr 100 km en 10 horas y media pero también quiero hacer una ultra-trail de cuatro días en la montaña. A veces hay que saber encontrar los momentos, esperar y ver cómo acomodarse.

En el primer año de Semana 52 era un soltero empedernido, así que no tenía demasiado problema en levantarme a las 6 de la mañana, desayunar y salir para el gimnasio a esperar a que abriesen a las 7. Entraba en calor, hacía mi rutina, y a las 8 me iba a duchar. Antes de las 9 estaba en casa, listo para empezar mi jornada laboral, y nada de esos ejercicios de musculación estorbaban con mi entrenamiento de running, que era por la tarde. Ejercitaba cinco veces a la semana.

Y entonces me enamoré. No de una rutina, o de un ejercicio, sino de una mujer, Vicky, alguien a quien conocía desde la secundaria pero a quien aprendí a conocer (de verdad) en una carrera. Fue un flechazo para ambos, y al principio ella respetaba mis tiempos y mis raras rutinas de musculación, pero llegó un punto en que no quería separarme de ella ni resignar las pocas horas que pasábamos juntos. Sin que nadie diga nada (porque no faltará quien crea que esta decisión me fue impuesta), fui dejando de madrugar para ir al gimnasio cuando Vicky ya se había ido al trabajo… lo cual era una complicación, porque entraba al gimnasio a las 9, y más de una vez mis clientes ya estaban bien despiertos y empezaban a hacer sonar mi celular en medio de la rutina de pecho con banco inclinado.

Así los 5 días de entrenamiento semanal se vieron condicionados por compromisos laborales. Después empezó mi sueño espartatloniano, y para llegar a 246 km tenía que correr mucho… mucho. Así que Germán, mi entrenador en los Puma Runners, me agregó varios kilómetros semanales. Entonces ir al gimnasio se volvió una tarea imposible. Pagaba por tres meses y con suerte iba 10 veces en un mes. No me desesperé, porque, como dije al principio, “todo no se puede”. Me pareció que lo importante era dedicarme a correr y aumentar mi resistencia. Lo otro… podía esperar.

Con el pasar de los meses perdí musculatura y fuerza (de hacer 7 dominadas bajé a 4), pero comprobé eso de que el cuerpo tiene memoria, y que si uno vuelve a entrenar (y lo hace con MODERACIÓN), la adaptación es mucho más rápida que cuando empezamos con las pesas por primera vez. Todavía conservo algo de músculo, y sin dudas los ejercicios me cuestan menos que al principio. Pero… seguía sin encontrar el momento para hacer musculación.

Hasta que Germán decidió hacerle una mejora a nuestro entrenamiento aeróbico. Nos citó al grupo 30 minutos antes del horario habitual y nos presentó una serie de elementos para hacer musculación al aire libre. Pesas de todo tipo, muchas de las cuales con formas desconocidas para mí, una semiesfera inflable (que debe tener un nombre más interesante que la descripción que estoy haciendo), implementos para mejorar la coordinación… montones de implementos para hacer hombros, bíceps, tríceps, cuádriceps, sentadillas… Nos pusimos a ejercitar como niños con juguetes nuevos, y obviamente ahora escribo estas líneas con dolor en los brazos, pectorales y dorsales. Estoy en el período de adaptación, intentando que mi cuerpo recupere la memoria.

Supongo que fue una de esas situaciones que se ajustan al dicho de que “en el fondo del camión los melones se acomodan solos”. No encontraba un momento para ir al gimnasio, y solo logré acomodar los horarios del entrenamiento con los Puma Runners, un espacio que mis amigos, clientes y familia respetan, y uno de los pocos lugares que comparto con Vicky. Ahora ambos podemos seguir jugando con las pesas, dedicándole media hora, tres veces por semana. Ahora ejercitamos al aire libre, una sensación bastante placentera, y entre amigos, lo cual no es poco…

Semana 9: Día 59: Intercambiando consejos entre corredores

Hoy en el entrenamiento de los Puma Runners empezamos a intercambiar consejos. Supongo que lo hacemos siempre, sobre todo a instancias de una inminente carrera (para los que recién nos sintonizan, el 12 de diciembre cinco valientes del grupo y otros cientos vamos a hacer la ultra trail de La Misión). Y surge espontáneamente, en especial entre compañeros. Uno no se guarda las experiencias personales, sino que intenta compartirlas.

