Archivos Mensuales: agosto 2012

Semana 49: Día 336: Felices dos años, blog

El 31 de agosto de 2010 era el “día 0” (mal llamado “día -1” por mí), en el que fui a mi primera consulta con mi nutricionista. Había empezado, dos semanas antes, a postear, pero era medio de práctica. Ahora empezaba en serio Semana 52, esa cuenta hacia adelante, para completar un año de entrenamiento y nutrición. Era una época de mucho entusiasmo, mucha ansiedad y muchas pilas para dar un vuelco en mi vida. Así lo veía, dos años atrás:

Si me preguntan cómo se me ocurrió este proyecto, tengo que confesar que no me acuerdo. ¿Hace cuánto lo pensé? No tengo idea. Sé que fue hace menos de un mes. Estuvo a punto de ser una idea más que nadaba en mi cabeza, hasta que se la comenté a Gemán, mi entrenador en los Puma Runners. Y escuché esas palabras que todos queremos escuchar: “Yo te voy a ayudar”.

Me han dicho que estoy loco. Que me voy a levantar a muchas minas. Que cuando esté de novio largo todo. Que un año es mucho tiempo. Que mejor 3 meses y ver qué pasa. Que le tengo que sacar guita. Que si hago running no tengo que hacer pesas, y que si hago pesas no tengo que hacer running. Pero lo que más me gusta es que haya gente que me diga que lo encuentra interesante. Que le pasan cosas parecidas, o completamente distintas. Me encanta que haya gente que no haga deporte, y sin embargo lea este blog y le llegue por otro lado. Por el compromiso. Por el poder que tiene la mente sobre nuestras limitaciones. Por ponerse un objetivo y salir a alcanzarlo.

No empecé todavía con el entrenamiento. De hecho escribo estas líneas y aún no vi a la nutricionista. Pero la idea del blog es, entre otras cosas, hacer este proyecto público. Ya está, no hay vuelta atrás. Ahora es a no detenerse por un año, con todos sus meses y todos sus días. Quizá no sea la mejor idea que se me podría haber ocurrido. Pero es la más exigente, y la más divertida.

Y empecé teniéndole pánico a la maratón. No sabía si iba a poder resistir mi adicción a las rueditas, palitos salados, alfajores (mini-torta Águila), pan con Mayoliva. Y sí, pude. De hecho, cuando cumplí un año y me tomé un mes para volver a empezar con el “Desafío Espartatlón”, tuve la oportunidad de desbandarme, pero mi cuerpo y mi cabeza habían cambiado tanto, que comprarme unas galletitas Oreo en Europa me resultó forzado. Fui al almacén, agarré la caja, y me dije “¿Qué estoy haciendo? ¿Realmente quiero esto?”, antes de dejarlo en la góndola.

En estos dos años conocí a la mujer de mi vida, hice mi primera ultra, conocí lugares impensados (casi todos en mi propio país, como Misiones, Entre Ríos), corrí con frío que me calaba los huesos, con calor agobiante, enfermo, recuperándome de lesiones extrañísimas (osteocondritis aguda), y hasta me encontré compartiendo las cosas que fui aprendiendo con dos personas que siempre tuve en un pedestal atlético: mi papá y mi hermano Matías.

Viajé mucho, quizá más que en mis 32 años previos de vida, en los que le escapaba al sol y a socializar. Hice amigos de todo el mundo, y 6 veces me reconocieron por la calle (dos en la misma maratón, la de Rosario). ¿Cometí errores en todo este tiempo? Sí, quizá fui astuto en no bloguearlos. Pero todo lo tomé como un aprendizaje. Y sigo aprendiendo, sobre todo a vivir en pareja y buscar mi individualidad sin dejar de priorizar al otro. Ahora tengo un perro, que es lo más parecido a un hijo que he tenido, y lo miro dormir y pienso en que es una cosita frágil que depende mucho de sus padres (Vicky y yo). Me mudé a un departamento más grande y más elevado: me fui de un primer piso a un quinceavo (con una vista indescriptible).

En estos dos años sufrí. Tuve lesiones, corrí con bronca, me deprimí (en especial cuando las lesiones en las costillas me impedían hasta reirme), tuve crisis, pasé hambre, tuve que pedir plata prestada y creo que la pude devolver toda (si no es así, me avisan). Lloré en una carrera, pero no por mí sino por la impotencia de ver cómo sufre un ser amado y no poder hacer nada. Y todas esas cosas me hicieron crecer. Aprendí mucho, y en el balance no me cabe ninguna duda: soy feliz. Mi vida no es perfecta, me sigo angustiando, estresando, y a veces descuido a Vicky porque paso larguísimas temporadas frente a la computadora, trabajando. Es mi gran defecto: siempre quiero cumplir con todos, a costa de no cumplir conmigo ni con mis seres queridos. Pero como aprendí de tantos otros errores, sé que son cosas que intentaré cambiar.

