Archivos Mensuales: septiembre 2012

Semana 1: Día 2: La maratón que no fue

Queríamos empezar nuestro camino a Maratón (ciudad griega que dio origen a esta mítica carrera) a las 5 de la mañana, hora local. El título de este post ya adelanta que no lo pudimos hacer.
Nos levantamos temprano. En Atenas está haciendo tanto calor que los pajaritos se caen desmayados de los árboles. Este fue el motivo por el que la Espartatlón tuvo un índice tan alto de abandonos. A las 5 de la mañana estábamos en un taxi, rumbo a la Acrópolis. El Estad io de Atenas era la largada. No había un alma en la calle. Pero aunque estaba oscuro, el calor se sentía.
Arrancamos y media, cargando agua en el cinturón y en botellas que cargábamos en cada mano. Transpirábamos a la luz de la luna llena. El camino no era complicado. Tomar Vasilissis Sofía, desviarnos en la ruta 54, también llamada Mesogion, y cuando cruzáramos debajo de la autopista Alexandrou Panagoulis, empalmar con Marathonos, que obviamente lleva a la ciudad de Maratón. Pero no llegamos.
Vicky sufrió una baja de presión.  Se sentó en la vereda, mareada, le mojé la nuca. Adelante nuestro teníamos a Panagoulis, absolutamente iluminada. Pero no tenía sentido seguir. Volvimos en subte, agradecidos de que esto no nos pasó en medio del campo, donde no había forma de volver rápidamente. No sabímos si con ese calor el agua nos iba a alcanzar, o si iba a estar peor  cuando saliese el sol.
La conclusión que sacamos más tarde con Vicky es que hay cosas más importantes que correr, que una carrea o que el blog. Quizá pudimos comprobar que tuve suerte (si es que existe tal cosa) en no haberme podido inscribir en esta Espartatlón. Hubiese sufrido el calor que nos agobió esta mañana, pero multiplicado por 30.
¡Correr juntos a Maratón quedará como un objetivo pendiente!

Semana 1: Día 1: Camino a la Espartatlón 2013

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Hoy empiezo oficialmente el tercer año de Semana 52. Quizá sea el último, si es que se alinean los planetas y logro clasificar para la Espartatlón 2013. Ya tengo una idea más acabada de qué es a lo que me enfrento.
Mientras con Vicky nos íbamos de excursión por las islas griegas, en Esparta llegaban los primeros corredores. En su 30 aniversario, esta competencia contó con un clima muy caluroso, algo inusual para esta época del año. Nosotros, en un barco rumbo a playas paradisíacas, lo agradecimos. Los corredores que intentaban llegar a la meta lo odiaron. Esta fue la Espartatlón más dura de la historia. De los 352 inscriptos solo 72 cruzaron la meta. Uno de ellos, por primera vez en la historia, es una mujer, Elizabeth Hawker, del Reino Unido. El ganador, quien cubrió los 246 km primero y besó el pie del rey Leonidas, fue Thoms Stu, de Alemania, con 26 hs, 28 min, 19 seg.
No me quiero adelantar, porque me falta para poder correrla (me alcanza con participar, ni siquiera pido llegar), por eso me preocupo por la maratón que vamos a correr con Vicky mañana a las 5 de la mañana del domingo (23 hs del sábado en Buenos Aires). Por eso, habiendo cenado, me voy a la cama. Las islas griegas nos dejaron relajados, hechos una seda, pero necesitamos el descanso.
Deséennos suerte, el clima va a estar bravo…

Semana 0: Día 0: ¿Qué hacías mientras se corría la Espartatlón?

