Archivos Mensuales: octubre 2012

Semana 3: Día 21: La maratón en chancletas

Ya he dicho que no me gusta decir malas palabras (a menos que me golpee el dedo con un martillo, pero como no se me da hacer arreglos en casa, no pasa muy a menudo). Quizá me resulte más difícil escribirlas, pero los argentinos tenemos esa cualidad de transformar un insulto en una virtud.

Hecha esta aclaración, quisiera plasmar en el blog la historia de un verdadero hijo de puta. Se trata de Keith Levasseur, un atleta que ingresó al libro Guinness de los récords al ser el maratonista que más rápido terminó una maratón en chancletas. Probablemente sea el único.

Lo curioso, si es que la cosa puede volverse más bizarra, es que hizo un tiempo espectacular: quedó por debajo de las 2 horas 47 minutos. De 3024 inscriptos en la Maratón de Baltimore quedó en el puesto 29. Mientras corría, un par de competidores le dijeron que estaba loco, pero la gran mayoría lo apoyó, y cuando pasaba, los espectadores decían: “¡Ahí viene el tipo de las sandalias!”.

Lavasseur es un verdadero atleta, que venía de hace rato coqueteando con la idea de terminar los 42 km con este inusual calzado. Su marca máxima habían sido 22 km y medio, por lo que no sabía cómo le iba a ir en la carrera. Sí sabía que su meta era quedar por debajo de las 3 horas, y como durante la competencia se sentía cómodo, le puso ritmo. Lo más difícil fueron las bajadas, y las tiras de las ojotas le terminaron por lastimar un poco la piel. Por normas del Guinness tenía que terminar la maratón corriendo todo el tiempo con las chancletas, y si se le salía una tenía que volver al punto exacto donde la había perdido, colocársela y después seguir. Pero esto no pasó.

Después de estos 15 minutos de fama internacional, Lavasseur sufrió las consecuencias al día siguiente, con fuertes dolores en los cuádriceps y en los pies por la inexistente amortiguación con la que corrió. Cuando le preguntaron si lo volvería a intentar juró y recontra juró que no, y que si alguien intentaba romper su récord, él se iba a limitar a felicitar al hijo de puta que intente hacer algo así.

Semana 3: Día 20: ¿En dónde estaba hace un año?

Hoy se me ocurrió ir hacia atrás, exactamente un año, y ver qué estaba escribiendo en el blog el 18 de octubre de 2011. Me encontré con un post interesante:

Semana 3: Día 18: ¿Cuáles son tus objetivos?

Esta pregunta me la hago constantemente, y se la suelo hacer a otros corredores con los que me cruzo. ¿Cuáles son tus objetivos? Me parece imposible ir a la deriva sin tener una meta definida.

Hace una década empecé terapia. No tenía trabajo, ni sabía qué estudiar, y me angustiaba tremendamente ser mantenido por mis padres sin tener un norte. En la primera sesión con mi psicóloga le dije que no tenía rumbo, ni un lugar en mi casa ni en la vida. Me alivia mucho ver qué diferente son las cosas ahora. Después de haber encontrado una profesión, haber egresado y haber descubierto el running, me di cuenta de algo muy importante: había encontrado algo que me apasionaba.

Recibirme se convirtió en un objetivo muy importante. Dejó de ser algo absolutamente lejano, porque a medida que avanzaba, cada vez faltaba menos para obtener el título. Lejos de ponerme contento, al principio me dio pena haber desperdiciado tantos años de mi vida. La facultad me parecía eterna, y no me veía atravesando durante tanto tiempo todo ese esfuerzo. Hoy me doy cuenta de que con esa estructura mental, tampoco podía tener una actividad como el running en mi vida. Es increíble cómo el atletismo calza a la perfección con otros aspectos del día a día.

Cuando encontré mi profesión, todo resultó mucho más fácil de lo que creía. Le puse todas mis pilas, y aunque habían pasado muchos años desde que había terminado el secundario, la facu era una escalada de pequeños objetivos a resolver. El destino final, obviamente, era terminar la carrera, pero intenté hacerla lo mejor posible. Al recibirme tuve el inmenso honor de terminar con el promedio más alto. No me consideraba mejor que nadie, simplemente me dediqué a eso que me apasionaba.

Probablemente fui madurando, y eso hizo que empezar a correr tuviese cada vez más sentido. La diferencia, no estaría mal mencionarlo, es que los estudios superiores tienen un fin; más allá de licenciaturas, posgrados y maestrías, el objetivo es terminar, de la forma que sea. En mi vida de atleta no encuentro un final (todavía). Cada carrera se ha convertido en un nuevo examen, en el que busco rendir de la mejor forma, para los cuales me preparo lo mejor que puedo. Y no pude con mi genio, así que me puse metas, como fue hacer mi primera maratón, hacerla en menos de 3 horas y media, la espartalón, y para algún día todas las instancias de la Misión, el Iron Man, correr en el Desierto del Sahara y en la Muralla China.

Esos (y aumentar de masa muscular) son mis objetivos, los que tengo en claro ahora. Aunque probablemente, al ir cumpliéndolos, irán apareciendo nuevos. Antes, la noción de que algo era casi imposible era un motivo suficiente para no intentarlo. Ahora es todo lo contrario; cuando algo es difícil se vuelve más tentador intentar conquistarlo.