Si hubiese sabido que entrenar, abrir mi cabeza y salir al aire libre iba a tener un impacto tan positivo en mi vida, hubiese empezado antes. Creo que me empujó a dar este vuelco el hecho de que me acercaba a los 35 años, y se me metió en la cabeza que esa es la bisagra de la vida. Que ahí comienza el deterioro físico, y aunque yo corría con cierta regularidad, no me lo tomaba en serio. De hecho hoy disfruto correr 100 veces más que hace 2 años. Sin lugar a dudas. Mientras más entreno, más me gusta. Hacer cosas que te gustan te lleva inevitablemente a la felicidad. Increíble que nos cueste tanto hacer algo que, puesto en palabras, parece tan sencillo.

En exactamente 4 semanas termina este segundo año, en el que me puse una meta que no pude cumplir (la de participar de la Espartatlón). Pero todo sirve, y en 4 semanas y un día empieza el tercer año, en el que sigo apostando a cambios, al compromiso y al esfuerzo. Y esta vez tengo menos miedo que antes, porque no importa la meta. Lo que vale es el recorrido.

Semana 48: Día 335: El tenedor es tu mejor aliado

¿Qué tienen en común Bryan Adams, Alanis Morissette y Sinéad O’Connor? “Son cantantes”. Es cierto. ¿Y qué hay de Pamela Anderson, Alec Baldwin, Kristen Bell, Linda Blair, Michelle Pfeiffer, Joaquin Phoenix, Brad Pitt y Eric Roberts? “Son actores”. Bien, venimos prestando atención. ¿En qué se relacionan todos ellos con Morrissey, Bill Clinton y su hija Chelsea, Ben Stiller, Mike Tyson, Thom Yorke y André 3000? “Son famosos”. Bueno, sí. Pero hay algo más. Estas personas “conocidas”, junto a Ted Danson, Ellen DeGeneres, Woody Harrelson, Jared Leto, Moby, Prince, Alicia Silverstone y mi ídolo de toda la vida, “Weird Al” Yankovic, son veganos. Ni vegetarianos siquiera. No consumen ningún derivado de animales.

Ozzy Osbourne, que se comía la cabeza de murciélagos (Batman, agarrate) y Steve-O, ese loquito que se dejaba hacer de todo (como un piercing que le juntaba los dos cachetes del… en fin) también son veganos. Por ahora podríamos hablar de una moda entre famosos. Así como todos empezaban a ser de la cábala o la cientología, las tendencias que, en apariencia, los destaca del resto, son rápidamente adoptadas. Sé que en el fondo estos posts sobre alimentación tienden a volverse repetitivos, pero me tranquiliza, buscando veganos entre gente conocida, cruzarme también con atletas como las hermanas Williams, Venus y Serena. O Mike Tyson. La hermosa modelo y luchadora libre Taryn Terrell. El físico-culturista Robert Cheeke. El múltiple campeón olímpico Carl Lewis. El triatleta y activista Brendan Brazier. Y podría seguir así, aburriendo a todos.

Cada vez me convenzo más de que la alimentación es el mejor aliado para una vida saludable. Incluso ahora, que estoy a 4 semanas de empezar un año de veganismo, los lácteos me caen mal. Es psicológico, lo sé. Pero la cantidad de procesos en el cuerpo que se entorpecen por el consumo de proteína animal supera ampliamente cualquier beneficio que puedan imaginar.

Si quieren, no nos vayamos a los extremos. Comer en exceso es un problema. No hidratarse correctamente, no consumir alimentos nutritivos, todo eso nos juega en contra. Y es una cuestión cultural. ¿Qué otra cosa le damos a los chicos para calmar su hambre (o que dejen de hinchar las guindas) que galletitas? 100 gramos contienen un tercio de grasa refinada. Pero no nos lo cuestionamos. Así nos educamos, que ante el hambre, siempre viene bien un paquete de papas fritas, o un alfajor. Y así se nos pasa la vida, y en esa costumbre de comer grasa (que está ahí, es barata y lo venden en cada esquina), luego queremos algún resultado milagroso, una dieta o un aparato que vendan en la tele que nos dé un cuerpo trabajado con tan solo 5 minutos al día.

El tenedor es nuestro mejor aliado. Si les parezco extremo, no se vayan al veganismo, ni siquiera al vegetarianismo. El gran cambio para nuestra vida empieza cuando vamos al supermercado y elegimos qué comprar. Lo que esté en la alacena y en la heladera nos acompañará el resto de la semana. ¿No conviene, ya que todos estamos obligados a comer, que lo usemos para nuestro propio beneficio?

Semana 48: Día 334: Cuando me vuelvo fastidioso

Creo que llegó el momento de hacer autocrítica.

Sé que a veces me pongo denso. Algunas personas no lo notan, otras lo sufren más de cerca. Todos tenemos nuestros vicios, y a veces me aterra pensar en todas esas cosas que molestan y que yo no veo. Así que me haré cargo de las que noto.

