Semana 4: Día 28: Quiero tener a mis límites bien lejos

Quién lo hubiera dicho. Ayer me prometí corrir, y cumplí.

Me desperté e hice lo que hago siempre primero (después de ir al baño), que es sentarme en la computadora a ver cuánto podía adelantar de trabajo antes de preparar el desayuno. No suelo hacer esto, pero me desperté solo, el día era agradable, y quería tiempo libre para poder entrenar por mi cuenta.

A las 9 estaba casi listo, ya habíamos desayunado y con el Oso Rulo (nuestro perro) habíamos acompañado a Vicky a tomarse el tren para ir a trabajar. Me quedé dando vueltas, porque siempre hay un mail por contestar o una tapa por terminar y mandar a aprobar. Intenté hacerme el que no estaba ansioso, y pensé “Bueno, si me retraso no importa, puedo salir por la tarde y da igual”. Pero sabía que mientras más lo demorase, más me iba a enredar con alguna otra cosa.

A las 10 salí de casa, ataviado con mis ropas de corredor, el baticinturón y dos caramañolas con agua (que sumaban 500 cc). Mi meta era correr 10 km, algo muy alcanzable por mí. Además me daba tiempo para volver y sentarme en la compu a trabajar sin que nadie notase mi ausencia. Hasta llegaba para mi colación de las 11 de la mañana.

Cuando salí y empecé a correr, me sentí muy bien. Iba a un ritmo de 4:40 el kilómetro (signo de entrenamiento reprimido). Mientras corría pensaba en que esa distancia que me había propuesto era algo bastante fácil, que las veces que volvía de la oficina de Barracas a casa hacía 14 km. Lo bueno es que iba de un punto a otro, estaba obligado a terminar porque no podía dar media vuelta o subirme a un medio de transporte (todo transpirado). Me dije que ese tenía que ser mi límite “por debajo”; siempre que entrenase por mi cuenta iba a tener ese piso.

Pero quien corre 14 km corre 15. Ok, vamos con eso (pensaba estas cosas y ni había hecho 10 cuadras). Me fui para la Avenida del Libertador, sabiendo que si le daba una vuelta a los Lagos de Palermo (donde está el Lawn Tennis) ya tenía cubierto 10 km. Pero entonces me pareció que podía darle unas vueltas a la Plaza Holanda, que tiene un circuito de ciclismo, rollers y running. Mentalmente iba haciendo cuentas de cuánto podía llegar a correr.

Entonces 15 km se me hicieron accesibles. ¿Cuántas veces fui a Retiro ida y vuelta, lo que da 18 km? Esa fue la distancia que me puse como límite para ese día, tanto sea yendo hasta ahí com dándole vueltas a las plazas de Palermo. Me convenía quedarme cerca de casa por cualquier imprevisto, ya que tenía muy justa el agua y nada para comer ni para comprar (un verdadero ERROR de mi parte).

Había mucha gente caminando y entrenando, seguramente jubilados, trabajadores independientes o vagos. ¿Cómo desaprovechar un hermoso día primaveral de 24 grados? Pensando en ese límite al que cada vez alejaba más, llegué a los 10 km. ¿Eso iba a hacer? ¡Estaba para más! Mientras racionaba mi agua, pensaba que si podía hacer 18 km, tranquilamente podía llegar hasta los 20. Era el doble de lo que ya había hecho hasta ese momento. Así que seguí corriendo.

Mañana es la Salvaje Night Race, carrera a la que no vamos a ir con Vicky porque está recuperándose de una gastritis galopante. La distancia era 21 km. ¡Bien podía correr eso, para compensar! Así que ahí puse mi límite.

Después de darle tres vueltas a Plaza Holanda, me fui al lado del Lawn Tennis. Iba con mis zapatillas para montaña, por lo que tenía menos amortiguación que de costumbre. Resolví ir por el pasto o tierra siempre que pudiese. Así llegué a los Lagos de Palermo donde le di un par de vueltas, mientras fantaseaba con “Si hago 21 tranquilamente puedo hacer 25”, pero sabía que era una lógica interminable (o que iba a terminar conmigo deshidratado, desmayado). No quería ausentarme tanto del trabajo, ni romperme por un ataque de ansiedad aeróbica, así que hice un cálculo mental y cuando las cuentas me cerraban, emprendí el regreso a casa.

Iba tomando sorbitos de agua, que se me hizo muy poca. Me empezó a dar hambre, y era de esperarse porque suelo tener mi colación a las 11 de la mañana, y ya era el mediodía. Mientras la panza me hacía ruido y la boca se me secaba cada vez más, iba contando los kilómetros para llegar a casa. No importa cuánto corras, si son 10, 21 o 42 km. Los dos últimos kilómetros son siempre los más largos, los más agónicos.

Tomé las últimas gotitas de la caramañola, apreté los dientes, y seguí corriendo. Creí que llegaba con lo justo, pero cuando entré al edificio tuve fuerzas (y ganas) de subir los 15 pisos por escalera, un ejercicio excelente para desarrollar fuerza de piernas. Entré agotado a casa, con Oso Rulo esperándome y 21,1 km encima. Más del doble del límite que tenía en la cabeza cuando salí dos horas atrás.

Cuando nos ponemos los límites lejos, rendimos más. Ya llegando a la meta, todo parece agotarnos, y creemos que no nos queda más nada. Pero es todo mental. Hay que asegurarse de tener buena hidratación, algo de comida si hacemos un fondo largo, pero sobre todo la convicción de que no importa lo que creamos que podemos llegar a correr, siempre se puede rendir más.

Publicado el 26 octubre, 2012 en Entrenamiento, Reflexiones y etiquetado en , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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