Semana 3: Día 17: Atropellado por un auto

Estoy en perfectas condiciones físicas. Hecha esta aclaración, paso a relatar cómo me atropelló un automóvil mientras entrenaba el día de hoy.

Estábamos con dudas sobre el pronóstico. Se suponía que iba a llover, algunos decían que aguantaba hasta el martes. Pasara lo que pasara, con Vicky queríamos ir a entrenar, ya que en dos meses corremos La Misión… ¿y qué mejor forma de prepararse ante cualquier “imprevisto” que corriendo en condiciones adversas?

Salimos de casa a las 7 y cinco de la tarde. No en punto, como solemos. ¿Por qué? Porque tuve que ir al baño sobre la hora. Esas pequeñas cosas, decisiones que parecen irrelevantes, forman parte de una cadena que después te pone frente a un automovilista imprudente. Si hubiese ido antes a hacer mis asuntos higiénicos, este post hablaría de algo completamente distinto.

Fuimos caminando a la estación de tren. Son varias cuadras, pero nos gusta el ejercicio. Llovía, así que nos pusimos nuestras capas (amarillo patito). En el andén se acumulaba gente, pero pasaban los minutos y el servicio en dirección a Tigre no llegaba. En el whatsapp de los Puma Runners empezaban las confirmaciones de que pese al clima, corríamos. Vi que Mariano, quien vive por la zona, estaba en camino. Tiene auto, y me pareció que no perdía nada con preguntarle si nos llevaba. Si hubiese venido el tren, o si hubiésemos salido antes, no hubiese terminado contra el capot de un auto. Me resulta increíble cómo una cadena de hechos te llevan hasta el instante del impacto.

Después de esperarlo unos minutos sobre Avenida Libertador, nos encontramos con Mariano y partimos rumbo a Acassuso. El tránsito estaba cerrado, así que tomamos un atajo y agarramos la autopista. Llegamos bastante tarde, pero con ese clima era de esperarse. Bajamos en el punto de encuentro, el resto del grupo ya había partido a hacer el circuito de 3,6 km. Largué raudamente, para no retrasarme. La lluvia amainaba, pero el suelo empezaba a embarrarse. De vez en cuando llovía más fuerte, y aflojaba. Corrí a buen ritmo, con mis zapatillas que compré para La Misión, pensando que con esa noche calurosa y lluviosa ayudaba a “ablandarlas”.

Me crucé con compañeros que estaban volviendo. Nos saludamos, mientras en el iPod que me regaló Vicky sonaba música electrónica. Venía pensando (y ahora resulta irónico) en que Germán, nuestro entrenador, no quiere que corramos con auriculares, porque dice que no escuchamos a nuestro cuerpo como deberíamos. Por eso, cuando estoy “conectado”, intento prestar mucha atención a mí mismo y a mi entorno.

Venía tranquilo, con un calzado que empezaba a acumular barro en la suela. Quería llegar, me faltaba muy poco. Venía narrando el supuesto post de esta noche en mi cabeza. Esos pequeños retrasos en salir, o cambiar la ruta habitual para llegar al entrenamiento, hasta intentar apurarme para no atrasarme, todas esas cosas me fueron llevando inevitablemente hasta ese preciso instante en el que crucé la calle.

Tenía el semáforo en verde. Los autos que doblaban de mi izquierda frenaban porque tenían luz roja. Un auto blanco que venía por mi derecha, en cambio, no frenaba. Dobló y supuse, ingenuamente, que eventualmente me iba a dejar pasar, porque veníamos frente a frente (yo corría por el boulevard, él conducía en la calle paralela, hasta que decidió girar para atropellarme). Lo vi acercarse y doblar sin detener la marcha. Yo no me detuve, casi no tuve tiempo de reaccionar. Puse mi mano, sin poder creer lo que estaba pasando. El auto jamás se detuvo, solo lo frenó el semáforo. El conductor inconsciente solo tenía como referencia la luz roja, si yo hubiese cruzado mal y él hubiese tenido verde, nunca hubiese frenado.