Me encanta correr. Eso lo sabe cualquiera que le dedique 1 minuto a este blog. Pero, ¿qué pasa cuando quiero correr y no puedo? Una vez me junté con unos amigos para organizar el trabajo. Era en el oeste de la provincia de Buenos Aires, yo vivía en el centro y entrenaba en el norte. La receta para el desastre. Por supuesto que llegué tarde al almuerzo, hablamos y después dieron vueltas y vueltas para irnos. La autopista estaba cargadísima y veía cómo el reloj se acercaba peligrosamente al horario de entrenar. Me puse fastidioso, me enojé, contestaba todas las preguntas con monosílabos, y si hubiese podido, me tiraba por la ventana con la esperanza de llegar más rápido. Fui bastante insoportable, y no podría prometer que no me voy a enojar si me vuelve a pasar.

Luego está el tema de la comida. Dicen que soy un talibán de la dieta, pero yo siento que no es así, que me vivo descuidando, y que si pudiera, sería más extremista. Ahora se me dio por el veganismo, y es increíble cómo la mente va creando trabas y represiones mentales. En cuanto me decidí a dejar los alimentos derivados de animales, comer queso o tomar yogurt se me empezó a hacer molesto. Los lácteos ahora me caen pesados, y basta con enterarme de que algo contiene huevo en sus ingredientes para que me haga la idea y me dé rechazo. Pobre Vicky, que comparte todos los desayunos y cenas de mi vida conmigo…

Soy competitivo. No me gusta, lo detesto, pero no quiero ser el último. Me esfuerzo por no ser el primero, pero en el camino me agarra esa inseguridad de que estoy quedando como un condescendiente, que si bajo la velocidad alguien puede creer que no me esfuerzo al máximo. Entonces sigo acelerando. No me comparo con otros corredores, no me preocupa si tal o cual es más rápido que yo (hay MILLONES mejores que uno, siempre). Si veo a alguien que corre a mi nivel o que me supera, me interesa ir atrás para poder esforzarme más. ¿De qué sirve? Absolutamente de nada, lo hago con el deseo secreto de ser el mejor. A veces me encuentro acelerando para pasar a un desconocido y para mis adentros me avergüenzo olímpicamente.

Soy un inconformista. Descubrí que jamás me va a gustar mi cuerpo. O sea, sí, antes estaba más gordo, definitivamente prefiero mi actual estado, pero nunca me alcanza. Se me pasa por la cabeza hacer dieta, entrenar más… me pellizco los rollitos, me mido los músculos de los brazos (que van en retroceso desde que dejé el gimnasio) y me pregunto si alguna vez estaré conforme con mi físico (creo que no).

A veces en el blog trato de venderme y de mostrar mi mejor costado. Pero sépanlo, en el fondo (no tan en el fondo) soy un insoportable.

Semana 48: Día 333: Correr en sueños

Es algo difícil, sino imposible, correr en sueños. ¿Alguna vez se preguntaron por qué?

Así como nos es imposible soñar con la muerte y con el dolor, tengo la teoría de que participar en una carrera o entrenar es algo muy traumático para el cuerpo. Entonces nuestro ingenioso subconsciente lo anula. ¿Alguien quiere revivir en su mente la agitación, las palpitaciones, el ácido láctico que corroe los músculos? Quizá nosotros sí, pero el cerebro no está necesitando endorfinas, así que decide pasar a que soñemos con que estamos desnudos frente a la clase o que se nos caen los dientes (lo sé, correr es preferible a todas estas cosas, pero nuestra mente opta por estas experiencias que, aunque traumáticas, jamás las hemos vivido).

Generalmente cuando soñamos que corremos es porque estamos huyendo de alguien. En mi propia experiencia nunca han sido carreras muy largas, y casi siempre terminan atrapándome. Probablemente ya haya contado este sueño, pero una vez, mientras dormía profundamente, se me representó la situación de una pradera de pastos verdes, en donde un pueblo medieval entero me perseguía a pie. Yo corría desesperado, pero eran demasiados, me encerraban y no me quedaba otra que detenerme. Entonces, entre la multitud, alguien se acerca y me coloca una corona de rey en la cabeza. Una linda metáfora: uno no puede huir de sus responsabilidades… por más rápido que corra.

Siempre soñamos, el tema es que no podemos recordar todos los sueños que tenemos mientras dormimos. De ese promedio de 7 horas, al despertar, podremos retener una parte ínfima. Cuántas cosas jugosas nos estaremos perdiendo… Una situación que sí pude recordar a la mañana siguiente fue una experiencia maravillosa, en la que finalmente corría la Espartatlón. Como buen sueño en el que ciertas cosas se anulan, no sentía cansancio, ni nada me dolía. Sentí que era posible hacer esos 246 km.

