Semana 4: Día 27: Mis ansiedades, mis miedos

Por distintos motivos, estas últimas semanas no estuve entrenando todo lo que quería. Hay ciertas cosas más importantes que correr, como acompañar a tu pareja cuando está enferma, o terminar un trabajo cuando todos dependen de vos y sos la única persona que puede sacar las papas del fuego. Y yo, que me meto en camisa de once varas solito, veo el cuentakilómetros que avanza lentamente, y me preocupo.

Soy un obse, es algo de lo que me hago cargo. Y tengo miedo de no cumplir con las expectativas. ¿Las de quién? Supongo que las mías. Ya alguna vez corrí 80 km en una semana, y ahora no llego a esa distancia en un mes. Sí, lo reconocí de entrada, por diversos motivos no lo pude hacer. Pero soy de los que cree que la vida es un reloj de arena que no se detiene y al que no podemos dar vuelta. Eso me hace una persona que vive constantemente preocupada. Tengo las ganas de esforzarme, pero a veces las cosas no encajan. Y empiezo a pensar que no estoy cumpliendo con mis expectativas. Y son tan altas, que nunca las voy a cumplir. Entonces vivo preocupado. ¿Se entiende cómo soy la serpiente que se come a sí misma? (me gusta esa metáfora, porque además soy serpiente en el horóscopo chino).

Estoy ansioso, y quiero volver a los fondos largos, donde me iba por cuatro horas a patear las calles de la ciudad. En ese momento, al que llegué después de un arduo entrenamiento de semanas, era mi pico máximo de realización. Poder correr 45 km y no terminar dolorido, era un inmenso placer. Y ahora que no estoy en esa etapa, se me viene encima toda la inseguridad. Intento calmarme. “Es el primer mes del ‘año’. Falta todavía para la Espartatlón”. No me escucho bien. ¿Falta todavía? En enero, cuando me saque de encima La Misión, me van a quedar 9 meses. Y no es tanto.

A veces con las ganas no alcanza. Porque me sobran ganas de tirar un fondo y no volver hasta haberlo terminado. Me falta organización, tiempo. O paciencia. Quizá esté todo a la vuelta de la esquina, y tenga que dejar de contar los kilómetros recorridos para recordar que si antes llegué tan lejos, ahora puedo alcanzarlo. Mi papá varias veces me preguntó si yo compraba lo que vendía en el blog. Quizá alguna vez haya escrito sobre la paciencia y la constancia, consejos que quizá me vendrían bien releer.

Me siento todos los días en la silla y las rodillas me duelen. Tomo el ascensor y pienso que tendría que haber subido por las escaleras. Me miro los brazos y extraño ir al gimnasio.

Creo que necesito un cambio. Necesito correr, me parece que no voy a seguir dejando pasar el tiempo, y mañana me voy a conceder un fondito matutino. Nada pretencioso. 10 kilómetros, un ida y vuelta desde casa a los Lagos de Palermo. De a poco. Para calmar las ansias, y a partir de ahí ver qué pasa.

Creo que escribir esto me resultó catártico. Podría juntar ganas eternamente, pero eso no me acerca a mis deseos. Si quiero correr, lo mejor que puedo hacer, es dejar de desearlo y salir a correr.

Mañana les cuento.

Publicado el 25 octubre, 2012 en Reflexiones y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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