Semana 52: Día 361: Correr en Londres

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Los últimos días han sido duros para mí. Días lluviosos y fríos, piernas cansadas y músculos agarrotados. No es la situación ideal cuando estás a punto de correr una maratón.
Mientras estábamos en Roma, el sol nos asaba. Logré un interesante tostado en mi pelada. Pero ahora que estamos en Londres sufrimos constantes chubascos y el termómetro nunca subió de los 10 grados. Deseábamos, con desesperación, ese sol que antes condenábamos.
Los días pasaban y en cada excursión veía a londinenses entrenando en parques y los centro turísticos que visitábamos. Los envidiaba con locura. Algunos ni se hacían problema por las constantes lluvias y corrían empapados. Yo también lo hubiese hecho, si después hubiese llegado a mi casa, con mi secadora y mi muda de ropa seca, y no a nuestra habitación de mala muerte (la descripción del hostel está exagerada por motivos dramáticos).
Esta mañana ocurrió el tan esperado milagro. Afuera, por la ventana, se veía un cielo celeste. Le chisté a Vicky, que dormía profundamente. Le pregunté si salíamos a entrenar, pero estaba muy cansada. Le consulté si no le importaba si me iba solo, y sin abrir los ojos me dijo que no.
Preparé mis zapatillas, pantalón, remera de manga larga, pañuelo y el cinturón con las caramañolas. Agarré el reloj con GPS y… tenía 4% de batería  (insertar carita triste). Lo llevé igual, aunque sea para controlar la hora y no perderme el desayuno.
Hay un problema con Londres
(entre muchos otros). No solo tienen su propia moneda, conducen por la izquierda y no tienen baños en los restaurantes; para ser todavía más “únicos” tienen una ficha en los tomacorrientes que no existe en otra parte. Sin inmunes a nuestros adaptadores, así que cargar batería, cámara y reloj se volvió un gran dolor de cabeza. Por eso, solo puedo especular cuánta distancia corrí hoy.
En la puerta del hostel estaba uno de los guardias, de origen español. “¿Así que te vas de jogging, tío?”. Le expliqué mi plan de conocer cada ciudad corriendo. “Pues te puedo explicar la ruta turística que le paso a los que quieren hacerlo a pie”, dijo, señalando mi mapa. Cabe recordar que las calles de casi todas las ciudades de Europa no siguen un orden lógico, y perderse es casi obligatorio para cualquier extranjero. Inglaterra no es la excepción.
“Macho, coges esta calle de por aquí, bajas y ves el arco del Soho, que es muy bonito. Luego sigues por esta hasta el Palacio de Buckingham, y ves Trafagal Square, luego tienes Westminster Abbey, el London Eye, y ahí coges el metro para volver”. Le dije que no llevaba dinero ni pase de subte, para forzarme a volver corriendo. “Bueno, puedes hacerlo a pie también, vamos. Pero si vuelves corriendo eres el puto amo”.
Decidido a ser el puto amo,  arranqué a ritmo veloz. El aire frío me llenaba los pulmones y las piernas me dolían, pero seguí avanzando. En una mano llevaba el mapa de Londres, difícil de leer mientras se corre.
En seguida tomé el Soho, y hasta encontré Oxford Street, pero ni noticias de ese supuesto arco. Además comprobé que el mapa estaba resumido, y que un montón de calles no aparecían. Por la mañana  en las veredas uno esquiva londinenses, no turistas, y eso hace una diferencia enorme.
Con un sol que abrigaba un poco fui cumpliendo el itinerario, aunque recién cuando pregunté por Trafagal Square dejé de perderme. Corrí junto a los militares que custodian a la familia real, atravesé parques muy verdes, monumentos que no estaban (todavía) atiborrados de gente, pasé junto al famoso Big Ben, crucé el río, corrí bajo el London Eye (esa gigantesca vuelta al mundo) y me perdí bastante poco.
Si no hubiese estado acotado por el horario del desayuno, hubiese seguido al archi famoso Tower Bridge (el puente emblema de Londres). Pero emprendí el regreso, siempre a buen ritmo y con una ventaja que era de esperarse: excepto una ligera molestia en los tibiales, desaparecieron todos los dolores de mis piernas. Correr es la mejor medicina.
Llegué al hostel una hora y media después de mi partida, y ahí esperaba mi amigo español. “¿Hasta dónde has llegado?” me preguntó, creyendo que me había salteado algo. Le respondí que había hecho todo, y le calculaba, por el tiempo y mi ritmo), que eran unos 15 kilómetros (apenas llegué, dibujé el recorrido para no olvidarlo y calcularlo con el google map). “¡Joder, macho! ¡Sí que eres el puto amo!”, me dijo. No sé si lo soy, me gusta que lo piensen. Pero lo que a mí  verdaderamente me importa es haber corrido, acá, y haberlo disfrutado tanto.

Publicado el 25 septiembre, 2012 en Entrenamiento y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. La verdad felicitaciones..!!! Me das sana envidia chaval..!!

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