Hoy nos levantamos a las 6 de la mañana (hora griega). Salimos para la Acrópolis, desde donde largaban los valientes corredores de los 246 km que unirá en un día y medio (como máximo) a Atenas con Esparta.
Hay 352 inscriptos (entre los cuales NO me incluyo, ojalá sí en 2013), una décima parte son mujeres. Ellos largaron temprano, a las 7 de la mañana y a la sombra de las ruinas que representan los inicios de la cultura occidental.
No pude hablar con ninguno de los cuatro argentinos que están representando al país en esta terrible competencia. ellos son Ricardo Rojas Peredo, Martín Miquel Córdoba, Analía Mariel Razetto y Fabián Alberto Duarte.
Extrañamente, pocos griegos saben de la existencia de esta monumental competencia, que se realiza anualmente desde 1984. Difícilmente tenga “atractivo” para los espectadores, que deberían dedicarle 36 horas de su vida en mirar cómo un grupo de atletas deja la vida en pasar por los 246 km.
Mientras ellos ponían todas sus fuerzas y concentración en la Espartatlón, con Vicky íbamos al supermercado a comprar comida y bebidas (hace mucho calor). Desayunamos y luego salimos hacia la estación del metro, desde donde combinamos con el tranvía hacia la costa. Una hora de viaje donde nos maravillamos con el paisaje y la costa. Quizá la distancia eran 50 km por las vías, un quinto de lo que los espartatlonianos estaban enfrentando en ese mismo instante.
Pasamos el día entero nadando o tomando sol, aprovechando el inusual verano que se extendió este año (ya estamos en otoño para estas latitudes). Con temperaturas de 32 grados, mientras nos refrescábamos en el mar calmo, ellos seguían corriendo.
Cenamos a las 20:45, mientras el encargado del hostel nos apuraba porque a las 21 cerraba la cocina. Mientras apurábamos el cous cous para poder lavar nuestros platos antes de las 9 de la noche, Oralek, el líder de la Espartatlón, pasaba por el puesto de control 44. Le quedarán todavía 31 por delante, en la etapa más dura que es por la noche. Incluso ahora, mientras escribo estas líneas, cerca de la medianoche griega, hay gente corriendo e intentando alcanzar la gloria. Más de la mitad de los que iniciaron este desafío a la sombra de la Acrópolis ya abandonaron o fueron descalificados. Desde que me senté a escribir estas líneas, un griego hospedado en el hostel estuvo jugando al ajedrez en la computadora. Fumó 9 cigarrillos en media hora, mientras yo inentaba no asfixiarme (escritas estas líneas, acaba de prender el décimo). Otros jóvenes que se hospedan aquí recién vuelven de salir a tomar por las tabernas, hablando mitad en inglés, mitad en su idioma nativo.
La vida de los griegos y de todo el mundo siguió en el día de hoy. No han pasado 13 horas desde que comenzó la carrera que más deseo correr en mi vida. Piensen en todo lo que hicieron en esta jornada, que según su ubicación en el mundo pudo ser fría, calurosa, nublada o lluviosa. Piensen en todo lo que hicieron, e imaginen que en lugar de hacer todas esas cosas, estuvieron corriendo. Sin parar. Por tierra griega.
Mañana nos levantaremos a las 5:30 de la mañana, como para desayunar rápidamente y salir para el hotel desde donde una combi nos llevará al puerto de Pireos. Nos espera un día de expediciones por las islas de Aegina, Poros e Hydra. Muchos todavía no habrán terminado su carrera, y quizá hasta el ganador no haya cruzado la meta aún. ¿Seré yo uno de ellos, algún día? Creo que sí, pero lo sabré con certeza dentro de 52 semanas.

Semana 52: Día 363: Comer en Atenas

Al igual que en el año anterior, tengo poco que decir de la comida de Grecia, principalmente porque estoy en medio de la estricta dieta de hidratos de carbono para la maratón. Además este teclado no tiene acentos ni eñes, y tengo que andar metiendo alt + 164, alt + 160, alt + 130, hasta que todo pierde sentido y la realidad se ve compuesta por caracteres verdes de la Matrix. Así que seré breve e intentaré usar pocas palabras acentuadas.