Quizá otras personas carezcan de objetivos o no tengan uno que los motive lo suficiente. No existe correr por correr, y hacerlo solo para bajar la panza puede derivar en impaciencia y frustración. Creo que si uno se lo plantea como un modo de vida, una forma de encontrarse, conocerse, superarse, se termina transformando en algo más duradero, y que retroalimenta al deportista. Pero seguramente haya miles de motivos y millones de objetivos posibles, como carreras y corredores existen.

Lo que me gustó fue leer con qué soñaba hace 52 semanas, y qué tan cerca (o tan lejos) estoy de eso. Nunca fue mi intención armar un blog para ver cuentas pendientes e ir tachando, pero el proyecto se ha extendido tanto, que ahora puedo darme el lujo de compararme a mí mismo con el hombre que era tiempo atrás. Todavía me interesa hacer la maratón de la Muralla China…

Y ya que estamos… ¿qué pasó hace dos años? Mientras despotricaba contra las gaseosas, asegurándome de que Coca Cola nunca me auspicie, salía al aire en FM Blue, en el extinto programa Lado B. Hay audio que lo prueba y todo.

Semana 3: Día 19: Cita con la nutricionista

Hoy tuve mi cita con la nutricionista, luego de dos meses y medio. ¿Cómo me fue? Creo que lo voy a llamar un “empate”.

Por un lado, bajé de peso. El último mes entrené muy poco, me fui tres semanas a Europa, y comí en forma un poco desordenada (aunque intenté siempre hacer las seis comidas). Por fortuna no aumenté grasa, sino que perdí 200 gramos. Ni subí ni quedé igual. Eso puedo agradecérselo a las largas caminatas, un ejercicio desestimado por muchos, pero que tiene beneficios notables.

El tema es que perdí un kilo y medio de músculo, probablemente en las piernas. Es increíble lo desproporcionado que es el cuerpo humano: toma tanto esfuerzo ganar masa muscular, y es tan fácil perderla… Pero no me preocupa, porque ahora que empecé Pilates y de a poco voy a volver a mi ritmo de entrenamiento previo, sé que esos niveles van a volver a subir.

Entre las circunferencias que se redujeron está la cintura: perdí 1,6 cm, algo que sospeché cuando le tuve que ajustar un agujerito más al cinturón. Desde que volví de viaje, mucha gente me dijo que estaba más flaco (uno me dijo que estaba más gordo, y lo decía en serio, pero la ciencia se encargó de desmentirlo). Es raro porque a menos que haya un cambio muy repentino y brusco, uno generalmente no lo nota. Será por eso de andar tanto tiempo viéndose al espejo (el árbol que no deja ver el bosque). Yo hasta creía que en esta medición me iba a dar que había subido de peso. Pero no.

Mi índice de masa corporal (un dato estadístico en el que el peso en kilogramos, dividido la talla en metros elevado al cuadrado, da un valor que se usa para saber en dónde está cada uno. BAJO PESO (IMC <18.5) confiere bajo riesgo de desarrollar comorbilidades (las enfermedades cardíacas y metabólicas ya citadas) pero también significa mayor riesgo de otras enfermedades como cáncer.

  • NORMAL (IMC 18.5-24.9) confiere riesgo promedio de comorbilidades.
  • SOBREPESO (IMC 25-29.9) el riesgo está levemente aumentado.
  • OBESIDAD es cuando el IMC >30 y se la clasifica a su vez en:
  • CLASE I (IMC 30-34.9) confiere riesgo moderado.
  • CLASE II (IMC 35-39.9) confiere riesgo severo.
  • CLASE III (IMC >40) el riesgo es muy severo.

Mi medición me dio 20,54 Kg/m2 Algunos ponen en 20 el límite mínimo de lo “normal”, aunque el oficial es 18,5. Así que sí, soy normalito.

Ahora toca reencausar la alimentación y armar una dieta vegana. E ir probando a ver qué pasa.

Semana 3: Día 18: ¡Empecé pilates!

Dicen que luego de que te atropelle un auto, no nay nada mejor que empezar pilates. No, no dicen eso, pero podrían…

Hoy me apareció un dolor completamente nuevo. La cadera me empezó a molestar, tanto si me tocaba como si hacía algunos movimientos. No como para alarmarse. Supongo que ahí es donde impacté con el auto. Además apareció un pequeño morado en el costado del ojo derecho, debajo de la ceja que duele si me la toco (o sea, debería dejar de tocármela). En ese contexto de mariconeo, me preguntaba si era justo el día para empezar pilates. Encima, llovía…

Por suerte empecé por Vicky, queme recomendó esta disciplina desde el momento en que ella empezó, hace unos meses. El gimnasio queda a 2 cuadras de casa, lo que terminó de cerrar el trato.

Mis idesa de estas rutinas eran muy diferente a lo que terminé haciendo. Me imaginaba a señoras cincuentonas tiradas en colchonetas, o sentadas en pelotas gigantes. Las hacía meditando, buscando la paz interior o algo así. Pero nada que ver. El método Pilates es un sistema de entrenamiento físico y mental creado por Joseph Hubertus Pilates, que lo ideó basándose en su conocimiento de distintas especialidades como gimnasia, traumatología y yoga. AL  principio fue llamado Contrología (Contrology) debido a que recalcaba el uso de la mente para controlar el cuerpo, pero buscando el equilibrio y la unidad entre ambos. El método se centra en el desarrollo de los músculos internos para mantener el equilibrio corporal y dar estabilidad y firmeza a la columna vertebral, por lo que es muy usado como terapia en rehabilitación y para, por ejemplo, prevenir y curar el dolor de espalda. Con Vicky buscábamos un buen complemento para el running, y como ella comprobó que es muy útil, me tocó a mí empezar.

