Archivos Mensuales: octubre 2012

Semana 5: Día 33: 129,85 km en un mes

Este mes ha sido tranquilo. No desmerezco la distancia entrenada, es el doble de lo que hice el mes pasado, que me encontró de viaje al otro lado del mundo. Lo curioso es que más de la mitad de este kilometraje lo hice en los últimos seis días, entre los fondos que corrí el viernes, sábado, lunes y hoy, miércoles.

Me preocupaba esto de “volver” (si bien nunca me fui). Mi entrenamiento se había visto bastante interrumpido desde septiembre hacia acá. Estos 67 km que hice en seis días no me dejaron con secuelas como dolores o contracturas, así que supongo que puedo mantenerme así, en esa distancia semanal. Todavía no tengo del todo definido cómo van a ser los últimos meses del año. Se viene La Misión, aunque probablemente haga la Salvaje Cross, ya que no participamos de la Nocturna y nos reconocen el dinero abonado para usarlo en otra carrera. Y en marzo quiero la revancha de los 100 km de la Ultra Buenos Aires.

Estos objetivos definen lo que se viene, y cómo va a influenciar en en el cuentakilómetros. No es mucho, pero siento que de a poco las distancias van a ir en aumento. Estén sintonizados.

Semana 5: Día 32: ¿El sexo débil?

Hoy la profesora de pilates me elogió el empeine de mis pies. Al parecer, los hombres no suelen tenerlo como yo. “Debe ser porque no juego al fútbol”, le dije. Y al decirlo, de alguna manera, me corrí del arquetipo de hombre.

Mientras hacía mis rutinas donde las abdominales se me prenden fuego y fuerzo mis músculos al máximo, pensaba cómo se subestiman estos ejercicios. Muchos me han dicho en chiste que ahora estaba haciendo cosas de “minitas”. Y no fue algo que me molestó, de hecho sé que no me lo dijeron con mala intención. Pero me quedó dando vueltas en la cabeza cómo usamos al género femenino como adjetivo descalificativo. Desde que tengo memoria la sociedad me enseñó que tenía que dejar en claro cuál era mi sexo, y que cualquier “mezcla” era algo malo. Los nenes con los nenes, las nenas con las nenas.

No me hagan empezar a hablar de los descalificativos relacionados con la homosexualidad, porque no terminamos más. Pero viene del mismo lado. El hombre tiene que ser fuerte, hacer cosas de “macho”, tener panza, comer asado, ser de un equipo de fútbol, mirar culos y ser fierrero. Las mujeres se tienen que quedar en su casa cocinando, planchando y lavando, tienen que ir de shopping, no saber conducir y hacer pilates. Lo que salga de estas estructuras suele incomodar a una gran mayoría.

Pero aunque insistimos en usar metáforas femeninas cuando alguien no se anima a hacer algo, se queja o demuestra algún signo de debilidad, las chicas están lejos de ser débiles. La genética quizá aporta a que los hombres seamos más rápidos (ahí están las clasificaciones de cualquier carrera para corroborarlo), porque la testosterona nos hace más fuertes. Pero no me cabe duda de que nosotros solemos dramatizar mucho más cuando nos enfermamos o cuando nos lesionamos. Ellas conviven con el dolor mes a mes, y está demostrado que su umbral de tolerancia es muchísimo mayor al nuestro. No me cabe duda de que las hemos terminado de convender de que son débiles y de que tienen que renunciar ante el mínimo riesgo. Pero eso es solo nuestra programación mental en acción.

En lo personal, no me molesta que me pongan calificativos de “mina” porque sea vegano, no me guste el fútbol o haga pilates. A los críticos debería decirles que me gusta Glee (o al menos lo miraba cuando tenía un poco más de tiempo), que he llorado mirando una película (Mi nombre es Sam) y que tengo un perro caniche toy. Pero sé que a otros, programados por esta misma sociedad, estas comparaciones les jode. Y en el otro extremo tenemos a las chicas deportistas, acusadas de marimachos. Pareciera que si a una mujer le gusta chivar, embarrarse y sacar músculo, es menos mujer. ¿Por qué tenemos que consensuar con el resto qué cosas pueden gustarnos y a qué otras deberíamos despreciar?

