Semana 2: Día 11: Conclusiones de andar yirando por Europa

Volver fue un alivio. Si algo resonó en mi cabeza al poner un pie en mi casa de Colegiales fueron las palabras de Dorothy en el Mago de Oz: “No hay lugar como el hogar”.

La rutina, eso de lo que hablamos mal constantemente, es lo que mantiene nuestros pies en el suelo. No viene mal, de tanto en tanto, cortar con eso, cambiar de ámbito y tomarse unas vacaciones. Pero quizá ahora me esté volviendo viejo y mañoso (todavía más). Y extrañaba desayunar igual a como lo hago habitualmente en mi casa, con mi jugo de naranja, mis cereales en mi taza y mi cuchara. Por supuesto que no veía la hora de reencontrame con Oso Rulo (nuestro perro), pero también mirar por la ventana y ver los mismos edificios, y sentir esa misma brisa en la cara, que no es igual a la de otras partes del mundo.

Vivimos comparando nuestra tierra con aquellas que corren con mejor suerte. Seguro, Madrid tiene actualmente peores problemas financieros que Buenos Aires, pero los subtes andan mucho mejor. Eso no quita que haya llegado un momento en que hubiese cambiado la estación de Sol por la de Juramento. Lo que sea que me acercase un poco más a casa y a mi rutina.

Estar lejos sirve, siempre, para abrir la cabeza. Quizá hasta ayude a ver con otros ojos la propia tierra y sentir un poquito el desarraigo. No es algo agradable, pero cuando volvés te reconectás con tus raíces. Las comparaciones son odiosas (hasta a mí me fastidian) y voy a ahorrarles el suplicio de leer qué ciudad me parece mejor organizada y cuál menos cuidada. Solo sé que hay cosas que resultan más fáciles cuando uno es “habitué”, como ubicar el mejor supermercado, el kiosco de revistas más abastecido o el colectivo que te arrima a tu destino. Explorar es fantástico y yo aprecio mucho conocer ciudades corriendo o perdiéndome en sus calles. Pero llega un momento en el que solo quiero estar tirado en la cama con mi perro, haciendo zapping y adelantándome mentalmente a qué canal voy a pasar con el control remoto.

Estar de vacaciones implica, obligatoriamente, cortar con las costumbres diarias. Eso debe haber colaborado en que no entrenemos tanto como acá. A su vez, con tanto tiempo libre los días empezaron a hacerse más largos. Volvimos con la sensación de que tres semanas afuera son demasiados. Ojo, no estamos enfermos por trabajar y tantos días “tranquilos” fueron una tortura… creo que si pudiésemos quedarnos 5 semanas en cama, viendo la tele, firmamos. Pero seguramente alternaríamos con días en casa. Para descansar o buscar el auto-descubrimiento no hace falta viajar 10 mil kilómetros. Ni siquiera 120. El entorno puede cambiar, pero uno es siempre el mismo. Igual que el hogar, que es uno solo, al que finalmente llegamos ayer, y del que no queremos volver a irnos por un buen tiempo…

Publicado el 9 octubre, 2012 en Reflexiones y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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