Semana 43: Día 296: El misterio de la maratón de Estocolmo de 1912

El domingo 14 de julio se celebraba la maratón de Estocolmo 1912. Era el quinto Juego Olímpico de la historia moderna, y al igual que en ediciones anteriores, la prestigiosa carrera a pie era la que había atrapado la atención del público. La ciudadanía sueca había colmado el recientemente inaugurado Estadio de Estocolmo, a pesar de los altos precios de la entrada. Las 22 mil butacas estaban ocupadas, una asistencia que duplicaba la de cualquier otra c0mpetencia olímpica de ese año. Decenas de miles de espectadores -que no habían conseguido lugar- se amontonaban a lo largo de los 40,2 km del recorrido. El gobierno habían dispuesto servicios extra de tren para llevar a los pasajeros hasta el estadio, una cantidad histórica para la ciudad europea.

A pesar de la enorme espectativa, las cosas no salieron como la organización hubiese deseado… el clima fue peor de lo que podía imaginarse: un sol sofocante, ni una nube, y una temperatura de 30 grados a la sombra.

Los 69 participantes, que se quedaban en hoteles y escuelas cercanas, recibieron su número dorsal horas antes de comenzar. Cada nación tenía su vestuario, y los corredores llevaban pañuelos en la cabeza para protegerse del severo verano.

La maratón comenzó con tres minutos de demora, a la 1:48 del mediodía. Los atletas le dieron tres cuartos de vuelta a la pista del estadio, antes de salir de la arena y tomar la calle Valhallavägen. El recorrido seguía por la arteria principal al norte, hacia la iglesia de Sollentuna, hasta una marca de madera que indicaba el punto de retorno al Estadio de Estocolmo.

En el puesto de hidratación del kilómetro 30, el representante de Portugal, Francisco Lázaro, intentaba recuperarse. No llevaba cubierta su cabeza, aunque se había untado el cuerpo en grasa para protegerse del sol. En Överjärva Gård cayó nuevamente al suelo, pero se levantó y siguió corriendo. A 8 kilómetros de la llegada se desplomó. Los médicos lo atendieron rápidamente. Ingresó al hospital una hora y media después, y su temperatura corporal superaba los 42 grados centígrados. Murió al día siguiente, convirtiéndose en la primera víctima olímpica de la historia. Al parecer, el remedio contra el calor de la grasa en su piel evitó que transpiraray elevó el calor de su cuerpo. La cura fue peor que la enfermedad.

De los 69 participantes, muchos se vieron obligados abandonar. Solo 35 llegaron a cruzar la meta. El podio de tres maratonistas obtuvo sus medallas correspondientes, y hasta el puesto 28 recibieron un diploma. El ganador, el sudafricano Kennedy McArthur, recibió una pequeña estatua, donada por el rey de Grecia en 1908. Contando la fatalidad del corredor de Portugal, más los finishers, más los que habían abandonado, se contabilizaron 68 atletas. El paradero de Shizo Kanakuri, el representante de Japón, era desconocido.

Pasaron horas, días y semanas. Nadie tenía noticias. Meses, años, décadas. Su destino estaba envuelto en un misterio. Simplemente se había desvanecido. Tenía 21 años, había llevado la bandera de su país en la inauguración, y era la gran esperanza nippona. En una época en que las noticias viajaban lentamente… ¿Cómo podía alguien saber de su paradero? Se convirtió, tristemente, en “el maratonista desaparecido”.

Kanakuri había llegado a Suecia luego de 8 días en barco y 10 en el tren trans-siberiano. Con poquísimas oportunidades para entrenar, aprovechaba para dar algunas vueltas en cada estación. El equipo olímpico japonés llegó a Estocolmo solo cinco días antes de la maratón. En aquel entonces se tenía la creencia de que la transpiración cansaba a los corredores, y por eso su estrategia era intentar no beber agua. Los asiáticos recién se incorporaban a los Juegos Olímpicos gracias a que el comité organizador, con nobles intenciones, buscaba integrar a los países a través del deporte.

Aquel domingo de julio, pleno verano en Suecia, fue especialmente sofocante. En el kilómetro 27, con varios corredores que ya abandonaban exhaustos, Kanakuri se desvaneció por hipertermia (exceso de calor). Pasó junto a la estancia de un banquero y vio a gente tomando jugo de naranja en el jardín. Se detuvo para saciar su sed y se quedó descansando una hora en el pasto. Estaba abatido. Se despidió amablemente de los dueños de casa y abordó en secreto un tren a Estocolmo. Pasó la noche en un hotel sin decirle una palabra a nadie y se tomó el primer barco disponible hacia el Lejano Oriente.

La costumbre de detener el reloj a las 6 horas de iniciada la maratón aún no existía en 1912, así que cuando llegó el resto de los competidores, muchos creían que el desaparecido atleta seguía corriendo. Luego, simplemente, dejaron de esperarlo. Recién 50 años más tarde, en 1962, un periodista sueco se decidió a rastrear a Kanakuri. Lo encontró en la ciudad de Tamana, al sur de Japón, donde vivía una apacible existencia como maestro de geografía.

En 1967, con 76 años, el representante nipón regresó a Estocolmo.  “Ha sido una carrera larga”, dijo, “pero mientras tanto me he conseguido una esposa, seis hijos y 10 nietos, y eso lleva tiempo”. Kanakuri volvió a la estancia y Bengt Petre, hijo de su huésped original, lo recibió con un vaso de jugo de naranja. Durante 54 años esa familia guardó como recuerdo un papel en japonés, dentro de una caja decorada que el atleta les había regalado por su hospitalidad. El contenido de ese texto había sido un misterio para ellos. A riesgo de decepcionarlos, Kanakuri confesó que solo se trataba de su declaración aduanera.

Desde la puerta de esa estancia, el septuagenario atleta continuó el recorrido de la maratón hasta el Estadio de Estocolmo, lo que le otorgó el humorístico récord del “maratonista más lento de la historia”. Alcanzó la meta luego de 54 años, 8 meses, 6 días, 32 minutos y 20 segundos. Durante ese lapso, aunque el mundo occidental lo tenía por desaparecido, en Japón continuó su carrera atlética. Entre otros triunfos, ayudó en la creación de la prestigiosa Hakone Ekiden, la carrera de relevos de 218 km que se corre desde 1920.

A pesar de su vergüenza y de estar más preocupado por la humillación de su país que la de informar de su abandono, Kanakuri es considerado el padre de la maratón Japonesa. Y es, además, el involuntario creador de uno de los misterios (ya resueltos) más asombrosos de la historia del deporte.

Publicado el 22 julio, 2012 en Reflexiones y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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