Los sueños tienen su lógica. Uno nunca sueña con su propia muerte. A pesar de que todo carezca de lógica, es difícil darse cuenta que se está soñando. No se puede leer ningún texto ni ver la hora de ningún reloj. Aunque nos ilusione soñar con otras personas, ellos no se meten en nuestro subconsciente, sino que son manifestaciones de uno mismo.O sea, uno interpreta cada uno de los personajes. Sin dudas, correr en el lugar o avanzar lentamente sea una de esas frustrantes situaciones comunes. Pero hace poco tuve una idea muy efectiva, que quizá le sirva a otros. Como mis pasos eran lentos y torpes, como si estuviese en la luna, até dos grandes bloques de concreto (de unos 30 cm de alto) a mis pies. Con todo ese peso extra empecé a caminar normalmente, hasta que me eché a la carrera. Inténtenlo la próxima vez que no pueda avanzar y no entienda por qué.

Semana 48: Día 332: Cosas que podrías estar perdiéndote

Con Vicky somos “El equipo del canal cultural”. En la página de Facebook de LionX estamos generando contenido, y es divertido averiguar sobre carreras, fechas, resultados, y todo lo relacionado con el mundo del running. A mí me supone otro compromiso diario cibernético, pero me las ingenio para dedicarle algo de mi día.

Algunas cosas que hice, que por ahora salieron una por día, son una serie de postales motivacionales. Creo que en Facebook hay muchas, muy interesantes… pero con pobre diseño y pésima ortografía. No digo que las mías sean una obra de arte, pero son funcionales y creo que bastante efectivas. Me pareció que en este día donde el blog recién se actualiza en la trasnoche, podía aprovechar para compartirlas.

Háganlas suyas y repártanselas entre sus amigos. Seguro que alguien puede tomar algo que le sirva. ¡Y no se olviden de darle un Me Gusta a LionX!

Semana 48: Día 331: La verdadera historia de Micah True

Siempre quise leer el libro “Nacidos para correr” de Chris McDougall, sobre esta tribu que tenía unos secretos ancestrales sobre marchar a pie. Me lo prometieron en un par de ocasiones, pero nunca me hice con ese ejemplar. Hoy voy a compartir un par de textos sobre uno de los protagonistas de este texto, un ultramaratonista que dejó todo para irse a vivir con los nativos y aprender todo lo posible sobre el running: Micah True.

Michael Randall Hickman -su verdadero nombre- había nacido en 1954 en Boulder (Colorado). Hijo de un sargento de Artillería del Cuerpo de Marines, vivió durante su infancia en diversas bases del ejército norteamericano. En su época universitaria empezó a practicar boxeo para ganar algo de dinero con el que pagarse los estudios. No le fue mal en este deporte y acabó boxeando de manera profesional con cierto éxito, entre 1974 y 1982, con el nombre de Mike “True” Hickman. El apodo se lo puso en homenaje a su viejo perro… y ya quedaría con él para siempre. Y el posterior Micah estaría inspirado en el espíritu “valiente e intrépido” del profeta del Antiguo Testamento del mismo nombre.

Pero su verdadera pasión era correr. Una pasión que le había inculcado un curioso ermitaño de Maui, una de las islas de Hawaii, donde residió algún tiempo. Correr largo y correr sólo, por la montaña, por cualquier sendero o camino por el que se pudiera sentir libre. Durante 20 años, Micah True siguió el mismo ritual: cada verano trabajaba duro haciendo mudanzas en su Boulder natal para ganar el dinero suficiente con el que vivir el resto del año allí donde podía hacer lo que más le gustaba: en las remotas montañas de México, corriendo y disfrutando de la libertad, haciendo entrenamientos interminables que sumaban con frecuencia más de 280 kilómetros semanales. “Decidí que iba a encontrar el mejor lugar del mundo para correr, y así fue –reconocería a Chris McDougall en una de sus conversaciones-. La primera vez que lo vi me quedé boquiabierto. Me excité tanto que no podía esperar a salir a correr. Estaba tan sobrecogido que no sabía por dónde empezar. Pero este es un terreno salvaje. Así que tuve que esperar un poco”.

Así, conoció a los indios tarahumaras (considerados los corredores más resistentes del mundo), por los que pronto sintió verdadera fascinación, y entre los que vivió adaptándose a sus costumbres. Los tarahumara son un pueblo muy tranquilo y humilde, pobladores de las salvajes e impenetrables Barrancas del Cobre, en el estado de Chihuahua (México), y poseedores de una resistencia descomunal que les permite correr cientos de kilómetros seguidos. Están genéticamente adaptados a las carreras de fondo, y para ellos es su estilo de vida. De ellos, True aprendió todo lo que necesitaba saber para terminar de forjar su talento para las largas distancias: su técnica de carrera, sus alimentos y bebidas llenos de energía… y su curioso calzado, ya que corren calzando tan sólo huaraches, unas finas sandalias de cuero que ellos mismos se fabrican de manera artesanal. Con ellas, superó las molestias que arrastraba desde hacía años en los tendones del tobillo, y nunca más se lesionaría.