Semana 5: Día 31: Corriendo bajo la lluvia

Hoy fue uno de esos días de lluvia, donde el agua no cesa ni por un instante. Llovía cuando nos levantamos, a la hora del almuerzo, en la merienda y por la tarde, cuando decidimos salir a entrenar. Estamos a pocas semanas de La Misión, no podemos darnos el lujo de desaprovechar el día.

Instintivamente uno decide quedarse en casa cuando hay tormenta. Nadie quiere mojarse o pasar frío, y yo particularmente detesto tener los pies mojados. En varias carreras de aventura o trails es prácticamente imposible no hundir las zapatillas en el agua. Así que nos forzamos en salir a la calle, porque hay que acostumbrarse a esas cosas que no te gustan o te resultan incómodas. No convien enfrentarse a esas situaciones por primera vez en una situación de carrera.

Con ese mismo espíritu decidimos correr con las camperas impermeables que compramos para la misión. En mi caso tenía la que compré en el Decathlon, que además parecía bastante abrigada. Por eso me puse solo una remera por debajo. También me puse mis calzas, unos pantalones, unas medias muy feas (para poder arruinarlas sin problema) y las zapatillas Puma.

No hacía frío, pero llovía con bastante intensidad y el viento hacía que las gotas golpeasen de costado. Ya era de noche, y mi principal preocupación eran los autos (después de que te chocan en un día lluvioso, quedás marcado para siempre). Ralmente la campera evtitaba que me moje… pero por fuera. Por dentro el calor corporal condensó, y a eso le tenemos que sumar mi propia transpiración. Si bien terminé mojado, nada que ver a lo que hubiese sido con una campera cualquiera.

La situación era algo surrealista. Mientras todo el mundo se protegía con paraguas, o bajo algún techo, nosotros no le escapábamos al aguacero. De hecho, cuando salimos afuera y el viento y las gotas nos golpeaban en la cara, me sentí muy poderoso. Creo que hay una sensación de realización cuando uno enfrenta a la adversidad, cuando contra todos nuestros instintos, vencemos las inseguridades, los miedos, la incomodidad, y dejamos todo eso atrás. Me encontré corriendo con el agua por encima de los tobillos, chapoteando mientras los autos intentaban no hundirse. ¿Cómo no sentirse pleno ante una situación así? No puedo hablar por Vicky, pero creo que ella también sintió esa clase de orgullo, de ser uno de esos “loquitos” que corre como si hubiese sido un día más.

Los lagos de Palermo estaban completamente desbordados, aunque se supone que las zonas aledañas al Arroyo Maldonado se vieron beneficiadas por las obras aliviadoras de tormentas. Después de varios minutos de correr contra la corriente, decidimos desviarnos y encarar hacia Plaza Holanda, donde solo un tercio del trayecto estaba bajo el agua. Corrimos hasta lo que nos pareció sensato y volvimos a casa. Fueron 12 kilómetros, nada del otro mundo, pero una distancia que suma, sobre todo en un día que invitaba a quedarse en la cama, sequitos, mirando la tele. Pero, como siempre digo, uno nunca se arrepiente de salir a entrenar. Este día gris, con una lluvia incesante, no fue la excepción.

Semana 5: Día 30: Enemigos de los corredores: las mascotas

Hoy les voy a hablar de Oso Rulo. Se trata de una máquina de destrucción que se encarga de hacer estragos con la integridad física de todas las cosas que considerás importante. Las mascotas en general tienen objetos propios. Tienen su plato, sus juguetes, incluso su propia vestimenta (breteles, gorrito, abrigo). Todos esos elementos van a durar mucho más que los tuyos, los cuales se irán desintegrando bajo sus afilados dientes.

“¿Dónde están mis zapatillas?”.

“No encuentro mis medias”.

“¿Qué le pasó a los cordones?”.

