Semana 1: Día 3: Adiós Atenas, Hola Madrid

Llegamos a Madrid. Quisiera decir que lo hicimos enteros, como dos jóvenes atletas que tienen toda la vida por delante. Pero la verdad es que estamos en nuestro peor momento en el viaje.

No quise llorar en posts ateriores, porque temía quedar como que abría el paraguas ante un eventual fallo. Lo cierto es que ante el calor insoportable de Atenas, la respuesta lógica del hostel fue instalar aires acondicionados que funcionaban automáticamente. La primera mañana que desperté ahí, abajo de ese aparato creado por el mismísimo Satanás, tenía la voz ronca y dolor de garganta. Aclaré a mis compañeros de habitación que quería ese implemento erradicado de nuestras vidas.

La segunda noche, mientras dormía, prendieron el aire. Lógico, algunos, como yo, no pueden dormir con un ventilador prendido sin despertar con la boca seca. Me enojé y pataleé porque pensaba en la eventual maratón. Ya tenía dolor de pecho y de oído. Negocié taparme hasta arriba de todo en las noches subsiguientes, y dormir con un pañuelo en el cuello. Fueron 3 mañanas más en las que despertaba peor que la anterior. La madrugada en que nos levantamos para correr a Maratón escupía flemas, y no fue mi peor momento. Es este, ya en Madrid. No hay aire acondicionado (hacen unos hermosos 20 grados), pero sí hay tos, estornudos, nariz goteando, dolor en el oído derecho y molestia en el pecho. A Vicky le cayó mal la comida del avión, y tuve que atenderla a ese pobre angelito mientras yo me aguantaba las ganas de toser y me sonaba los mocos.

Si creen que eso fue todo, hay más. En Madrid nos aloja un amigo en su casa, y obviamente nos quedamos con Vicky descansando, con la esperanza de que ella se recuperase. Yo tengo una congestión que me duele toda la cara, pero no hay nada que pueda hacer para que se me calme así que me quedé solo para cuidarla. Había una barra de dominadas de esas que se enganchan en los marcos de las puertas. Me pareció fantástico poder ejercitar aunque sea un poquito, y de puro banana me colgué y subí una vez, rodillas flexionadas, segunda vez y ¡PAF! Barra, marco de puerta y quien les escribe terminaron en el piso. Aterricé con mi rodilla izquierda, que ahora me duele mucho. Avergonzado, tuve que contarle a nuestro anfitrión que recién llegados ya le estamos destruyendo la casa de a poco.

Madrid es una ciudad encantadora, ideal para terminar el viaje. Anhelo sentirme mejor (de los pulmones y los golpes) y que Vicky se sienta mejor para salir a correr por aquí. Pero estamos muy cansados y fastidiados de tantos aeropuertos y aviones, y extrañamos mucho estar en casa. Es la primera vez en dos semanas que estamos en un país que habla nuestro odioma, y eso es algo…

Publicado el 1 octubre, 2012 en Reflexiones y etiquetado en , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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