Semana 47: Día 328: Cicatrices

Ayer hablaba de mi calvicie / afeitada de cabeza, y por supuesto que hoy tomé la maquinita de afeitar y quedé hecho un pelón. Es un proceso arduo, porque lo hago bajo la ducha, que tiene dos temperaturas: frío polar y lava hirviendo. Mientras con el pie abría o cerraba la canilla alternativamente, para congelarme o quemarme, le daba con la maquinita en mi cuero cabelludo. Y el resultado a mí me gusta, pero no dura mucho: con el correr de los días, cuando el pelo crece, se notan más algunas cicatrices que tengo por toda la cabeza.

Estas marcas, independientemente de los procesos fisiológicos por los que se forman, son recuerdos que llevamos toda la vida, como un tatuaje de un hecho de nuestra historia. En mi caso llevo estas marcas de chiquito, jugando solo en el patio de mi casa. De noche, dando vueltas hasta marearme, mi perro se sobreexitó, me saltó encima, y me di de lleno contra la pared. Me llevé las manos a la cabeza, y estaban repletas de sangre. Como para empeorar la situación, mis padres no estaban, yo había quedado al cuidado de una amiga de la familia, que se llevó el susto de su vida. Me cosieron, y como 30 años después, esas cicatrices siguen ahí. No dejan que crezca nada de pelo, y cuando lo tengo cortito (pero no afeitado) me da la sensación de que me hicieron una lobotomía o alguna operación en el cerebro.

No es mi única cicatriz. Hay algunas visibles, y otras invisibles, pero que están. Me fracturé ambas clavículas, por suerte en distintos momentos, y ese huesito que debería ser recto, en mi caso es un ángulo obtuso, con un callo en la unión de las dos partes que, en un doloroso momento, se separaron. Esos callos también son cicatrices, que en teoría fortalecen la zona y nunca volverías a romperte ahí (pero capaz que dos centímetros a la derecha sí).

En el muslo izquierdo tengo un tajo que representa un momento turbio de mi vida. En una pelea con una ex, hace mil años (o más), en un ataque de desesperación y bronca, revoleé un ventilador de pie, y las patas metálicas me cortaron la piel. El corte fue profundo, pero cada vez que veo esa marca me avergüenzo de tener esas reacciones violentas y sin sentido. También revivo esa relación tortuosa y asfixiante. La cicatriz, de algún modo, es un signo de curación. La herida sanó. Pero también te recuerda cómo te la hiciste, y en mi caso recuerdo la amargura que tenía en aquel entonces.

Tengo una última cicatriz, en mi muñeca izquierda (claramente es mi lado más torpe). Haciendo un trabajo para la facultad, con una trincheta (o cutter), estaba cortando un cartón y lo atravesé, haciéndome una herida a lo largo. Esta marca solo representa mi ineptitud. No sangró, pero tranquilamente podría haberme suicidado por accidente si cortaba las arterias. Quizás exagere, pero cuando miro mi muñeca me da un golpe de humildad y pienso en lo torpe que soy.

Esas son las cicatrices físicas. En teoría una cirugía plástica las puede disimular, pero generalmente aprendemos a convivir con ellas. Las cicatrices de tipo espiritual son difíciles de quitar, pero me parece que no más que las otras. No requieren una operación para sanar. Quizá solo necesitamos enfrentarlas, aceptarlas, y a la larga se irán desvaneciendo. No son tan visibles, pero pueden llegar a ser mucho más profundas.

Publicado el 23 agosto, 2012 en Reflexiones y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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