En mi caso, empecé a entrenar en este running team y fui captando esos consejitos de los más experimentados. Y es algo que, afortunadamente, nunca se detiene, porque siempre existe algo que no sabía y que me puede ayudar en la siguiente carrera.

En el caso de La Misión, lo que más me preocupaba era que van a tener dos cantinas (a los 50 y a los 100 km) donde se puede comprar comida. El tema es que siempre hay hamburguesas, y se rumoreaba que también iban a tener lentejas. Bueno, ese rumor carece de validez, porque solo van a tener disponible carne para los corredores. Me contacté con la organización, me confirmaron esto, y me adelantaron que este año van a permitir que uno les deje bolsas con comida (recomendaban que fuese deshidratada) y ellos las iban a llevar a cada cantina. De esa manera, uno aliviana peso y se asegura algo caliente para comer.

Apenas supe esto, se los comenté a mis compañeros del grupo. No vamos a correr todos juntos, pero tenía sentido compartirlo porque seas vegetariano o no, una hamburguesa después de hacer 50 km puede ser una bomba intestinal. Estábamos corriendo en la noche destemplada mientras hablábamos de esto, y les sugerí llevarse cous-cous o polenta, alimentos que aportan muchos hidratos de carbono (y casi nada de grasa). Solo hace falta echarles un poco de agua hervida y listo.

Otro tema que tocamos fue cuidar los pies. Exponerlos a un trayecto de 160 km, por más que sea en varios días, es muy exigente, y hay que asegurarse de convivir el menor tiempo posible con dolores, lastimaduras y ampollas. Lore, una de las “misioneras”, nos recomendaba hacernos masajes con alguna crema para pies, y empezar desde ahora. Habiendo participado en los 100 km de la Patagonia Run, doy fe que se paga un precio bastante alto en el terreno de la belleza podológica.

Más consejos sobre los que hemos discutido: hidratarse muy bien, pero no llevarse mucho líquido desde la largada. Hay muchos arroyos de deshielo en el trayecto, así que uno puede irse llenando la cantimplora. Pero hay que tener en cuenta que esta agua tiene bajo contenido de sodio, así que hay que agregarle sales.

Importante, también, llevar una cuerda. Nunca se sabe para qué la puede necesitar uno, si para atar algún elemento, asegurarse algo al cuerpo, o unir a dos compañeros que no quieren que el viento y el cansancio los separe.

Otra sugerencia que surgió hoy fue llevar guantes sin dedos, para que las manos no se ampoyen con los bastones (elemento imprescindible en la montaña).

Comida de marcha: que sea liviana y calórica. Guardar para el final algo muy rico, que nos levante el ánimo (me recomendaron el Mantecol, que me parece grasoso y nunca me gustó). Creo que me voy a llevar pretzels, o un sándwich de dulce de batata.

Protección contra el agua: es casi imposible no mojarse al cruzar arroyos, pero en la eventualidad de que llueva o de que uno cruce una corriente de agua con mucho caudal, una sugerencia es poner todo, todo, todo adentro de bolsas. Con Vicky vamos a meter todo en Ziplocs, para que nuestras pertenencias queden cerradas lo más herméticamente posible. En las cantinas de los 50 y 100 km van a habilitar además la opción de dejar ropa. No está de más tener un par de medias secos esperándonos.

Seguramente en estos días vamos a seguir intercambiando experiencias. Uno nunca deja de aprender… ni de aconsejar.

Semana 9: Día 58: Predicciones para el 2013

“Al blog le falta una polémica… algo que levante el interés”, me dijo mi amigo Matías en la última reunión de Los Galanes (término auto-impuesto por nuestro grupo de cinco amigos). Sé que Semana 52 va a repuntar con La Misión, y de ahí derecho a la Ultra Buenos Aires 2013 para clasificar en la Espartatlón, pero se me ocurrieron algunas situaciones que podían agregarle picante al blog. Veremos cuáles se cumplen… y cuáles no.