Pasé por encima del capot, que estaba todo mojado, y quizá eso me permitió resbalar por arriba con mi metro ochenta. Como decía, no frenó, así que si hubiese quedado abajo, mínimo me hubiese partido las piernas. Pero la física quiso que él no me pasara por encima, sino que sea yo, y terminé cayendo al asfalto, primero con la pierna derecha, luego con el hombro, y finalmente con la cara. No fue un gran golpe, pero lo primero que sentí fue mucha bronca. No estaba camuflado ni soy invisible. Me levanté agarrándome el ojo derecho, donde sentí el golpe. Una corredora vino a asistirme. Nunca reparé en que era una compañera del grupo. Le di una patada al costado del auto, y quedó marcada la huella de barro de mis Quechua. Tuve la prudencia de no pegarle de puntín, sino de lleno. Lo último que me faltaba era fracturarme un dedo.

El conductor tardó unos segundos en salir del auto, llegué a pensar que no se iba a bajar. Supuse que quería ver si le había dañado la chapa. Cuando se asomó le grité si no me había visto, y con una despreocupación insultante me respondió “Y no… no te ví”, como diciendo que le acababa de preguntar algo obvio. Me pareció que tenía dos opciones, insultarlo y, eventualmente, cagarlo a trompadas, o darme media vuelta e irme. Decidí caminar hasta la base y no pensar en el asunto.

El resultado fue un raspón en la ceja derecha que sangró muy poco. Hay una pequeña hinchazón, y posiblemente el choque haya sido muy poco espectacular. Lorena, mi compañera, quien vio todo (porque pasó a sus pies, prácticamente) volvió más tarde con la patente memorizada. Me dijo que después de que me fui se quedó charlando con el conductor, que estaba consternado. Le reiteró que no me vio y le dijo que me pida mil disculpas. Por sugerencia de mi entrenador no seguí corriendo. La lluvia empezaba a hacerse más copiosa, y tenía bronca y hambre. El brazo derecho, con el correr de las horas, me empezó a doler más. Pero no va a pasar de esto.

Es lamentable que sin importar lo cuidadoso que uno sea, esté tan expuesto a la distracción de los conductores. Dejando Grecia de lado, los países que visitamos hace poquito en Europa son completamente diferentes. Basta que un peatón esté acercándose al cordón para que los autos frenen. Acá viven con los segundos contados, acelerando con la luz amarilla, intentando ganarle a todos. Y solemos colaborar hasta en nuestra forma de contar un choque, al que erróneamente llamamos “accidente” (que un salame esté mirando si le gana la semáforo en vez de fijarse si viene alguien corriendo está bastante lejos de ser un accidente). “Al menos voy a sacar un post de todo esto”, pensaba, mientras volvía en auto para casa…

Publicado el 15 octubre, 2012 en Entrenamiento, Reflexiones y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. 7 comentarios.

  1. Que mala pata Martín, pero bue… al menos no te rompiste. Si vas a reclamarle o a enjuiciarlo no dudes en consultarme, de onda. Saludos.

  2. No es que aca vivan con los minutos contados. Aca solamente frenan ante una potencial amenaza de colision con otro vehículo. Tengo hijos chicos, hasta hace poco mas de dos años Victoria iba en cochecito. Muy pocas veces me dieron el paso en una bocacalle. Es una cuestión de falta de respeto hacia el otro. Un abrazo, y me alegra que no haya sido mas que un raspón. un abrazo, Yayo

    • Y justo veníamos hablando con Vicky (mí Vicky, no la tuya) de cómo en Europa respetan al peatón. Y del miedo que teníamos a malacostumbrarnos. O sea, malacostumbrarnos a lo que debería ser la norma. Abrazo.

  3. pilates es un caño, ya te lo dijo vicky seguramente, pero de todo lo que hice de ejercicio esta en el podio seguramente y que bueno que solo fue un susto. un abrazo carlos

  4. Martin Lamentablemente aquí se nota y mucho la falta de respeto, en todo sentido. No existe la colaboración, la atención al prójimo, la preocupación…
    Me alegra que no haya sido nada, mas grave aun, que no es poca cosa…
    Un reclamo judicial? Ni se te ocurra. El sistema judicial en nuestro país ha involucionado y se ha transformado en algo tedioso, inoperante, inactivo, y carente de diligencia alguna.
    En tal caso, intentá algo extrajudicial.

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