Semana 52: Día 363: Comer en Atenas

Al igual que en el año anterior, tengo poco que decir de la comida de Grecia, principalmente porque estoy en medio de la estricta dieta de hidratos de carbono para la maratón. Además este teclado no tiene acentos ni eñes, y tengo que andar metiendo alt + 164, alt + 160, alt + 130, hasta que todo pierde sentido y la realidad se ve compuesta por caracteres verdes de la Matrix. Así que seré breve e intentaré usar pocas palabras acentuadas.

Grecia es conocida por sus ensaladas, sus quesos y especialmente por sus yogures. Es bastante raro encontrar un restaurante que tenga comida vegana. Quiero empezar mi veganismo en el tercer año del blog, pero sinceramente desde que leí el horroroso impacto que tienen las proteínas animales en el cuerpo (que sobrepasan a cualquiera de sus beneficios), no pude volver a comer lácteos. Si no quedó otra, me la banqué. Pero más que reprimirme, estoy dejando de comer algo que no quiero.

Esto es un veradero problema, sobre todo en Atenas, donde los productos de soja (una buena fuente de proteínas vegetales) brillan por su ausencia. Si eso lo combinamos con la barrera idiomática, es complicado elegir buenos suplementos. Ahora se da la situación de que el domingo vamos a correr a Maratón, por lo que estoy a fideos, fideos y fideos. Blancos, sin salsa (por la fibra). Ayer, en una taberna donde cenamos, pedí algo vegetariano a un mozo con poca paciencia, y me dijo en un tosco inglés (con acento de villano de James Bond): “Solo tenemos porotos”. Así que eso fue lo que comí, legumbres nadando en salsa de tomates. Para el almuero de hoy, la cosa cambió, y luego de una calurosa visita a la Acrópolis, le pregunté al encargado de un restaurante si podía pedirle algo que no estaba puntualmente en el menú. El pobre hombre se quedó congelado unos segundos y me dijo que solo podía ofrecerme cosas que estuviesen en la carta, pero respiró aliviado cuando le pedí arroz con papas que no estuviesen fritas.

Qué manjar. Increíble poder comer algo tan sencillo y a la vez tan bien hecho. Parece una tontería, pero algo que yo esperaba como un mero reemplazo de las pastas se convirtió en una excelente comida. Vicky pidió pollo a la plancha con papas al horno, y el pan que sobró nos lo llevamos de contrabando.

Como todos saben, Grecia está en una cruenta crisis (las visitas a sitios históricos, como el Templo de Zeus, cierran al mediodía porque el gobierno solo puede pagar sueldos por medio turno). Esto genera un clima enrarecido, mucha gente pidiendo en la calle y protestas y huelgas. Nada demasiado diferente a lo que sucede en Argentina cada vez que sufrimos una crisis. La diferencia que noté es que no he visto gente pidiendo en los subtes, cosa que se repitió constantemente en París y Londres (en mi tercer visita a ambas ciudades es la primera vez que lo veo).

Esta tristísima crisis que golpea a Europa y que se siente con fuerza en Grecia debe estar influyendo en los precios, porque todo está la mitad de lo que nos salió en nuestras paradas anteriores de este viaje. Siempre imaginé que el Euro también unificaba precios, y que un kilo de bananas salía 4 euros tanto en Roma como en Atenas. Pero en la capital helénica cuesta 1,50. Así que comer en restaurantes resultó más barato de lo que esperábamos, y cuando pagamos un pan en Londres por 1,50 libras (1,90 euros), esta mañana en una panadería ateniense nos cobraron 35 centavos. Dudamos unos instantes porque pensamos que se estaban equivocando.

No es grato salir a comer y pagar poco porque un país está en crisis. En el fondo me entristece y siento que nos estamos aprovechando. Pero también soy consciente de que el cambio a pesos argentinos no siempre nos favorece, y con lo difícil que fue conseguir euros para este viaje, también estoy contando las monedas.

Los tomates en Atenas tienen un color y un aroma maravillosos. Las aceitunas son, como cualquiera podría suponer, exquisitas. Las bananas son exactamente igual a cualquier buena marca argentina, y las manzanas son arenosas (o sea, horribles). Los yogures, como dije hace un año, son una gran mentira de marketing (saben a queso crema, o sea no son dulces), pero combinados con otras cosas (como miel o frutas), resultan exquisitos. Siendo que Vicky no es ni vegana ni vegetariana (ni tan extremista como yo respecto a la alimentación), se dio el gusto de pedirse un smoothie hecho con yogur, y da fe que son muy ricos.

Mañana iremos a pasear por la playa, aprovechando que es temporada baja (poca gente en las calles y sitios de interés turístico) y que hace 32 grados durante el día. Haremos una vianda de muchos hidratos, el sábado un crucerito por las islas griegas más cercanas a la costa (con la esperanza de que la comida en el ferry sea apta para Martines Casanovas) y el domingo a las 5 de la mañana, hora local (23 hs del sábado en Buenos Aires) comenzaremos nuestra propia carrera hacia Maratón…

Publicado el 27 septiembre, 2012 en Alimentación, Reflexiones y etiquetado en , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. Sos nuestro corresponsal por Europa, con sus informes y sensaciones.
    Gracias por seguir escribiendo, a pesar de las circunstancias…
    No puedo negar que me genera sana envidia, los lugares por los cuales están pasando, y mas aún la adrenalina que provoca correr en un lugar tan alejado y diferente a B.A.
    Creo que lo único que haría diferente es potenciar el hecho de probar comidas y bebidas típicas, pero bueno… tendría que leer China Study para eventualmente, cambiar de opinión.

    • Bueno, cada uno prueba de acuerdo a sus deseos e inquietudes. Realmente no me reprimo nada, hay cosas que no tengo intriga en probar. Pero bueno, ojalá esta sana envidia te genere las ganas de hacer un viaje similar en un futuro cercano y puedas probar todas esas cosas!

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