La explicación a todas las dudas es siempre la misma: Oso Rulo. Un Oso Rulo lo hizo.

Las mascotas son inteligentes. Quizá se sientan atraídas por ese objeto prohibido. Quizá sea el desafío, ir en contra de la autoridad. Quizá sea el olor a pata. No lo sabremos, pero tenemos que olvidarnos de las puntas de los cordones, de las suelas de las zapatillas. Aunque el calzado sea el doble del perro, él intentará cazarlo y darle muerte como si fuese su presa y tuviese que asegurarse con ella el sustento de toda la manada. Alguna vez la traerá como obsequio a la cama, y por dentro estará pensando “¡Miren! Traje esto para compartir”.

Todos sabemos que las medias tienen vida propia, que caminan por la casa, que cuando van al ciclo de lavado aprovechan para escaparse y los pares terminan siendo individuales que no combinan más con nada. Mientras más encariñados estemos con una prenda, más irresistible será para la mascota, ya que necesita imponerse sobre este “competidor”. Para el perro, las zapatillas o las medias son una competencia a la que eliminar. Así como nosotros corremos carreras e intentamos llegar en el mejor tiempo posible, Oso Rulo intenta por todos sus medios demostrar que él es digno de mayor atención que unas míseras Asics o unas medias marca Montagne. ¡Y pobre de vos si te enojás con él y lo retás! Solo lo confundirá, y la próxima vez intentará destrozar ese competidor con más anhelo, porque evidentemente no te diste cuenta de que él es más importante que esos trozos de tela y plástico.

Además de unas increíbles fauces que trituran, mastican y babean todas las cosas importantes (dejaré para otro momento la destrucción de las cuentas impagas, los libros y las sandalias que me compré en Londres), sus largas y afiladas uñas van a marcar para siempre esas delicadas remeras dry-fit que guardás como recuerdo de tus carreras. Por supuesto no las va a arruinar a propósito, por lo que tampoco lo podés retar porque sus uñas sean tan delicadas y no se las puedas cortar sin ayuda de un profesional (cortadas duran entre 10 y 15 minutos, antes de que recuperen su capacidad destructiva).

Pero Oso Rulo, además de sus habilidades infernales, también tiene lo que solemos llamar “Mirada de Gato con Botas”. Uno lo reta y él te mira con esos ojitos brillosos, como no entendiendo qué está pasando. Al principio parecerá decirnos “¿Me estás retando a mí?”. Cuando los gritos continúan y el dedo lo sigue apuntando a él, bajará la cabeza y se hará pis encima (no demasiado, lo suficiente para partirte el alma y hacerte sentir un despiadado). Acto seguido, reptará hasta abajo del mueble de la cocina, donde se quedará llorando y torturándote el corazón. Entonces te vas a dar cuenta de que no podés estar enojado con semejante ángel, así que una vez que lo convenzas de que salga de ahí abajo, le podrás el bretal y te lo llevarás a pasear. Y así se repetirá el ciclo eternamente.

Hasta que te compres zapatillas nuevas. Ahí va a dejar en paz al par que se estaba masticando y empezará por el competidor nuevo…

Semana 5: Día 29: Entrenando cuestas

Mientras escribo estas líneas, mis compañeros Puma Runners estarán en Colón, dando sus últimos pasos en la Salvaje Night Race. Quizá alguno ya haya llegado, y otros estarán en medio de la oscuridad, iluminado por su linterna, intentando no flaquear en esos últimos y difíciles kilómetros.

Con Vicky nos bajamos a último momento por una gastritis combinada con resfrío que la dejó recostada por dos días. Si bien se estaba recuperando, su salud no estaba para hacer frente a una carrera, sobre todo con lo complicado de un viaje en auto, más la competencia en sí, para la que no estaba llegando en su mejor estado. El tema fue que hoy sábado se sentía bastante bien, y con ganas de salir a entrenar. Así que no lo dudamos, nos enfunamos en nuestras ropas de deportistas y nos fuimos en tren desde Belgrano hasta Acassuso. ¿Para qué semejante viaje, si casi la totalidad de nuestro grupo de entrenamiento estaba en otra provincia? Bueno, zona norte tiene unas cuestas muy interesante, y nos queremos preparar para La Misión, competencia muy difícil (y atractiva) donde nos la vamos a pasar subiendo y bajando montañas.