Grecia es conocida por sus ensaladas, sus quesos y especialmente por sus yogures. Es bastante raro encontrar un restaurante que tenga comida vegana. Quiero empezar mi veganismo en el tercer año del blog, pero sinceramente desde que leí el horroroso impacto que tienen las proteínas animales en el cuerpo (que sobrepasan a cualquiera de sus beneficios), no pude volver a comer lácteos. Si no quedó otra, me la banqué. Pero más que reprimirme, estoy dejando de comer algo que no quiero.

Esto es un veradero problema, sobre todo en Atenas, donde los productos de soja (una buena fuente de proteínas vegetales) brillan por su ausencia. Si eso lo combinamos con la barrera idiomática, es complicado elegir buenos suplementos. Ahora se da la situación de que el domingo vamos a correr a Maratón, por lo que estoy a fideos, fideos y fideos. Blancos, sin salsa (por la fibra). Ayer, en una taberna donde cenamos, pedí algo vegetariano a un mozo con poca paciencia, y me dijo en un tosco inglés (con acento de villano de James Bond): “Solo tenemos porotos”. Así que eso fue lo que comí, legumbres nadando en salsa de tomates. Para el almuero de hoy, la cosa cambió, y luego de una calurosa visita a la Acrópolis, le pregunté al encargado de un restaurante si podía pedirle algo que no estaba puntualmente en el menú. El pobre hombre se quedó congelado unos segundos y me dijo que solo podía ofrecerme cosas que estuviesen en la carta, pero respiró aliviado cuando le pedí arroz con papas que no estuviesen fritas.

Qué manjar. Increíble poder comer algo tan sencillo y a la vez tan bien hecho. Parece una tontería, pero algo que yo esperaba como un mero reemplazo de las pastas se convirtió en una excelente comida. Vicky pidió pollo a la plancha con papas al horno, y el pan que sobró nos lo llevamos de contrabando.

Como todos saben, Grecia está en una cruenta crisis (las visitas a sitios históricos, como el Templo de Zeus, cierran al mediodía porque el gobierno solo puede pagar sueldos por medio turno). Esto genera un clima enrarecido, mucha gente pidiendo en la calle y protestas y huelgas. Nada demasiado diferente a lo que sucede en Argentina cada vez que sufrimos una crisis. La diferencia que noté es que no he visto gente pidiendo en los subtes, cosa que se repitió constantemente en París y Londres (en mi tercer visita a ambas ciudades es la primera vez que lo veo).

Esta tristísima crisis que golpea a Europa y que se siente con fuerza en Grecia debe estar influyendo en los precios, porque todo está la mitad de lo que nos salió en nuestras paradas anteriores de este viaje. Siempre imaginé que el Euro también unificaba precios, y que un kilo de bananas salía 4 euros tanto en Roma como en Atenas. Pero en la capital helénica cuesta 1,50. Así que comer en restaurantes resultó más barato de lo que esperábamos, y cuando pagamos un pan en Londres por 1,50 libras (1,90 euros), esta mañana en una panadería ateniense nos cobraron 35 centavos. Dudamos unos instantes porque pensamos que se estaban equivocando.

No es grato salir a comer y pagar poco porque un país está en crisis. En el fondo me entristece y siento que nos estamos aprovechando. Pero también soy consciente de que el cambio a pesos argentinos no siempre nos favorece, y con lo difícil que fue conseguir euros para este viaje, también estoy contando las monedas.

Los tomates en Atenas tienen un color y un aroma maravillosos. Las aceitunas son, como cualquiera podría suponer, exquisitas. Las bananas son exactamente igual a cualquier buena marca argentina, y las manzanas son arenosas (o sea, horribles). Los yogures, como dije hace un año, son una gran mentira de marketing (saben a queso crema, o sea no son dulces), pero combinados con otras cosas (como miel o frutas), resultan exquisitos. Siendo que Vicky no es ni vegana ni vegetariana (ni tan extremista como yo respecto a la alimentación), se dio el gusto de pedirse un smoothie hecho con yogur, y da fe que son muy ricos.