  •  Me atropella un auto mientras estoy entrenando.
  • Vicky queda embarazada, pero todo resulta ser un engaño para quedarse con mi fortuna.
  • El gobierno declara toque de queda y organizo en forma clandestina y desde este blog una serie de carreras nocturnas en forma de protesta.
  • Me invitan a un programa televisivo de gran audiencia para hablar del blog y hacer acuadancing.
  • Me atropella un auto mientras estoy volviendo a casa del entrenamiento.
  • Una conocida marca deportiva cuyo logo tiene forma de pipa me inicia acciones legales por comentarios difamatorios en el blog.
  • Participo en una carrera y hago podio. Las sospechas de mis mejoras en el desempeño desatan un ambiguo escándalo de doping que nunca termina por resolverse.
  • Mi reseña de La Misión Race 2012 gana el Premio Pulitzer.
  • Me atropella un auto mientras estoy trabajando en casa.
  • El grupo Anonymous realiza una serie de ataques en el blog, lo que trae el apoyo unánime de toda la blogósfera.
  • Mis reseñas sobre la influencia de la proteína animal en el desarrollo del cáncer logra que se coloquen carteles de advertencia en los envases de lácteos, en la misma proporción y contundencia que los paquetes de cigarrillos.
  • En el Día de los Inocentes escribo una entrada en la que “confieso” que jamás corrí y que todo el blog es un invento, hecho que irónicamente es creído por todos.
  • Me atropella un auto mientras estoy corriendo en La Misión.
  • Ravi Shankar recomienda Semana 52 como fuente de información para comenzar a realizar el método Pilates.
  • Corro los 100 km en menos de 10 horas y media (¡esa es en serio!).
  • Los lectores, hartos de mis posteos sobre veganismo, deciden enviar una tonelada de mensajes de protesta para que elija temas más carnívoros.
  • No me atropella ningún auto (eso sería noticia).
  • Con Vicky corremos La Misión en pareja, la disfrutamos enormemente. Ella me promete escribir una reseña de su experiencia y se hace desear. Los lectores, confundidos, preguntan día por medio: “¿Y la reseña de Vicky?”.

Semana 9: Día 57: Pesadilla en lo profundo de La Misión

Estoy en La Misión. ¡El día finalmente ha llegado! Tengo mi mochila, y una tonelada de entusiasmo. El día está fresco, lo cual justifica todo el abrigo que me traje. Arrancamos en medio de la ciudad, que está atiborrada de paseantes. El Centro de Villa La Angostura tiene un gran centro comercial, por donde pasamos caminando tranquilos, bajando escaleras. Me separo de Vicky, pero estamos conectados por nuestros teléfonos.

Es el mediodía, acabamos de salir, así que desconocemos el cansancio, el hambre, el frío. Está todo bien. O casi todo. Vengo codo a codo con el Sordo, compañero de los Puma Runners. Él es la voz de la experiencia, tiene varias Misiones en su haber, así que le hacemos caso en cada consejo. Le confieso que me acabo de dar cuenta de que no me compré el aislante para dormir encima. Es un elemento obligatorio, y nos pueden descalificar. Sé que Vicky tampoco tiene, así que no quiero dejar pasar que estamos en la ciudad para comprarlo.

Vamos hasta una casa de camping, y le pregunto a la vendedora por aislantes. Me trae dos rollos plateados y muy livianos. “Ciento ocho pesos cada uno”. No tengo ni idea de cuánto salen, así que ni me quejo. Le digo que me los llevo. Bien me podía decir que estaban mil dólares, que igual los iba a necesitar. Pago con débito, pero cuando saco la billetera las tarjetas (subtepass, Carrefour, Disco, Club de Beneficios de Peluquería Hernán) salen volando. Se forma fila atrás mío en la caja, pero no puedo encontrar el maldito plástico. Cada vez que creo que la encuentro, me doy cuenta de que no es. Me empiezo a desesperar. ¿Cómo puedo ser tan inepto? Finalmente aparece, hacemos la transacción, y me voy tranquilo con el Sordo.

Está nublado. Retomamos la marcha. Saco la lista de equipo reglamentario. Había que llevar agua con sal. Y yo no tengo. ¿Para qué? Evidentemente tiene que ver con el agua de deshielo que no tiene sodio. Y viene bien para si nos sentimos mal o si nos lastimamos. ¿De dónde voy a sacar agua con sal? Tampoco tengo el botiquín completo. Me faltan los guantes de látex, ibuprofeno, y un montón de cosas que no sé dónde comprar. ¿Cómo voy a encarar esa carrera con tantos faltantes? De hecho, ¿no faltaban varios días para la largada? ¿Qué pasó en el medio? ¿Cómo llegué hasta acá?