La verdad es que no me podía plantear la posibilidad de ir. No por prejuicio ni nada de eso, sino por falta de tiempo. Vivir con los minutos contados, cumpliendo con todo el mundo, hace que el tiempo libre escasee. Pero decidí darme un espacio para mí, y con La Misión cada vez más cerca, me pareció que podía organizarme para estar desocupado dos veces por semana. Mi imagen de Pilates (más allá de que Vicky me contó varias veces lo que hacían) era de un grupo de señoras tiradas en una colchoneta, con su pelota inflable gigante. Cuando entré en la sala de ejercitación no encontré nada de eso. En su lugar había unas camas llamadas reformer, sobre la que se desliza una plataforma mediante unos rieles, similar a los remos de los gimnasios tradicionales. Estas máquinas también fueron inventadas por Joseph Pilates, y contiene distintos resortes que indican el nivel de dificultad.

De más está decir que esa fantasía mía de las señoras desapareció rápidamente. ¡Usar esos aparatos es muy complicado! Parte del objetivo es lograr coordinación y estabilidad, algo que para un principiante es muy difícil. Pero la versatilidad que tienen los reformers es increíble. Se puede entrenar cualquier parte del cuerpo, ya sea bíceps, tríceps, cuádriceps, gemelos, aductores… Dependiendo en qué posición se coloque uno y la orientación del esfuerzo, el trabajo cambia totalmente.

Al tener instructor, uno tiene una mejor noción de lo que está haciendo (igual, temblaba tanto y me costaba tanto coordinar, que no parecía que supiese lo que estaba haciendo. Extrañaba mucho hacer musculación, y probablemente con Pilates pueda llenar ese vacío y darme algo que necesito: coordinación, relajación y elongación. Para ser una primera clase, salí muy contento, sintiendo un gran trabajo en todo el cuerpo, en especial en las abdominales. Mi idea era ir durante dos meses, justo el tiempo que tengo para La Misión. Pero, ¿quién sabe? En una de esas se convierta en una de esas cosas que se incorporan a la rutina durante muchos, muchos anõs…

Semana 3: Día 17: Atropellado por un auto

Estoy en perfectas condiciones físicas. Hecha esta aclaración, paso a relatar cómo me atropelló un automóvil mientras entrenaba el día de hoy.

Estábamos con dudas sobre el pronóstico. Se suponía que iba a llover, algunos decían que aguantaba hasta el martes. Pasara lo que pasara, con Vicky queríamos ir a entrenar, ya que en dos meses corremos La Misión… ¿y qué mejor forma de prepararse ante cualquier “imprevisto” que corriendo en condiciones adversas?

Salimos de casa a las 7 y cinco de la tarde. No en punto, como solemos. ¿Por qué? Porque tuve que ir al baño sobre la hora. Esas pequeñas cosas, decisiones que parecen irrelevantes, forman parte de una cadena que después te pone frente a un automovilista imprudente. Si hubiese ido antes a hacer mis asuntos higiénicos, este post hablaría de algo completamente distinto.

Fuimos caminando a la estación de tren. Son varias cuadras, pero nos gusta el ejercicio. Llovía, así que nos pusimos nuestras capas (amarillo patito). En el andén se acumulaba gente, pero pasaban los minutos y el servicio en dirección a Tigre no llegaba. En el whatsapp de los Puma Runners empezaban las confirmaciones de que pese al clima, corríamos. Vi que Mariano, quien vive por la zona, estaba en camino. Tiene auto, y me pareció que no perdía nada con preguntarle si nos llevaba. Si hubiese venido el tren, o si hubiésemos salido antes, no hubiese terminado contra el capot de un auto. Me resulta increíble cómo una cadena de hechos te llevan hasta el instante del impacto.

Después de esperarlo unos minutos sobre Avenida Libertador, nos encontramos con Mariano y partimos rumbo a Acassuso. El tránsito estaba cerrado, así que tomamos un atajo y agarramos la autopista. Llegamos bastante tarde, pero con ese clima era de esperarse. Bajamos en el punto de encuentro, el resto del grupo ya había partido a hacer el circuito de 3,6 km. Largué raudamente, para no retrasarme. La lluvia amainaba, pero el suelo empezaba a embarrarse. De vez en cuando llovía más fuerte, y aflojaba. Corrí a buen ritmo, con mis zapatillas que compré para La Misión, pensando que con esa noche calurosa y lluviosa ayudaba a “ablandarlas”.

Me crucé con compañeros que estaban volviendo. Nos saludamos, mientras en el iPod que me regaló Vicky sonaba música electrónica. Venía pensando (y ahora resulta irónico) en que Germán, nuestro entrenador, no quiere que corramos con auriculares, porque dice que no escuchamos a nuestro cuerpo como deberíamos. Por eso, cuando estoy “conectado”, intento prestar mucha atención a mí mismo y a mi entorno.

Venía tranquilo, con un calzado que empezaba a acumular barro en la suela. Quería llegar, me faltaba muy poco. Venía narrando el supuesto post de esta noche en mi cabeza. Esos pequeños retrasos en salir, o cambiar la ruta habitual para llegar al entrenamiento, hasta intentar apurarme para no atrasarme, todas esas cosas me fueron llevando inevitablemente hasta ese preciso instante en el que crucé la calle.

