Semana 42: Día 289: Decisiones

Era otra década, comienzos del nuevo milenio. El 2000, casi un año de ciencia ficción. Pero la realidad era muy diferente a ese sueño futurista que nos había vendido el cine o la televisión. Yo no tenía trabajo, no sabía qué estudiar, y me estaba recuperando de una fractura de tobillo. Por eso había empezado a correr, pero estaba lejos de ser una pasión.

Sin dinero ni perspectivas, soñaba con independizarme y abandonar la casa de mis viejos. Pero era imposible hacerlo sin trabajo. Una gran amiga me ofreció una oportunidad única. Dejó mi pobre currículum en una empresa de telefonía celular (una de las grandes) con su recomendación. Pasó tiempo hasta que sonó el teléfono y me citaron para una entrevista.

Me puse un saco y corbata, y fui ilusionado. En una gran sala en el Centro de Capital nos juntaron a varios postulantes. La entrevista grupal fue de juego de roles. Teníamos que pretender que éramos diputados y que debatíamos la pensa de muerte: unos a favor y otros en conta. Me las ingenié para defender mi postura. Pero el juego era, una vez terminado el debate, darse vuelta (como un verdadero político) y pasar a defender el argumento contrario.

Me defendí bien, lo sé.  Todo sumaba para pasar a la siguiente etapa. Después representamos casos reales. En una habitación separada, con un guión escrito, llamábamos al coach e intentábamos venderle un producto ficticio. Me destaqué cuando mi interlocutor “no podía” recibir la mercadería en el día que decía el guión y me di cuenta a tiempo. Rearmé el discurso para acomodarlo a lo que el cliente necesitaba, y el coach me felicitó por no ser un robot que repetía un speech. Había sumado puntos.

Pasé a la siguiente etapa, la del examen físico. Ya hablaban de “cuando empiecen”. Había superado todos los filtros y me sentía adentro de la empresa. Me oscultaron, me revisaron la vista, y pasé todos los estudios. Quedé último en el análisis final: el oído. Resultó que escucho menos de la oreja derecha. Me confesaron que tenían que informarlo, por si me surgía un problema que me impidiese trabajar con un teléfono.

No me tomaron (de hecho, jamás volvieron a llamarme), y mis ilusiones de tener trabajo e irme de mi casa se desvanecieron. En ese momento, por supuesto, me deprimí. Seguía sin rumbo ni dinero.

Doce años después veo las cosas muy diferente. Esa situación que parecía mala suerte, o que adelantaba una “posible sordera”, fue una oportunidad encubierta. Porque si hubiese empezado a trabajar en esa empresa, en ese momento de mi vida, no hubiese descubierto, un año después, mi vocación se diseño gráfico. Trabajar en casa, además, me dio el tiempo libre para organizarme y correr en forma regular, descubriendo mi pasión actual. Hoy estoy más que conforme con cómo se dieron las cosas. A veces hay que esperar a que el polvo se asiente para ver el cuadro completo. No distraernos con las hojas y ver el bosque.

Si hubiese conseguido ese trabajo en ese callcenter de aquella empresa de telefonía celular, no hubiese empezado con todas las cosas que hoy me definen.
No sabemos qué nos depara el futuro. Pero llegar a un callejón sin salida no significa nada más que el destino haciendo lugar para nuevas oportunidades.

Publicado el 15 julio, 2012 en Reflexiones y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. Dalmiro maggioli

    Lee el cuento “el portero del prostibulo” de Bucay. Lo encontrás en google. Saludos!

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