Mañana iremos a pasear por la playa, aprovechando que es temporada baja (poca gente en las calles y sitios de interés turístico) y que hace 32 grados durante el día. Haremos una vianda de muchos hidratos, el sábado un crucerito por las islas griegas más cercanas a la costa (con la esperanza de que la comida en el ferry sea apta para Martines Casanovas) y el domingo a las 5 de la mañana, hora local (23 hs del sábado en Buenos Aires) comenzaremos nuestra propia carrera hacia Maratón…

Semana 52: Día 362: Adiós Londres, Iassou Atenas

Aaaah. Sol. Cielo despejado. 30 grados durante el día, 24 durante la noche. Esto es lo que necesitábamos

Me pasa algo que me preocupa mucho, y es que en cada viaje a Londres, me gusta un poquito menos. Quizá sea ese clima que parece un estereotipo (pero con 10 grados de máxima y lluvias constantes, confirmo que no lo es). Quizá sea que nunca viajé a esta ciudad sin tener un problema para abandonarla (en 2007  perdí el micro que me llevaba a París por problemas en el tráfico y un taxista que iba a 5 km/h; en 2009 la empleada de Ryanair no me dejó volar porque aunque iba a Madrid, no tenía impreso el pasaje de regreso a Buenos Aires). Hoy, para no romper la tradición de regresos complicados, el tren que iba al aeropuerto sufrió un desperfecto y tuvimos que tomar otro que no iba directo a la estación a la que íbamos. En fin… Quiero quererla, porque me encanta hablar en inglés, los monumentos son impresionantes, la ciudad es de ensueño… pero cuando la lluvia te empapa las zapatillas y terminás refugiado en un museo, secándote las medias en el secador de manos del baño, Londres pierde todo su glamour.

El viaje a Atenas podría haber salido mejor. Sin frío ni lluvias, sin demoras en el vuelo, sin comida vegetariana con queso. Pero pude terminar de ver Men in Black 3, que me la había dormido en su momento, y cuando aterrizamos en Grecia sentimos el shock de dejar atrás ese clima gris y lúgubre para dar lugar al sol, el calor… y bueno, era todo bastante perfecto hasta que nos enteramos de que había paro de trenes y que teníamos que encontrar un camino alternativo para llegar al hostel. Resultó ser que está más lejos de la Acrópolis de lo que creíamos (bastante más lejos), en un barrio poco iluminado.

Sin embargo, la atención es muy buena, hablan un inglés muy gracioso (parecen rusos de una película yanqui), tienen excelente humor y predisposición, y la habitación no está tan mal. De hecho es la primera vez que tengo acceso a una computadora con internet, en lugar de estar escribiendo estas líneas desde mi teléfono (actividad trabajosa, pero me debo a este proyecto).

Hoy coqueteamos con la idea de reprogramar la maratón, que ahora la vamos a correr el domingo. Eso nos da tiempo de hacer una excursión de dos días a las islas griegas. Bastante bien, siendo que el blog cierra su segundo año entre el viernes y el sábado. Me da tiempo de ir a ver la salida de la Espartatlón, sacar algunas fotos, irme al ferry, hacer “silencio de radio” durante un día, por primera vez en 52 semanas, volver a Atenas, correr a Maratón con Vicky, y estar de regreso en el hotel el mismo día, para escribir el primer post del tercer año del blog (que podría llegar a ser el último).

La barrera idiomática es el gran problema que enfrentamos en Grecia, pero el clima tan agradable hace que uno se tome las cosas con mucha más tranquilidad. Es imposible leer el menú de un restaurante, porque por más que traducen cada plato al alfabeto latino, no se puede dilucidar qué diantres tiene cada cosa.

En Roma y París teníamos 5 horas de diferencia con casa. En Londres fueron 4 horas y en Atenas son 6. Nunca nos terminaremos de acostumbrar, pero gracias a los husos horarios, actualizo el blog como última actividad del día, a la medianoche, y en Argentina son las 6 de la tarde. Es maravilloso.