Tenía el semáforo en verde. Los autos que doblaban de mi izquierda frenaban porque tenían luz roja. Un auto blanco que venía por mi derecha, en cambio, no frenaba. Dobló y supuse, ingenuamente, que eventualmente me iba a dejar pasar, porque veníamos frente a frente (yo corría por el boulevard, él conducía en la calle paralela, hasta que decidió girar para atropellarme). Lo vi acercarse y doblar sin detener la marcha. Yo no me detuve, casi no tuve tiempo de reaccionar. Puse mi mano, sin poder creer lo que estaba pasando. El auto jamás se detuvo, solo lo frenó el semáforo. El conductor inconsciente solo tenía como referencia la luz roja, si yo hubiese cruzado mal y él hubiese tenido verde, nunca hubiese frenado.

Pasé por encima del capot, que estaba todo mojado, y quizá eso me permitió resbalar por arriba con mi metro ochenta. Como decía, no frenó, así que si hubiese quedado abajo, mínimo me hubiese partido las piernas. Pero la física quiso que él no me pasara por encima, sino que sea yo, y terminé cayendo al asfalto, primero con la pierna derecha, luego con el hombro, y finalmente con la cara. No fue un gran golpe, pero lo primero que sentí fue mucha bronca. No estaba camuflado ni soy invisible. Me levanté agarrándome el ojo derecho, donde sentí el golpe. Una corredora vino a asistirme. Nunca reparé en que era una compañera del grupo. Le di una patada al costado del auto, y quedó marcada la huella de barro de mis Quechua. Tuve la prudencia de no pegarle de puntín, sino de lleno. Lo último que me faltaba era fracturarme un dedo.

El conductor tardó unos segundos en salir del auto, llegué a pensar que no se iba a bajar. Supuse que quería ver si le había dañado la chapa. Cuando se asomó le grité si no me había visto, y con una despreocupación insultante me respondió “Y no… no te ví”, como diciendo que le acababa de preguntar algo obvio. Me pareció que tenía dos opciones, insultarlo y, eventualmente, cagarlo a trompadas, o darme media vuelta e irme. Decidí caminar hasta la base y no pensar en el asunto.

El resultado fue un raspón en la ceja derecha que sangró muy poco. Hay una pequeña hinchazón, y posiblemente el choque haya sido muy poco espectacular. Lorena, mi compañera, quien vio todo (porque pasó a sus pies, prácticamente) volvió más tarde con la patente memorizada. Me dijo que después de que me fui se quedó charlando con el conductor, que estaba consternado. Le reiteró que no me vio y le dijo que me pida mil disculpas. Por sugerencia de mi entrenador no seguí corriendo. La lluvia empezaba a hacerse más copiosa, y tenía bronca y hambre. El brazo derecho, con el correr de las horas, me empezó a doler más. Pero no va a pasar de esto.

Es lamentable que sin importar lo cuidadoso que uno sea, esté tan expuesto a la distracción de los conductores. Dejando Grecia de lado, los países que visitamos hace poquito en Europa son completamente diferentes. Basta que un peatón esté acercándose al cordón para que los autos frenen. Acá viven con los segundos contados, acelerando con la luz amarilla, intentando ganarle a todos. Y solemos colaborar hasta en nuestra forma de contar un choque, al que erróneamente llamamos “accidente” (que un salame esté mirando si le gana la semáforo en vez de fijarse si viene alguien corriendo está bastante lejos de ser un accidente). “Al menos voy a sacar un post de todo esto”, pensaba, mientras volvía en auto para casa…

Semana 3: Día 15: ¡Zapatillas nuevas!

Hoy me tocó estrenar zapatillas nuevas, compradas en el Decathlon de Madrid. Realmente me preocupa lo que pueda llegar a pasar en La Misión, y quería tener el tiempo suficiente para estrenar elegir un calzado especial para montaña y poder estrenarlo con tiempo. Aproveché mi visita a Europa y le pregunté a uno de los vendedores qué me recomendaba. Había dos, uno marca Salomon (que estaba arriba de 100 euros) y otras marca Quechua, que estaban 95 euros pero las habían rebajado a 69,95. Me las probé, calzaron, y listo, me las llevé.

El modelo puntualmente se llama Zapatillas Raid RT-5 360º Black. Fue una jugada arriesgada, porque nunca había comprado un calzado de las marcas oficiales de Decathlon. La ropa es buena, así que hice el salto de fe. Aún haciendo la conversión a pesos, y agregándole el 15% si pagaba con tarjeta, hubiese pagado menos (bastante menos) que unas zapas medio pelo de Argentina. En Madrid caminé un día entero con ellas, para empezar a acostumbrarme… y si bien calzaban perfectas, las sentía muy duras, y al rato me hacían doler arriba en los dedos. Me llevé un número más grande que lo habitual, por las dudas, pero esa molestia no dejaba de preocuparme.

Ya reestablecido en mi país, el que no quisiera abandonar por un buen tiempo, le comenté a Germán, mi entrenador en Puma Runners, de esta compra, y me dijo “traelas urgente para usarlas acá”. Yo, que intento ser un alumno ejemplar, cumplí, y en el entrenamiento de hoy me vine con las Quechua. Tenía una mezcla de incertidumbre y ansiedad por correr, por lo poco que hice el mes pasado. Lo primero que sentí es que son muy duras contra el pavimento. Supongo que no están hechas para la calle y sí para la naturaleza. A pesar de que hice 20 km, no tuve muchas molestias, pero el impacto me prepercutió en las rodillas. No llegó al dolor, pero era como si las ondas de choque subieran por las piernas.