Ya instalados en Acassuso, partimos rumbo a San Fernando. En el camino nos esperaban 25 cuestas, repartidas como quisiéramos. Esto no solo nos prepara para el ascenso, además fortalece los músculos de las piernas. O sea que coinviene, incluso si no vas a participar de una carrera en montaña.

Los primeros kilómetros fueron relativamente fáciles, pero el sol se empezó a quemar y transpiramos como cerdos . Eso hizo que tuviésemos que tomar más agua, con la dificultad que eso conlleva. Si uno entrena en un grupo, o por su casa (Colegiales, en nuestro caso) la historia es otra, pero al estar en zona norte, ¡no nos podíamos cruzar ni con un kiosco! Pero nos las arreglamos.

Con las 25 cuestas (yo terminé haciendo algunas más) terminamos corriendo 21 km. Algo que me vino muy bien, y sumado a los 21 de ayer, puedo decir que no me hizo sentir decaído. Después de haber conquistado esa distancia, le dije a Vicky que tenía ganas de copiar a Murakami (de nuevo) y hacer 10 km todos los días (excepto en los que entreno con los Puma Runners). Eso me haría alcanzar 70 km cada semana. Si lo veo en un día solo, hasta parece poco. Pero si sumo 280 km en un mes, me sentiría Gardel y Lepera. Vamos a ver si la llevo a cabo, o si se convierte en una de las tantas ideas que tengo en la cabeza y que se terninan pasando…

Semana 4: Día 28: Quiero tener a mis límites bien lejos

Quién lo hubiera dicho. Ayer me prometí corrir, y cumplí.

Me desperté e hice lo que hago siempre primero (después de ir al baño), que es sentarme en la computadora a ver cuánto podía adelantar de trabajo antes de preparar el desayuno. No suelo hacer esto, pero me desperté solo, el día era agradable, y quería tiempo libre para poder entrenar por mi cuenta.

A las 9 estaba casi listo, ya habíamos desayunado y con el Oso Rulo (nuestro perro) habíamos acompañado a Vicky a tomarse el tren para ir a trabajar. Me quedé dando vueltas, porque siempre hay un mail por contestar o una tapa por terminar y mandar a aprobar. Intenté hacerme el que no estaba ansioso, y pensé “Bueno, si me retraso no importa, puedo salir por la tarde y da igual”. Pero sabía que mientras más lo demorase, más me iba a enredar con alguna otra cosa.

A las 10 salí de casa, ataviado con mis ropas de corredor, el baticinturón y dos caramañolas con agua (que sumaban 500 cc). Mi meta era correr 10 km, algo muy alcanzable por mí. Además me daba tiempo para volver y sentarme en la compu a trabajar sin que nadie notase mi ausencia. Hasta llegaba para mi colación de las 11 de la mañana.

Cuando salí y empecé a correr, me sentí muy bien. Iba a un ritmo de 4:40 el kilómetro (signo de entrenamiento reprimido). Mientras corría pensaba en que esa distancia que me había propuesto era algo bastante fácil, que las veces que volvía de la oficina de Barracas a casa hacía 14 km. Lo bueno es que iba de un punto a otro, estaba obligado a terminar porque no podía dar media vuelta o subirme a un medio de transporte (todo transpirado). Me dije que ese tenía que ser mi límite “por debajo”; siempre que entrenase por mi cuenta iba a tener ese piso.

Pero quien corre 14 km corre 15. Ok, vamos con eso (pensaba estas cosas y ni había hecho 10 cuadras). Me fui para la Avenida del Libertador, sabiendo que si le daba una vuelta a los Lagos de Palermo (donde está el Lawn Tennis) ya tenía cubierto 10 km. Pero entonces me pareció que podía darle unas vueltas a la Plaza Holanda, que tiene un circuito de ciclismo, rollers y running. Mentalmente iba haciendo cuentas de cuánto podía llegar a correr.