Después de unos años en las barrancas conviviendo con los tarahumaras, “Caballo Blanco” (como le decían por su aspecto pálido y su larga cabellera blanca) se había hecho más fuerte, estaba más sano, y corría más rápido que nunca en su vida: “Todo mi enfoque hacia el hecho de correr ha cambiado desde que estoy aquí”, reconocería a McDougall. Pero, sobre todo, aprendió numerosas lecciones de vida para manejarse en un territorio tan hostil, tierra de sequías y cañones casi inaccesibles. En él, Micah True encontró su tierra prometida, y una hermosa forma de vivir que adquiría todo su sentido a través de la carrera de larga distancia, actividad con la que exploraba los límites de su resistencia: “Siempre estoy perdiéndome y teniendo que escalar, con una botella de agua entre los dientes y águilas volando por encima de mi cabeza. Es algo hermoso”.

Micah True es el personaje central del libro Born to Run (Nacidos para correr) de Christopher McDougall, escritor norteamericano que también se sintió fascinado por lo que eran capaces de hacer los tarahumaras. Colaborador de The New York Times, viajó hasta México para conocer a este pueblo. De lo que allí vio y vivió, y de sus charlas con True, salió todo un bombazo editorial que ha vendido más de un millón de ejemplares en todo el mundo, y que disparó la fama y notoriedad de Caballo Blanco, quien se convertiría en un icono entre los corredores de larga distancia por su activismo y capacidad de superación. Amaba correr, y transmitía esa pasión a todos.

El deporte era para True el medio a través del cual explorar los límites de su resistencia al agotamiento físico. No le bastaba con correr; había que correr más, quizá porque para él, como para los Tarahumara, era una pasión que trascendía a la carrera o a la mera anécdota de llegar a cualquier sitio antes que cualquier persona. “Si se me va a recordar por algo, me gustaría que fuera por mi autenticidad. No más. ¡Libre para correr!”, escribió en enero en su cuenta de Facebook.

Micah True se convirtió en un icono entre los corredores de larga distancia por su capacidad de superación y su activismo. Desprendía, dicen sus amigos, una pasión “infecciosa” por lo que hacía. Organizaba también la Cooper Canyon Ultra Maratón, 80 kilómetros a través de desfiladeros, caminos pedregosos y poblados indígenas con final en Urique (México), y una experiencia a medio camino entre la carrera, la pura aventura salvaje y el descubrimiento personal. True la describió así: “Mientras algunos están en guerra en muchas partes del norte de México y el mundo, nosotros nos reunimos en los más profundo del cañón para compartir con los nativos, comer, reír, bailar, correr y traer la paz”. Además de dinero para los primeros clasificados, en la carrera se reparten toneladas de alimento y semillas de maíz entre los nativos que completan el recorrido. La primera edición de esta prueba se celebró en 2003, y la última tuvo lugar el pasado 23 de marzo. Cuatro días más tarde, True encontraba su muerte, luego de correr una distancia “corta” para él, unos 19 km.

Nadie suponía que tenía un problema de salud. ¿Qué podía esperarse de alguien que corría 280 km semanales? Sus amigos creen que True, cuyo cuerpo fue encontrado con las piernas sumergidas en un arroyo, se paró a limpiarse las heridas en el agua tras una posible caída. Su novia, Maria Walton, aseguró que True padecía hipoglucemia, por lo que sin una alimentación adecuada “solía experimentar mareos o aturdimiento. Nada que pusiera su vida en peligro”. Walton también asegura que True comía de forma disciplinada y que solía tomarse un par de cervezas por la tarde, cuando ya no se encontraba corriendo. Sus amigos apuntaron que su único vicio confeso era el helado de vainilla y que estaba totalmente sano, por lo que su muerte fue una sorpresa total. “Era un tipo que podía perfectamente salir con una bolsa de maíz molido, una botella de agua y pasarse todo el día fuera de casa. El día antes de morir realizó una carrera de seis horas”, añadió Chris McDougall.

Uno de los corredores que encontró a Caballo dijo que éste parecía haber muerto en paz, como si hubiera parado para una siesta al fin de una larga y gloriosa carrera a través de los bosques, y no hubiera despertado más. Lo encontraron junto a un arroyo, sus piernas en el agua fría, y con la botella a su lado. True murió por un fallo cardiaco producido en pleno ejercicio físico por una miocardiopatía. Esta afección provocó que el ventrículo izquierdo de Micah True, que se encarga de impulsar la sangre oxigenada al resto del cuerpo, se volviera más grueso y dilatado de lo normal, lo que le produjo la muerte tras un esfuerzo. Asimismo, los análisis químicos realizados a la sangre del fallecido mostraba que en el momento del fallecimiento se encontraba ligeramente deshidratado y había consumido cafeína.

El equipo de rescate que lo buscó cuando desapareció estaba integrado por muchos amigos, algunos ultramaratonistas, que cubrieron una zona de mil metros cuadrados. Cuando lo vieron, dijeron que estaba en paz. Murió como vivió: corriendo.

Semana 48: Día 330: ¿Qué es una carrera de aventura?