La información técnica dice que están concebidas “para practicantes que quieren perfeccionarse y hacer competiciones de TRAIL y RAID. Agarre y sujeción en terrenos exigentes”. La info más detallada dice todas estas cosas que espero sean ciertas:

  1. Fijación: Tacos para una excelente transmisión en las fases de impulso.
  2. Adherencia: Trail Grip: formulación de goma específica para una adherencia increíble.
  3. Sujeción: 360° System: precisión en cualquier situación, protección de dedos en descenso.
  4. Amortiguación: EVA comprimida en el talón: amortiguación duradera. EVA inyectada delante.
  5. Protección contra los golpes: Zona de los dedos protegida de las piedras y reforzada con kevlar (aclaración personal: el kevlar se usa para hacer chalecos antibalas, ¿quiere decir que puedo detener un arma de fuego con los pies?).
  6. Ligereza: 390 g en talla 42.
  7. Garantía: 2 Años

Hoy volví a sentir esa molestia arriba de los dedos. No me pasó nada, pero es una señal de alerta. Tampoco usé la doble media que yo siempre recomiendo (pero no sabía que iba a entrenar ese volumen). Les tengo fe, en realidad. Creo que en La Misión vamos a hacer mucha caminata más que correr, así que esa dureza que tienen no me preocupa. Por ahora supongo que seguiré entrenando con esas, así que con el correr de las semanas les daré mi veredicto final…

Semana 2: Día 14: Poniendo el cuentakilómetros en cero

“Queda mucho por andar”, decía Lerner en su canción “Volver a empezar” (y una rápida búsqueda en Google me revela que ese tema es de 1997… ¡hace 15 años!). Hacer un reinicio tiene un sabor agridulce. Porque, para qué negarlo, asusta un poco. Por un lado, está la motivación, la alegría, de todo lo que queda por venir. Por el otro está el cagazo de todo lo que falta.

Puse el cuentakilómetros en cero. O, mejor dicho, marqué mis primeros 6,81 km. En dos semanas de haber empezado un nuevo año del blog es poquito, aunque no me preocupa. En el fondo sé que va a ir en aumento. Ya volveré a aquellos fondos de 45 km que hacía los domingos (realmente no veo la hora).

Justo ayer hablaba con Cristian, amigo corredor, sobre esas metas que nos ponemos y cómo no nos podemos imaginar todavía cómo es llegar a ellas. O sea, no dudamos que eventualmente lo haremos. Yo sé que voy a correr 100 km en 10 horas y media, y sé que luego llegaré a estar 36 horas corriendo sin parar. Él, en su caso, sabe que alguna vez hará un Iron Man y nadará 3 mil metros, pedaleará 180 km y luego correrá una maratón. Pero hay una emoción muy particular cuando uno nunca ha realizado algo así. ¿Cómo va a ser? ¿Cómo me voy a sentir? ¿Qué cosas van a pasar por mi cabeza? Supongo que todos le tememos al dolor, a sufrir, pero afortunadamente eso no nos detiene.

Mi idea con este nuevo cuentakilómetros es, por un lado, no volver a olvidar mi reloj en casa cuando salgo a entrenar, para obtener el número preciso de metros que corrí (soy así de obsesivo y me molesta mucho hacer cálculos posteriores en Google maps o preguntando a compañeros corredores). Por el otro quiero destrozar esa marca y que en septiembre de 2013 quede empalidecida por todo lo que entrené ese año. Son deseos, en realidad. Me intriga saber qué va a pasar.

Eventualmente me gustaría poner una sección con mis mejores tiempos en las distintas distancias. Le vengo dando vueltas a la idea, porque sé que esos valores están dando vueltas en el blog y es solo cuestión de rastrearlos. No tiene más utilidad que esa, una marca para ver si en algún momento la puedo romper. Pero me detiene pensar que este año me tengo que dedicar a sumar volumen y no velocidad. Además las de aventura no sabría si incluirlas o no. La Adventure Race Tandil perdió un kilómetro de un año a otro al cambiar el recorrido. La Salvaje Night Race se mudó de Marcos Paz a Colón y cambió su distancia de 30 a 21 km. ¿Qué es lo que vale? ¿La carrera o la cantidad de kilómetros? Si es lo segundo, ¿qué pasa cuando es un terreno nuevo (y con sus distintas dificultades) de un año al otro? Como no me termino de decidir, veo dos opciones momentáneas: poner solo las carreras de calle, o no poner nada. Por ahora gana hacer mutis.

Estuve jugando con la idea de correr la Ultra Maratón Internacional 48 hs, que se corre a mediados de noviembre en la Ciudad de Buenos Aires. La inscripción cierra en una semana, pero después de ver los costos de inscripción, me desalentó muchísimo. Entiendo que una epopeya así requiere de una estructura que tiene un costo (sea hacer la prueba de 6, 24 o 48 horas). Me tentaba por el potencial de que me sirva para preinscribirme en la Espartatlón 2013, pero queda poco tiempo y poca plata (y realmente solo me interesa llegar a los 100 km en 10 hs). Hubiese sido una buena oportunidad para sumar a este nuevo cuentakilómetros, pero quizá tenga que empezar tranquilo, no desesperarme, e ir aumentando distancia de a poco…

Semana 2: Día 13: La leche, ¿fortalece los huesos o los debilita?