Entonces 15 km se me hicieron accesibles. ¿Cuántas veces fui a Retiro ida y vuelta, lo que da 18 km? Esa fue la distancia que me puse como límite para ese día, tanto sea yendo hasta ahí com dándole vueltas a las plazas de Palermo. Me convenía quedarme cerca de casa por cualquier imprevisto, ya que tenía muy justa el agua y nada para comer ni para comprar (un verdadero ERROR de mi parte).

Había mucha gente caminando y entrenando, seguramente jubilados, trabajadores independientes o vagos. ¿Cómo desaprovechar un hermoso día primaveral de 24 grados? Pensando en ese límite al que cada vez alejaba más, llegué a los 10 km. ¿Eso iba a hacer? ¡Estaba para más! Mientras racionaba mi agua, pensaba que si podía hacer 18 km, tranquilamente podía llegar hasta los 20. Era el doble de lo que ya había hecho hasta ese momento. Así que seguí corriendo.

Mañana es la Salvaje Night Race, carrera a la que no vamos a ir con Vicky porque está recuperándose de una gastritis galopante. La distancia era 21 km. ¡Bien podía correr eso, para compensar! Así que ahí puse mi límite.

Después de darle tres vueltas a Plaza Holanda, me fui al lado del Lawn Tennis. Iba con mis zapatillas para montaña, por lo que tenía menos amortiguación que de costumbre. Resolví ir por el pasto o tierra siempre que pudiese. Así llegué a los Lagos de Palermo donde le di un par de vueltas, mientras fantaseaba con “Si hago 21 tranquilamente puedo hacer 25”, pero sabía que era una lógica interminable (o que iba a terminar conmigo deshidratado, desmayado). No quería ausentarme tanto del trabajo, ni romperme por un ataque de ansiedad aeróbica, así que hice un cálculo mental y cuando las cuentas me cerraban, emprendí el regreso a casa.

Iba tomando sorbitos de agua, que se me hizo muy poca. Me empezó a dar hambre, y era de esperarse porque suelo tener mi colación a las 11 de la mañana, y ya era el mediodía. Mientras la panza me hacía ruido y la boca se me secaba cada vez más, iba contando los kilómetros para llegar a casa. No importa cuánto corras, si son 10, 21 o 42 km. Los dos últimos kilómetros son siempre los más largos, los más agónicos.

Tomé las últimas gotitas de la caramañola, apreté los dientes, y seguí corriendo. Creí que llegaba con lo justo, pero cuando entré al edificio tuve fuerzas (y ganas) de subir los 15 pisos por escalera, un ejercicio excelente para desarrollar fuerza de piernas. Entré agotado a casa, con Oso Rulo esperándome y 21,1 km encima. Más del doble del límite que tenía en la cabeza cuando salí dos horas atrás.

Cuando nos ponemos los límites lejos, rendimos más. Ya llegando a la meta, todo parece agotarnos, y creemos que no nos queda más nada. Pero es todo mental. Hay que asegurarse de tener buena hidratación, algo de comida si hacemos un fondo largo, pero sobre todo la convicción de que no importa lo que creamos que podemos llegar a correr, siempre se puede rendir más.

Semana 4: Día 27: Mis ansiedades, mis miedos

Por distintos motivos, estas últimas semanas no estuve entrenando todo lo que quería. Hay ciertas cosas más importantes que correr, como acompañar a tu pareja cuando está enferma, o terminar un trabajo cuando todos dependen de vos y sos la única persona que puede sacar las papas del fuego. Y yo, que me meto en camisa de once varas solito, veo el cuentakilómetros que avanza lentamente, y me preocupo.