Hasta ayer, jamás me planteé lo que era una carrera de aventura. Para mí era la segunda de dos categorías de competencias de running. La otra, las de calle. Después podemos hablar de duatlón, triatlón, trail, senderismo, etc., pero esas distinciones, para mí, eran unívocas (aclaro que no sé qué significa la palabra “unívoca”, pero me pareció que iba a sonar bien).

Pero de casualidad pasé por el muro de Facebook de Fede Lausi, organizador de Salvaje, que realizó con bastante éxito una nueva edición dela ultra de Yaboty, en Misiones. Y alguno cometió el “error” de hablar de carrera de aventura, refiriéndose a este evento. Otro respondió que en realidad era un “ultra trail perfectamente marcado”, como si correr en medio de la selva, con yararás, subiendo y bajando interminables lomas, no fuese algo aventurero. Lo más parecido a una expedition race, supuestamente, eran Tierra Viva y las XK Race, “donde la orientación y autosuficiencia son las claves para mantenerte seguro, sano y en carrera”. Y dio pie al debate.

La definición de Lausi fue “La Aventura tiene que ver con explorar lo desconocido, con salir de la rutina, con interactuar con la naturaleza. En Yaboty, por ejemplo, si salís sin agua y calculás mal, no llegás al puesto de hidratación y te puede costar caro (…). La orientación no te determina que una carrera sea o no de aventura, es simplemente un ingrediente más”. O sea, que para él una carrera de aventura no significaba correr riesgos importantes.

Cuando me metí en el debate a opinar qua Yaboty entraba en esa clasificación (vi a un par deshidratados, y varios que se bajaron porque quedaron absolutamente agotados), alguien citó al montañista, surfista y temerario Yvon Chouinard: “La auténtica aventura es un viaje del cual es posible no volver vivo… y del cual, sin duda, uno no vuelve siendo la misma persona”. Coincido plenamente con la segunda parte, creo que estas carreras te cambian por dentro, al punto de que cuando uno repite experiencia al año siguiente, lo hace desde un lugar completamente diferente. Pero no me parece que el concepto aventurero sea en el que te jugás la vida. Me parece una sobreestimación del concepto del deporte al aire libre, y a su vez una subestimación de tantos eventos en donde la naturaleza juega un papel protagónico.

Cuando hicimos la Salvaje Cross Country en 2010 (casualmente, organizada por Lausi) no puse en riesgo mi integridad física, pero corrí entre vacas, sobre una angosta vía de tren, atravesé un lago con agua que me llegaba hasta el pecho, y hundí mis pies en un lodoso y pegajoso barro, a riesgo de  perder una zapatilla. ¿No es eso aventura? ¿Está en la misma categoría que una carrera en asfalto, girando por las esquinas de una ciudad? Creo que ciertos corredores, sin menospreciarlos, llegan a un nivel donde necesitan una exigencia muy elevada. La aventura varía para cada uno, seguramente un hiper obeso que corre sus primeros 100 metros puede sentir que se está jugando la vida, y que eso es el esfuerzo más grande que hizo jamás.

Una definición, con la que no estoy de acuerdo (quizá porque subestima mis propias vivencias) me recuerda a mi indignación cuando le llaman “maratón” a una carrera de 10 km. “Aventura, esa palabra ‘mágica’ que hoy estáincluida en una infinidad de carreras… Un cross country ahora es carrera de aventura, una carrera de Mountain Bike es una carrera de aventura, un triatlón es una carrera de aventura… En mi opinión para que una carrera se catalogada como “de aventura” tiene que sí o sí incluir el espíritu con el que nacieron estas carreras en la decada del ’80 con el Raid Gauloises, luego el Eco Challenge, la Southern Traverse, La EMA, el Raid the North, la Ecomotion, el Raid Aventura y el Desafío de los Volcanes en Argentina, etc, etc”. Cito este texto porque yo no viví ninguno de esos desafíos. Continúa: “Todas estas carreras conjugan el espíritu aventurero con la competición, el mismo espíritu que llevo a los equipos de Robert Scott y Roald Amundsen a la carrera por la conquista del Polo Sur en el año 1910, a mi juicio la primer carrera real de aventura del mundo. El espíritu o la esencia de estas carreras de aventura es la exploración, la navegación mediante brújula y mapa para elegir la ruta a seguir, la estrategia, la supervivencia, etc. Estas eran o son verdaderas carreras de aventura, también llamadas carreras de expedición, de hecho la palabra aventura la impuso en un principio el Eco challenge con su slogan ‘Eco Challenge Adventure Race’ luego cambiado por ‘Expedition Race'”.

Definitivamente no existe un consenso general, como yo creía. Para mí Yaboty o Pinamar fueron carreras de aventura. Quizá porque no eran de calle, que son competencias mucho más estables y “tradicionales”. Por ahí ese es el quid de la cuestión: después de décadas de estos eventos deportivos, donde se han masificado tanto… pocas cosas nos sorprenden, y ya todo nos parece que no se sale de la norma.

Y vos… ¿de qué lado estás?