El Dr. T. Colin Campbell es profesor emérito de Bioquímica nutricional de la Universidad de Cornell de los Estados Unidos de América e investigador del MIT. Escribió una impresionante cantidad de investigaciones y formó consejos de nutrición. Su trabajo lo llevó de ser un muchacho de granja a un vegano militante. Es el co-autor (junto a su hijo) de The China Study, un libro que bien podría competirle a cualquiera de Stephen King (por eso de que te entra cierto terror cuando lo lees…).

Nunca fui muy adepto a la leche, de hecho decidí evitar los lácteos por puro capricho. Con Semana 52 aprendí a incorporarlos a mi dieta, por consejo de mi nutricionista. Casi dos años después de nuestra primera cita, ella misma me prestó The China Study, la obra que me terminó de convencer de abandonar los lácteos y sus derivados para siempre, y convertirme en un vegano.

Pero siempre está el fantasma de que la leche de vaca es necesaria para fortalecer los huesos, así que el veganismo se ve como algo riesgoso, casi ilógico. Y este libro plantea justamente el cuestionarse todo. ¿Cómo sabemos que la leche de vaca nos aporta el calcio que necesitamos? Más allá del boca en boca y las publicidades de la misma industria lechera… Si nos ponemos a pensar, mucha de nuestras nociones sobre alimentación son herencia familiar o dictámenes de campañas de marketing. ¿Puede ser que los lácteos en realidad debiliten nuestros huesos? Campbell no solo dice que sí, sino que en The China Study ofrece una amplia base científica para afirmarlo. Aquí los dejo con el doctor. El texto sin abreviar y con las citas a los distintos papers pueden encontrarlo en el libro original:

¿Alguna vez tuvo un maestro en la primaria que le decía que si no tuviera huesos, solo sería una mancha amorfa en el suelo? (…) En ese mismo momento en su vida, probablemente le hayan dicho que tome leche para tener huesos y dientes fuertes. Porque ninguno de nosotros quiere ser una mancha deforme, y porque les han pagado a nuestras celebridades para anunciar los supuestos beneficios de la leche, nosotros la bebemos. La leche es para la salud ósea como las abejas a la miel.

Los estadounidenses consumen más leche de vaca y sus derivados por persona que la mayoría de las poblaciones del mundo. Así que los estadounidenses deben tener huesos increíblemente fuertes, ¿verdad? Lamentablemente, no. Un estudio reciente demostró que las mujeres estadounidenses a partir de los cincuenta años tienen una de las tasa más altas de fracturas de cadera en el mundo. Los únicos países con tasas más altas se encuentran en Europa y en el sur del Pacífico (Australia y Nueva Zelanda), donde consumen incluso más leche que en los Estados Unidos. ¿Qué está pasando?

Un exceso en la tasa de fracturas de cadera se utiliza a menudo como un indicador fiable de la osteoporosis, una enfermedad ósea que afecta especialmente a mujeres después de la menopausia. A menudo se afirma que se debe a una ingesta inadecuada de calcio. Por lo tanto, los legisladores de políticas de salud normalmente recomiendan mayor consumo de calcio. los productos lácteos son particularmente ricos en calcio, por lo cual la industria lechera apoya con entusiasmo los esfuerzos para impulsar el consumo de calcio. Esos impulsos tienen que ver con la razón por la cual le han dicho que debe tomar leche para tener huesos fuertes (…).

Algo anda mal, sin embargo, porque los países que utilizan la leche de vaca y la mayoría de sus derivados también tienen las tasas meas altas de fracturas y la peor salud ósea. Una posible explicación se encuentra en un informe que demostró una impresionante y sólida asociación entre el consumo de proteínas animales y la tasa de fractura ósea en mujeres en diferentes países. Realizado en 1992 por investigadores de la Facultad de Medicina de la Universidad de Yale (…), se descubrió que un impresionante 70% de la tasa de fracturas era atribuible al consumo de proteína animal.

Estos investigadores explicaron que las proteínas animales, a diferencia de las proteínas vegetales, aumentan la concentración de ácido en el cuerpo. Una alta cantidad ácida implica que la sangre y los tejidos causan malestar en el cuerpo, que comienza a luchar, intentando neutralizar el ácido. Entonces, el cuerpo utiliza el calcio, que actúa como una base muy eficaz. Esta sustancia, sin embargo, debe venir de alguna parte y el cuerpo termina sacándolo de los huesos; la pérdida de calcio los debilita y los pone en mayor riesgo de fractura. (…)

Un estudio más reciente, publicado en el 2000, proviene del Departamento de Medicina en la Universidad de California, en San Francisco. Con ochenta y siete encuestas en treinta y tres países, se comparó la proporción de vegetales en el consumo de proteínas animales con la tasa de fracturas óseas. Una alta proporción de vegetales en el consumo de proteína animal demostró estar asociado de una manera impresionante con la desaparición de fracturas en los huesos. (…)

El grupo de Investigación para el estudio de Fracturas Osteoporóticas de la Universidad de California, en San Francisco, publicó otro estudio de más de 1000 mujeres de sesenta y cinco años o mayores. Al igual que el estudio en varios países, los investigadores caracterizaron la alimentación de las mujeres según las proporciones de proteínas animales y vegetales. Después de siete años de observaciones, las mujeres con la mayor proporción de consumo de proteína animal tenían 3,7 veces más fracturas óseas que las mujeres con la proporción más baja. También durante este tiempo las mujeres con una alta tasa tuvieron pérdida de masa ósea casi cuatro veces más rápido que las mujeres con la proporción más baja. (…)

Estas observaciones plantean un serio interrogante sobre la ampliamente publicitada afirmación de que los alimentos lácteos, ricos en proteínas, protegen nuestros huesos. Y sin embargo, todavía se advierte casi a diario acerca de nuestra necesidad de alimentos lácteos para proporcionar el calcio y así tener huesos fuertes. Una avalancha de comentarios advierte que la mayoría de nosotros no alcanzamos la dosis necesaria de calcio, especialmente mujeres embarazadas y en período de lactancia. Esta bonanza, sin embargo, no está justificada.

