Semana 46: Día 318: ¿Por qué nos caemos?

Supongo que en algún momento tenía que pasar. En una reunión familiar, en medio de la merienda, alguien me pregunta por mi inminente veganismo. “¡Vas a desaparecer!” dice alguien, en un ambiguo “medio en chiste, medio en serio”. Eso lleva a que mi nutricionista “está loca” por prestarme el libro The China Study (“¡Justo a vos, que sos un talibán de las dietas!”), lo que deriva en que no llegué a terminar la Ultra Buenos Aires porque estuve “mal asesorado”.

Mi entrenador también recibe palos por no haberme prohibido correr, ya que yo “no estaba preparado”. La discusión sube en intensidad, vuelan platos, sillas, y todos terminamos hermanados porque la sangre tira más… pero en el fondo me queda ese gustito de “no estás haciendo las cosas bien y quedó demostrado porque no llegaste a correr 100 km”.

Aún hoy siento que tuve que detenerme en el km 77 y renunciar por absoluta responsabilidad mía. Sé que el cerebro nos pone los límites, y que todo es un ejercicio mental por quitarse las represiones y los miedos. Pero yo había corrido 100 km en la cordillera de los Andes (si se le puede llamar “correr” a andar a los tropezones, rodando, jadeando y rengueando). No estaba en mi pico físico. No me había llevado comida salada. Pensé que con Gatorade me iba a alcanzar y después me desesperé por agua. Pasé mucho frío. Y tuve miedo. Mientras corría sentía el reloj acechándome, presionándome por llegar. Nada tuvo que ver mi dieta o mi entrenamiento en todo eso. Quizás es cierto y no estaba preparado para hacerlo. Pero ante la mínima chance de poder lograrlo, ¿qué perdía con intentarlo?

“¿Por qué nos caemos?”, le preguntaba el Dr. Thomas Waye a su hijo Bruce. Quería darle una lección, sobre la esperanza. Pero cuando el doctor y su esposa murieron en un intento de asalto, Bruce quedó solo en el mundo, con una inmensa fortuna y un mayordomo. Este fiel servidor le recordó, en los años siguientes, las enseñanzas de su padre. “¿Por qué nos caemos, amo Bruce? Para poder levantarnos”.

Nunca podría arrepentirme de haber intentado correr la Ultra Buenos Aires. Y me angustiaba mucho perderme la oportunidad de participar de la Espartatlón sin que me den una chance. Y la tuve. Fue necesario “inventarla”, al aunar esfuerzos con Fede Lausi y su grupo Salvaje Outdoor. ¿Qué alternativas tenía? ¿Sentarme en mi casa e imaginar todo lo que podría haber hecho? Me hizo falta intentar y caer. No hizo falta que sea muy profundo, solo lo suficiente para tomar conciencia de todo lo que me faltaba, de las cosas que iba a tener que enfrentar cuando corriese el verdadero desafío que era la Espartatlón. Caí, y descubrí que estaba contenido, que no hay ninguna deshonra en abandonar. Es autopreservarse. Yo decidí probarme en la Ultra Buenos Aires y escuché a mi cuerpo cuando dijo “hasta acá llegué”. Es una lección que nunca había tenido. Cuando ya no pudiese más, cuando estuviese al límite del agotamiento (el de verdad, no el que uno cree que tiene)… en ese instante, ¿iba a ser un cabeza dura y a seguir hasta matarme? ¿O me iba a dar cuenta de que hay cosas más importantes? Tuve que caerme para levantarme y poder ver estas cosas.

No quiero quedar como un rencoroso o desagradecido. En mi familia tengo más apoyo que el que debe tener Juan Martín Del Potro en su casa. Pero a veces, aunque los que te rodean tengan buenas intenciones y quieran cuidarte, te hacen sentir que todos son tu entrenador y que uno no sabe escuchar, o que escucha a la gente equivocada. Yo tengo un objetivo, metas que me puse yo solo. Ese camino lo estoy decidiendo yo (menuda responsabilidad), y en el camino están quienes me acompañan, a quienes también elegí. Quizá me equivoque y tarde más en llegar de lo que me había imaginado. Pero si no fallara, ¿cómo aprendería? Y como he fallado muchas veces y, afortunadamente, he sabido escuchar y reconocer errores y limitaciones, confío en mí mismo. No me asusta caer. Sé que si lo hago, el camino para levantarse es uno solo, y es hacia arriba.

Publicado el 13 agosto, 2012 en Reflexiones y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Mi hijo es un hombre grande (nunca lo dude, aunque no puedo dejar de ser quien soy)

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