Me voy a dormir, mientras algunos siguen en el trabajo o en su lugar de estudios, esperando la hora para volver a casa. Hacemos unos días de descanso y vacaciones, y después cumplimos el sueño maratoniano…

Semana 52: Día 361: Correr en Londres

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Los últimos días han sido duros para mí. Días lluviosos y fríos, piernas cansadas y músculos agarrotados. No es la situación ideal cuando estás a punto de correr una maratón.
Mientras estábamos en Roma, el sol nos asaba. Logré un interesante tostado en mi pelada. Pero ahora que estamos en Londres sufrimos constantes chubascos y el termómetro nunca subió de los 10 grados. Deseábamos, con desesperación, ese sol que antes condenábamos.
Los días pasaban y en cada excursión veía a londinenses entrenando en parques y los centro turísticos que visitábamos. Los envidiaba con locura. Algunos ni se hacían problema por las constantes lluvias y corrían empapados. Yo también lo hubiese hecho, si después hubiese llegado a mi casa, con mi secadora y mi muda de ropa seca, y no a nuestra habitación de mala muerte (la descripción del hostel está exagerada por motivos dramáticos).
Esta mañana ocurrió el tan esperado milagro. Afuera, por la ventana, se veía un cielo celeste. Le chisté a Vicky, que dormía profundamente. Le pregunté si salíamos a entrenar, pero estaba muy cansada. Le consulté si no le importaba si me iba solo, y sin abrir los ojos me dijo que no.
Preparé mis zapatillas, pantalón, remera de manga larga, pañuelo y el cinturón con las caramañolas. Agarré el reloj con GPS y… tenía 4% de batería  (insertar carita triste). Lo llevé igual, aunque sea para controlar la hora y no perderme el desayuno.
Hay un problema con Londres
(entre muchos otros). No solo tienen su propia moneda, conducen por la izquierda y no tienen baños en los restaurantes; para ser todavía más “únicos” tienen una ficha en los tomacorrientes que no existe en otra parte. Sin inmunes a nuestros adaptadores, así que cargar batería, cámara y reloj se volvió un gran dolor de cabeza. Por eso, solo puedo especular cuánta distancia corrí hoy.
En la puerta del hostel estaba uno de los guardias, de origen español. “¿Así que te vas de jogging, tío?”. Le expliqué mi plan de conocer cada ciudad corriendo. “Pues te puedo explicar la ruta turística que le paso a los que quieren hacerlo a pie”, dijo, señalando mi mapa. Cabe recordar que las calles de casi todas las ciudades de Europa no siguen un orden lógico, y perderse es casi obligatorio para cualquier extranjero. Inglaterra no es la excepción.
“Macho, coges esta calle de por aquí, bajas y ves el arco del Soho, que es muy bonito. Luego sigues por esta hasta el Palacio de Buckingham, y ves Trafagal Square, luego tienes Westminster Abbey, el London Eye, y ahí coges el metro para volver”. Le dije que no llevaba dinero ni pase de subte, para forzarme a volver corriendo. “Bueno, puedes hacerlo a pie también, vamos. Pero si vuelves corriendo eres el puto amo”.
Decidido a ser el puto amo,  arranqué a ritmo veloz. El aire frío me llenaba los pulmones y las piernas me dolían, pero seguí avanzando. En una mano llevaba el mapa de Londres, difícil de leer mientras se corre.
En seguida tomé el Soho, y hasta encontré Oxford Street, pero ni noticias de ese supuesto arco. Además comprobé que el mapa estaba resumido, y que un montón de calles no aparecían. Por la mañana  en las veredas uno esquiva londinenses, no turistas, y eso hace una diferencia enorme.
Con un sol que abrigaba un poco fui cumpliendo el itinerario, aunque recién cuando pregunté por Trafagal Square dejé de perderme. Corrí junto a los militares que custodian a la familia real, atravesé parques muy verdes, monumentos que no estaban (todavía) atiborrados de gente, pasé junto al famoso Big Ben, crucé el río, corrí bajo el London Eye (esa gigantesca vuelta al mundo) y me perdí bastante poco.
Si no hubiese estado acotado por el horario del desayuno, hubiese seguido al archi famoso Tower Bridge (el puente emblema de Londres). Pero emprendí el regreso, siempre a buen ritmo y con una ventaja que era de esperarse: excepto una ligera molestia en los tibiales, desaparecieron todos los dolores de mis piernas. Correr es la mejor medicina.
Llegué al hostel una hora y media después de mi partida, y ahí esperaba mi amigo español. “¿Hasta dónde has llegado?” me preguntó, creyendo que me había salteado algo. Le respondí que había hecho todo, y le calculaba, por el tiempo y mi ritmo), que eran unos 15 kilómetros (apenas llegué, dibujé el recorrido para no olvidarlo y calcularlo con el google map). “¡Joder, macho! ¡Sí que eres el puto amo!”, me dijo. No sé si lo soy, me gusta que lo piensen. Pero lo que a mí  verdaderamente me importa es haber corrido, acá, y haberlo disfrutado tanto.