Semana 2: Día 12: Conquista tu cumbre 2012

Alguna vez he tomado textos “prestado” de este corredor, y en esta noche fría de octubre en la que la primavera se hace esperar, me pareció una buena oportunidad de repetir esta artimaña.

Daniel, a quien afectuosamente llamamos “El Sordo” (porque es sordo) es una de esas figuras paternales a las que todos en los Puma Runners recurrimos. Con mucha experiencia a cuestas, nunca duda en compartir aquello que ha aprendido. Sin ir más lejos, antes de irnos de viaje nos invitó a cenar a su casa para charlar sobre La Misión y el equipo que íbamos a tener que comprar (y el que no). Mientras estábamos a miles de kilómetros de casa, él se iba a conquistar su cumbre en Merlo, provincia de San Luis. En sus propias palabras, esta es la epopeya que vivió:

Quisiera comenzar esta crónica con una reflexión de Elisa Lapenta, entrenadora cordobesa, que en la revista Biciclub escribió lo siguiente, cuando describía el entrenamiento que le daba a sus alumnos corredores de aventura: “Siempre me pregunto qué lleva a un deportista de esta raza a sumergirse en terrenos inhóspitos, a someterse a climas extremos, a ampollarse hasta el apellido, a pasar hambre, frío, fatiga crónica y al terminar la carrera decir con una sonrisa que estuvo bárbara. Tengo la frase que siempre le digo a mis alumnos, si usted piensa que los triatletas están locos, pruebe con un deportista de aventura”.

Esta fue la segunda conquista del equipo RUBIA & SORDO TEAM, a la cual fuimos con dos corredores de raza, Ric (alias el negro) Coronel y Sergio (DJ) Lagrotta.  Salimos en chárter a las 23 horas del viernes y llegamos a Merlo aproximadamente a las 12 horas del sábado.  El día estaba espectacular, un sol que rajaba la tierra, nos vino bien porque pudimos armar la carpa en el camping LYON, lugar en el cual empezaba y terminaba la carrera.

La acreditación fue una tortura china, pero a joderse, la entrega de mapas fue más rápida y la charla técnica muy buena. A diferencia del año pasado, nos dieron todos los PC marcados. La navegación en esta edición era más técnica y difícil que la anterior que corrimos, sumado eso a que las partes más complicadas las haríamos de noche.

La carrera largó puntualmente a las 0 horas del domingo. No llovía en Merlo, pero en las sierras a donde nos dirigíamos estaba realmente muy feo el tiempo. Sigue la cuenta regresiva y salimos.

El inicio, como en la mayoría de estas carreras, fue una calle asfaltada rumbo a las sierras.  Fueron aproximadamente 2 km hasta un punto en el cual nos separamos de la categoría TREK y nos internamos en un campo por el cual deberíamos navegar para llegar a la senda de subida del cerro, donde estaba el primer puesto de control (PC). Noche cerrada, una vegetación típica del lugar, muy achaparrada y con unas espinas impresionantes. La Rubia, nuestra experimentada navegante al comando del GPS, nos marcaba el rumbo y con Ric buscábamos las sendas de animales para avanzar. Este paso nos llevó casi una hora, aquí se nos acoplaron otros corredores que estaban medios perdidos. Al final llegamos a la senda de subida y comenzamos la trepada. Cuando marcamos el primer PC comenzó a garuar, nos pusimos las camperas y seguimos avanzando. A la media hora empezó a llover más fuerte, lo cual nos obligó a ponernos los cubre pantalones.  Faltaba poco para llegar al PC 3 y en un momento nos dimos vuelta y no estaba DJ. Ric fue a buscarlo.

Con Lore esperamos casi 10 minutos parados, nos estábamos congelando porque llovía a cantaros. Decidimos seguir caminando. Aquí nos separamos de Ric y DJ, a los que luego encontraríamos en el PC 5. Seguimos avanzando hasta llegar al PC 3, eran las 4 AM y hacía un frío de locos, marcamos y seguimos al PC4,  que estaba ubicado en un cerro. A esa altura de la carrera estábamos a 2.000 mts sobre el nivel del mar. Las nubes estaban bajas, con lo cual no se veía ni la punta de la nariz. Ahí la gran navegante, con su GPS, fue llevándonos hasta que tuvimos el PC frente a la nariz. Marcamos a las 6 AM.

A partir de ese momento comenzó a diluviar. Teníamos todo el equipo mojado, incluidos los guantes, y el viento era insoportable. Llegar al PC 5 fue una tortura. El flaco de control estaba adentro de la carpa y ni la abrió. Sacó la mano por una rendija y agarró el pasaporte para firmar. Ahí nos volvimos a encontrar con Ric y DJ, pero el negro había pisado mal y tenia el tobillo muy hinchado. Nosotros seguimos e hicimos el PC 6 y luego llegamos al 7, donde estaba el primer stop obligatorio a las 10:45 AM.

