Semana 46: Día 316: Si llueve, ¿se entrena?

La radio lo había pronosticado: el sábado iba a llover. Y mucho. Obviamente, después de una semana de poco o nada entrenamiento, nos la jugamos y fuimos. No hacía frío, así que ¿cómo desaprovechar una mañana de invierno donde se podía salir a la calle sin congelarse?

Llegamos a Acassuso, listos para correr. Ya empezaban a caer las primeras gotas. Pero el clima seguía siendo agradable. El entrenador miró al cielo. “Es una nube pasajera”, mintió. Arrancamos bajo un cielo plomizo, solo con pantalón corto y una remera de manga larga como máximo abrigo. Las gotas caían, intermitentes, mientras avanzábamos.

Llegamos hasta Uruguay (la calle, no el país) y nos mandamos a hacer algunas cuestas. Los gotones eran cada vez más grandes, y por alguna razón se sentían fríos cuando te tocaban, a pesar de que el clima seguía siendo agradable. El entrenador, que seguía jurando que la lluvia era una nube pasajera, nos recomendó volver antes de lo esperado. Éramos muchos, estábamos lejos de la base (que, de todos modos, no era techada), y no quería que un chaparrón nos sorprenda sin estar abrigados.

Las gotas se empezaron a hacer más intensas. Marcelo, fiel compañero de entrenamiento, me pidió de tomar agua antes de salir. “¿Para qué?”, le pregunté. “Vamos corriendo así”, le dije, mientras trotaba miroandoal cielo y abriendo la boca (de todos modos, no recomiendo este sistema para hidratarse). Mientras buscaba mi botella dentro del auto del entrenador (en el que definitivamente no podía llevarnos a todos para volver a la base), las gotas intermitentes se transformaron en un chubasco que creía en intensidad.

El agua golpeaba en mi espalda mientras, con medio cuerpo dentro del vehículo, buscaba mi arma secreta. La había comprado para Yaboty, en diciembre, y desde entonces nunca la pude usar. Y ahí estaba, mi pilotín amarillo patito, esa prenda absolutamente ridícula, pero que bajo un chaparrón se iba a convertir en la envidia de todos. Ese pedazo de plástico liviano retenía mi calor corporal, y me protegía de mojarme la cabeza y el pecho. Pero me daba la suficiente comodidad para bracear y correr sin detenerme.

Los chaparrones era fuertes, constantes, casi una cortina de agua. Costaba ver, pero… ¡qué bien se sentía! Cuando el frío no es un factor, correr bajo la lluvia es uno de los placeres más intensos de la vida. Es la conquista máxima de la fiaca, y me hace sentir como un chico. Corrimos chapoteando, esquivando charcos y barro, e intentando no bajar a la calle. Confiábamos en que no íbamos a patinarnos, pero lo mejor es desconfiar de los automóviles, las patinadas, y los potenciales accidentes.

Muchos integrantes nuevos del grupo preguntaban si se entrenaba con lluvia. ¡Por supuesto! ¿De qué otra forma podrías practicar si una situación similar te sorprende el día de la carrera? Siempre hay que estar preparado, y si uno no pone la salud en riesgo, no hay que dejar de correr. Estoy convencido de que los que pasaban por la calle, sequitos en sus autos, nos estaban teniendo un poquito de envidia…

Publicado el 11 agosto, 2012 en Entrenamiento, Reflexiones y etiquetado en , , , , , . Guarda el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. Yo ya experimente correr con un poco de lluvia y es genial, pero quisiera probar con lluvia mas intensa.

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