Semana 52: Día 360: ¿Qué cansa más? ¿Caminar o correr?

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Depende de en qué momento me hagan esa pregunta podría responder algo distinto, pero ahora que recorrí tantas ciudades a pie, puedo decir con certeza que caminar es algo devastador.
Cuando meses atrás nos preparábamos para hacer el ultra trail de Yaboty, implementamos la caminata como entrenamiento. Era frustrante avanzar tan poco y agotarnos tanto. Las piernas empezaban a doler en lugares nuevos… y es que caminar requiere la utilización de otros músculos. Supongo que a cada uno le duelen las partes que tiene menos desarrolladas. En mi caso fueron los gemelos y los glúteos.
Definitivamente si corro la Espartatlón el año que viene ( o, mejor dicho, cuando la corra), no voy a hacer lo que hice este año en este viaje. Si bien corrí un poco, hice mucha caminata. Muchísima. Desde la mañana hasta la noche. Kilómetros y kilómetros. Hasta que los gemelos se me acalambraban y los isquiotibiales se me prendían fuego. Al principio, con ir a la cama y dormir podía volver a cero, pero ahora no logro recuperarme.
En alguna interminable caminata me echaba a correr unos metros y era como si todo se acomodase. El dolor cedía. ¿Efecto psicológico? Quizá… No podría asegurarlo, pero lo sospecho.
El tema es que no tenemos otra cosa para hacer en Europa más que visitar monumentos históricos, museos o parques. O sea que hay poco que podría hacer que no me siga agotando.
El plan ideal de Grecia será descansar y elongar… si es que quiero llegar a correr edia 42 km…

Semana 52: Día 359: Comer en Londres

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Quizá equivocamos el orden de las ciudades, y París debería haber estado más al final del viaje, porque las opciones para comer no solo eran más económicas, también eran más deliciosas.
Aunque no nos ponemos a pensar en el cambio y la superioridad de la libra por sobre el peso argentino, Londres es una ciudad cara, y en exceso. Estamos en una zona de hoteles y albergues, y aparentemente eso significa que si hay un supermercado o un restaurante cerca, los precios tienen que estar más inflados. Con un presupuesto ajustado, comprar una comida preparada en una despensa y sentarse en una mesa a pedir un menú a la carta puede tener una diferencia abismal.
Hoy empezaba mi dieta de la maratón, que no comenzó como debía, pero tengo tiempo de ponerme más estricto. La veda de fibras empieza el miércoles, cuando llegamos a Grecia, pero por ahora quizá debería esforzarme en hidratarme mejor.
Es notable la diferencia entre los parisinos y los británicos. En Francia nos preguntábamos cómo eran generalmente flacos siendo que tenían a su alcance tantos hidratos y dulces, pero en Londres nos damos cuenta de que los británicos (que son en promedio más rellenos) no consumen tanta fruta o verduras ni se ejercitan tanto como quienes son oriundos de París. Los platos aquí son grasosos, y las variantes vegetarianas son escasas e igual de aceitosas. Y supongo que por su origen indio, árabe y asiático, las comidas sin carne son exageradamente condimentadas. No creo que coma una buena comida hasta que llegue a Madrid, en una semana, pero espero resolver el tema de la alimentación y hacerlo pronto…