Semana 48: Día 329: A cinco semanas del comienzo

Entramos en la semana 48. En exactamente 21 días estaré acomodándome en mi asiento en el avión. Como soy un caballero, cederé la ventanilla, ya que pienso dedicarme a descansar. Ese viaje me llevará por diferentes ciudades hasta llegar a Atenas, donde NO correré la Espartatlón… pero tengo planeado ver la largada e intentar aprender todo lo que pueda de los corredores experimentados.

El objetivo de este año, poder correr esta monstruosa carrera, no se cumplió. No fue en vano, me sirvió para tomar dimensión de con qué me enfrento, así que cuando lo reintente, el año próximo, no va a tener tanto halo de misterio. Voy a seguir entrenando, y apenas regrese de La Misión (en realidad, apenas me recupere de tamaña aventura) quiero empezar a entrenar duro para poder clasificar en los 100 km en menos de 10 horas.

En medio del viaje, de rompebolas que soy, voy a abandonar todo tipo de proteína animal. Ojalá me salga bien, y algún día alguien quiera volverse vegano, y cuando su madre pegue el grito en el cielo, él pueda decir “Quedate tranquila, má. Hubo un corredor vegano que corrió 246 km y no le pasó nada”. No me interesa adoctrinar sobre los derechos de los animales, ni adorar a Krishna, ni hago esto por convicciones morales. Ni siquiera lo necesito por mi salud, porque la verdad es que ando bastante bien. Sí es una cuestión de fe, realmente creo que hay enfermedades horribles que mantendríamos a raya, como el cáncer o las cardiopatías, si pegásemos un volantazo en nuestro actual curso alimenticio. Muchos dicen que comer solo verduras de hojas, frutos y hortalizas es una locura, y argumentan en primer lugar que no tendrías la fuerza necesaria. Como no me gusta citar a otros porque nunca tendré una real certeza, voy a hacer la prueba yo. Supongo que si el veganismo me quitase fuerzas, lo notaría en los primeros meses, y mi intención de correr los 100 km es en marzo. Veremos, veremos…

Un paso a la vez. A este año del blog todavía le queda una media maratón y una maratón completa, una en Buenos Aires, otra en Atenas, acompañando a mi media naranja, Vicky. Yo ya había prometido el año pasado que este 2012 iba a ser menos competitivo y que iba a aprender a compartir una carrera. Y realmente es algo que disfruto un montón. En exactamente 5 semanas estaré recorriendo las calles griegas, buscando llegar al Estadio de Maratón. Esta vez, a diferencia de la vez anterior, no lo voy a hacer solo.

Semana 47: Día 328: Cicatrices

Ayer hablaba de mi calvicie / afeitada de cabeza, y por supuesto que hoy tomé la maquinita de afeitar y quedé hecho un pelón. Es un proceso arduo, porque lo hago bajo la ducha, que tiene dos temperaturas: frío polar y lava hirviendo. Mientras con el pie abría o cerraba la canilla alternativamente, para congelarme o quemarme, le daba con la maquinita en mi cuero cabelludo. Y el resultado a mí me gusta, pero no dura mucho: con el correr de los días, cuando el pelo crece, se notan más algunas cicatrices que tengo por toda la cabeza.

Estas marcas, independientemente de los procesos fisiológicos por los que se forman, son recuerdos que llevamos toda la vida, como un tatuaje de un hecho de nuestra historia. En mi caso llevo estas marcas de chiquito, jugando solo en el patio de mi casa. De noche, dando vueltas hasta marearme, mi perro se sobreexitó, me saltó encima, y me di de lleno contra la pared. Me llevé las manos a la cabeza, y estaban repletas de sangre. Como para empeorar la situación, mis padres no estaban, yo había quedado al cuidado de una amiga de la familia, que se llevó el susto de su vida. Me cosieron, y como 30 años después, esas cicatrices siguen ahí. No dejan que crezca nada de pelo, y cuando lo tengo cortito (pero no afeitado) me da la sensación de que me hicieron una lobotomía o alguna operación en el cerebro.

No es mi única cicatriz. Hay algunas visibles, y otras invisibles, pero que están. Me fracturé ambas clavículas, por suerte en distintos momentos, y ese huesito que debería ser recto, en mi caso es un ángulo obtuso, con un callo en la unión de las dos partes que, en un doloroso momento, se separaron. Esos callos también son cicatrices, que en teoría fortalecen la zona y nunca volverías a romperte ahí (pero capaz que dos centímetros a la derecha sí).

En el muslo izquierdo tengo un tajo que representa un momento turbio de mi vida. En una pelea con una ex, hace mil años (o más), en un ataque de desesperación y bronca, revoleé un ventilador de pie, y las patas metálicas me cortaron la piel. El corte fue profundo, pero cada vez que veo esa marca me avergüenzo de tener esas reacciones violentas y sin sentido. También revivo esa relación tortuosa y asfixiante. La cicatriz, de algún modo, es un signo de curación. La herida sanó. Pero también te recuerda cómo te la hiciste, y en mi caso recuerdo la amargura que tenía en aquel entonces.