Me voy en 4×4, recorriendo montítulos de arena, sin ninguna dificultad. Pasamos por encima de piedras, lomas de pasto, nada nos detiene. Tan acelerados venimos que atropellamos un alambrado intentando frenar, y no queda otra que volver a tirarla abajo para retomar el camino. ¿Cómo llegué acá?

El perro me camina por encima de la cara. Quiere que lo saque a hacer pis. Me despierto de a poco, con la mitad de la conciencia en Villa La Angostura y la otra mitad acá, en Colegiales. Faltan 20 días para La Misión.

“Amor”, digo, “todavía no compramos los aislantes”...

Semana 8: Día 56: Objetivos a corto plazo

“A corto plazo, Casanova… a corto plazo” es el mantra que me repito, una y otra vez.

Cuando veo que en agosto del año pasado corrí lo mismo que en agosto y noviembre de este año (unos 280 km) me invade la ansiedad y quiero largar todo y salir corriendo. Si estoy volviendo a casa del súper, pienso en arrojar las bolsas al suelo y correr hasta que caiga la noche y las piernas no den más. Pero resisto la tentación, porque ahora me estoy preparando para La Misión, ultra-trail de diciembre.

Y ese es mi gran problema, me cuesta mucho pensar en lo inmediato, en los “baby steps”. Tengo la cabeza en marzo, hago cuentas de los días que tendría para entrenar, hacer fondos largos, y llegar a correr 100 km en menos de 10 horas y media. Me paso gran parte del tiempo intentando imaginar cómo sería alcanzar finalmente esa marca, que es lo que me va a permitir correr los 246 km de la Espartatlón. Y así me vivo adelantando en el tiempo, intentando empezar por arriba en lugar de por el principio.

Es cierto que con objetivos a corto plazo, el tiempo pasa más rápido, uno entretiene la cabeza y calma la ansiedad. Pero ahí estoy, más concentrado en pasado mañana que en mañana. Y esto funciona tanto en lo macro como en lo micro. Lo aplico en mis proyecciones de todo el año, así como en las carreras. Quizá, si aprendo a calmarme y a ir de a poco en un entrenamiento o en una ultra, podré organizarme mentalmente y no sucumbir ante la desesperación de querer cumplir hoy todos los objetivos.

“A corto plazo, Casanova”. No parece tan difícil.

Me faltan unos guantes de látex, una palita, un CD para usar de espejo (y hacer señales) y un casco. Y con eso ya estoy listo para La Misión. Primer “gran” objetivo a corto plazo. Intentaré concentrarme en eso, hacer mis 160 km en la Cordillera, y después veré cómo seguir.

Semana 8: Día 55: Caminar vs. Correr

Es posible que vos, al igual que yo, creas que caminar cansa menos que correr. Bueno, en realidad yo ya no pienso esto. A los golpes la vida me ha demostrado que una actividad tan subestimada como la caminata puede ser muy exigente.

Con Vicky estamos preparándonos para La Misión, un ultra trail en la mismísima Cordillera de Los Andes, que por las particularidades del terreno no permite que uno corra demasiado. Quizá con precaución en las bajadas, y si nos cruzamos algún llano. Podría suponer, sin temor a equivocarme, que vamos a caminar el 90% del trayecto. Para prepararnos para esta tarea, en los entrenamientos nos calzamos la mochila (que más o menos tiene los elementos que vamos a llevar a La Misión) y salimos a caminar, no menos de dos horas. Ayer, por ejemplo, alternando un poco de trote con caminata, terminamos en casi tres horas… absolutamente abatidos, con los pies latiendo.

Muchos pueden subestimar a la caminata, creyendo que es algo que insume poca energía o que no sirve para quemar las grasas. Bueno, permítanme decirle a aquellos desconfiados que es un error. En Europa, Vicky y yo nos la pasamos comiendo. Me limitaba a una baguette por día en París, por miedo a estar excediéndome. Y no, no la hacía durar toda la jornada, sino que la liquidaba de un tirón, con pequeños intervalos para poder respirar. Corrimos en pocas oportunidades, unas tres o cuatro veces en tres semanas. Pero claro, caminamos todo el tiempo, recorriendo las ciudades, aún cuando combinábamos varios puntos con subterráneos o trenes. Y volvimos con varios kilos de menos. Incluso ciertas mediciones más específicas, como la sumatoria de los milímetros de los plieges de la piel daban que habíamos perdido peso. Hasta los perímetros de la cintura, en ambos, bajó bastante. Romina, nuestra nutricionista, me dijo: “¿Viste que todo el mundo subestima la caminata como ejercicio para perder peso?”.