Semana 52: Día 358: Adiós París, Hello Londres

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A las cuatro  y media de la mañana, y no me pregunten qué hora era en Buenos Aires, nos despertamos para prepararnos para abandonar Francia. Desayunamos lo que nos había quedado de frutas, pan, y ese maravilloso “yogur” de soja, y partimos rumbo al metro.
Terminamos llegando demasiado temprano al aeropuerto, y después de una espera interminable, hicimos el check in. Volamos a Inglaterra en un avión muy chico, bimotor, pilotado por una mujer. Llegamos y lo primero que notamos, además del frío, fue que en Londres hacía una hora menos que en París.
Los ingleses van a contramano del mundo. No solo son europeos pero con su propia moneda, además manejan del otro lado de la calle, en el subte caminan por la izquierda, tienen otro sistema de medición y si propio huso horario… Desorienta un poco.
Después de hacer el check in en el hostel, partimos a recorrer la ciudad. Las comparaciones son odiosas, lo sé, pero qué diferente que es esto a París… Se nota en la comida, en cómo los franceses intentan proteger su patrimonio arquitectónico mientras que los ingleses priorizan expandirse y modernizarse… Y no me hagan hablar de la estafa que son las baguettes acá…
Por suerte nos manejamos bien con el idioma, y los británicos son las personas más amables con las que hemos tratado. Ese estereotipo  de los ingleses es muy cierto.
Tengo muchas ganas de correr al costado del río Támesis, pero tanto caminar y descansar poco me dejó las piernas destruidas. Tengo que empezar a descansar un poco si quiero correr una maratón en una semana.
Se respira mucho deporte en Londres… Todavía siguen colgados muchos carteles de las recientes Olimpíadas, y nos cruzamos con varios corredores que salieron a aprovechar el sábado sin lluvia.  Sí, peligra un poco el entrenamiento, porque parece que desmejora para el resto de nuestra estadía. Correr en esta ciudad tan grande es un sueño que no quiero dejar pasar…

Semana 52: Día 357: A una semana del comienzo

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Hoy es nuestro último día en París. Ya tenemos la valija y la panza llena, y solo nos resta dormir y madrugar para ir al aeropuerto y tomar el avión que nos lleve a Londres.
Aunque estamos en medio de unas merecidas vacaciones, no pierdo de vista que el objetivo es correr en Grecia, dentro de una semana. Daré así final al segundo año del blog y comienzo al tercero, donde intentaré correr los 256 km de la Espartatlón con una dieta estrictamente vegana. La comida, nuevamente, toma tanto protagonismo como el entrenamiento.
Pero en París no pudimos correr mucho y hoy, que era un día hermoso y con un sol radiante, terminó nublándose. De un momento a otro bajó la temperatura y empezó a llover sin parar. Era nuestro último entrenamiento en Francia, recorriendo el hermoso parque de Luxemburgo… pero otra vez será. Estábamos vestidos para la ocasión, con powerade en las caramañolas y todo, pero decidimos no volvemos locos y cancelar.
Londres promete un clima similar al de hoy, pero vamos a ver si encontramos el momento para meter un nuevo fondo.
La falta de entrenamiento hizo una mella en Vicky, que no está del todo segura de acompañarme en la maratón griega. Así que en el peor de los casos correría solo, con ella a mi lado en auto o bici. Reaparece la intriga, a solo siete días de finalizar del blog…

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