Soy un obse, es algo de lo que me hago cargo. Y tengo miedo de no cumplir con las expectativas. ¿Las de quién? Supongo que las mías. Ya alguna vez corrí 80 km en una semana, y ahora no llego a esa distancia en un mes. Sí, lo reconocí de entrada, por diversos motivos no lo pude hacer. Pero soy de los que cree que la vida es un reloj de arena que no se detiene y al que no podemos dar vuelta. Eso me hace una persona que vive constantemente preocupada. Tengo las ganas de esforzarme, pero a veces las cosas no encajan. Y empiezo a pensar que no estoy cumpliendo con mis expectativas. Y son tan altas, que nunca las voy a cumplir. Entonces vivo preocupado. ¿Se entiende cómo soy la serpiente que se come a sí misma? (me gusta esa metáfora, porque además soy serpiente en el horóscopo chino).

Estoy ansioso, y quiero volver a los fondos largos, donde me iba por cuatro horas a patear las calles de la ciudad. En ese momento, al que llegué después de un arduo entrenamiento de semanas, era mi pico máximo de realización. Poder correr 45 km y no terminar dolorido, era un inmenso placer. Y ahora que no estoy en esa etapa, se me viene encima toda la inseguridad. Intento calmarme. “Es el primer mes del ‘año’. Falta todavía para la Espartatlón”. No me escucho bien. ¿Falta todavía? En enero, cuando me saque de encima La Misión, me van a quedar 9 meses. Y no es tanto.

A veces con las ganas no alcanza. Porque me sobran ganas de tirar un fondo y no volver hasta haberlo terminado. Me falta organización, tiempo. O paciencia. Quizá esté todo a la vuelta de la esquina, y tenga que dejar de contar los kilómetros recorridos para recordar que si antes llegué tan lejos, ahora puedo alcanzarlo. Mi papá varias veces me preguntó si yo compraba lo que vendía en el blog. Quizá alguna vez haya escrito sobre la paciencia y la constancia, consejos que quizá me vendrían bien releer.

Me siento todos los días en la silla y las rodillas me duelen. Tomo el ascensor y pienso que tendría que haber subido por las escaleras. Me miro los brazos y extraño ir al gimnasio.

Creo que necesito un cambio. Necesito correr, me parece que no voy a seguir dejando pasar el tiempo, y mañana me voy a conceder un fondito matutino. Nada pretencioso. 10 kilómetros, un ida y vuelta desde casa a los Lagos de Palermo. De a poco. Para calmar las ansias, y a partir de ahí ver qué pasa.

Creo que escribir esto me resultó catártico. Podría juntar ganas eternamente, pero eso no me acerca a mis deseos. Si quiero correr, lo mejor que puedo hacer, es dejar de desearlo y salir a correr.

Mañana les cuento.

Semana 4: Día 26: Palpitando la Salvaje Night Race

El año pasado participé de una de las carreras más extrañas de mi vida. Se trató de la Salvaje Night Race, 30 km por la noche de Marcos Paz. El grupo organizador creció mucho desde entonces (a fuerza de hacer las cosas a pulmón, pero bien), y seguramente en la edición de 2012, del sábado próximo, haya muchos más particpantes, pero en la de 2011 éramos un puñado. Yo me divertí mucho, y sin proponérmelo llegué cuarto de mi categoría. Vicky hizo su primer podio y llegó en tercer lugar de las damas.

Fue muy extraño porque al ser pocos, en muchos tramos quedé absolutamente solo, con cero referencia de otros corredores que me confirmase que el camino era el correcto. Hay algo que se estremece dentro de uno cuando no hay ninguna luz hacia adelante y, al darte vuelta, nada viene hacia vos. Y también es el momento perfecto para que el asesino de la motosierra salga de entre los matorrales y te corte en fetas.

En aquel entonces la distancia eran 30 km. Por desgracia para los que buscamos superarnos constantemente (pero por fortuna para que se sumen más corredores), este año la distancia es de 21 km. Hay un circuito de 10 también, para los que recién se inician. Después de correr por la noche en la Energizer del Hipódromo de Palermo (un fiasco porque estaba demasiado iluminado), irnos a Colón (Entre Ríos) a aventurarnos en la oscuridad tiene un plus diferente. Además es nuestro merecido viaje con el grupo, los Puma Runners, que vamos en patota hacian donde esté la aventura. Actualmente Vicky está enferma, y de su recuperación depende de que participemos este sábado. Esperemos que se mejore pronto porque ella siempre vuelve con anécdotas de cada carrera, y no merecería perderse esta.