Tengo una última cicatriz, en mi muñeca izquierda (claramente es mi lado más torpe). Haciendo un trabajo para la facultad, con una trincheta (o cutter), estaba cortando un cartón y lo atravesé, haciéndome una herida a lo largo. Esta marca solo representa mi ineptitud. No sangró, pero tranquilamente podría haberme suicidado por accidente si cortaba las arterias. Quizás exagere, pero cuando miro mi muñeca me da un golpe de humildad y pienso en lo torpe que soy.

Esas son las cicatrices físicas. En teoría una cirugía plástica las puede disimular, pero generalmente aprendemos a convivir con ellas. Las cicatrices de tipo espiritual son difíciles de quitar, pero me parece que no más que las otras. No requieren una operación para sanar. Quizá solo necesitamos enfrentarlas, aceptarlas, y a la larga se irán desvaneciendo. No son tan visibles, pero pueden llegar a ser mucho más profundas.

Semana 47: Día 327: El cabello en mi vida

Hago una introducción a esta entrada con una escena que recuerdo de Seinfeld. Un novio de Elaine era pelado. Tipo Lex Luthor. Afeitado, nada. Y Jerry bromeaba que venía del futuro. Ese apodo, cuando empecé a afeitarme, se me quedó entre mi círculo más íntimo de amigos. Cada vez que venía de pasarme la maquinita, me decían “¿Qué hacés, hombre del futuro?”.
Pero la anécdota no es en sí esa. Porque en el capítulo Elaine convence a su novio de que se deje crecer algo de pelo, porque se lo viene afeitando desde hace muchos años. Y cuando le crece un poquito, se da cuenta de que sufre de calvicie. Oh, la ironía. Él se deprime mucho y George, experto en peladas, lo analiza (“Típica forma de herradura”) y le aventura que le queda un año de cabello. “¿Qué hago mientras tanto?”, pregunta, a lo que George responde “Vive la vida… ¡vívela al máximo!”.
Dejando de lado que esto es más gracioso verlo que sufrirlo contado por mí, ilustra un poco esa paranoia que tenemos los hombres con la pelada. Yo no soy la excepción. En una época creí que sí. Tendría unos 22 años, en el siglo pasado, y decidí dejarme crecer el pelo. Porque al ser hijo y nieto de pelados, probablemente mi carga genética me iba a tirar para ese lado. El tema fue que casi siempre lo tuve muy cortito, así que la transición fue muy dura. ¿Qué hacés mientras el pelo crece? Lo dejás ser, que vaya encontrando sus recovecos. Pero te tenés que enfrentar a meses de unos peinados tristísimos.
Cada semana me tiraba mis crenchas hacia atrás, a ver cuánto faltaba para hacerme una colita. Hasta que los pelos llegaron a un largo donde empecé a atarlo. Y crecieron, y crecieron, y de pronto tenía una súper melena digna del Rey León. En ese momento aprendí la importancia de lavarme el pelo con mucha frecuencia, porque se engrasa todo y pierde todo su encanto.
En esas sesiones en al ducha empecé a notar cómo se tapaba la cañería de la bañadera con los mechones que se caían. Empezaron los comentarios sobre mis entradas, y empecé a contemplar la inevitabilidad de un futuro calvo. El tema es que mi hermano Santiago ya era pelado. Ya había un “pela” en la familia, ¿para qué otro?
Después de hartarme de lo caluroso que es una larga cabellera en verano, y aburrido por andar con un yeso en la pierna, decidí cortármelo (el cabello, no el yeso). Me creí ese mito de que el pelo se fortalece si lo cortás. Mentiras.
Con el correr del tiempo fui cortándolo más corto, hasta que un día, cansado de ponerme productos anti-calvicie, decidí afeitarme. Fue una sensación hermosa, sacarse literalmente un peso de encima.
Mi amigo Rodrigo siempre me marcó la tontería de afeitarme antes de quedarme efectivamente pelado (al parecer, todos los pelones esperaron hasta el último momento, y yo no). Y ahora me pasa como al novio de Elaine, hace tanto que me rapo o me afeito, que no sé cómo avanzó el tema de la calvicie. Y en una foto que me sacó Vicky hace poco, en ese pelito que tengo de medio centímetro de largo, noté una deforestación en la coronilla. “¿Cómo nunca me avisaste que me estoy quedando pelado?”, le pregunté. “Pensé que ya lo sabías”, me respondió.
A los hombres nos obsesiona la calvicie. Creemos que es un indicador de belleza. No nos conforma la excusa de que el cabello se cae por exceso de testosterona ¿Los pelados somos más machos? ¿Alguien se lo cree? El otro día veía ese triste rejunte de súper estrellas de acción que es Los Indestructibles 2. Jason Statham y Bruce Willis (ídolos indiscutidos), demuestran que se puede ser pelado y tener onda. Otros como Schwarzenegger, Stallone o Chuck Norris dan un poco de pena con sus cabellos teñidos y sus peluquines. Espero nunca llegar a eso…

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