Quizá nosotros nos excedíamos. O estamos armados para correr, porque al final del día caíamos rendidos, con las piernas entumecidas de tanto caminar. Una noche de sueño nos dejaba totalmente recuperados a la mañana siguiente, así que desayunábamos y salíamos a destrozar nuestros pies nuevamente.

Tanto en Yaboty como en Patagonia Run (incluso en los entrenamientos actuales) nos damos cuenta que correr nos relaja. Necesitamos hacerlo, estamos caminando tanto que llega un punto en que no damos más. Los pies duelen, al igual que los cuádriceps y gemelos, y contrario a lo que diría el sentido común, con esa mochilota a nuestras espaldas, salimos a correr y nos sentimos mejor. Suena extraño, lo sé, pero el descanso de la caminata, para nosotros, es el trote. Así que, en la medida de lo posible, intentaremos ir alternando cambios de ritmo en la montaña, y ver qué pasa.

Caminar tantas horas es una actividad muy dura a nivel psicológico. Las distancias se vuelven mucho más largas y parece que nunca vamos a llegar. Uno comienza a frustrarse porque el cansancio aumenta pero los objetivos parecen más lejanos que nunca. Y hay que echar mano a trucos para pasar el tiempo y desocupar la cabeza, que solo piensa en llegar de una maldita vez. Ya he comprobado con bastante éxito que hacer cambios de ritmo es un relajante mental. Al ir calculando los minutos de trote y alternarlos con los minutos de caminata, uno se distrae y el tiempo pasa más rápido. Supongo que ir mirando el reloj distrae un poco de la inmensidad que es la proeza de llegar hasta la meta. Objetivos cortos, de alcance inmediato, ayudan a sentir que avanzamos, sobre todo si tenemos que ir muy por debajo de nuestro ritmo ideal.

Otro factor que creo que me va a ayudar mucho es ir en pareja. Originalmente La Misión era obligatoriamente en equipo, mientras que ahora es individual (lo que no impide que uno tenga la compañía de otro corredor). Cuando largué en la fría medianoche de la patagonia y tuve que avanzar por la oscuridad, en silencio, soportando las bajas temperaturas y la desesperación por no poder ver ni siquiera el paisaje (solo lo que la linterna iluminaba), solo quería estar acompañado. Intentaba sin éxito pegarme a otros colegas conocidos, pero los perdía de vista constantemente. Encontrarme en la mitad de camino con Vicky fue una sensación maravillosa, indescriptible. Teníamos recorridos distintos y nos cruzamos de casualidad. Fue una alegría inmensa.

Para La Misión vamos a tener la oportunidad de acompañarnos y sortear esos kilómetros en equipo. Correr solo está bien para mí, creo que uno pone en juego los límites del físico. Pero caminar acompañado… creo que es necesario, sino es obligatorio.

Semana 8: Día 53: Murakami y correr

Extraído de su autobiografía “De qué hablo cuando hablo de correr”:

Lo único que puedo afirmar con bastante seguridad es que voy a seguir corriendo maratones con todo mi empeño, sin desfallecer, hasta que consiga volver a sentir que he corrido satisfactoriamente. Supongo que, mientras que mi cuerpo me lo permita, aunque esté viejo y achacoso, y aunque las gentes de mi entorno me surgiera cosas como ‘Señor Murakami, ¿no cree que sería hora de ir dejándolo? Ya tiene usted una edad ¿eh?’, seguiré corriendo. Aunque mis tiempos empeoren más y más, estoy seguro de que pondré en ello el mismo empeño y esfuerzo que hasta ahora (e incluso, en ocasiones, más que hasta ahora). Eso es. Me digan lo que me digan, esta es mi naturaleza. Como en la del escorpión es picar o en las cigarras agarrarse a los árboles. Como en la del salmón es retornar al río en el que nació o en las parejas de patos buscarse mutuamente.”

Solo puedo decir que ojalá, señor Murakami. Me encantaría tener una edad avanzada y seguir corriendo. Que las ganas no decrezcan cuando el físico se degrade. Que le ponga más empeño que ahora. Si eso pasa, habré comprobado que correr (y TODO lo que lleva aparejado esta actividad) es algo que se lleva en la sangre, y no una moda pasajera…

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