¿Dónde corremos? “Ubicada a orillas del rio Uruguay, la ciudad de Colón es uno de los principales centros turísticos de la Provincia de Entre Ríos. Colón es un lugar caracterizado por las bellezas de sus paisajes, sus placenteras playas de arena blanca a orillas, mucho verde y amplias opciones gastronómicas y hoteleras”, dice la web de la carrera. “El punto de largada será el Parque Quirós, que se encuentra ubicado al sureste de la ciudad de Colón, entre el Balneario Municipal “Santiago Inkier” y el Balneario Privado “Club Piedras Coloradas”. El Parque Quirós constituye uno de los mayores atractivos con los que cuenta la ciudad de Colon, ya que posee una ubicación que sirve de mirador hacia el río Uruguay. También ofrece una frondosa vegetación y cuenta con barrancas con sendas peatonales las cuales atraviesan las grutas de la Virgende Itatí y la Virgen de Lourdes”.

Lo bueno de arrancar de noche es que la acreditación se puede hacer antes de la largada. A las 20 hs vamos a cruzar la largada, unos diez minutos después de que baje el sol. El sendero es de tierra y arena, y al parecer no va a llover, así que el recorrido va a ser muy accesible, por la costa del río Uruguay. Esperemos que la salud de Vicky mejore de acá al viernes (fecha en la que salimos para Entre Ríos). Y si la gastritis no nos lo permite, me quedaré cuidando de mi familia, que es lo único más importante que salir a correr…

Semana 4: Día 25: Carpe Diem (o “Aprovecha el día”)

¿Se acuerdan de mí? Volví, como Alf (que nunca se va).

Después del post en el que comentaba que me atropelló un auto, hubo alguno que se preocupó por mi estado de salud, ya que no actualicé el blog por un par de días. Nada que temer, tuve unas jornadas laborales MUY intensas, que me tuvieron atornillado a la silla. Sin exagerar estuve trabajando 24 horas sin parar, por lo que no solo no escribí una entrada nueva en el blog, sino que no entrené, y mucho menos pude dormir. Cuando finalmente me lancé a los brazos de Morfeo, no me largó por 13 horas (en las que me salteé la cena… en fin).

En el medio de ese fin de semana frenético, me perdí el entrenamiento del sábado. Nada grave, solo que siento que lo necesito porque estoy lejos de mi máxima capacidad física. Afortunadamente esta decisión se tomó en un día lluvioso, así que me consolé tontamente con que me hubiese mojado… y bueno, es mejor estar encerrado trabajando cuando el cielo se cae, que cuando está lindo. Mientras pensaba estas cosas, daba los primeros pasos en el diseño de un catálogo de 152 páginas para un festival de cine (se puede descargar aquí, si les interesa saber qué cosas me mantienen lejos de mis zapatillas para correr).

Lo jugoso del fin de semana vino el domingo. El día anterior trabajé todo lo que pude, y cuando ya no tenía otras cosas para hacer más que aguardar por correcciones y textos faltantes, pude alejarme de la computadora y tener una vida normal junto a mi mujer, mi gata y mi perro. Pero cuando desperté y vimos que había un sol espectacular, nos enfundamos en nuestro disfraz de deportistas y salimos a correr (solo nosotros dos, sin gata y sin perro). El clima era muy agradable, y pudimos hacer un fondito de 13 km sin frío, lluvia ni viento. Recorrimos Colegiales por la bicisenda, atravesamos Plaza Holanda, luego los Lagos de Palermo, y finalmente volvimos a casa por Avenida del Libertador. Nos sentimos con energía y muy contentos.