Habíamos hecho la mitad de la carrera en 10:45 horas, excelente. Paramos en un lugar llamado Pueblo Escondido, la población de una antigua fábrica de armamentos que funcionó durante la década del ’40.  Ahí tratamos de secar los guantes y algo de la ropa que teníamos, comimos unos fideos y a las 11:45  salimos para encarar el PC 8, que era virtual. Nos encontramos con Ric que estaba llegando y nos dijo que abandonaba. Tenía morado el tobillo y lo que venía era muy áspero. DJ venía más atrasado.

Nos costó encontrar al PC 8 porque estaba bastante escondido, tuvimos que navegar muy finito. De allí al PC 9 fue relativamente fácil, llegamos a las 5 PM, aproximadamente. Entre el PC  7 y el PC 9 fue el único momento en el cual no llovió. Aquí, como era el último stop obligatorio, comimos, y Lore se tiró a dormir un rato, pero a las 7 PM tuvimos que salir porque cortaban las salidas, sino teníamos que quedarnos hasta las 5 AM del otro día. Éramos 14 corredores a los cuales dejaron salir, con la condición de que todos juntos hiciéramos los PC 10, 11 y 12. Ustedes se imaginan 14 argentinos tratando trabajar en equipo, un dislate. Menos mal que primó la cordura y se decidió que tres navegaran y los demás los siguiésemos.  Fue  un trayecto duro y muy técnico, si hubiésemos ido solos lo hubiésemos hecho más rápido, pero tomamos un compromiso y debíamos cumplirlo.

En este trayecto había mucho barro, mucha agua y hacía mucho frio, pero muy buena onda de todos cuidándonos. Así hicimos los PC 10 y 11. Para llegar al 12 tuvimos que esperar a que clareara porque no podíamos ubicar el cerro. De allí al PC 13 fue un paseo y finalmente llegamos a la meta.  Marcamos la llegada a las 10:43 AM del día lunes. Terminamos 48 en la general y 4tos en la categoría de equipo mixto. Se nos escapó el podio por poquito. Fueron 34:43 horas intensas con subidas escarpadas, bajadas abruptas y muy técnicas, mezclado todo con un clima horrible. Pero qué más podíamos pedir, estábamos en la gloria.

Semana 2: Día 11: Conclusiones de andar yirando por Europa

Volver fue un alivio. Si algo resonó en mi cabeza al poner un pie en mi casa de Colegiales fueron las palabras de Dorothy en el Mago de Oz: “No hay lugar como el hogar”.

La rutina, eso de lo que hablamos mal constantemente, es lo que mantiene nuestros pies en el suelo. No viene mal, de tanto en tanto, cortar con eso, cambiar de ámbito y tomarse unas vacaciones. Pero quizá ahora me esté volviendo viejo y mañoso (todavía más). Y extrañaba desayunar igual a como lo hago habitualmente en mi casa, con mi jugo de naranja, mis cereales en mi taza y mi cuchara. Por supuesto que no veía la hora de reencontrame con Oso Rulo (nuestro perro), pero también mirar por la ventana y ver los mismos edificios, y sentir esa misma brisa en la cara, que no es igual a la de otras partes del mundo.

Vivimos comparando nuestra tierra con aquellas que corren con mejor suerte. Seguro, Madrid tiene actualmente peores problemas financieros que Buenos Aires, pero los subtes andan mucho mejor. Eso no quita que haya llegado un momento en que hubiese cambiado la estación de Sol por la de Juramento. Lo que sea que me acercase un poco más a casa y a mi rutina.

Estar lejos sirve, siempre, para abrir la cabeza. Quizá hasta ayude a ver con otros ojos la propia tierra y sentir un poquito el desarraigo. No es algo agradable, pero cuando volvés te reconectás con tus raíces. Las comparaciones son odiosas (hasta a mí me fastidian) y voy a ahorrarles el suplicio de leer qué ciudad me parece mejor organizada y cuál menos cuidada. Solo sé que hay cosas que resultan más fáciles cuando uno es “habitué”, como ubicar el mejor supermercado, el kiosco de revistas más abastecido o el colectivo que te arrima a tu destino. Explorar es fantástico y yo aprecio mucho conocer ciudades corriendo o perdiéndome en sus calles. Pero llega un momento en el que solo quiero estar tirado en la cama con mi perro, haciendo zapping y adelantándome mentalmente a qué canal voy a pasar con el control remoto.

Estar de vacaciones implica, obligatoriamente, cortar con las costumbres diarias. Eso debe haber colaborado en que no entrenemos tanto como acá. A su vez, con tanto tiempo libre los días empezaron a hacerse más largos. Volvimos con la sensación de que tres semanas afuera son demasiados. Ojo, no estamos enfermos por trabajar y tantos días “tranquilos” fueron una tortura… creo que si pudiésemos quedarnos 5 semanas en cama, viendo la tele, firmamos. Pero seguramente alternaríamos con días en casa. Para descansar o buscar el auto-descubrimiento no hace falta viajar 10 mil kilómetros. Ni siquiera 120. El entorno puede cambiar, pero uno es siempre el mismo. Igual que el hogar, que es uno solo, al que finalmente llegamos ayer, y del que no queremos volver a irnos por un buen tiempo…

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