Como saben los que vivieron ese domingo en Buenos Aires, el tiempo fue desmejorando hasta que empezó a llover. Y no saben cómo sopla el viento en un piso 15, hace un chiflido terrible, y las puertas se cierran de golpe con un estruendo tremendo. Y quizá sea una tontería, pero nos puso todavía más contentos haber aprovechado el día. No hicimos planes, simplemente salimos a sacarle el máximo provecho. Si hubiésemos esperado a después de comer, o a terminar de despertarnos, o a avanzar “un poquito más” con el trabajo pendiente, nos lo hubiésemos perdido. Todo se dio para que el domingo fuese una especie de “recupero” del entrenamiento perdido, y una de las actividades en pareja que más disfrutamos con Vicky.

Cuando el día desmejoró y empezó a llover, volver al yugo del trabajo tuvo otro sabor, casi de triunfo. El material empezó a llegar, y no paré de trabajar hasta la tarde del día siguiente, cuando por fin dimos por concluidas las correcciones y pude subir el catálogo a la imprenta. Mientras veía pasar las horas y que no iba a poder actualizar el blog me dio un poco de pena (soy muy culpógeno), pero sabía que en cuanto tuviese un poco de tranquilidad, iba poder volver al blogueo. La cuestión fue que el lunes tenía todos los planes de despertarme después de una merecida siesta, cenar, escribir un post en Semana 52… Pero aparentemente Vicky me despertó para comer y le dije que prefería seguir durmiendo. No lo recuerdo, siento que jamás hubiese dicho eso, pero sé que no lo está inventando. Debió ser mi subconsciente hablando.

Pero no carece de lógica decir eso. Porque se puede aprovechar el día de mil maneras. Corriendo, trabajando… o descansando.

Semana 4: Día 22: Ir a un cumpleaños siendo vegano

Esta noche fui al cumpleaños de mi cuñada. Mi hermano, Santiago, ya me había advertido que me lleve mi propia comida. Porque, reconozco, no es fácil alimentar a un vegano. Así que asistí con mi bolsita de cena, y vi desfilar montones de platos que no podía comer.

Antes era más fácil. Nos juntábamos a comer empanadas, y entre las de carne y jamón y queso, armaban una tanda de queso y cebolla para mí. Ahora se las compliqué, y al no consumir más proteínas de origen animal, solo queda comerme el repulgue. Esta vez la safé con un plato de salchichas de soja, y antes de salir (como para llegar sin hambre) me comí un paquetito de pretzels. Pero en medio de la fiesta me di cuenta la cantidad de cosas que no voy a poder volver a probar. El pan eran figazitas de manteca, las pizzetas tenían queso, la torta dulce de leche y crema. Y ni siquiera estoy mencionando los sanguchitos de matambre, la albóndigas y todos los otros platos con carne.

Ahora entiendo por qué los veganos se juntan en sociedad. La comida es un evento que congrega a las personas y las acerca. Yo no me sentí aislado, de hecho me dio pie a explicar mi base vegana y despotricar contra los productos derivados de los animales, pero es como que la cena hermana a las familias y los amigos, y es duro quedar como un “cortado” que le dice a todo que no.

En el cumpleaños me preguntaron por qué me había vuelto vegano y si mi nutricionista sabía lo que estaba haciendo. Expliqué que voy a hacer una Misión vegana (160 km en Villa La Angostura) y así demostrar que no es cierto que los que no comemos carne somos más débiles, o que la fuerza pasa por la proteína animal. No creo que yo sea una especie de Mesías del veganismo, pero es inevitable tomar este tipo de decisiones y tener que explicarlas a tus allegados. Inevitablemente uno se termina volviendo nn moderador de causas alimentarias.

Creo que la mejor opción, de acá en más, va a ser seguir llevando la viandita. Los agasajados sabrán comprender, y con el tiempo todos irán incorporando opciones veganas al menú. Y las tortas no me tientan desde hace rato. Pero no se puede ir a un cumpleaños siedo vegano… sin tener que dar algunas explicaciones. Algún día, todo esto será muy habitual, y entre las pizzetas siempre habrá alguna de fugazza…

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